Capítulo 2
Capítulo Dos
Noah
—Vamos —me reprendo a mí mismo. Pero, aunque no haya nada de lo que deba asustarme, siento el estómago hecho un nudo.
Vuelvo a secarme las palmas en los vaqueros. Apenas he separado la mano de la tela cuando vuelve a humedecerse. No puedo permitir que este poco de sudor me frene, así que tiro de la manga de mi chaqueta técnica hasta cubrir mis dedos temblorosos.
Con la manga de la chaqueta como barrera entre mi palma y el picaporte, abro la puerta.
—¡Ja! —susurro a esa parte de mí que, sin motivo, se comporta como un gallina. Luego echo los hombros hacia atrás y entro a paso decidido en la oficina diáfana del departamento.
De pronto, oigo silbatos. Me cae encima una lluvia de confeti y serpentinas.
Entre los coloridos recortes de papel, empiezan a perfilarse cada vez más compañeros.
Completamente abrumado, recorro todos los rostros con la mirada.
Algunos sonríen, otros me observan con escepticismo y hay quien parece nervioso.
Martin, por ejemplo, apenas es capaz de sostenerme la mirada.
—Bienvenido de vuelta —exclama Anita, alzando los brazos en el aire, con sus rizos botando llenos de energía.
Nuestro jefe, Peter, se abre paso entre los demás, a empujones suaves.
—Me alegra que hayas vuelto —dice. Su expresión me recuerda a la de un oso satisfecho.
Cuando por fin llega a mi lado, posa su zarpa con fuerza sobre mi hombro, justo donde tengo la cicatriz.
Me estremezco sin poder evitarlo. Todos los presentes pasan por alto ese gesto con gran naturalidad. Incluso empiezan a aplaudir.
Se comportan como si de verdad les alegrara verme. Como si celebraran mi regreso.
Daría lo que fuera porque eso fuera cierto. Pero sé lo que se les pasa por la cabeza. Y sé que cada uno de esos pensamientos horribles está más que justificado.
—¿Va todo bien? —Peter frunce sus espesas cejas.
Busco palabras, pero no encuentro ninguna.
¿Que si va todo bien?
No. Ya nunca volverá a ir bien.
El nudo del estómago se convierte en algo parecido a una avalancha.
Desesperado, aparto la vista y miro a través del ventanal de suelo a techo de la oficina.
Justo al otro lado de los cristales empiezan las montañas.
Aquí abajo todavía están cubiertas de bosque, pero cuanto más alzo la mirada, más agreste y desnudo se vuelve el paisaje.
La capa de nieve de la cumbre apenas se distingue del cielo gris.
Ojalá estuviera ahora mismo en la cumbre. Allí arriba podría respirar. Aquí abajo, rodeado de mis compañeros, siento que me ahogo.
—¿Noah? —Peter me toca la parte alta del brazo.
—Eh… —es lo único que consigo articular y me odio por ello. Debería estar mucho más tranquilo, porque no hay ningún motivo para no estarlo. Al menos, logro levantar un poco las comisuras de los labios.
—Parece que la sorpresa ha funcionado —dice mi jefe. Los compañeros se ríen, fingiendo diversión, y alguien hace sonar una bocina a todo volumen.
Ese es un salvavidas al que tengo que aferrarme.
—Desde luego —digo, pasándome la mano por el pelo con torpeza; en la parte de arriba vuelve a estar demasiado largo.
Unos cuantos trozos de confeti planean hacia el suelo.
Sigo con la mirada los recortes de papel de colores hasta que aterrizan sobre el laminado gris y gastado. Porque no sé qué otra cosa hacer.
Por suerte, alguien aplaude y rompe el denso silencio.
—¿Quién tiene hambre?
Se alzan murmullos generales y todo el mundo se pone en movimiento. Peter me pasa un brazo por la espalda y me arrastra con él.
—Tú puedes con esto —me susurra mientras caminamos—. Hoy estarás aquí solo unas horas, para ir aclimatándote. Iremos poco a poco, ¿de acuerdo?
Trago saliva.
—No te preocupes, estoy bien —logro hacer un gesto despectivo. Por un momento, incluso alzo los párpados y miro a los ojos color miel de Peter. Me examinan con atención, pero al menos no hay compasión en ellos—. Es solo que no estoy acostumbrado a tanto alboroto.
—No pasa nada. Nadie espera que des un discurso —me guiña un ojo y me conduce hacia el interior de la amplia sala.
Poco a poco, los latidos se van calmando y las manos ya no me sudan tanto.
Solo ahora percibo el olor a bosque y tierra húmeda, tan característico del puesto de rescate de montaña.
Una tenue sensación de pertenencia invade mi interior.
Dejo que la vista recorra los escritorios que se alinean junto a las paredes de la diáfana oficina.
Uno de ellos está adornado con una guirnalda de papel. Nos detenemos allí.
—Ese es el tuyo —dice Peter.
Cuando retira el brazo de mi espalda, alcanzo a ver a mis compañeros cuchicheando entre ellos mientras se van metiendo en la sala de descanso, uno tras otro.
Le asiento con gratitud. Nada me aseguraba que me devolvieran este trabajo.
Mi jefe carraspea.
—En estos meses han cambiado algunas cosas —comenta, con un tono tan despreocupado como si hablara del tiempo—. Mañana Martin te pondrá al día para que estés preparado para tu primer día de trabajo de verdad.
Vuelvo a asentir como si fuera demasiado tonto para decir nada. Esto tiene que acabarse.
—De acuerdo —murmuro, obligándome a sonreír.
Aun así, el pulso se me acelera al pensar en estar mañana a solas con Martin y con su mirada acusadora.
—Pero ahora vamos a celebrarlo —dice, haciéndome señas para que lo siga.
Absorto, arrastro los pies detrás de él, escondiendo las manos, que aún me tiemblan, en los bolsillos.
El trato atento de Peter, la amabilidad fingida de mis compañeros y esta fiesta de bienvenida…
No me merezco nada de eso. Preferiría salir corriendo en este mismo instante, pero no tengo alternativa.
Quiero recuperar mi vida. Y este trabajo forma parte de lo poco que aún puedo tener. Si no lo consigo ahora, no lo conseguiré nunca. Me obligo a concentrarme en eso cuando por fin entro en la sala de descanso.
Lo primero que me llama la atención es la enorme tabla de madera con embutidos y pan.
A su lado han colocado jarras de cerveza, y distingo una caja de tarta sobre la encimera de la cocina.
De la lámpara colgante pende un cartel. En letras de colores pone: «Bienvenido de nuevo».
Alguien ha pegado también una foto mía al cartel.
En ella aparezco con una sonrisa satisfecha en los labios, los ojos marrón tierra brillando casi tanto como el sol que tengo detrás.
Llevo una cuerda de escalada colgada del hombro y mosquetones que cuelgan de las trabillas de mi chaqueta de alpinismo, de un rojo intenso.
Mi mirada se queda fija en esa foto. Porque el hombre que me sonríe allí no tiene mucho que ver con el que me ha devuelto la mirada en el espejo esta mañana.
Solo comparten la barba de cinco días.
Un empujón firme de Peter me devuelve al presente. Me mira expectante y asiente hacia mis compañeros, que están de pie en semicírculo alrededor de la mesa rústica, aguardando con ganas mi reacción.
Claro, ¿cómo he podido olvidar darles las gracias? Ya va siendo hora de que espabile.
—No hacía falta —balbuceo, torpe—. Gracias, chicos.
Vuelven a estallar los aplausos y, otra vez, me resultan de lo más incómodos. ¿Por qué demonios me aplauden? ¿Por qué? No he conseguido nada. Más bien al contrario.
Anita se separa del grupo, coloca un bocadillo de beicon en un plato y se acerca a mí.
—Para que recuperes fuerzas —dice. Su mirada me recorre de arriba abajo. Luego alza los párpados y me mira directamente a los ojos. En sus labios se dibuja una sonrisa comprensiva.
Le quito el plato de las manos con rapidez.
—Gracias. —Cojo el bocadillo de beicon y le doy un mordisco, aunque no creo que me quepa nada más en el estómago—. Está buenísimo. ¿Has horneado tú el pan?
Apenas termino de hacer la pregunta cuando ella se lanza, entusiasmada, a hablar de su receta.
Yo solo siento alivio de poder limitarme a asentir o gruñir en señal de acuerdo.
A nuestro alrededor arrancan conversaciones.
Mis compañeros comen y charlan, y Peter llena los vasos de cerveza sin alcohol.
Intento relajarme al menos un poco. Aunque casi no me lo creo. Ha pasado de verdad.
He vuelto.