Capítulo 15 #2
Con este mantra en la cabeza, por fin salgo de la cabaña. Apenas puedo avanzar por el sendero de grava irregular con mis tacones de aguja, pero me quedan tan bien que compensa el esfuerzo.
Cuando llego al borde del bosque, me doy cuenta de que la fiesta ya está en pleno apogeo.
Da la impresión de que todo el pueblo anda por aquí.
Entre estufas de terraza, guirnaldas de luces cálidas y cintas de colores, Hanna está sirviendo chupitos en una bandeja.
El olor a comida a la parrilla me hace la boca agua.
El ambiente festivo de los invitados me alcanza, igual que la música animada.
No es del todo de mi gusto, pero pone a todo el mundo de buen humor y una mirada a la terraza soleada, engalanada con cintas de colores, me dice que es un lugar perfecto para bailar.
Me encamino hacia un grupo que está bailando.
Inevitablemente, busco a Noah, pero no lo veo por ninguna parte, ni a su novia tampoco.
Para asegurarme, incluso miro más allá de los invitados.
Tal vez estén escondidos en un rincón oscuro, susurrándose cursilerías al oído.
Pero por mucha atención que presto, no los encuentro. Menos mal.
—¡Elina! —Hanna me ha visto y me saluda con la mano.
Me acerco a ella. Antes incluso de llegar a la mesa bien dispuesta alrededor de la cual se han reunido los invitados, decenas de ojos me recorren de arriba abajo. Y un segundo después, entiendo por qué.
Nadie aquí se ha arreglado para la ocasión. Los demás llevan ropa de diario. De vez en cuando, distingo una chaqueta tradicional con vaqueros o un cuello de camisa que asoma bajo un suéter de punto basto, pero poco más.
—Chicos, esta es Elina —Hanna toma la iniciativa y habla por mí—. Es nuestra nueva doctora, así que portaos bien con ella. —Sonríe y me alarga un vasito de licor.
Todos se ríen, y yo no puedo evitar sonreír también. Alzo la mano a modo de saludo y recorro los rostros amables. Incluso reconozco a algunos de la consulta.
Está la mujer con conjuntivitis. Sus ojos parecen estar sanos. También distingo al hombre que vino hace poco con su hijo.
Doy un paso hacia él.
—Hola, Hans. ¿Cómo sigue el pequeño?
—El sarpullido casi ha desaparecido —responde, chocando su vaso con el mío.
—Me alegra oírlo. —Choco mi vaso con el suyo y tomo el chupito de un trago. El líquido transparente me quema la garganta y me hace toser.
—Parece que a nuestra doctora Elina todavía le falta un poco de práctica —oigo decir a una mujer entre el grupo, seguida de risas aprobatorias.
Sonriendo de oreja a oreja, le tiendo mi vaso vacío.
—Entonces, rellénamelo —digo, porque, sencillamente, no puedo evitarlo. Es la primera noche desde que llegué aquí que paso con gente. La primera fiesta en dos semanas demasiado largas y silenciosas.
En las horas siguientes saboreo cada instante.
Pruebo el strudel de manzana de Hanna. Brindo por la amistad al menos tres veces con cada habitante del pueblo y pierdo cinco en ese juego en el que hay que clavar un clavo en un tronco usando la parte estrecha del martillo.
Los chupitos y la cerveza corren a raudales, y la música se vuelve cada vez más salvaje, igual que mi ánimo.
Y cuando el novio de Hanna, Florian, me saca a bailar, ya no hay quien me pare.
No tengo ni idea de cómo va este baile tradicional, pero me da lo mismo. Divertida, soltando risitas, enlazo mi brazo con el suyo y casi tropiezo camino de la pista de baile.
—¿Lista? —pregunta, mirándome expectante.
Asiento.
—Vamos allá.
Florian apoya la mano en mi cadera y me atrae hacia él de un tirón firme. Me hace girar, y el jardín, con toda su decoración festiva, empieza a dar vueltas a mi alrededor a una velocidad vertiginosa.
Esto es una locura. Un grito potente se me escapa de la garganta mientras mi compañero de baile me hace girar cada vez más deprisa.
En ningún momento desde que llegué aquí me había sentido tan viva.
El bullicio y la euforia de la fiesta borran por completo el silencio casi asfixiante que suele reinar en este pueblo.
Ojalá fuera siempre así.
Disfruto del baile, que termina demasiado pronto.
—Otra vez —le exijo a Florian cuando la música se interrumpe por un momento.
En ese mismo instante distingo a una mujer detrás de su hombro. Reconocería esa melena rizada entre miles, aunque estuviera tres veces más borracha de lo que estoy ahora.
—Lo siento. Los bailes que quedan están reservados para mi chica —dice Florian desde cierta distancia.
—Claro —asiento mientras recorro a los invitados uno por uno con la mirada. Si su novia está aquí, Noah no puede andar lejos. Y, aun así, no lo veo por ninguna parte.
Del brazo de Florian, me alejo tambaleándome de la terraza soleada convertida en pista de baile. Debería comer algo, así que me abro paso entre los invitados hasta el bufé, agarro una rebanada gruesa de pan rebosante de queso y le doy un bocado que me sabe a gloria.
—Hola. —De pronto, Miss Rizos está tan cerca de mí que nuestros brazos se rozan. El bocado casi se me queda atravesado en la garganta. Mastico con energía y le dedico una sonrisa tímida.
Deja su vaso de cerveza junto a las bandejas de comida sobre la mesa, y entonces reparo en el emblema del equipo de rescate de montaña en la manga de su chaqueta.
—Tú eres Elina, ¿verdad?
Su sonrisa es franca y tiene algo tan cálido que me resulta imposible no encontrarla simpática.
—Y tú eres la novia de Noah —respondo, porque más vale afrontarlo de frente, por muy doloroso que sea el pinchazo en el pecho cuando pronuncio las palabras «novia de Noah».
Me tiende la mano.
—Soy Anita. Encantada de conocerte en circunstancias más relajadas.
Si aún quedaba en mí una última chispa de esperanza de que todo esto pudiera ser un malentendido, acaba de apagarse. Siento un gran peso en todo el cuerpo, y ni siquiera las comisuras de mis labios obedecen cuando intento mantener la sonrisa.
—Gracias por tu ayuda con la lesión de Noah. Él puede ser muy...
—¿Terco? —pregunto, alzando una ceja—. Y lo de confiar en los demás tampoco es precisamente lo suyo. Ya me he dado cuenta.
Se encoge de hombros y su mirada adquiere un matiz nostálgico.
—No me extraña, después de lo que... —se interrumpe a mitad de frase—. Da igual —dice de pronto—. ¿Qué sé yo? No debería juzgarlo, ni a él ni lo que pasó. Al fin y al cabo, solo somos compañeros de trabajo.
—¿Solo compañeros? —Mi, supongo, muy evidente nivel de alcohol me suelta la lengua—. O sea que no estáis… —se me escapa.
—Dios, no. —Con una carcajada franca me enseña la mano derecha. Un fino anillo de oro adorna su dedo anular—. Además, ya no deja que nadie se le acerque. —La melancolía se cuela en su voz.
—¿Y eso? —Probablemente no debería preguntar, pero me muero de ganas de saber más sobre ese hombre tan rudo.
Anita apoya la mano en mi antebrazo.
—Será mejor que se lo preguntes a él —dice con intención, bajando la mirada.
—Lo haré —murmuro distraída. Así que mi intuición era correcta. Cuando curé su herida, intuí que necesitaba ayuda.
Puedo darle esa ayuda. Y no habría nada más hermoso que poder hacerlo.
Piensa en el bombero , susurra la voz de Maya en mi cabeza.
—Como su médica, claro —digo, más para mí que para Anita.
Su cita de revisión, en la que también hablaremos de los resultados de la analítica, está programada para el próximo jueves.
Me sentaré frente a él, lo miraré a los ojos, le prestaré toda mi atención y no pararé hasta saber qué le pasa.
Menos mal que insistió en tener la última cita al final del horario de consulta.
Así tendremos tiempo de sobra. Con un poco de suerte, se abrirá conmigo, porque hay algo que tengo clarísimo: sea cual sea el problema que lo tiene atrapado, quiero asegurarme de que consiga librarse de él.
Como su médica. Por supuesto.