El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 1
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El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2)

El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2)

Por Belinda Benna

© inepub.com

Capítulo 1

Capítulo Uno

Elina

La fresca brisa de la mañana hace que me escuezan los ojos. Hundo la barbilla en la bufanda y parpadeo hasta espantar las lágrimas. Con la mano derecha aferrada con fuerza a una de mis dos maletas, miro a mi alrededor.

Ya tendrían que estar aquí.

Cientos de personas pasan a mi lado como robots teledirigidos, apurando sus cafés para llevar, a la luz del sol de abril.

Y, aun así, no los veo por ninguna parte.

Mi mirada se detiene en un hombre de pelo canoso con traje.

Seguro que va camino del centro. Es banquero, o quizá abogado.

En cualquier caso, se trata de alguien importante.

Se nota en la seguridad con la que se mueve.

En mi imaginación, sus colegas lo admiran y sus padres están orgullosos de todo lo que ha logrado.

Vive con su pequeña familia de postal en un barrio residencial de Viena.

Cada día toma el tren hasta la estación central y luego se encamina a grandes zancadas hacia el metro con su maletín de piel y los zapatos de diseñador a juego.

Parpadeo de nuevo varias veces. Si no aparecen pronto, el viento me va a estropear el maquillaje. Un mechón se escapa del moño en la nuca. Me lo recojo detrás de la oreja y miro el teléfono. Pasan apenas de las siete.

Ni un mensaje ni una llamada.

Probablemente no vengan.

Desanimada, alzo las maletas de viaje y me coloco una en cada hombro. Las tres palomas que hace un momento picoteaban tranquilas unas migas a mi lado se apartan con desconfianza. Con una maleta con ruedas en cada mano, me vuelvo hacia la entrada de la estación central de Viena.

Antes incluso de llegar al vestíbulo abarrotado, me empiezan a doler los brazos.

Ni siquiera el olor reconfortante a pan recién hecho que me envuelve al entrar compensa el esfuerzo.

Hace tanto calor que empiezo a sudar bajo la chaqueta de entretiempo.

Jadeando, cruzo el vestíbulo y me encamino al ascensor que lleva a mi andén.

Arrastro mi cuerpo y mi equipaje al interior y me dejo caer sobre una de las maletas.

Cuando algo te hace sentir tan mal, es que no puede ser bueno.

Irme de Viena es un error. Debería quedarme aquí.

El tono de llamada de mi teléfono reclama mi atención. La pantalla se ilumina con una foto de mi madre. Me mira con expresión cálida, pero las pequeñas arrugas en torno a su boca se curvan hacia abajo.

El ascensor se pone en marcha. Descuelgo, aunque ya puedo imaginar por qué me llama.

—Hola. Déjame adivinar...

—Elina, no vamos a llegar.

Suena tan agotada como si también hubiera metido toda su casa en maletas y tuviera que arrastrarlas tras de sí. Por otra parte, lleva años haciendo exactamente eso. Solo que no es su vida lo que carga a cuestas. Es la de mi hermano, que ella transporta por él como una mula de carga de buen corazón.

—¿Tan grave es? —pregunto, intentando no pronunciar las palabras vida o muerte.

Observo con creciente inquietud el trajín del quiosco al otro lado de la pared de cristal de la cabina del ascensor.

Sus sollozos desgarrados me revuelven el estómago.

—Estamos intentando sacar a Aaron bajo fianza —dice con la voz tensa.

—Dios. Qué... —busco las palabras adecuadas mientras el ascensor sigue subiendo.

El mundo de la estación se encoge a mis pies.

—Lo conseguiremos —responde con brusquedad.

Entonces oigo que alguien la llama al fondo.

—Tengo que irme. Me necesitan.

El aire aquí dentro no se mueve, aun así, me escuecen los ojos. Yo también te necesito , quiero replicar.

—Claro —digo en su lugar, mordiéndome el labio hasta hacerme daño. Ya carga con demasiado, no quiero añadirle el peso de la culpa.

—Buen viaje. Iremos a visitarte pronto —dice mi madre bajando la voz.

Mentalmente ya debe estar con su otro hijo.

—Claro —repito y cuelgo.

No va a decir nada más y no quiero oír el pitido constante de la línea cuando termine la llamada. Así que soy yo quien aprieta primero el botón rojo de la pantalla, que se va volviendo borrosa ante mis ojos con cada segundo que pasa.

Así será. Completamente sola, dejaré mi hogar dentro de unos minutos.

Como si fuera invisible. Como un fantasma cuya existencia no le importa a nadie.

Una voz electrónica anuncia que he llegado a mi andén.

Las puertas del ascensor se deslizan hacia los lados y, donde hace un momento solo había un silencio opresivo, irrumpe la vida.

Unos niños se ríen, un grupo de jubilados con mochilas anticuadas y bastones comenta los avisos del tablón y un tren entra traqueteando en el andén contiguo.

La ráfaga de aire que provoca trae hasta mi nariz una mezcla de humo de cigarrillo, perfume y cruasanes.

Abatida, agarro mi equipaje y salgo del ascensor, junto con el recuerdo de la llamada de mi madre.

Aunque mi vida esté muy lejos de ser gloriosa, algún día se sentirá orgullosa de mí.

Tanto, que por un instante olvidará lo difícil que está siendo todo con Aaron.

Con lágrimas de alegría en los ojos, me rodeará con los brazos.

«Esa es mi hija», susurrará con la voz ahogada por la emoción. Y entonces me dirá cuánto me quiere.

Con esta imagen en la cabeza, sonreír se vuelve más fácil. Ni siquiera la brisa helada consigue alcanzarme ya.

En cuanto pongo un pie en el andén asfaltado, veo un globo verde lima del tamaño de una pelota de gimnasia.

Baila al viento contra el cielo azul al final del andén.

En la parte delantera, una mujer rubia que se parece muchísimo a mí me sonríe.

En la trasera, hay un mensaje: «El mundo está lleno de maravillas.

Solo tenemos que estar dispuestos a verlas. »

Enseguida comprendo que el globo pertenece a mi mejor amiga, Maya. Ahora mismo debería estar reunida con nuestro casero para la entrega de llaves, antes de mudarse con su gran amor, Josh. Y, aun así, ha venido a despedirse de mí. Una calidez dulce me inunda por dentro.

Todo lo deprisa que puedo, avanzo hacia Maya, arrastrando las maletas detrás de mí. Me abro paso entre estudiantes, jóvenes con ropa de trabajo y madres con cochecitos.

Tras lo que parece una eternidad, Maya entra por fin en mi campo de visión.

Está apoyada en una farola, con una camiseta extragrande de un amarillo chillón y unas mallas de rayas gris y blanco.

En su pelo negro brillan unas hebillas con purpurina, y a su lado hay una bolsa de plástico.

Suelto las maletas, me deshago de las bolsas de viaje de los hombros y echo a correr hacia ella.

—Eh —digo, sin aliento, hundiéndome en sus brazos abiertos. Me estrecha contra sí y una oleada de dicha me recorre entera—. ¿Qué haces aquí?

Niega con la cabeza, y sus pendientes larguísimos me hacen cosquillas en el cuello.

—¿De verdad crees que iba a dejar que te fueras sin despedirme?

—Tienes razón. Está claro que la fiesta de despedida de anoche no fue suficiente.

Por un instante no sé si sonreír o echarme a llorar. Todavía siento en los músculos del abdomen las secuelas de tanta risa. Y veo los rostros de todos mis amigos, que celebraron el final de una era con Maya y conmigo.

—No fue suficiente —responde.

Su tono sentimental, unido a que ahora me acaricia la espalda con gesto tranquilizador, me despierta una melancolía honda.

Me aclaro la garganta.

—Gracias por estar aquí.

Maya se habrá dado cuenta de que mis padres no han venido. Por eso me conmueve aún más que sea ella quien me ayude a despedirme de la ciudad que tanto quiero, una ciudad sin la que no sé cómo voy a arreglármelas.

—Por supuesto —dice.

Me mece un poco de un lado a otro, luego se separa de mí y me recorre de arriba abajo con la mirada.

—¿No crees que tu atuendo es un poco exagerado?

En absoluto. Los pantalones plisados con raya diplomática y los salones de ante rosa empolvado son perfectos.

—Me van a ir a recoger a la estación. Tengo que causar buena impresión desde el primer segundo. Sabes que no puedo permitirme cometer errores. No otra vez y, desde luego, no uno tan grande como el último.

—Como si la señorita superlista necesitara eso —replica, aunque sabe que la señorita superlista solo era lista en lo relativo a su pasión por convertirse en médica—. De todos modos, los vas a dejar boquiabiertos.

En teoría, tiene razón. Al fin y al cabo, me formé en una de las clínicas más prestigiosas de Viena.

Hasta hace apenas unos meses estaba a punto de empezar la especialidad de neurología por la vía rápida.

Pero entonces todo cambió. Dios mío, ¿cómo pude ser tan insensata como para poner en juego mi futuro?

—Eh, basta. Lo que pasó ya no lo puedes cambiar. Lo único que puedes hacer es aprender de ello —dice Maya, observándome con atención—. Y lo has hecho.

Es verdad, pero sigo negándome a aceptarlo.

—Podría haber sido la mejor neuróloga que Viena haya tenido nunca —protesto—. Podría haber salvado vidas, ¿sabes?

En lugar de eso, dentro de unos minutos voy a subir a un tren que me llevará al pueblo más perdido de las montañas del Tirol. Allí voy a trabajar en una consulta de medicina general.

¡En una simple consulta de medicina general!

—El Tirol no es tu destino final, solo un pequeño desvío en el camino. —Maya me agarra por los brazos y me sostiene la mirada, muy seria—. Vas a seguir buscando una plaza de especialista y, en cuanto encuentres otra clínica en la que entrar, volverás a encarrilarte.

No hay nada que desee más. Pero la verdad es que nadie me quiere.

No después de lo que pasó. Durante todo el invierno envié cientos de solicitudes de trabajo.

Sin éxito. Ahora estamos a mediados de abril.

Debería sentirme agradecida por haber encontrado al menos un sitio donde pueda terminar las prácticas.

—Me voy a morir del aburrimiento en ese pueblo —murmuro, abatida—. Solo de pensar en la supuesta idílica vida campestre se me eriza la piel. No es lo mío.

Una sonrisa traviesa se dibuja en la cara de Maya.

—No vas a morirte de aburrimiento —asegura, alzando las cejas—. Porque vas a tener esto. —Saca de la bolsa de plástico que tiene al lado un maletín de médico, elegante, de piel marrón oscura, y me lo tiende con una sonrisa radiante.

¿Un regalo? ¿Para mí?

Conmovida, acepto el maletín. Los ribetes dorados relucen bajo la luz del sol, la piel desprende un olor agradable y las costuras están rematadas a la perfección. Paso la palma de la mano por la parte delantera, suave como la mantequilla.

—Es demasiado —consigo decir con la voz estrangulada.

—Ábrelo —pide. Da unas palmadas, entusiasmada, y su pelo salta al compás.

Alargo la mano hacia el cierre. Con un clic metálico, este salta y deja al descubierto el contenido del maletín.

—Estás loca —susurro, sonriendo mientras examino el forro interior.

Está decorado con viñetas de cómic de temática médica.

En una, un médico está junto a la cama de un paciente y lee una historia clínica.

Por la puerta entra la Muerte . «Ya se puede ir a casa.

Ahora me encargo yo», dice el bocadillo a su lado.

En la siguiente, un médico intenta hablar con un paciente sobre su enfermedad de Alzheimer, y este reacciona como si fuera la primera vez que oye hablar de ello.

Aunque las viñetas tienen un punto de humor negro, no puedo evitar sonreír. Abrazo a mi mejor amiga.

—Es perfecto. ¡Gracias! —digo, y por un segundo no sé cómo voy a ser capaz de alejarme de ella.

Los altavoces del andén crepitan al anunciar la llegada de mi tren. Unos instantes después oigo cómo se acerca, retumbando. Eso hace que me aferre a Maya aún con más fuerza.

—Tú puedes —dice, acariciándome la espalda una última vez a modo de ánimo—. No te olvides de tu mantra.

«Los hombres están prohibidos». En realidad, no hace falta que me lo recuerde, porque lo tengo más que claro.

—Ni de broma —respondo.

Noto que Maya asiente.

—Hablaremos por teléfono.

—Cada día —confirmo, saboreando el calor de nuestro abrazo todo el tiempo que puedo. Solo cuando el tren se detiene chirriando a nuestro lado y una oleada de alboroto nos envuelve, suelto por fin a mi mejor amiga.