Capítulo 18
Capítulo Dieciocho
Noah
—Hola. —Su voz es tan suave como el chocolate derretido. Sus ojos azul oscuro me observan con preocupación.
Miro a mi alrededor. ¿Dónde estoy?
En casa.
Distraído, me paso las manos por el pelo y luego me incorporo del sofá.
Elina me detiene.
—Quédate sentado. Ahora te traigo un vaso de agua. —Apenas termina de hablar, se da la vuelta y va a la cocina. Allí abre con seguridad el armario alto donde guardo los vasos.
¿Cómo lo sabía?
Mi mente se niega a encontrar una respuesta a este enigma. Está nublada. Y tan pesada que apenas puedo con ella. Agotado, me hundo más en el sofá.
De pronto, el ratón de ciudad se sienta a mi lado. Su pelo rubio brilla con la luz del sol que entra por la ventana.
—Bebe —dice, y con un gesto de aliento me tiende un vaso.
—No tengo sed —respondo.
Mordiéndose el labio inferior, deja el vaso sobre la mesa de centro, me toma de la muñeca y cierra los ojos. ¿Por qué tiene esa expresión tan preocupada?
—Demasiado alta, sin duda —murmura al cabo, y luego sus manos se posan en mis mejillas.
Quiero protestar, pero no tengo fuerzas.
Me mira a los ojos con una expresión inquisitiva. Frunce el ceño y, de repente, se acerca tanto que siento su aliento rozarme los labios. Apenas alcanzo a percibir cómo me levanta primero el párpado derecho y luego el izquierdo.
—¿Te desmayaste? —pregunta con su voz de doctora, perfectamente controlada—. ¿Tuviste náuseas? ¿O mareos?
Niego rápido con la cabeza.
—Solo estoy cansado.
Por fin me suelta y pone algo de distancia entre nosotros.
—¿Por qué? —pregunta como si necesitar dormir fuera algo extraordinario.
—Todo el mundo se cansa.
Mi tono es desdeñoso, pero tiene que serlo. No quiero que tenga el más mínimo motivo para volver a hacer preguntas incómodas.
—Pero no hasta el punto de dejarlo todo mientras cocinas para echarte una siesta.
Me clava la mirada, y algo me dice que no va a ceder hasta que la deje asomarse a lo más hondo de mí.
Una vez más, me ha acorralado.
Aunque tengo las extremidades agotadas, me incorporo del sofá.
—Gracias por despertarme. —Con un gesto de la mano, le indico que ya es hora de que se dirija a la puerta de entrada.
Se recuesta en el sofá y cruza las piernas. La doctora desafiante se transforma, de pronto, en una chica derrotada.
—Encantada de haber sido de ayuda —responde.
No tengo la menor idea de qué quiere de mí. Solo hay algo claro: no piensa irse.
—Bueno… —repito, inclinando la cabeza hacia la puerta.
—Déjame ayudarte. —Me mira con intensidad—. Por favor, Noah.
Por supuesto que ya sé que me ha calado. Aun así, es mejor fingir que no tengo ni idea de a qué se refiere.
—No hay nada en lo que puedas ayudarme —digo, y en realidad es la pura verdad. Por mucho que quisiera que fuera distinto. Nadie puede ayudarme. Estoy perdido y seguiré estándolo. Me cuesta, pero consigo curvar las comisuras de los labios.
En lugar de levantarse, me mira con los ojos brillantes.
—Puede que no sea una gran cocinera, pero si me dices qué tengo que hacer…
¿Quiere cocinar para mí? Es un detalle. En realidad, es un detallazo. Pero…
—Sin peros —insiste. Llena de energía, salta del sofá y se arremanga la blusa—. ¿Sigo con las zanahorias?
Atónito, la observo mientras agarra el cuchillo de cocina, coloca una zanahoria sobre la tabla y se pone manos a la obra.
—¿Qué ibas a hacer?
Un trocito de zanahoria rueda por la encimera.
—Sopa —respondo, y casi no puedo creer lo que veo a continuación. La señorita de ciudad, tan correcta y pulcra, se pega al borde de la encimera y utiliza su blusa elegante para impedir que la zanahoria caiga al suelo.
—De mí no te escapas.
Atrapando el trozo con aire triunfal, se vuelve hacia mí y le da un bocado gozoso a la verdura naranja. Su blusa tiene una mancha húmeda, pero parece no importarle. Sin apartar la mirada de mí, mastica la zanahoria ruidosamente.
—Y tú tampoco. ¿Lo entiendes? —añade con un tono tan serio que tengo que tragar saliva.
Quiere luchar. Por mí.
Un agradable cosquilleo se extiende por mi interior. Aparto la mirada deprisa y voy hasta el congelador. Rebusco entre los guisantes congelados más tiempo del necesario.
—Cuando termines con las zanahorias, puedes seguir con el colinabo.
—Hecho —dice Elina, radiante. Un segundo después ya está de vuelta ante la tabla de cortar, manejando el cuchillo a toda prisa.
Enciendo el fogón, agarro el calabacín y empiezo a trocearlo. Contengo el bostezo que está a punto de escapárseme.
—Tienes una casa realmente preciosa —dice la chica en el silencio que se abre entre nosotros—. Me fijé en unos muebles de madera parecidos en casa de Hanna. Son únicos… hechos con tanto cariño.
—Gracias.
No soy capaz de decir nada más. ¿Qué otra cosa podría decir? ¿Que su cumplido me llena de un calorcito reconfortante? ¿Que no recuerdo la última vez que alguien que no fuera de mi familia dijo algo agradable sobre mí?
Por el rabillo del ojo la veo observándome a escondidas. Hace rato que ha dejado de trabajar.
—Los haces tú mismo, ¿verdad?
Sorprendido, dejo caer el cuchillo. No puede saberlo. Es imposible.
—¿Te lo dijo Hanna?
Ríe por lo bajo y niega con la cabeza.
—En tu interior hay más de lo que parece a simple vista.
Y, por lo visto, en ella también. Carraspeo, incómodo.
—¿Me enseñarás tu taller? —pregunta con una mirada que me hace imposible negarle ese deseo.
—Luego —digo, volviéndome rápidamente de nuevo hacia las verduras. Sea lo que sea que la señorita de ciudad me está haciendo, no me gusta. Me siento vulnerable frente a ella, y me molesta mucho menos de lo que debería.
—Genial, tengo muchas ganas.
O no se da cuenta de lo que está pasando aquí ahora mismo, o finge que no le importa.
—El agua está hirviendo. ¿Echo las verduras?
—Primero, las zanahorias.
Agradecido por la distracción, corto el puerro en aros.
—Uy.
El tono de Elina suena alarmante.
Enseguida la miro. Está junto a la cocina con las zanahorias en las manos, dejándolas caer de golpe en el agua hirviendo. Como es lógico, el líquido caliente salpica hacia arriba y la alcanza. Nunca ha cocinado en su vida. Seguro.
No puedo evitar que se me escape una sonrisa, sobre todo cuando veo su blusa, salpicada de motas oscuras. Cuando se aparta tanto de la cocina que sus manos apenas quedan por encima de la olla, estiradas al máximo, y gira la cabeza hacia un lado, de repente se me escapa una carcajada.
Es demasiado gracioso.
Veo su expresión ofendida.
—¿Te estás riendo de mí? —pregunta.
—Jamás. —Levanto las manos y, aunque intento mantener la seriedad, no lo consigo.
Alza la barbilla y abre los puños. Las zanahorias caen al agua. De nuevo, el líquido salpica en todas direcciones, pero Elina sigue seca.
—¿Ves? Ha funcionado.
Me coloco a su lado, tomo la tabla con las verduras y la sostengo sobre la olla. Luego, con la mano, deslizo con cuidado los trozos de zanahoria, dejándolos resbalar suavemente dentro del agua.
—Así mejor —digo, alzando una ceja.
Se muerde el labio inferior, baja la cabeza y me mira desde abajo.
—Eres todo un héroe.
No. Otra vez no con lo del héroe.
—Con el resto te apañarás sola, seguro —digo enseguida, poniendo distancia entre nosotros.
Me mira desconcertada. Abre la boca, pero vuelve a cerrarla sin decir nada. Aparta la vista de mí y trabajamos en silencio hasta que el último trozo de verdura hierve en el agua. Durante todo ese tiempo no consigo quitarme de encima la sensación de que la ofendí.
Le tiendo la tapa para que cubra la olla.
—Gracias por tu ayuda.
Ahí está de nuevo. Esa sonrisa radiante. Parece un poco orgullosa de haber conseguido cocinar una sopa.
Extraña, esta ratoncita de ciudad. Muy extraña.
De pronto me lanza una mirada pícara.
—Así que ahora te debo algo, ¿no?
Ya me ha sorprendido demasiadas veces. Pero ahora estoy en guardia. Seguro que quiere hablar de mi salud, pero no hay nada de lo que hablar.
—El taller está en el anexo.
Su alegría es inconfundible. Va directa a la puerta, donde la esperan sus zapatos elegantes.
La tierra del bosque, mezclada con agujas de pino, se ha pegado al ante de color lila.
Levanta los tacones y los mira con el ceño fruncido.
Probablemente está enfadada porque se han ensuciado.
La suciedad no le va a la chica de ciudad, igual que el calzado resistente.
—Preciosos, pero se van a quedar en el armario a partir de ahora —murmura, y luego me mira—. ¿Me prestas tus zuecos? —Señala con el dedo mis zapatos de jardín cerrados.
Con una mezcla de fascinación e incredulidad, asiento.
—Pero te van a quedar enormes —digo, aunque estoy seguro de que ya lo sabe.
Se encoge de hombros y se calza los zuecos. En cuanto se los pone, adopta una pose de modelo.
—Me quedan de maravilla, ¿verdad?
Vuelvo a soltar la carcajada. La combinación de mis zapatos de jardín, que en sus pies diminutos parecen transatlánticos, los pantalones plisados tan elegantes y la blusa manchada de cocinar es simplemente desternillante.
—Imposible superarlo —confirmo, todavía riéndome.
Y aunque esta situación no tiene nada de especial, me siento un poco más libre de lo habitual.
—Vamos, señora payasa.
Me sigue hasta el taller. Abro la puerta pesada y la dejo pasar. Casi todo está como lo dejé después del accidente. Solo he podido hacer algo de lijado aquí y allá; mi mano lesionada todavía no está para más.
—Vaya.
Elina avanza despacio por el pasillo entre el banco de trabajo y la sierra, y se detiene ante la estantería donde guardo mis proyectos pequeños.
—Esto es increíble —dice, tomando en la mano una de las cucharas del juego de cubiertos de madera. Acaricia el mango con cariño—. La veta… y la forma tan elegante…
Su entusiasmo me llega muy hondo.
—La madera no tiene por qué ser siempre rústica —digo, porque estoy seguro de que eso era justo lo que pensaba antes.
Cuando una chica de ciudad imagina algo de madera, ve piezas antiguas o tradicionales. En resumen, cosas pasadas de moda.
Vuelve a dejar la cuchara en su sitio y examina mis otros trabajos. Algunos los diseño por encargo, como el letrero de puerta que acaba de descubrir. Recorre con los dedos, casi con devoción, el delicado relieve.
—Llevas un artista dentro —dice, alzando la cabeza y mirándome como si de pronto viera en mí algo que antes estaba oculto—. Tú no eres…
Ahora soy yo quien la mira con gesto interrogante. ¿Cómo creía que era? Vale, probablemente no doy una impresión muy amable a primera vista. Pero eso no significa que…
Su mirada se vuelve más intensa y, de pronto, me doy cuenta de que ella no es la única con prejuicios.
Yo también me dejé engañar por las apariencias.
¿Y si en realidad es completamente distinta?
¿Y si ella también prefiere esconder lo que le pasa por dentro porque siente que nadie en este mundo podría entenderlo jamás?
Sin apartar la mirada de la mía, Elina se acerca. Se detiene a apenas unos centímetros.
—Pones mucho cariño en estas piezas maravillosas, únicas. —Su mano se estremece, como si quisiera tocarme y, al mismo tiempo, no se atreviera—. Pero tú también necesitas un poquito para ti.
Noto cómo se me ensombrece el gesto. Puede que, desde su punto de vista, sea exactamente lo que está viendo. Porque ella no sabe lo que pasó. En realidad, no sabe nada de mí.
—Los resultados de tu análisis de sangre no son concluyentes, pero nos dan pistas que podemos seguir. —Su mirada penetrante se clava en la mía—. No estás bien, eso salta a la vista. Solo si me dejas averiguar qué te pasa podré ayudarte.
¿Por qué tiene que sacar este tema otra vez? Solo estoy un poco cansado, nada más. O al menos eso es lo que quiero creer.
—No hay motivo para preocuparse —digo, con un tono más brusco de lo que pretendía.
—Tu recuento bajo de plaquetas sí es preocupante. Podría ser un indicio de...
Levanto la mano de inmediato. No necesito que me explique qué indica un recuento bajo de plaquetas.
—No me pasa nada. Déjalo.
Con ese tono debería echarse atrás, pero ocurre justo lo contrario. Da otro paso hacia mí, su torso roza el mío y me llega a la nariz un delicado aroma a manzana.
—¿A qué le tienes miedo?
Trago saliva, pero tengo la garganta oprimida.
Como si todavía no me hubiera presionado bastante, ahora apoya la mano en la parte alta de mi brazo.
—Mi mejor amiga Maya siempre dice que todo viaje empieza cuando decides dar el primer paso.
Dios mío, ¿qué se supone que puedo responder a eso? ¿Hay algo que pudiera decir para hacerla desistir de su plan?
—Confía en mí. —Me sostiene la mirada durante un instante que se me hace eterno. Luego la baja y se desliza a mi lado para salir del taller—. Sabes dónde encontrarme —me grita por encima del hombro antes de desaparecer entre los árboles con mis zapatillas de jardín.
La sigo con la mirada, pensativo. Cuando la soledad del claro vuelve a envolverme, siento que algo se me desgarra por dentro. Y cuanto más imagino lo que podría pasar si se diera la vuelta y regresara a mí, más se abre la grieta en mi interior.
Porque intuyo las consecuencias que tendría si volviera a mirarme con esa expresión llena de cariño o me hiciera reír una vez más.
Le pediría que se quedara conmigo un rato más.
Pero si volviera a escudriñarme con esa mirada penetrante de doctora o me acorralara con sus preguntas certeras, desearía que desapareciera de mi vida lo antes posible.