Capítulo 19 #3
Noah gruñe en señal de acuerdo y vuelve a echar a andar. Camino en silencio a su lado, aún algo desconcertada por su reacción. Por muy fascinante que sea el lago a cuya orilla paseamos, ahora mismo no soy capaz de apreciar del todo su belleza.
He conseguido lo que quería. Me permite ayudarlo. La médica que hay en mí debería sentirse satisfecha con eso, pero la mujer no deja de darle vueltas a lo que significa.
No me atrevo a preguntarle por qué me está dando otra oportunidad a pesar de mi error. Casi nadie lo ha hecho desde entonces.
Ni los médicos de la clínica, que, tras largas reuniones y después de incontables promesas por mi parte, acudieron a despedirme.
Ni mis padres, cuyos rostros decepcionados llevo dentro como visiones fantasmales.
Toda mi vida fui su niña buena. La princesita que nunca daba problemas.
La chica aplicada en la que siempre podían confiar y que les permitía centrarse en su hijo.
La empollona con matrícula de honor que se suponía que iba a salvar a su hermano.
Y entonces pasa algo como esto.
Al menos logré conseguirle a Aaron una plaza estupenda en terapia. Me llevó horas encontrarla y un sinfín de llamadas para conseguirlo. Ayer transferí la señal directamente desde mi cuenta, tal como había prometido.
A pesar de mis esfuerzos por hacerlo todo bien, mis padres cancelaron la visita que tenían prevista para la semana que viene. Les sigue doliendo demasiado ver que su sueño de que yo pudiera curar algún día a Aaron se ha hecho añicos.
No, no quiero pensar en eso. Debería mirar hacia adelante. Trabajar en mí. Mejorar. Y entonces, algún día, se sentirán orgullosos de mí.
Fuerzo una sonrisa y me vuelvo hacia Noah.
—Cuéntame algo de ti.
—No tengo nada que contar —se encoge de hombros—. Nací y crecí aquí.
Lo miro incrédula. ¿Así que ha conseguido quedarse aquí, en el fin del mundo, durante casi treinta años?
—¿Nunca has querido irte de Semmtal? ¿Vivir en otro sitio? ¿Ver algo distinto?
Ahora es él quien me examina.
—¿Por qué? —pregunta, abriendo los brazos y aspirando hondo—. Mira a tu alrededor. Ningún sitio puede ser más bonito que esto.
No voy a dejar que se salga con la suya tan fácilmente.
—¿Y cómo lo sabes si nunca has estado en otro sitio?
Niega con la cabeza, con una media sonrisa.
—Aunque no lo creas, yo también me he ido de vacaciones.
En eso tengo que darle la razón.
—¿Cómo se te ocurrió ponerte a trabajar madera? —pregunto después, porque es la parte que más me intriga.
Su lado creativo me hace sospechar que detrás de su fachada hermética se esconde una persona sensible. De hecho, una sonrisa asoma en su rostro.
Mientras me cuenta cómo construyó su primera casita para pájaros cuando era adolescente y sintió que había encontrado su pasión, y cómo fue perfeccionando sus habilidades, seguimos rodeando el lago.
El tiempo pasa más rápido de lo que me gustaría. Noto que el sol se acerca al horizonte, pero no lo pienso. Me encantaría seguir caminando con él para siempre, escuchándolo hablar con entusiasmo de cómo construyó su primera casa en un árbol.
—La madera es un material maravilloso —dice al fin—.
Está llena de vida, igual que la naturaleza.
—Abre los brazos y señala a nuestro alrededor—.
Los muebles de madera crean en cualquier habitación una atmósfera que te hace sentir como si vivieras fuera.
En plena naturaleza. Entre ciervos y tejones.
Con el olor a resina y agujas de pino en el aire.
—Suena increíble —admito. Y eso ya es decir, teniendo en cuenta que no conecté para nada con la sobredosis de naturaleza en el Tirol.
Pero tal como él lo describe, hay algo de entrega en ello.
Alzo la vista para observar con más atención a mi alrededor.
Inspiro hondo para empaparme de eso de lo que habla con tanta pasión.
En efecto. El aire es puro y transparente.
Los pájaros de vientre amarillo, posados en las ramas, cantan sus melodías más hermosas y tienen un aire amistoso.
Y el bosque que nos rodea, de pronto, parece respirar al mismo ritmo que yo.
No está nada mal. Pero, desde luego, no es algo que necesite todos los días.
A los pocos pasos me doy cuenta de que hemos regresado al punto de partida de nuestra ruta circular.
Tomamos el sendero que baja al valle. Unos cientos de metros más abajo, el sendero de montaña termina y una ligera melancolía se apodera de mí.
Me parece ver, un poco más adelante, en una curva, otro sendero que se bifurca.
¿Y si al final sí podemos seguir caminando?
—¿Adónde lleva este camino? —pregunto, dirigiéndome directa a la bifurcación. A pesar de la larga caminata, me siento llena de energía.
—Al barranco de Semmtal —responde, sin hacer el menor intento por seguirme y empeñado en permanecer en el sendero hacia el valle—. La ruta es demasiado larga para hacerla hoy.
—Qué pena —digo, dándome la vuelta a regañadientes—. Me habría encantado verlo. ¿Podemos venir otro día?
En lugar de contestar, se limita a farfullar algo. Lo tomo como una señal de que está de acuerdo y vuelvo a alcanzarlo.