Capítulo 14
Capítulo Catorce
Noah
Con la mirada clavada en el suelo, avanzo calle abajo. La ratita de ciudad sigue rondándome la cabeza. Hay algo en ella que no encaja. En cuanto recogí sus compras desparramadas, salió huyendo sin más.
El recuerdo de lo que llevaba en la cesta me hace resoplar. Porquerías insanas. Productos ultraprocesados. Pero es muy de su estilo. Seguramente ni siquiera sabe cocer pasta y se cree que la leche sale de un cartón.
Típica urbanita.
Debería dejar de pensar en ella, pero me cuesta. Al fin y al cabo, voy de camino a casa de Hanna. Es muy probable que vuelva a cruzarme allí con Elina.
Por ahora sigo a salvo, así que apuro el paso.
Cruzo la verja de la entrada y rodeo directamente la casa hasta llegar al jardín.
Hanna no está allí, de modo que entro por la puerta trasera.
Al pasar junto al despacho, le hago un gesto con la mano a Florian a través del marco de la puerta. Parece estar ahogándose en papeleo.
Con el pelo de punta, me lanza una mirada cansada.
—Eh, Noah. ¿Te veré esta noche?
Niego con la cabeza y sigo adelante antes de que pueda preguntar más. El fuerte traqueteo de las ollas y el ruido de la campana extractora son, por suerte, una señal inequívoca de dónde voy a encontrar a mi hermana.
Escondo la caja de bombones a la espalda y entro en la cocina. El olor a pan recién horneado hace que el estómago me gruña al instante.
Con el cabello revuelto recogido en un moño deshecho, Hanna se las apaña para controlar a la vez tres ollas y cinco bandejas de horno. Esta mujer es un fenómeno. No hay nada que no pueda con ella. No me gusta que hoy parezca abatida a pesar de sus movimientos enérgicos.
—Hola, cumpleañera. —Gracias a mis palabras, se le curva la boca en una sonrisa. Deja caer el batidor y camina hacia mí. La recibo y la abrazo todo lo fuerte que puedo. Para mi sorpresa, se siente bien—. Feliz cumpleaños, hermana.
—Gracias, Noah —murmura contra mi camisa. Da la impresión de que no piensa soltarme nunca más.
Cuando por fin lo hace, tiene los ojos llenos de lágrimas.
—Hace muchísimo que no hacemos esto —titubea—. La última vez fue cuando...
Rápido, levanto la mano. Hoy no es precisamente el día indicado para despertar recuerdos que es mejor dejar en la oscuridad. Luego le tiendo los bombones.
—Para ti.
Inclina la cabeza.
—Sabes que no deberías traerme nada.
Típico de Hanna. Siempre está para los demás, pero hasta el gesto más pequeño le parece demasiado. Incluso una cajita ridículamente diminuta de sus bombones favoritos.
—Ábrelos —digo, haciendo caso omiso de su objeción.
Con cuidado, levanta la tapa de la caja y descubre la tarjeta que había metido dentro antes.
—Invitación a cenar —lee en voz alta. Con cada palabra, la voz se le vuelve más temblorosa. Yo también noto cómo, de repente, me invade una emoción inesperada.
Tal vez, después de todo, no haya sido tan buena idea.
—¿En el observatorio? ¿Como antes? —Alza los párpados, con un brillo acuoso en los ojos—. Eso significaría mucho para mí.
Ni de broma. El observatorio está vetado.
Tengo que aclararme la garganta para poder hablar.
—La mesa aún no está lista, así que cenaremos en mi casa —consigo decir, y ahora estoy seguro de que es una mala idea. No estoy preparado. No puedo estar toda una noche con Hanna.
—¿Sabes qué otra cosa significaría mucho para mí? —Se muerde el labio—. Que celebraras con nosotros esta noche.
—No puedo. —Las palabras se me escapan de la boca antes incluso de que pueda plantearme su petición. Pero son verdad. La miro a los ojos, casi suplicando—. Las miradas. Los susurros. Es demasiado.
Me abraza una vez más.
—Eres más fuerte que los fantasmas del pasado. No lo olvides.
—Lo sé. —Si no, ¿cómo lograría mantener a raya mis pensamientos para que ni un segundo se desvíen hacia Julian?
No pienso en él, no hablo de él y no quiero oír nada sobre él.
Pero cuando veo cómo me miran los del pueblo, cuando escucho sus chismes o cuando intentan sonsacarme algo en confianza para luego ir a contarlo en la posada, entonces no puedo.
—Estar solo no es bueno para ti —me susurra Hanna al oído.
No. Lo sé. Pero ¿qué otra opción tengo? La época en que yo formaba parte despreocupada de la comunidad del pueblo, riéndome y cantando con ellos, compartiendo mis pensamientos con ellos… esa época se acabó. Recuperarla es imposible.
—¿Quieres que te ayude con los preparativos?
Se separa de mí y me mira. Durante unos segundos me sostiene la mirada, y veo cómo le funciona la cabeza. Seguro que se está planteando si dejar el tema o no.
—Todavía hay que montar las mesas y la cerveza y conectar los calefactores —dice al fin con una sonrisa forzada—. Florian aún tiene cosas que hacer.
Su novio ni siquiera es capaz de despegarse del escritorio el día de su cumpleaños. ¿Por eso estaba triste antes? Sea lo que sea lo que pase entre ellos, no es asunto mío. Y yo soy la última persona que debería juzgar lo que hacen los demás.
—Ahora mismo.
Salgo al jardín y me pongo manos a la obra de inmediato. Con un poco de suerte, el aire fresco y el movimiento hasta podrían sentarme bien. Pero a cada minuto que pasa siento los músculos más doloridos. Y eso que ayer pensé que estaba mejor.
Voy colocando los bancos uno tras otro y los alineo sobre las losas irregulares de piedra de la terraza para que no cojeen.
Un movimiento en el borde del bosque llama mi atención.
Alzo la vista y solo alcanzo a ver a Elina, que corre a toda velocidad por el sendero de grava.
Algo se cae de su bolsa de la compra, pero ella lo deja tirado sin más.
Sea lo que sea de lo que huya, no voy a detenerla. Al final volverá a mirarme con esa intensidad que me calienta por dentro como una chimenea encendida. O sonreirá con esa sonrisa capaz de iluminar todo el cielo.
Basta. ¿En qué estoy pensando?
La chica de ciudad es superficial y estirada, le gustan las ropas caras y se cree mejor que todo el mundo.
Esa es la verdad y la única verdad.