Capítulo 12
Capítulo Doce
Noah
Observo a la chica de ciudad mientras atiende mi herida con una paciencia que yo jamás tendría.
Las piedritas brillantes de sus gafas centellean cuando mueve la cabeza, y la blusa de seda se ajusta a su clavícula. Nunca habría imaginado que fuera doctora. Habría pensado que era una mujer de negocios, y si se quitara la bata blanca, cualquiera pensaría lo mismo.
La blusa, el peinado impecable, el pantalón de tela ligera y el perfume sutil hablan por sí solos. Solo el collar de colores que lleva al cuello no termina de encajar. Transmite más alegría que elegancia.
—Dime, ¿cómo te sientes? —pregunta, y sus pestañas larguísimas vuelven a alzarse. Por una fracción de segundo me mira hondo a los ojos, y temo que pueda ver mi interior.
Carraspeo enseguida.
—Estoy bien.
—Cuéntame otra vez cómo ocurrió la lesión.
En su voz se percibe un matiz de determinación.
Eso no es importante.
—Te cortaste con una sierra. Pero ¿cómo fue exactamente?
—pregunta y vuelve a concentrarse en mi herida.
La enjuaga y luego reanuda la búsqueda de astillas de madera.
Con la mano izquierda me sujeta el pulgar para inmovilizarlo.
A pesar del guante de látex, su tacto resulta cálido—. Respóndeme, Noah.
Así no vamos a ninguna parte. ¿Qué gana con que se lo cuente?
—Estaba cortando una tabla de madera —confieso con un suspiro, para que vea que no hay nada raro. Y desde luego nada de lo que pudiera ir con el chisme a los habitantes del pueblo, siempre ávidos de escándalos.
—Entonces no eres guardabosques —murmura con una sonrisa juguetona. Se le forman arruguitas adorables alrededor de los labios—. ¿Desde cuándo trabajas con madera?
Si no estuviera tan increíblemente cansado, me encogería de hombros.
—Desde que tengo memoria.
Alza las cejas.
—Mmmm.
¿Qué se supone que significa eso? ¿Qué está pensando?
Algo en su actitud, de pronto, me pone nervioso, pero no sabría decir qué es.
Quizá sea esa expresión de quien lo sabe todo, cuando en realidad no puede saber nada. O su mano sosteniendo la mía. Tal vez sea la forma en que ahora frunce los labios en un pequeño mohín.
—Debes de tener mucha experiencia con sierras, ¿no?
Con una expresión triunfante, extrae de la herida una astilla de madera especialmente grande y la deja caer en el cuenco metálico junto a mi mano. Durante un momento, el sordo tintineo que produce es lo único que se oye.
—Sí —termino por admitir. Solo un idiota no se daría cuenta de que lo acaban de pillar.
Vuelve a alzar la mirada. Vuelve a clavar en mí esos ojos azul oscuro, tan intensos que se me eriza el vello de los antebrazos.
—Así que…
—Me distraje un momento, nada más. —Intento sonar firme, pero hasta yo oigo lo inseguras que salen las palabras—.
Estas cosas le pasan a cualquiera —añado enseguida, para que no tenga motivos para seguir escarbando.
Porque desde luego no voy a decirle que, desde hace semanas, me siento exhausto, como si alguien me hubiera chupado hasta la última gota de energía.
Seguro que sospecharía una enfermedad, y yo incluso sé cuál.
—Entiendo —dice, sin dejar de escrutarme—. Mientras tanto, se muerde el labio inferior, que va adquiriendo un color cada vez más intenso.
Esto tiene que parar. Asiento, mirando mi mano.
—Tengo cosas que hacer hoy.
De pronto, su expresión se ensombrece. Es como si la hubiera herido, aunque no es eso en absoluto.
—Será mejor que cambies tus planes. Tengo que reparar unos vasos antes de poder cerrar la herida —dice. Vuelve a su tarea.
Extrae los restos de madera que quedan en la lesión con un silencio que se vuelve muy evidente. Lo enjuaga todo con minuciosidad y seca la herida a toques. Apenas sangra ya. Estoy seguro de que se curará sola.
—Los vasos están bien. No hace falta que los cosas —le digo.
—¿Eres médico?
Sin mirarme, se incorpora del taburete y camina hasta el armario junto a la ventana.
—No, no lo soy.
—Entonces será mejor que me dejes tomar esa decisión a mí.
Con calma, cambia la tela bajo mi mano, despliega los instrumentos de sutura, que tintinean al rozarse, y se pone a trabajar.
No tarda en vencerme el sueño. Lucho contra él; no quiero darle más motivos para seguir interrogándome.
—Entonces tienes problemas de concentración —dice de pronto en el silencio que se instala entre nosotros. No suena en absoluto a pregunta, sino a una afirmación tajante.
Dios, ¿por qué no puede dejarlo?
—Estoy perfectamente.
—El otro día, cuando reparaste mi estufa, parecías inusualmente cansado —prosigue como si no me hubiera oído—. Y confundido —añade.
—Estupendo, eso es cosa suya —replico al instante, aunque algo en mi interior me dice que tampoco servirá de nada.
—¿Cuándo fue la última vez que te hiciste un análisis de sangre?
Con movimientos precisos, guía la aguja curva a través de mi herida. Parece concentrada por completo y, aun así, es capaz de pensar sin esfuerzo en mi estado de salud general.
—Mira, no me pasa nada. Estoy bien. —Como si me llevaran la contraria, las sienes empiezan a latirme. Reprimo las ganas de frotármelas—. De verdad.
Corta el hilo y deja la aguja a un lado.
—Si es así, entonces no tienes nada que temer si te saco unos cuantos tubos de sangre y los mando al laboratorio.
¡Oh, eso sí que no!
—¿No he perdido ya bastante sangre hoy?
—Un hombre como tú —por un instante me mira de una forma que me obliga a tragar saliva— puede soportarlo.
Su sonrisa es empalagosamente dulce y sus pestañas aletean, excitadas.
No puedo dejar de mirarla. Probablemente ahora mismo debo de parecerle un idiota integral. Pero tengo la mente tan en blanco que no se me ocurre ninguna respuesta.
De pronto, parece sobresaltada.
—Bien, entonces asunto zanjado. —Con gesto apresurado vuelve a concentrarse en mi pulgar y examina la herida—. Sí. Ya puedo cerrarla —dice. Aunque incluso yo, desde la distancia y sin sus ridículas gafas, veo que todavía quedan varios vasos sanguíneos dañados sin tratar.
Así que va de eso. La ratita de ciudad es más astuta de lo que parece a primera vista. Nadie me engaña con tanta facilidad. Pero ella es distinta.
—Increíble—digo, admirado, y hago como si me quitara el sombrero con la mano sana.
Su sonrisa es más deslumbrante que cualquier luz que haya visto jamás.
Hace una pequeña reverencia con la cabeza inclinada.
Cuando vuelve a mirarme, tiene las mejillas encendidas.
Y así se le quedan hasta que, veinte minutos después, se despide de mí con una sonrisa traviesa en los labios y cinco tubos de extracción llenos de sangre en la mano.