Capítulo 13 #2
Con un café bien cargado y un bol de cereales, me acomodo en el sofá.
Buscar nuevas ofertas de trabajo se ha convertido en parte de mi rutina matutina.
Hoy solo encuentro una, y está en Burgenland.
No es precisamente un lugar bullicioso, pero podría pasar mi tiempo libre en Viena.
Al menos cuando no esté de guardia. Así que retoco los documentos de la solicitud y los envío de inmediato.
Después de una ducha revitalizante, me pongo en camino hacia la tienda del pueblo.
Con la bolsa de la compra bajo el brazo, avanzo lentamente por el sendero de grava hasta la carretera.
Aunque es mayo y luce el sol, hace frío.
En Viena ya podría ir en chanclas, pero aquí sigo con bailarinas.
Apenas me cruzo con nadie y, cuando abro la puerta del pequeño ultramarinos, da la impresión de que soy la única clienta.
La campanilla sobre la puerta suena alegre.
Igual que la última vez, no puedo evitar maravillarme de que sitios así sigan existiendo.
Entro, divertida, y distingo a María detrás del mostrador.
Es la dueña de este supermercado en miniatura en el que siempre hay que comprobar si la comida no ha pasado ya de la fecha de caducidad.
—Buenos días. —La anciana de las gafas de montura gruesa me sonríe con entusiasmo.
No es la primera vez que me asombra que todo el mundo en este pueblo parezca estar siempre de tan buen humor.
—Hola, María. ¿Cómo va el nivel de azúcar? —pregunto, guiñándole un ojo. No puedo evitar sacar el tema. Su salud me importa.
Con una sonrisa radiante, alza la barbilla.
—Ahora solo horneo con harina integral.
Una mezcla de asombro y admiración me recorre mientras la contemplo. De verdad se ha tomado en serio mis consejos.
—Maravilloso —digo, y una calidez repentina me invade por dentro.
He conseguido ayudarla. Gracias a mí, llevará una vida libre de achaques.
Sonriendo, satisfecha, saco la lista de la compra del bolsillo de la chaqueta.
Por desgracia, no hay nada apuntado que pueda considerarse ni de lejos saludable.
Además de la comida reconfortante que tanta falta me hace, seguramente debería comprar algo de fruta y verdura.
Pero primero necesito mis cereales favoritos.
No concibo empezar el día sin esas bolitas de trigo hiperdulces con la rana verde en la caja.
De buen humor, agarro una de las cestas metálicas y entro en el primero de los dos estrechos pasillos.
No tengo mucha variedad donde elegir, ni en la sección de dulces ni en la de platos preparados.
Al menos hay nubes de azúcar, aunque solo de un tipo.
Tomo tres bolsas y atiborro la cesta con más chucherías.
Me cuesta despegarme de la estantería de las golosinas, pero mis caderas me lo agradecerán, así que sigo adelante.
Al girar hacia el siguiente pasillo, la tableta de chocolate está a punto de resbalar de la cesta. Por un pelo lo atrapo, lo vuelvo a dejar dentro y levanto la cabeza.
Unos segundos después, choco contra una pared de franela a cuadros rojos, blancos y azules. Es blanda.
Y huele a piñas de pino.
Un estrépito metálico me golpea los oídos.
¡Mi cesta de la compra! Desconcertada, doy un paso atrás. La pared es Noah. Y mis provisiones están desparramadas a sus pies.
Genial.
—Eh… perdón —acierto a decir.
Al instante caigo en la cuenta de que prácticamente voy sin maquillar. Solo me he puesto un poco de maquillaje ligero de día, algo de colorete y máscara de pestañas. Mi peinado debe de parecerse más al de una bibliotecaria chiflada que al de una doctora de éxito.
Genial. Aun así, intento esbozar una sonrisa desenfadada.
—Hola, Noah. ¿Cómo estás?
Él se arrodilla para recoger mis compras. Va colocando una por una todas las porquerías insanas de vuelta en la cesta. Cuando roza los paquetes de nubes de azúcar, parece como si estuvieran bañados en veneno.
Menos mal que no he comprado productos de higiene íntima , pienso mientras me agacho para ayudarlo.
—Muy amable por tu parte.
Por un momento, alza la mirada. No dice nada, pero asiente con la cabeza.
—¿Cómo va el pulgar?
Casi por instinto, mi vista se desplaza hacia su mano derecha. Pero no llega hasta allí, porque se queda atrapada en la caja de bombones con forma de corazón que lleva sujeta bajo el brazo. Así que tiene novia. Probablemente la de pelo rizado que lo llevó a la consulta.
Claro. Una vez más, solo vi lo que quise ver. Y me permití desear algo que nunca va a ocurrir. Aunque ayer ya había decidido olvidarme de Noah, la vergüenza empieza a brotar dentro de mí. Me sube ardiendo desde la garganta hasta las mejillas.
Lo único que quiero es salir huyendo. A toda prisa, encajo el último paquete de caramelos de toffee en la cesta de la compra, agarro el asa y me incorporo de un salto.
—Bueno, hasta la próxima. —Me doy media vuelta y me alejo, buscando refugio tras las estanterías, lejos de él y de esta situación tan increíblemente embarazosa.
Al girar hacia el siguiente pasillo a paso rápido, lo distingo por el rabillo del ojo. Me mira con el ceño fruncido. Luego desaparece de mi campo de visión en un abrir y cerrar de ojos.
Decepcionada conmigo misma, me apoyo en el estante de detergentes y productos de limpieza que huele a frescor primaveral y cierro los ojos.
Intento respirar con calma, pero la vergüenza se me pega a la piel.
Igual que el miedo que me ha acompañado toda la vida: nadie me va a querer nunca de verdad, con todo el corazón.
Contengo como puedo las lágrimas que pugnan por salir y noto cómo se me hincha la nariz.
Al menos sigo sola en mi pasillo mientras Noah, por lo visto, paga su estúpida caja de bombones.
Al cabo de un rato, el tintineo de la campanilla me indica que se ha ido. Entonces me atrevo a salir de mi escondite y camino hasta la caja, donde María mira distraída hacia la puerta.
—Ese chico… —murmura para sí, en una mezcla de incomprensión y cariño—. Qué lástima…
Frustrada, dejo caer mi cesta de la compra sobre el mostrador. No puedo sino darle la razón.