Capítulo 15
Capítulo Quince
Elina
Jadeando, abro la puerta de mi cabaña.
¿Me habrá visto?
—Da igual —me reprendo, porque así son las cosas.
Me quito de un puntapié las bailarinas y voy directa a la cocina, donde dejo la compra sobre la mesa del comedor. Me llevo la mano al hombro, en el punto en que las asas de la bolsa se me han clavado en la piel. Masajeo la zona y dejo escapar un suspiro de alivio.
Es el único sonido en el silencio de esta cabaña. Tengo que cambiar eso. Alargo la mano hacia el teléfono, pero enseguida la retiro.
Maya debe de estar en el avión. Y aunque ya hubiera llegado a Barcelona, seguro que no tiene tiempo para charlar. Además, ¿qué se supone que voy a decirle?
¿Que tenía razón?
¿Otra vez?
Por un instante, pienso en llamar a mi madre. Pero todavía no me ha llegado la confirmación de la plaza libre por la que estoy peleando para Aaron. Y mientras eso siga así, tampoco querrá hablar conmigo.
Abatida, dejo el teléfono a un lado y, en su lugar, pongo música. El álbum en directo de Rammstein encaja a la perfección con mi estado de ánimo. Segundos después, me llegan los gritos eufóricos de miles de personas. Entra un bajo atronador que hace chillar al público de emoción.
No puedo evitar cerrar los ojos, para sentirme un poco más como si estuviera allí, en medio de la multitud electrizada, riendo y silbando. Mi cabeza se mueve al ritmo de la música. Alzo una mano bien arriba y canto a pleno pulmón.
Así es como debería ser la vida.
Apasionante. Ruidosa. Arrolladora.
Salto una y otra vez, dejándome arrastrar por la energía. Me siento mejor. Mucho mejor.
Cuando la canción termina, estoy lista para volver a abrir los ojos, aunque sé perfectamente lo que me espera.
Ese silencio inquietante. Y la soledad.
Al compás de la siguiente canción, deshago la compra y voy guardando las cosas en los armarios.
¿Dónde está mi chocolate favorito? ¿El de la capa de galleta y el centro de caramelo pegajoso que tantas ganas tenía de comer?
Desconcertada, pongo la bolsa boca abajo, pero está claramente vacía.
Debí de perder el chocolate en algún punto entre la tienda del pueblo y aquí.
Con la mirada clavada en el suelo, avanzo por el pasillo hacia la puerta de entrada.
Aquí no está. Salgo fuera. No hay nada en las losas de piedra que rodean la cabaña. Recorro con la mirada el sendero de grava que atraviesa el pequeño bosque y lleva hasta el jardín de Hanna.
Allí donde Noah está haciendo algo, sea lo que sea.
Desde luego no quiero encontrármelo, así que avanzo solo hasta donde puedo permanecer oculta bajo la protección de los abetos.
De pronto, un bando de gorriones levanta el vuelo a mi lado con un alboroto de alas.
Al segundo siguiente oigo pasos. Entre los troncos aparece una silueta.
Me giro a toda prisa. Después de todo, el chocolate no es tan importante.
—¡Elina! —Es la voz de Hanna.
Aliviada, me detengo y me vuelvo hacia ella con una sonrisa.
—Hola.
Del brazo le cuelga una cesta de mimbre trenzado. De la abertura asoman cabezas de flores de todos los colores. Brillan casi con la misma intensidad que el rostro de Hanna.
—Justo iba a repartirlas por las cabañas —dice, alzando un poco la cesta.
Qué idea tan bonita.
—¿Te echo una mano? —pregunto, porque me gusta la idea de llevarles un poco de alegría a los otros inquilinos.
—Sería genial. —Me hace un gesto para que la siga, y yo lo hago encantada.
—¿Te estás adaptando bien? —me pregunta cuando llegamos a una cabaña que es exactamente igual que la mía. Solo cambia el mobiliario de la terraza, pero parecen piezas hechas a mano con el mismo cariño que las mías.
—Es muy —no sé cómo expresarlo— tranquilo. —Alzo los hombros, algo cohibida. Al fin y al cabo, este es su hogar y no quiero que se sienta ofendida.
La media sonrisa que se le dibuja mientras deja la cesta de flores sobre una de las sillas de madera me dice que no se ha ofendido en absoluto.
—¿La tranquilidad te asusta? —Algo me dice que ya conoce la respuesta. Tal vez sea su manera de mirarme. Muy penetrante. Como si supiera qué se esconde en lo más hondo de mi alma.
—Un poco —admito.
Empieza a colocar caléndulas y margaritas en un ramo. Absorta en sus pensamientos, arranca las hojas de la parte baja del tallo.
—Dicen que solo cuando el agua está completamente en calma frente a ti puedes verte en ella.
No tengo ni idea de a qué se refiere, pero en seguida se me viene a la cabeza la imagen nítida de un lago de montaña azul oscuro.
Y, como si fuera una espectadora externa, me veo a mí misma arrodillada en la orilla, inclinándome para mirar la superficie del agua.
La respiración se me acelera y aprieto los labios.
Al segundo siguiente me entra el pánico y aparto la mano del agua a toda prisa. El lago se agita y algunas gotas saltan tan alto que me alcanzan la frente. Poco a poco se abren camino por las sienes y los pómulos, hasta la barbilla, para acabar cayendo de nuevo al agua.
—¿Te gustaría hacer un ramo también?
La voz suave de Hanna me arranca de mis pensamientos.
Menos mal. Porque lo que acaba de pasar por mi mente ha sido raro. Y más aterrador que cualquier película de terror.
—Me encantaría —respondo.
Intento esbozar una sonrisa despreocupada, luego bajo la mirada hacia la cesta y examino con cuidado la selección de flores. Mi ramo debería ser bonito, pero ¿qué flores combinan bien entre sí?
—Confía en tu intuición —dice Hanna—. No hay normas.
Puede que tenga razón, pero siento una necesidad enorme de hacerlo bien. No sé cómo, así que agarro la flor que parece una margarita gigante, la combino con las ramitas delicadas y luego decido añadir más margaritas. El ramo que tengo en la mano se va volviendo más compacto.
Cuando lo termino, se lo enseño a mi casera.
—¿Qué opinas?
Sin alzar la vista, sigue trabajando en su propio ramo. Flores de un azul intenso y un amarillo radiante se reúnen en su mano y forman un arreglo perfecto.
—¿Qué te parece a ti? —pregunta.
Mi mirada va de mi ramo al suyo.
—El tuyo es más bonito —admito, con una punzada de remordimiento.
Me tiende un cordel y unas tijeras. Alargo la mano para tomarlos, pero no los suelta. En lugar de eso, me clava la mirada en los ojos y me incomoda.
—Las cosas tienen exactamente el valor que tú les quieras dar.
¿Qué intenta decirme?
—Lo sé —respondo, sin querer parecer una tonta delante de ella.
Por suerte, suelta el cordel y las tijeras con un leve gesto de aprobación.
Terminamos de atar en silencio los dos ramos.
Los colocamos en los jarrones esbeltos que Hanna saca como por arte de magia de su cesta y los disponemos sobre la mesa de madera de la terraza.
Quedan preciosos. Es una pena no poder ver la cara de la gente de la cabaña cuando los descubran.
Estoy segura de que sus sonrisas me calentarían el pecho.
Hanna enlaza su brazo con el mío y me arrastra con ella.
—Vamos, que todavía nos quedan tres alojamientos.
Seguimos avanzando juntas. La dejo ir delante, porque no tengo ni idea de dónde están las otras cabañas. Desde mi alojamiento siempre me da la impresión de que no hay nada más que bosque hasta donde alcanza la vista.
—Esta noche hay una pequeña celebración en el jardín —dice mientras dejamos atrás el sendero de grava y seguimos una vereda apenas visible que amortigua nuestros pasos—. Me gustaría invitarte.
¿Una fiesta? Suena mucho mejor que todo lo que he hecho aquí hasta ahora.
—Entonces mis series tendrán que esperar esta noche —digo, sonriendo—. ¿A qué hora empieza?
Mientras Hanna me da los detalles, noto cómo se me va encendiendo la ilusión por dentro. Habrá barbacoa, música y la nueva terraza al sol se convertirá en pista de baile.
—¿Puedo ayudarte con los preparativos?
Tengo las mejillas encendidas solo con imaginármelo. Me encantaría abrazarla. Avanzo dando pequeños saltos a su lado por el sendero y, al final, aparece otra cabaña.
Hanna desestima mi oferta con un gesto.
—Eres mi invitada. Tu única tarea es disfrutar de la velada. —En su rostro se dibuja una expresión extrañamente reservada—. Además, los hombres de la casa se encargan de todo. Lo tienen bajo control.
Debe de referirse a su novio, Florian. Y a Noah. Seguro que él también estará en la fiesta.
Con su novia.
Bailarán juntos. Se mirarán hondo a los ojos. Y él la besará con tanta pasión que ella se olvidará de todo lo que la rodea.
Para, Elina. No tiene sentido que pienses en eso.
—Genial —acierto a decir con un hilo de voz, y carraspeo enseguida—. Tengo muchas ganas.
Su mirada inquisitiva se cruza con la mía. Me observa un instante.
—Bien —dice, y deja su cesta de flores sobre una de las sillas de la terraza, igual que antes.
Nos ponemos manos a la obra. Para animarme, hago un ramo que reúne todos los colores del arcoíris. Aun así, no consigo que mis pensamientos dejen de anticiparse a esta noche.
En mi imaginación ya estoy plantada delante del armario de mi dormitorio, buscando un conjunto adecuado para la fiesta.
El vestido de flores estaría bien, combinado con los tacones altos y el bolso con la rosa en relieve. Me alisaré el pelo con esmero y el maquillaje será discreto, pondré incidencia en los labios.
Voy a parecer Gisele Bündchen hecha una princesa de las flores.
Sí. Así equipada, podré enfrentarme a Noah y a su novia sin perder la compostura.
Horas más tarde, no queda nada de mi determinación. Me mordisqueo el labio inferior y voy alternando la mirada entre el reloj y el espejo.
Ya debería haber salido, pero sigo sin verme perfecta. Un mechón rebelde se niega a quedarse en su sitio y tengo la piel de la cara llena de manchas. Al menos el conjunto me sienta bien, igual que el labial. Mis pestañas se arquean con elegancia hasta casi rozar las cejas.
Por última vez, fijo la vista en mi reflejo.
—Puedes hacerlo. —Como para darme ánimos, asiento—. Es un hombre aburrido, poco atractivo, insignificante. Nada más.