Capítulo 6
Capítulo Seis
Noah
Absorto, contemplo el paisaje tras la ventana.
La niebla espesa que se arremolina contra el cristal no augura nada bueno.
Se extiende entre el denso pinar frente al centro de rescate de montaña, trepa hasta la línea de árboles y se funde con las nubes cargadas de lluvia que velan las cumbres de las montañas que nos rodean.
—Vaya día —suspira Anita al colocarse a mi lado y alargarme una taza de café humeante—. Ya va siendo hora de que empiece el verano.
Con un gruñido de aprobación, acepto la taza y doy un sorbo.
Se apoya en mi escritorio, arrugando los pantalones del uniforme de búsqueda y rescate.
—¿Ya estás aburrido? —pregunta con una sonrisa alentadora.
—El aburrimiento es bueno.
Si aquí en el centro todo está tranquilo, al menos nadie corre peligro.
Me escruta durante un momento y, de inmediato, me siento incómodo. Me muevo en la silla del escritorio, de un lado a otro, pero no encuentro postura.
—Mmmm —dice al final, soplando distraída la superficie del líquido caliente en su taza—. Dime...
Levanto la mano con rapidez. Sea cual sea la pregunta que tenga en mente, desde luego no voy a responderla solo para alimentar los chismes del pueblo. No, gracias. Ya he tenido más que suficiente con ese tipo de experiencias.
—El deber llama.
Me giro hacia la pantalla, donde sigue abierta la lista de inventario. Los otros tres monitores de mi escritorio muestran un mapa de la zona, el portal de llamadas de emergencia y el programa de comunicación interna.
—Gracias por el café.
Por el rabillo del ojo veo la expresión desconcertada de Anita. Se aparta de la cara los rizos despeinados, pero sigue apoyada en mi escritorio. Probablemente esté buscando las palabras adecuadas.
Más le vale dejarlo estar. Porque no las hay.
Por si acaso, finjo que los pedidos de vendas y material de oficina requieren toda mi atención. Tecleo nombres de artículos y cantidades en la lista con tanta determinación que el repiqueteo del teclado llena el silencio entre nosotros.
—Ha sido agradable charlar contigo —murmura Anita y por fin se da la vuelta.
Por dentro, respiro aliviado. Hoy es mi primer día de vuelta en el trabajo y, hasta ahora, he conseguido esquivar a todos mis compañeros.
Martin me puso al día sin desviarse del tema ni un solo segundo.
Y sin mirarme a los ojos. Mi presencia le resultaba incómoda, pero al menos no fingió.
Y mientras pueda mantener a los demás a distancia como acabo de hacer con Anita, todo irá bien.
En fin... ¿qué más necesitamos?
Vendas de gasa, tiritas para las yemas de los dedos, compresas. Repaso todos los productos de la tienda en línea. Entre lo que ofrece este proveedor descubro una gama con un diseño elegante en negro y dorado.
A Elina le encantarían. Y también esas tiritas con un brillo sutil.
Inevitablemente, la imagino poniéndose una en el dedo, aunque ni siquiera esté herida mientras pestañea con encanto.
En ese mismo instante suena el teléfono de emergencias. Me incorporo de golpe y alargo la mano torpemente hacia los auriculares. Tengo que concentrarme al máximo.
—Rescate de Montaña, Centro de Emergencias de Semmtal —digo mientras, al mismo tiempo, creo una nueva entrada en el portal de emergencias.
Lo primero que oigo es el golpeteo intenso de la lluvia.
—¡Ayuda! ¡Necesitamos ayuda! —La voz de la mujer suena tensa. Respira con dificultad. De fondo, otra mujer grita de dolor.
—¿Dónde se encuentran? —Dirijo la mirada a la pantalla donde se muestra el mapa. Activo el rastreador de señal GPS. Debería poder localizar la llamada, pero no consigo precisar su posición.
—Dios mío. ¡Dios mío! —La mujer al otro lado de la línea rompe a sollozar—. Está sangrando. ¡Por todas partes!
Quien llama está claramente al borde de un ataque de pánico.
—Quiero que respires hondo y despacio por mí. ¿Puedes hacerlo? —procuro sonar sereno, aunque noto cómo se me acelera el pulso. Luego dejo salir el aire de forma bien audible, esperando que ella lo escuche.
La idea es animarla a hacer lo mismo y, en efecto, unos segundos después oigo cómo su respiración temblorosa va y viene.
—Muy bien. Ahora, dime tu nombre —continúo en voz baja. Al mismo tiempo, aviso a los paramédicos a través de nuestro sistema interno de comunicación y los dejo en alerta.
—Miri. —Resuella con fuerza—. Se va a morir —susurra, con la voz estrangulada.
Su tono me recorre la espalda como un escalofrío. Se me eriza el vello de los antebrazos y trago saliva. No debo dejar traslucir nada. Mi voz es su salvavidas. Soy lo único que se interpone entre ella y el pánico.
—Hola, soy Noah y voy a ayudarte. Pero tú también tienes que hacerme un favor, Miri. Es importante —digo con suavidad.
—¿Qué? —susurra apenas al teléfono.
—Aparta el teléfono de la oreja y activa el altavoz.
Aunque sueno como si nada pudiera afectarme, siento un sudor frío extendiéndose por la espalda.
La línea crepita y, de pronto, oigo el repiqueteo de la lluvia contra el suelo con el triple de intensidad. También se ha hecho más fuerte el quejido desgarrado de la mujer al fondo.
—Lo has hecho muy bien, Miri. Y ahora, activa el servicio de localización de tu teléfono.
—Mi dedo índice sobrevuela el ratón del ordenador, inquieto.
En situaciones de emergencia, hasta las instrucciones más sencillas pueden desbordar a la gente—.
Es el botón con la flechita —añado. Luego actualizo la vista del mapa en mi pantalla.
Otra vez. Y otra vez.
¡Ahí!
Están en el barranco de Hermatal, detrás del risco escarpado adonde suelen ir los escaladores.
Enseguida envío las coordenadas al sistema interno de comunicación.
—Gracias, Miri. Ya hay un equipo de camino hacia ti.
En lugar de contestar, rompe a sollozar.
Apenas puede respirar del llanto tan intenso.
A través de los ventanales que van del suelo al techo, veo a mis compañeros, con sus uniformes rojos y amarillos, correr hacia el helicóptero en el patio.
Las aspas del rotor empiezan a girar. El estruendo aumenta hasta que el helicóptero por fin despega.
El vuelo hasta el lugar del accidente llevará unos cinco minutos. Son solo trescientos segundos, pero pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
—Ahora vamos a ocuparnos de tu amiga —digo con suavidad al teléfono—. Sé que te estoy pidiendo mucho, pero no hay otra opción.
Miri no responde. Y de pronto también se hace silencio al fondo. Solo queda el sonido de la lluvia.
—Por favor, ve con ella. —Se me hace un nudo en la garganta, pero ahora mismo es lo que menos importa—. ¿Sigues ahí?
—Sí —dice, y luego se oye una respiración pesada.
—¿Tiene los ojos abiertos? —Mi mano se cierra en un puño de manera instintiva. Cuento los segundos de silencio entre nosotros.
—Creo que está muerta. —Suena extremadamente serena, tan objetiva, como si su mente se hubiera desprendido de su cuerpo para poder soportar lo que está viviendo.
—Pon los dedos en un lado de su cuello —le indico con firmeza.
—No puedo —responde, desgarrada.
Fuerzo una sonrisa, porque se supone que la voz cambia cuando sonríes.
—Creo en ti, Miri. Si alguien puede hacerlo, eres tú.
Solloza como una niña que llora hasta quedarse dormida. Pero al poco oigo un roce. Suena como tejido técnico frotándose. Probablemente ya esté arrodillada. Está justo al lado de su amiga.
—¿Sientes el pulso? —Aprieto los labios con ansiedad.
No se oye nada más que su respiración agitada.
Cubro el micrófono del auricular y suelto de golpe el aire acumulado en los pulmones. Esto es una pesadilla. Está muy lejos de mí y lo único que tengo para ayudarla son palabras.
—Háblame, Miri.
—No, no hay pulso.
No.
Por favor, no.
Con los dedos temblorosos, añado la información al formulario de emergencia. Si su corazón no late, tampoco está respirando. Mis compañeros deben tener listo el desfibrilador y una mascarilla de reanimación.
—Lo estás haciendo muy bien —le digo mientras compruebo la posición del helicóptero en el mapa.
Está a punto de llegar. Gracias a Dios.
—Miri, por favor, mira a tu alrededor. ¿Ves algo de colores muy vivos? ¿Quizá una mochila o una chaqueta? Necesitamos algo que se vea con facilidad a través de la lluvia intensa. Hago todo lo posible por no agobiarla, aunque sé lo crucial que sería que encontrara algo.
No recibo respuesta.
—La funda impermeable de mi mochila. Es amarillo neón —dice al fin.
Perfecto.
—Por favor, quítasela.
—Pero entonces nuestras cosas se van a mojar.
Su reacción irracional es otra señal de que está en shock profundo.
Anoto también su estado en la ficha de emergencia. El riesgo de que se derrumbe cuando lleguen mis compañeros es alto.
—De eso nos ocuparemos luego. Por favor, quita la funda ahora.
Un crujido como de plástico me llega al oído. Dura mucho rato, demasiado. Seguro que Miri ya no controla los dedos.
—¿Y ahora qué?
Apenas ha hecho la pregunta cuando oigo, de fondo, el zumbido constante del rotor del helicóptero.
—Mira hacia arriba. ¿Ves el helicóptero?
El ruido aumenta. Probablemente ya está dentro de su campo de visión, pero ella no dice nada.
—¿Miri? ¿Sigues ahí?
No responde.
Mierda. Debe haberse desmayado. Tecleo la información a toda prisa en nuestro portal de comunicación. También añado «funda amarilla neón de la mochila en el suelo», porque sigue siendo la mejor referencia que puedo darles ahora a mis compañeros.
El ruido al otro lado de la línea se vuelve más intenso. Tengo que alejar el auricular de la oreja. El estruendo del rotor casi ahoga las voces de mis compañeros, pero no del todo.
Ahí está Peter. Y también Martin. Jakob anuncia que él se ocupará de Miri. Nina exige a gritos más espacio. Seguramente está sacando el desfibrilador.
Cierro los ojos y contengo la respiración.
—¡Y fuera! —grita Nina con todas sus fuerzas.
En mi mente visualizo lo que está ocurriendo ahora mismo. Martin retira la mascarilla de reanimación de la cara de la paciente. Peter deja de explorarle las extremidades y alza las manos.
Una fracción de segundo después, la descarga eléctrica recorre el cuerpo de la mujer. El pecho se eleva y vuelve a hundirse. Alguien le toma el pulso.
Se hace el silencio.
—De acuerdo, la tenemos —la voz de Peter da por fin el visto bueno.
Con un gemido ronco, me dejo caer de nuevo en la silla. El corazón me late desbocado y tengo las palmas de las manos sudorosas. Tengo el estómago tan encogido que no creo que vuelva a comer nunca.
—Está bien. Ha salido adelante —me repito. No dejo de decirme estas palabras hasta que mi respiración se normaliza.
Luego me obligo a ponerme en pie y voy al baño, donde vomito hasta que solo me sube bilis.