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Margot sostenía entre sus manos el papel recién tipeado en la oficina del Comité del General Charles De Gaulle.
Había pasado parte de la tarde ahí, en calle Merced, haciendo los trámites para enlistarse en la Fuerza Aérea de la Francia Libre.
Solo le faltaba el permiso firmado por su padre para salir del país.
Todavía era menor de edad, pero podría haber mentido y falsificado la firma.
Era probable que, si la llegaban a descubrir, fuese con el barco en medio del océano Atlántico.
Pero ya había mentido una vez, cuando se inscribió en la escuela de vuelo y arrastró a don Maximiliano en la mentira.
No quería volver a hacerlo. No quería convertirse en un fraude.
—No es tu país, Margot —le dijo su padre.
—Pero es el de mis bisabuelos.
—Eso no es suficiente para marchar a una guerra.
Maximiliano Duhalde hizo silencio. Estaba en su oficina de la casa de José Manuel Infante. Tenía encendida la luz de su escritorio, el rostro de Margot apenas disimulaba su tristeza con la iluminación. El padre se arregló el cabello. Era el gesto que hacía cada vez que quería sacudirse un disgusto.
—¿Qué piensas que opinará tu madre?
—¿Desde cuándo a usted le importa lo que opine mi madre?
El hombre contuvo el fuego en su interior. Tenía una mano abierta, dispuesta al cachetazo. Suspiró.
—Apenas usted firme viajaré a Comuy a contarle. Me iré a despedir de ella.
—Le va a dar un infarto apenas le digas que te vas a la guerra, Margot.
—Le diré que me voy a ir a Canadá. Están reclutando enfermeras para atender a los soldados que llegan desde Europa. Ella entenderá —contestó la muchacha.
—¡Dijiste que no mentirías!
—Es más como una media verdad, papá.
—Una media verdad sigue siendo una mentira y lo sabes. —Don Maximiliano estiró la mano para pedir el papel que Margot sostenía entre sus manos. Ella le había hablado mucho, pero comenzaba a sospechar que su hija podría esconderle algo.
La joven le entregó el papel a su padre, quien caminó hasta su escritorio para sentarse, echar mano a los anteojos y leer con detención. Margot repasó mentalmente el texto. Lo había aprendido de memoria y sentía que podía seguir palabra a palabra al mismo ritmo en que leía su padre.
El hombre se quitó los lentes después de comprobar que efectivamente se trataba de una autorización de viaje. No decía nada que su hija ya no le hubiese dicho. Se llevó una mano a los ojos y se masajeó la nariz entre los ojos. Por segundos sintió que se le iba el dolor de cabeza.
—¿Por qué la guerra, Margot? ¿Qué tiene que ver esto con volar? ¿No vuelas lo suficiente acá?
La joven levantó la vista. La iluminación le alargó el rostro y le imprimió a su imagen una impronta severa.
—Porque cada vez que me acerco a un avión me cuestionan, papá.
Porque cada vez que hago algo que a ellos no les parece me dan un cachetazo en la cabeza, como si fuese una niña que hay que corregir.
—Margot se puso de pie—. Porque cada vez que vuelo me sancionan, me quitan la licencia o se inventan una regla para evitar que yo siga volando.
—Dio dos pasos hasta llegar al borde del escritorio, mirando a su padre con los ojos a punto de inundarse—.
¿Para qué seguir volando en un país lleno de gente que dice que no puedo?
Duhalde miró a su hija en silencio. Vio que le temblaba el mentón y se le inflaba el pecho buscando oxígeno para no llorar.
Una vez, por intentar alcanzar una calabaza cebada para mate, rompió el mueble de la cocina.
Sintió la madera romperse y vio la loza hecha añicos y esparcida por el piso.
Así mismo se sentía ahora por dentro. Era como si la estantería emocional que lo sostenía se hubiese venido abajo.
Echó mano a sus lentes, tomó su pluma y estampó la firma en el papel que su hija llevaba toda la tarde rogándole por completar.
Luego se puso de pie y, con la misma mano que había sellado el destino de su hija, le tomó el mentón para corregirle la postura. Quedaron frente a frente mirándose a los ojos.
—Nunca... —contuvo el aliento—. Óyeme bien, Margot Duhalde, nunca permitas que nadie te diga que no puedes.