El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

Capítulo Treinta Y Seis

Noah

Todos mis intentos de disuadir a Elina de nuestra visita planeada a Múnich han fracasado.

Esta mañana hemos venido en coche hasta aquí y hemos estado todo el día paseando por la ciudad.

Visitamos el Viktualienmarkt y nos dimos el gusto de probar creaciones de café extravagantes.

Las mejillas de Elina resplandecían de alegría mientras recorríamos el centro y escuchábamos a los músicos callejeros.

Aguanté bien las primeras horas, pero luego subimos a la torre de una iglesia que me dejó sin aliento en más de un sentido.

—Normalmente no te quedas sin aire tan rápido —comenta Elina, riendo, cuando por fin volvemos a pisar los adoquines del centro de Múnich.

Me encojo de hombros.

—¿Buscamos un sitio en un parque para descansar?

De pronto, la intensidad de su risa se apaga.

—No es posible, por desgracia. Tengo que pasar por casa de un amigo.

¿Un amigo? No había mencionado nada de eso antes.

—No está lejos, no te preocupes. —Asiente con ánimo y se agarra de mi brazo para tirar de mí.

De camino a casa de su colega se queda extrañamente callada.

Y ni siquiera cuando por fin entramos en un edificio de revoque gris claro, con adornos blancos sobre las altas ventanas, dice una sola palabra.

Por suerte solo tenemos que subir hasta el primer piso, pero de pronto la mano de Elina está sudorosa.

—Es allí. Suena levemente desorientada, pero se dirige sin dudarlo hacia las altas puertas dobles, blancas, con herrajes dorados, y las abre.

Veo un rótulo en la pared. Esto no es un departamento. Es un consultorio médico. Su amigo probablemente está de guardia, lo cual me viene bien. La visita no va a durar mucho; al fin y al cabo, tiene pacientes que atender.

Con una sonrisa de alivio, cruzo la puerta. Solo hay dos mujeres jóvenes sentadas en la sala de espera. Huele a una mezcla intensa de perfume y cuero.

Nadie nos saluda.

Claro. Así son las cosas en la ciudad. Por suerte, las elegantes sillas de respaldo alto y amplios reposabrazos están lo bastante separadas como para que no me sienta agobiado. Elijo el asiento solitario detrás de una planta en maceta mientras Elina habla con la recepcionista.

No pasa mucho tiempo antes de que Elina se deje caer en la silla a mi lado.

—Va con un poco de retraso —explica con gesto de disculpa.

Antes de que pueda responder, suena su teléfono. Rebusca en el bolso y desbloquea la pantalla.

Con el rabillo del ojo noto que debe de haber recibido un correo electrónico.

De repente, su expresión se vuelve seria.

—Ay, Dios —murmura, bajando la mirada como si le costara mirarme.

Una sensación de desasosiego se me extiende por el estómago. Con cuidado, le paso un brazo por los hombros y le acaricio la espalda. Probablemente debería preguntarle qué pasa, pero ya imagino de qué va.

Julian.

Y de mis pesadillas, que todavía no puedo creer que sean reales.

—Entonces… —empieza Elina con cautela, pero enseguida se interrumpe para carraspear.

Podría detenerla. Contar alguna anécdota graciosa o preguntarle por su amiga Maya y su famoso pianista, del que me habló ayer. Se le iluminaron los ojos cuando contaba su fantástica historia de amor.

—Es solo que yo… bueno… tengo… —Tira con torpeza del dobladillo de su camiseta. Luego inspira hondo.

—Noah, eres lo más increíble que me ha pasado en la vida.

Una parte de ese malestar se disipa. La atraigo más hacia mí y apoyo la mejilla en su cabeza. La paciente sentada en la silla frente a la pared de enfrente levanta la vista del periódico, pero no me importa. Puede ver que nos queremos.

—Yo solo puedo decir lo mismo.

—Quiero estar contigo para siempre —susurra. Tiembla ligeramente, y lo noto—. Tú también quieres, ¿verdad?

Vaya pregunta.

—Por supuesto —confirmo, y le beso la coronilla.

—¿Te acuerdas de lo que te conté sobre mi hermano? —pregunta a continuación—. Que nadie ha conseguido ayudarlo nunca con sus síntomas.

Asiento mientras se me cierra la garganta. Porque ya intuyo adónde va a parar esta conversación.

—Los médicos también son solo personas —digo enseguida—. No pueden curar a todo el mundo. Por terrible que sea pensarlo.

De pronto se deshace de mi abrazo y me escruta con una mirada intensa.

—¿Y si todavía quedara una oportunidad? ¿Y si aún pudiera hacer algo por tu hermano? —me pregunta con absoluta seriedad.

El trabajo. Le habían ofrecido el puesto. Siento náuseas.

¿De verdad cree que puede conseguir más que todos los médicos del mundo juntos? Admiro sus ganas de luchar, pero ¿no es irreal pensar que ella sola podría encontrar la clave de su adicción?

Además, acaba de mudarse conmigo. Quería quedarse en el Tirol. Todo estaba bien.

No sé qué decir. No me sale ni una sola palabra. La sala de espera, con sus plantas mustias y sus pacientes descontentos, se vuelve borrosa ante mis ojos.

—Estoy en la ronda final de selección para una plaza de neurología.

La semana que viene solo tengo que ir a una entrevista con la dirección del hospital.

Por lo visto es un mero trámite, porque ya cuento con el voto de mi futuro jefe —dice, mientras busca mis manos—.

Dentro de dos meses podría empezar la especialización en Viena.

Todo a mi alrededor empieza a dar vueltas. No me dejes , quiero gritar. Eres mi luz , quiero decirle. Pero no puedo, no sería justo.

—Ven conmigo —me dice—. Me sonríe, aunque los labios le tiemblan—. Yo haré la especialidad y tú podrías trabajar en urgencias. Ahora mismo hay plazas libres. Podríamos vivir a las afueras, rodeados de zonas verdes.

Así que ella también ha pensado en cómo podríamos encajar nuestras vidas para no tener que renunciar el uno al otro.

Pero hay algo de lo que no se da cuenta.

Algo que no puede saber, porque nunca se lo he contado.

Y de lo que no hay ni una nota en la historia clínica de Helene, porque me lo diagnosticaron de niño en el Hospital Universitario de Innsbruck y no me causa grandes problemas. Al menos mientras respire aire limpio.

Me muerdo el labio, consciente de que ha llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa. De afrontar las consecuencias, sean cuales sean.

—Padezco hiperreactividad bronquial.

Todos los músculos de su cara se rinden a la vez, su luz radiante se apaga.

—No puedes vivir en la ciudad. Ni siquiera cerca —dice con seriedad—. Por eso has tenido esos ataques de tos desde que llegamos.

Ahora soy yo quien ya no es capaz de mirarla a los ojos. Bajo la vista y me cubro la cara con las manos.

—Lo siento muchísimo, Elina.

«Yo también», está a punto de decir. O «bueno, supongo que esto es el final para nosotros».

Pero se queda callada.

—No. No podemos permitir que pase eso —susurra al cabo de un momento, con la voz rota.

La atraigo hacia mí y la abrazo con todas mis fuerzas. No me importan las miradas reprobatorias de los pacientes de la sala de espera.

—Desde que tienes uso de razón sueñas con convertirte en una gran médica. —Las palabras «no valgo lo suficiente para que renuncies a ese sueño» por mí se me quedan atrancadas en la garganta. Y, sin embargo, debería decirlas. Necesita saber que su felicidad es mucho más importante que la mía.

—No solo eso —responde en un murmullo—. Igual que con la medicina, siempre he anhelado una historia de amor tan pura y grande como la nuestra.

Una sola lágrima amenaza con escaparse de la comisura de mi ojo.

—¿Qué hacemos? —pregunto con la voz tomada—. ¿Tener una relación a distancia?

Niega con la cabeza.

—Con los horarios de residente es casi imposible. Apenas llegaríamos a vernos.

Un pensamiento espantoso.

—¿Entonces solo tenemos dos meses?

El silencio se instala entre nosotros. Ni la melodía alegre que suena de fondo por los altavoces ni la voz amortiguada de la recepcionista llegan hasta nosotros. No sé qué pensar. No tengo ni idea de qué puede pasar ahora.

—¿Y si me quedo en el Tirol? —pregunta Elina.

No. Aunque consiguiera seguir ocultándole el pasado, algún día se arrepentiría de esa decisión. Y entonces ya sería demasiado tarde para ir tras su sueño.

—No puedes dejar pasar esta oportunidad.

Una sonrisa suave se dibuja en su rostro.

—Cuando se trata de tu felicidad, nadie te conoce mejor que tú. Me lo explicaste durante nuestro paseo en barco, ¿te acuerdas?

Es verdad.

—Pero...

Apoya su dedo en mis labios.

—Encontraré una solución —dice con convicción.

¿Cómo lo hace? ¿Cómo puede creer en un futuro juntos en el que los dos tengamos todo lo que deseamos?

Dios mío, tiene que saber la verdad. Tiene que saber con qué clase de persona se está metiendo.

—Si he aprendido algo de ti, es que puedes conseguir lo que te propongas —respondo aun así porque es verdad—. Y porque no quiero dejar de creer que esta vez también lo lograrás.

Asiente con una expresión orgullosa. Luego se acurruca contra mi hombro.

—Podríamos...

—Elina Gross —retumba de pronto por los altavoces.

Elina da un salto.

—Es nuestro turno.

¿Por qué nosotros? Instintivamente, niego con la cabeza.

—Ve tú, te espero aquí.

En lugar de irse, me tiende la mano.

—Ven conmigo. Quiero que lo conozcas.

Aunque no tengo ni idea de para qué se supone que servirá eso, le tomo la mano y la acompaño a la consulta.

—Noah, este es Klaus —dice Elina, cerrando la puerta a mi espalda. Normalmente ahora saludaría con cariño a su amigo. En lugar de eso, se queda justo al lado de la puerta y solo le hace un gesto rápido con la mano.

Como si quisiera bloquear la salida.

Aquí pasa algo raro.

—Hola, Noah. —El médico me dedica una sonrisa cálida y luego señala un sofá—. Por favor, tome asiento. Elina, ¿nos acompaña?

Espera. ¿Qué clase de médico es este, exactamente? ¿Y por qué debería sentarme en su sofá? Echo una ojeada rápida a mi alrededor. No hay camilla ni equipo médico. Solo este sofá. Delante, una mesa baja de cristal con una fuente de sobremesa. Y una silla.

Me doy la vuelta de golpe hacia Elina.

—¿Qué está pasando aquí?

Ella da un paso hacia mí y me posa con suavidad las manos en la parte alta de los brazos.

—Klaus va a ayudarte a librarte de tus pesadillas con el accidente —dice con un tono como si intentara calmar a un animal asustado—. Para que desaparezca tu agotamiento. Y puedas disfrutar otra vez de tu vida.

¿Librarme de mis pesadillas? ¿De esas que solo conozco por lo que me ha contado Elina?

Quiere hablar conmigo de Julian.

Eso no va a pasar nunca.

Aprieto los puños.

—¿Hurgando en mi cabeza? —La voz casi se me quiebra.

Elina baja la mirada, con gesto arrepentido. Luego asiente.

—No —me zafo bruscamente de su agarre—. ¿Cómo te atreves a tenderme una trampa así? No puedo creer que precisamente tú me hagas algo como esto.

—Dale una oportunidad. Por favor. —Ahora alza la vista y me mira con la misma determinación combativa que tanto admiré en ella hace apenas unos minutos.

Pero ya no la soporto.

En absoluto.

—Deberías mantenerte alejada de cosas que no entiendes. —La fulmino con la mirada, incrédulo—. No tienes ni idea de los demonios con los que lucho.

—Te equivocas. —Endereza los hombros mientras ese Klaus escucha nuestra conversación con atención—. Lo sé todo —dice, sin apartar los ojos de mí.

¿Todo? ¿Qué significa eso, exactamente?

—Fuiste de excursión con Julian. Los sorprendió una tormenta. Él cayó y desde entonces todo el mundo cree que tú eres responsable de su muerte. Incluso tú. Te apartaste de todo contacto social y solo te concentras en castigarte.

Eso no puede saberlo. No le conté esos detalles.

—¿Qué demonios…?

La cabeza se me vuelve aún más pesada y, al latido furioso de la frente, se suma un dolor punzante. Y, sin embargo, de pronto mis pensamientos se aclaran.

Sé exactamente qué está pasando aquí.

—Me estuviste espiando —digo en tono neutro.

Increíble. No es mejor que la gente del pueblo que se aprovechó de mi confianza y disfrutó con mi desgracia.

Y yo fui tan idiota como para creer que de verdad me quería.

—Noah...

Puede ahorrarse esta farsa. Desde que nos conocimos, nunca se ha tratado de mí. A la señorita Super Doctora lo único que le interesaba era resolver el enigma de mi agotamiento, para poder sentirse realizada y creerse importante.

—No debería haber confiado en ti —igual que no debería haber confiado en la gente del pueblo que manipuló todo lo que les conté—. Qué insensato fui al dejarme cegar por ti. —De pronto, mi voz se vuelve tan gélida que hasta yo me estremezco.

Miro a Elina, decepcionado.

Ella me sostiene la mirada como si todavía luchara por algo que hace mucho se perdió. ¿Es que no se da cuenta? ¿No ve lo que me está haciendo con esta emboscada?

—Habla con Klaus. Por favor, Noah. Entonces te darás cuenta de que...

Descorazonado, aparto la vista de la mujer que acaba de abrir en mi pecho un agujero que nunca va a cerrarse.

—Cuando mañana vuelva del turno de tarde, más vale que tus cosas hayan desaparecido de mi casa. ¿Ha quedado claro?

Por dentro no hay nada que no sea dolor. Apenas pronuncio las palabras cuando un cansancio abrumador se apodera de mí. Solo me queda la fuerza justa para huir de esta maldita sala.