El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo Dieciséis

Noah

Coloco las zanahorias sobre la tabla de cortar y agarro un cuchillo de verduras del cajón. Los párpados me pesan tanto que casi se me cierran cuando bajo la mirada para empezar.

Así no hay manera.

A pesar de haber tenido frío todo el día, voy hasta la ventana. La abro e inspiro el aire frío de la montaña hasta el fondo de los pulmones. Pero no me espabila. Al contrario, bostezo sin poder evitarlo, incapaz de sacudirme el cansancio.

Dejo la ventana entreabierta, arrastro los pies de vuelta hasta la encimera y doy un sorbo a la bebida energética, asquerosa y artificial, que se supone que debería mantenerme despierto.

Luego vuelvo a fijar la vista en las zanahorias.

El agua para la sopa estará a punto de hervir, pero yo corto las rodajas finas despacio.

No debo volver a hacerme daño, sobre todo porque hoy tengo la cita de revisión.

Si Elina descubre heridas nuevas en mis manos, sin duda me plantará cara.

Con toda la concentración de la que soy capaz, coloco el cuchillo contra la zanahoria. Me aseguro de que los dedos de la mano izquierda estén fuera de peligro. Solo entonces presiono la hoja hacia abajo.

Una y otra vez.

Tengo los músculos agotados. La mente se me vuelve torpe. Apoyo la frente en el mueble alto sobre la encimera. Intento seguir, pero se me cierran los párpados. Una pesadez oscura se apodera de mí.

El sonido de la lluvia me llega a los oídos. Al principio son solo unas pocas gotas, pero enseguida arrecia. El repiqueteo del agua se mezcla con el retumbar de los truenos.

—¡Noah!

Alguien me llama.

Quiero ver quién es, pero tengo los ojos cerrados. Las gotas de lluvia me resbalan por las mejillas y la camisa empapada se me pega al cuerpo. Se me erizan los vellos de los antebrazos.

—¡Ayúdame, Noah!

«¿Dónde estás?» Quiero gritar, pero no sale ni un solo sonido de mi boca. El suelo bajo mis pies se balancea. No, el que se balancea soy yo.

Ahí. ¡Un relámpago!

Abro los ojos de golpe. El vapor caliente me nubla la vista. Lo que hace un instante sonaba como una lluvia azotando con fuerza se ha convertido en un borboteo frenético.

El agua de la sopa.

¿Cómo puede estar hirviendo ya? Si acabo de encender el fogón.

La confusión me invade mientras miro a mi alrededor. Las zanahorias están solo cortadas a medias y el colinabo sigue intacto. Nada ha cambiado, salvo una cosa. El cuchillo que tenía en la mano hace un instante ahora yace a mi lado, en el suelo.

¿Cómo ha llegado hasta ahí?

¿Se me habrá caído sin darme cuenta?

Gimiendo, me agacho para recogerlo. En ese instante comprendo lo que debe de haber pasado.

Microsueño.

He llegado a este punto. Ni con todas mis fuerzas consigo mantenerme despierto.

—Mierda. —Mi puño golpea la encimera—. Mierda, mierda, mierda —rujo desde lo más hondo de mi ser, lanzando mi desesperación al vacío de la solitaria explanada donde se alza mi casa. Pero no me sirve de nada. Al contrario, solo consume la poca energía que me queda.

Necesito dormir. Con urgencia.

Con los párpados a medio cerrar, apago la cocina.

Avanzo tambaleándome hasta el sofá junto a la chimenea abierta y me dejo caer de bruces sobre los cojines, como una tabla de madera que se precipita en un lago de montaña.

El impacto me sacude, pero después me hundo poco a poco en las profundidades de la oscuridad insondable del agua.