Capítulo 7
Capítulo Siete
Elina
Aunque apenas he recorrido diez de los quince minutos que hay a pie desde mi alojamiento hasta la consulta de medicina general de la doctora Taler, tengo frío hasta los huesos. Me subo el cuello de la chaqueta de entretiempo, tomo el teléfono y marco el número de mi madre.
Aunque ella no me lo haya pedido, quiero avisarle de que llegué bien. Además, quiero saber si ayer pudo hacer algo por Aaron.
Suena.
Tras veinte pitidos monótonos, la llamada salta al buzón de voz.
Supongo que tendré que intentarlo de nuevo más tarde. Con una mezcla de decepción y preocupación, guardo el teléfono en el bolsillo y fijo la mirada al frente.
Si las indicaciones de Hanna eran correctas, la consulta tiene que estar allí, en la planta baja de la casa unifamiliar pintada de blanco.
Parece más moderna que muchos otros edificios del pueblo.
Eso me hace confiar en que la consulta de la doctora Taler no se haya quedado anclada en el pasado como todo lo demás por aquí.
Mis zapatos de tacón repiquetean con estrépito sobre el asfalto mientras avanzo hacia la casa.
En cuanto doblo la esquina, sé que estoy en el lugar correcto.
Aún faltan treinta minutos para que empiece el horario de consulta y, sin embargo, ya hay un puñado de personas esperando frente a la entrada.
Una anciana con un pañuelo en la cabeza se apoya con todo su peso en el bastón.
Charla con un hombre alto que lleva un mono de trabajo y una chaqueta de invierno.
En la mano sostiene algo que parece un tarro de conservas.
Reconozco al instante el líquido amarillento y transparente del interior.
Me cuesta, pero consigo esbozar una sonrisa.
Saludo con educación a los vecinos del pueblo, que me examinan con recelo.
No dejo que me afecte y subo los tres escalones que conducen a la entrada.
Cuando abro la puerta, tal y como me pidió la doctora Taler en su mensaje de ayer, a mi espalda se desatan susurros excitados.
Entro rápido en la consulta, donde me recibe un aire agradablemente cálido. Huele a desinfectante. Inspiro hondo y cierro los ojos, intentando sentirme un poco como en casa.
Pero, aunque el olor sea el adecuado, este lugar no se parece en nada a un hospital. Hay tanto silencio que oigo mi propia respiración. Con un suspiro, abro los ojos, enderezo la espalda y avanzo por el pasillo de baldosas grises hasta que distingo una sala con un mostrador de recepción.
Aquí tampoco hay nadie a la vista. Detrás del mostrador de madera oscura se alza una moderna silla de oficina blanca. Las lámparas de techo, colgadas a baja altura, iluminan un escritorio también blanco, sobre el que reina el caos. Desvío la mirada hacia la sala de espera.
El linóleo azul grisáceo del suelo está gastado, y las sillas, aunque tapizadas en cuero, desentonan frente al enorme cuadro de paisajes.
En la esquina hay una pequeña zona de espera para niños.
Las diminutas sillas de madera me recuerdan a los sillones colocados con tanto cariño frente a mi cabaña.
No puedo evitar sonreír mientras sigo avanzando por el pasillo.
Paso junto a consultas señalizadas con números.
Uno y dos, nada más. A la izquierda se abre una estancia estrecha donde está el laboratorio y que, probablemente, sirve también como almacén.
Eso es todo. He llegado a un callejón sin salida.
Absorta en mis pensamientos, me doy la vuelta y deshago el camino andado. Detrás del mostrador de recepción descubro una puerta disimulada.
Llamo con cautela, pero nadie responde.
Por Dios, tienen que saber que vengo hoy. ¿Por qué no hay nadie para recibirme?
Aprieto los labios, tratando de acallar la explicación más obvia. Luego abro la puerta y por fin doy con las primeras señales de vida.
El aroma del café y una música suave.
Sigo el rastro de ese olor y acabo entrando en una estancia que, desde luego, no pertenece a la consulta. Es una cocina amplia, con cortinas hasta el suelo y muebles modernos. En las paredes color crema cuelgan imágenes de aspecto futurista: nubes de niebla de colores y puntos de luz intensos.
—¡Ya está aquí! —exclama una voz femenina.
Y, unos segundos después, descubro a quién pertenece. Una mujer más o menos de mi edad aparece de pronto ante mí, como salida de la nada. Lleva el pelo rojo trenzado en gruesas trenzas, y sus enormes ojos verdes me sonríen.
—Hola, soy Clara, la asistente médica de Helene.
Le estrecho la mano que me tiende y sonrío al fijarme en las numerosas pulseras de plástico y en la amplia falda blanca de volantes que combina con una simple camiseta.
—Elina, encantada —respondo con una sonrisa.
—Eres de Viena, ¿verdad? ¡Qué guay! —Casi con reverencia, se lleva la mano libre al pecho y se inclina ligeramente—. Tiene metro, conciertos, museos y carreteras de varios carriles. Allí hay de todo, ¿verdad? Es increíble. —Habla sin parar, como una cascada, sin soltar todavía mi mano.
—Oh, sí, Viena es perfecta —respondo soñadora, deseando una vez más poder volver ya.
Me lleva casi a rastras hasta la elegante encimera de la cocina, apaga la radio y me pone en la mano una taza de café.
—Cuéntamelo todo —me pide en tono conspirador, sin apartar los ojos de mí—. ¿Cómo es vivir allí? ¿Has estado en el palacio de Schönbrunn? ¿Y vas de compras por la Maríahilfer Straße?
No puedo evitar sonreír.
—Nos vamos a llevar de maravilla.
—Seguro, segurísimo —sigue parloteando alegre—. Tienes que decirme dónde te compraste esa blusa. Es para morirse. Y tus zapatos. ¡Guau! —Tiene las mejillas encendidas y no deja de mover las piernas.
—Gracias.
Una oleada de alivio me recorre. Mi casera, Hanna, es amable, pero parece una chica de campo con la que tengo poco en común. Clara, en cambio, es alguien con quien podría hablar sin fin.
—Y tu pelo...
—Dejemos esa conversación para después del trabajo, cuando tengamos más tiempo —la interrumpo con rapidez—. El tiempo juega en nuestra contra. ¿Dónde está la doctora Taler? Todavía tiene que darme instrucciones.
Alguien carraspea detrás de mí.
—Por favor, no me llames doctora Taler. Helene está bien.
Me doy la vuelta y veo a una mujer de unos cincuenta y tantos años, con el pelo rubio platino hasta los hombros y gafas de montura oscura. Su sonrisa dibuja arrugas amables junto a los labios.
Me acerco a ella con la mano extendida por delante.
—Encantada. Soy Elina, tengo muchas ganas de que trabajemos juntas.
Jamás habría imaginado poder pronunciar esta frase y que fuera sincera. Y, sin embargo, lo es. En mi situación, es una suerte que mi jefa me caiga bien.
En lugar de estrecharme la mano, me atrae hacia sus brazos.
—Los de ciudad siempre tan formales. —Una carcajada clara se le escapa de los labios. De pronto, me da unas palmaditas suaves en la espalda—. Bueno, manos a la obra. El trabajo nos llama.
Me libera de su abrazo. Doy un sorbo al café. Soy consciente de que, en cuanto empiecen a llegar los pacientes a toda prisa, ya no habrá tiempo para él.
Está asqueroso.
Me cuesta horrores tragar aquel brebaje y aun así conservar la sonrisa.
—Hoy trabajaremos codo con codo. —Helene me indica con un gesto que la siga.
Camina tan deprisa que apenas logro seguirle el ritmo.
—Claro —respondo atropelladamente. He dejado mi maletín de médico junto con la bata en la recepción. Lo agarro al vuelo mientras avanzo para no perderla de vista. Por el rabillo del ojo veo a Clara encaminarse hacia la puerta de entrada.
Helene me conduce al cuarto que tiene un enorme número uno en la puerta.
Por dentro parece más bien una oficina reconvertida que una sala de exploración.
Una estantería que va del suelo al techo adorna el espacio detrás del escritorio.
Las sillas para los pacientes, tapizadas en tela roja, tienen amplios reposabrazos.
En la pared de enfrente, la camilla se alza junto a unos cuantos armarios en los que distingo material médico.
Jeringas, gasas, apósitos y depresores de madera. Un otoscopio para examinar los oídos, un microscopio y un tensiómetro.
Solo puedo esperar que dentro de los armarios haya más. Lo que veo aquí ni de lejos basta para hacer diagnósticos precisos. Pensativa, me enfundo la bata de médico y saco el estetoscopio del maletín.
—¿Empezamos ya? —pregunta mi jefa.
Alzo la vista y veo a Helene observándome con discreción. Sea lo que sea que esté pasando por su cabeza, ahora no es momento de darle vueltas.
—Estoy lista —aseguro, dedicándole una sonrisa franca.
En cuanto pronuncio esas palabras, una oleada de entusiasmo me recorre entera. Aunque esto no sea un hospital prestigioso, tengo la oportunidad de demostrar lo que valgo. Y lo haré. Helene se sentirá orgullosa de mí y no dudará ni un segundo de que hizo bien al contratarme.
Y no solo eso. Porque, después de una sequía que duró meses, por fin voy a volver a hacer lo que más me importa en el mundo.
Poder hacer el bien. Sentirme necesaria. Vivir la gratitud en carne propia.
Durante todo este tiempo me sentí como un fantasma, invisible e ignorada. Por suerte, eso se acabó.