Capítulo 11
Capítulo Once
Elina
—De esto ya hablamos, María. —Todavía se me hace raro tutear a la mujer de setenta años que está sentada en la silla de exploración, aunque llevo casi una semana atendiendo pacientes sola—. Los dulces son como veneno para ti.
La señora de pelo gris recogido en una coleta baja se encoge de hombros.
—Solo se vive una vez.
Apoyo la mano sobre sus dedos encallecidos.
—Pero puede tener consecuencias muy graves si no controlas el nivel de azúcar en sangre.
Es importante que lo entienda y empiece a cuidarse.
—Claro, pero me cuido —replica, mirándome indignada por detrás de sus gruesas gafas—. Mis valores están bien.
—Sí, porque el día antes de tu último análisis de sangre no comiste otra cosa que chucrut —afirmo, segura de mi valoración de la situación.
Las heridas mal cicatrizadas de sus antebrazos lo dicen todo.
Baja la mirada, culpable, y juguetea con su chaleco de punto.
—Así que, una vez más —le repito en tono serio las posibles consecuencias de sus hábitos alimenticios—: insuficiencia renal y trastornos circulatorios que, en el peor de los casos, podrían incluso acabar en una amputación —concluyo mi monólogo con una mirada suplicante.
De pronto, se le llenan los ojos de lágrimas.
—No quiero enfermar.
—Entonces toma tu medicación, controla tu azúcar en sangre con regularidad y evita los dulces. —Asiento con la cabeza y me levanto de la silla.
María lleva casi media hora en la sala de exploración.
A todas luces es demasiado. Fuera esperan más pacientes, y su diabetes, por desagradable que sea, dista mucho de ser un reto.
Igual que los dos niños con sarampión, los problemas de visión del dueño de la posada o las hemorroides del alcalde que he tratado en los últimos días.
En la clínica de Viena también tenía casos rutinarios.
Pero al menos una vez al día me tocaba un caso poco habitual que me obligaba a esforzar el cerebro.
Eso era fantástico. Me sentía tan viva y valorada. Porque podía ayudar cuando ni siquiera mis colegas sabían a veces qué hacer.
Pero aquí todo es distinto.
María carraspea.
—Gracias, Elina.
Salgo de mi ensimismamiento, alzo la vista hacia ella y la veo sacar del bolsillo una botellita redonda.
¿Otro aguardiente?
Hago todo lo posible por parecer agradecida cuando acepto la bebida de alta graduación, que le abrasaría la garganta a cualquier persona normal. Al menos, si me la da a mí, ella no puede bebérsela.
—Hasta la semana que viene. Tú puedes —añado después.
Abatida, abandona la sala de exploración.
Camino hasta el escritorio, abro el armario inferior y dejo dentro la botella de aguardiente.
Allí tiene buena compañía. Aunque no entiendo esta costumbre de mostrar gratitud con alcohol, aun así, me arranca una sonrisa.
Los habitantes del pueblo se alegran de que esté aquí.
Agradecen que esté presente, aunque no haya hecho nada especial.
Antes de que pueda llamar al siguiente paciente, el teléfono vibra en el bolsillo de mi bata.
Es mi madre. ¡Por fin! Me trago la decepción de que no se haya puesto en contacto ni una sola vez en las últimas dos semanas. Seguro que tenía buenas razones, así que contesto la llamada con un saludo alegre.
—Elina, necesitamos tu ayuda. —Suena tensa.
De inmediato se me borra la sonrisa. Por supuesto que no llama para saber cómo estoy. Hay otras preocupaciones que la consumen. ¿Cómo he podido pensar, tan ingenua, que esta vez se trataría de mí?
—¿Qué necesitas que haga por Aaron?
—Llevamos días suplicándole, presionándolo y concienciándolo de su terrible futuro si sigue así. —Exhala con fuerza—. Está listo. Está dispuesto a someterse a otra ronda de terapia.
Es la quinta. Y, con suerte, la última.
—Buscaré el mejor centro, no hay problema —digo, sabiendo que eso es lo que espera de mí. Enseguida empiezo a pensar en dónde podríamos ingresarlo—. ¿El seguro médico cubrirá los gastos?
Entre nosotras se alarga un silencio. Luego la oigo sollozar.
Así que, en realidad, la respuesta es no.
Lo único que quiero es que deje de llorar.
—No tengo muchos gastos aquí en el Tirol. Estoy segura de que puedo aportar algo —digo sin pensarlo, aun sabiendo que me meterá en problemas.
Tengo un crédito estudiantil y las cuotas de los últimos meses están vencidas por mi desempleo. Pero si con eso consigo aunque sea una migaja del amor de mis padres, estoy dispuesta a hacer el sacrificio.
—Sería maravilloso —responde con la voz ronca—. Avísame si encuentras algo.
Asiento, aunque ella no pueda verlo. Pero ahora mismo no puedo hablar porque la desesperación de mi madre se me ha contagiado, como siempre. Sufro con ella y, al mismo tiempo, me avergüenza mi anhelo egoísta de su amor. Quien necesita ayuda ahora es Aaron, no yo.
De pronto, la puerta de la sala de exploración se abre de golpe y Clara irrumpe. Tiene las mejillas encendidas y los ojos muy abiertos.
—Rápido, te necesitamos —suelta, sin aliento.
Esta distracción es justo lo que necesito. Odio ese mismo lugar oscuro en el que caigo siempre que me enfrento a los problemas de mi familia.
—Yo me encargo —le digo rápido a mi madre y termino la llamada. Luego me vuelvo hacia Clara—. ¿Qué ha pasado?
Tiene cara de pánico.
Noto cómo la adrenalina empieza a recorrerme el cuerpo. Me pongo de pie de un salto. Con un gesto rápido, agarro el maletín de la doctora y me reúno con Clara. Ella me sujeta del antebrazo y me arrastra por el pasillo. Apenas si percibo las miradas curiosas de los pacientes en la sala de espera.
—Una laceración —me informa la asistente médica. Se me pasa la excitación al instante.
¿Una laceración?
Si el paciente llegó hasta aquí (y, a todas luces, lo hizo) no puede ser tan grave.
Aun así, sigo a Clara hasta recepción. El paciente está sentado en la silla de oficina detrás del mostrador a media altura. A su lado hay una mujer de mediana edad, de aspecto preocupado, con los rizos alborotados. Rodeo la silla para acercarme a él.
Es Noah. Le veo el dolor en la expresión. Pero también sorpresa. Me mira con los ojos muy abiertos, y es muy posible que yo esté haciendo lo mismo.
Está pálido. Los labios le tiemblan.
Mi mirada desciende. En el regazo sostiene un trozo de tela empapado de sangre.
Levanto la mano por puro instinto, pero consigo detenerme justo antes de apoyarla en su hombro.
—Nos encargaremos de esto, no te preocupes.
Él asiente, esforzándose por mantener los ojos abiertos.
—Es una tontería —murmura, nervioso.
Eso debería decidirlo yo.
—Clara, por favor, trae la silla de ruedas —digo con voz firme y serena, como corresponde a una profesional.
A pesar de las protestas de Noah, entre las dos lo acomodamos en la camilla de traslado. Las manos de Clara tiemblan sin control.
—¿Puedes avisar a Helene, por favor? —le pido, aunque estoy segura de que puedo encargarme sola.
Asiente.
—Ya lo hice. Tuvo que irse con urgencia y quería que tú te hicieras cargo del caso.
Qué raro. La semana pasada me dio un sermón sobre no atender urgencias en solitario, ¿y ahora me deja vía libre sin ni siquiera ver al paciente una vez?
¿Será que en estos últimos días he causado tan buena impresión que ya me he ganado su confianza?
Sí, tiene que ser eso.
Con una calidez agradable en el pecho, le hago un gesto a Clara.
—Entonces vamos.
Empiezo a empujar la silla de ruedas. Noah guarda silencio y solo deja escapar algún que otro quejido ahogado. Al llegar a la sala de curas, le pido que se siente en la silla de exploración, extiendo un paño estéril sobre la mesa y enciendo la lámpara de la lupa.
—Por favor, coloca la mano aquí —digo, procurando sonar lo más profesional posible.
En lugar de seguir mis indicaciones, me lanza una mirada de advertencia.
—Tiene mala pinta.
¿Cómo?
¿Cree que voy a asustarme por un poco de sangre?
—He operado a víctimas de accidentes atravesadas por verjas de madera —respondo con una media sonrisa, aunque no es del todo cierto. Solo he ayudado, pero él no tiene por qué saberlo. Lo importante es que me deje atenderlo—. Vamos.
A regañadientes, alza el brazo y coloca la mano sobre la mesa, aún envuelta en la toalla, empapada y de un rojo oscuro. Aliviada de poder concentrarme por fin solo en mi trabajo, aparto la tela.
Bordes de la herida muy abiertos y contaminación por astillas de madera. Debió de estar trabajando en el bosque con maquinaria pesada. Le pega a su carácter rudo. No podré valorar del todo la profundidad y la gravedad de la herida hasta que la limpie.
Por un instante levanto la vista y me sorprendo mirando justo donde no debería. Directamente a sus ojos oscuros.
—¿Cómo ha pasado?
—Con una sierra. —Esa es toda su respuesta.
Muy esclarecedor.
Cuando estoy a punto de preguntarle algo más, se recuesta en la silla y apoya la cabeza en el cabecero. Será mejor que no se desmaye. A juzgar por el estado de la toalla, ha perdido bastante sangre, pero un hombre de su tamaño debería aguantarlo.
Mentalmente, aplazo las preguntas sobre el accidente y sigo con mi trabajo.
—¿Cuándo fue tu última vacuna contra el tétanos?
—Hace dos años.
Exhala con fuerza. Finjo no notar su mal humor. Ni el suyo ni el mío importan en este momento.
—¿Puedes mover el pulgar? —prosigo.
Asiente. Perfecto. Eso significa que el daño no debería de ser demasiado grave. Probablemente sean solo algunos vasos sanguíneos lesionados, que suturaré después. En unos días estará como nuevo.
Le toco la yema del dedo.
—¿Sientes esto? —pregunto y, en ese instante, soy yo quien siente algo. Un cosquilleo tan delicado como copos de nieve derritiéndose sobre mi piel.
Oh, no. Por favor, ahora no.
Parece imperturbable.
—Sí —responde, acompañando la palabra con un gesto afirmativo de la cabeza.
—Bien —carraspeo para recuperar la compostura—. Parece que has tenido suerte.
Frunce el ceño.
—¿Vas a limpiar la herida de una vez?
Ah, así que alguien sabe de curación de heridas. Aun así, estoy segura de que no es médico. Si lo fuera, ya me habría dicho todo lo que necesito saber.
—¿Tomas algún medicamento?
—No lo necesito —responde a toda prisa justo cuando me doy la vuelta para sacar una jeringa y anestésico del armario.
—Eso salta a la vista.
Bajo la mirada hacia la lesión y la alzo de inmediato otra vez. Seguro que sabe lo que intento decirle, pero no reacciona. Me concentro, cargo el anestésico local y doy unos golpecitos a la jeringa para eliminar las burbujas de aire sobrantes.
—Vas a notar un pinchazo.
Vuelvo a tomarle la mano. De nuevo, aparece ese cosquilleo. Y cuanto más tiempo sigo tocándolo, más intenso se vuelve.
Lo que está haciendo mi cuerpo es tremendamente inapropiado. Es mi paciente. Aunque no lo fuera y aunque yo decidiera ceder a esta atracción, es más que evidente que Noah no tiene el menor interés en conversar. Ni en mí.
Con el corazón desbocado, coloco cinco puntos perfectos alrededor de la herida para ahorrarle dolor durante el tratamiento.
Luego agarro la solución limpiadora y, por fin, me vuelvo hacia mi maletín médico.
Esta es la ocasión ideal para usar las gafas de aumento con luz incorporada que mis colegas de la clínica me regalaron como despedida.
A diferencia del instrumental tradicional, son de lo más elegantes.
Las patillas están adornadas con pedrería y la lámpara LED es, ahora mismo, la mejor del mercado.
Yo sola nunca habría podido permitírmela.
Me pongo las gafas con orgullo. Cuando me giro hacia Noah, descubro una media sonrisa torcida en sus labios.
¿El señor Intento-pasar-desapercibido-con-camisa-a-cuadros se está riendo de mí?
Niego con la cabeza y me concentro en su herida para limpiarla. Teniendo en cuenta la cantidad y el tamaño de las astillas de madera, no es una tarea sencilla. Mientras trabajo, de vez en cuando mi mirada se desliza hacia el rostro de Noah.
Por supuesto, no para admirar sus rasgos atractivos, sino únicamente para evaluar su estado general.
Está pálido. Ya lo estaba cuando llegó. Probablemente se deba a la pérdida de sangre, pero mi instinto me dice que también hay algo más que no va bien en él.
No sé concretar qué es, pero mi intuición como médica rara vez me engaña.
—¿Sientes náuseas? ¿Mareos? —pregunto, intentando sonar lo más discreta posible.
Parece que no le gusta hablar. Al menos no conmigo.
—Esto va a llevar un rato —arranco con cuidado otra astilla de madera de la herida—. Y no voy a dejar de preguntar.
Así que será mejor que me digas de una vez qué está pasando , añado en silencio. Porque hay algo que tengo clarísimo: como su médica, no puedo dejarlo marchar hasta estar segura de que está bien.