El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Dios, cuánto echo de menos todo eso. El bullicio del hospital. La sensación de que con mi trabajo aporto algo de verdad importante.

Él me mira directamente.

—Parece que dentro de ti hay una médica fantástica.

Ahora soy yo quien aparta la mirada con un leve asentimiento. Miro hacia delante, donde el camino se ensancha. Los árboles se abren y dejan ver un claro bañado por el sol en la meseta.

Noah carraspea.

—¿Y por qué trabajas para Helene?

Su pregunta me golpea como un puñetazo.

—Simplemente, surgió —respondo, esquiva.

Sigo hacia el claro. Al final del prado de un verde intenso, incluso me parece distinguir ya el lago. Algunos visitantes toman el sol en los bancos de madera.

—Curioso —murmura, hundiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones grises de senderismo.

En silencio, seguimos caminando hasta que el lago, de un azul intenso, se abre ante nosotros. El sol hace que la superficie reluzca como si estuviera cubierta de diamantes. Es realmente hermoso. ¿Quién iba a pensar que entre estas montañas tan feas se escondía un lugar así?

Camino hasta la orilla para recrear la vista durante un instante. De pronto, Noah está tan cerca de mí que nuestros brazos se rozan.

—Quieres que te deje examinarme. Me exiges que confíe en ti —dice tan bajo que apenas le oigo—. Y al mismo tiempo, tú no confías en mí en absoluto.

Así es como lo ve. Por más que me gustaría negarlo, me faltan argumentos. Incómoda, bajo la mirada y dejo que la puntera de mi bota roce las briznas altas de hierba. Si eso es lo que necesita para confiar en mí, entonces se merece una respuesta. Al fin y al cabo, es su salud lo que está en juego.

—Mi plan siempre fue completar la especialización en neurología después del año de prácticas —digo con humildad, sintiendo de nuevo, sobre la piel, el dolor de haber perdido ese futuro—. Pero perdí la plaza en el hospital.

—¿Qué pasó? —oigo preguntar a Noah desde algún lugar lejano.

Probablemente esté pensando en un error médico. O en un diagnóstico equivocado.

—Yo… —la voz se me quiebra. Porque decirlo en voz alta es simplemente devastador. Además, noto cómo se me hincha la nariz. Las lágrimas pugnan por salir. Parpadeo deprisa para contenerlas—. Fui increíblemente estúpida —murmuro, mirando a lo lejos.

De pronto, Noah me da un suave codazo.

—Vamos, demos la vuelta al lago —dice y empieza a andar.

Lo sigo y, al cabo de apenas unos metros, me dedica una mirada tan llena de compasión que necesito toda mi fuerza de voluntad para no echarme en sus brazos.

—¿Murió alguien? —pregunta casi en un susurro, como si supiera exactamente lo que eso significa.

Con los labios apretados, niego con la cabeza.

Y de pronto ya no puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas.

Arrastran toda la rabia y la decepción que se han ido acumulando dentro de mí.

Desde que cometí ese error colosal, las he estado conteniendo.

Dejarlas salir ahora, aquí y ahora, es como si dentro de mí se rompiera una presa.

—No estaba allí —digo, aunque solo sea parcialmente verdad—. Me llamaron por el busca, pero yo… —No supe resistirme a la insistencia del bombero. No supe defenderme de la forma en que Jonas me miraba.

Lo quiera o no, el pasado me alcanza como una marejada. Y, de repente, ya no estoy en medio de la nada, junto a un lago profundo de color azul intenso, sino en la sala de guardia estéril de la clínica de Viena.

—Quédate conmigo —suplica Jonas en mi recuerdo—. Te quiero, Elina.

Desgarrada por dentro, lo miro. Sé que está mal. Por muy cálidas que sean sus palabras al envolver mi anhelo más profundo, tengo que irme.

—Espera aquí, volveré enseguida.

Su mirada desciende hasta el bulto evidente en sus pantalones.

—No puedes dejarme así, sin más.

Mi busca vuelve a sonar. Mis compañeros ya me han llamado tres veces. Angustiada, miro alternativamente a Jonas y a la puerta.

—No deberías haber venido.

—Pero tenía que verte —responde, sujetándome la cara entre las manos y atrayéndome hacia él. Su aroma masculino, rudo, me enturbia los sentidos—. No quiero pasar ni un segundo sin ti.

—Y yo tampoco quiero estar sin ti —digo, impotente, antes de que me bese con pasión.

Aunque apenas nos conocemos y aunque no sé nada de él, no puedo resistirme a la sensación de que él me desee. Soy adicta a su atención. Para él no soy el fantasma invisible al que nadie presta atención. Él me ve.

—Entonces quédate aquí —murmura, mientras sus manos, exigentes, se deslizan por mi cuerpo y un gruñido grave se le escapa de la boca.

—Puede ser algo de vida o muerte —logro decir, apartándolo de mí.

Le suplico con la mirada. Tiene que dejarme ir, porque no quiero decepcionarlo bajo ningún concepto ni poner en riesgo lo nuestro.

Como si pudiera leerme el pensamiento, de pronto su expresión se vuelve seria.

—¿Es que no soy lo bastante importante para ti?

Le tomo las manos.

—Por favor, no me hagas esto.

Mi busca vuelve a sonar. Esto se está alargando.

Demasiado tiempo.

—No quiero hacerte daño, pero tengo que irme. Por favor, entiende eso. —Intento liberarme de su agarre una vez más.

Él me retiene y me rodea con los brazos. Me aprieta tanto que apenas puedo respirar.

—Si digo que te quedas aquí, te quedas aquí —me susurra al oído—. ¿Entendido?

¿Perdón?

Me aplasta los labios con los suyos. De pronto me invade una lucidez que antes no tenía. Conozco a hombres como él. Mientras todo salga como ellos quieren, ponen a las mujeres en un pedestal. Pero ¡ay de ti si es distinto!

Él es uno de esos hombres.

Maldita sea. ¿Cómo he podido caer en sus redes?

—Suéltame ahora mismo.

Mi voz suena firme, pero él ni siquiera se plantea aflojar el agarre. Al contrario, me aleja aún más de la puerta, me aprieta contra la pared y forcejea con mi bata de médico.

En ese momento, la puerta de la sala de guardia se abre de golpe. En el umbral está mi jefa. Su pelo ralo se agita. Nos mira, atónita, incapaz de articular palabra.

Probablemente me estaba buscando porque no había respondido al busca. Con sangre fría, aparto a Jonas de un empujón y camino hacia mi jefa.

Cuando llego hasta ella, lo único que veo es frialdad en su mirada.

—Demasiado tarde —dice. Al instante comprendo lo que eso significa.

Entonces, todo mi mundo se vino abajo. Y ahora vuelve a desmoronarse por culpa de ese recuerdo. Sin pensarlo, me lanzo contra el pecho de Noah. Su cuerpo se pone rígido, como si temiera mi cercanía. Mis lágrimas empapan su camisa, pero me da igual.

—¿Por qué permití que pasara eso? —sollozo, aunque sé que Noah no puede entender a qué me refiero.

Él me aparta con suavidad.

—A veces hacemos cosas que no se pueden explicar con palabras —dice. Hay dolor en su tono.

A través del velo de lágrimas, alzo la vista hacia él y veo la angustia en su rostro.

—Entendería que no quisieras que te atendiera —digo, y lo digo de verdad.

—Los errores ocurren —responde con vacilación, y veo en sus ojos que en realidad no se lo cree.

Respondo con un vehemente movimiento de cabeza.

—Pero no ese tipo de error.

Como si hubiera dicho algo indebido, de pronto se da la vuelta.

—Será mejor que sigamos —dice, y vuelve a ponerse en marcha.

Abatida, lo miro alejarse.

Está profundamente decepcionado conmigo. Y con razón. Nunca debería habérselo contado. No solo fue poco profesional y una estupidez, también fue una negligencia. Pero hay algo que no cambia a pesar de todo: necesita ayuda.

—Escucha —lo llamo, echando a andar tras él. Si me hundo, que así sea. Pero no tiene por qué pagar las consecuencias—. Le voy a pasar tu caso a Helene. Ella averiguará qué te pasa.

Se detiene en seco y se vuelve hacia mí. La dureza con la que niega con la cabeza lo dice todo.

¿Qué problema tiene con los médicos?

De acuerdo, yo desde luego no soy el mejor ejemplo de mi profesión, pero no todos son unos idiotas como yo. Al contrario, la mayoría dedica toda su vida a sus pacientes.

—Pero Helene puede… —empiezo, con vehemencia.

Con un solo gesto me manda callar.

—Helene no va a hacer nada. Si alguien va a tratarme, tienes que ser tú.

Podría haber esperado muchas cosas, pero desde luego no esto.

—¿Estás seguro?

¿Ha entendido que alguien murió porque yo descuidé mi deber como médica?

—Solo con una condición. —Una expresión amarga le cruza el rostro—. No iré a la consulta.

Qué petición tan extraña. Lo miro sin conseguir descifrarlo, pero al menos el peso del pasado sobre mis hombros se aligera un poco. Con una sonrisa vacilante, asiento.

—¿Te parece bien si paso pasado mañana a hacerte una extracción de sangre? Podemos hablar de los resultados el fin de semana que viene.