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Joan Hughes mantuvo la mirada sobre Margot, quien parecía perdida, ausente. Seguía de pie al frente de su grupo, con las manos amarradas a la espalda, la cabeza semi inclinada. La pequeña instructora le buscó el horizonte.
—Dígame, ¿quién le dijo que no puede?
—Nadie... —susurró, sabiendo que mentía.
Hacía pocos días había volado un Spitfire XIV, clasificado como Priority One Secret hacia Newbury.
Los norteamericanos apenas la habían dejado bajar del avión para comenzar a interrogarla.
¿Por qué estaba a bordo de ese avión? Tuvo que explicarles a los oficiales que ella era piloto.
Finalmente, un comandante autorizó su liberación, pero puso toda clase de reparos porque una mujer estaba volando los aviones nuevos antes que sus propios pilotos.
—¿Nadie? Creí escuchar decir que no podía... —continuó Hughes.
—No puedo, instructora. Soy yo quien lo dice...
—¿No le da vergüenza, Chile?
Hughes no se quedó a esperar la respuesta. Con el paso apurado que la caracterizaba regresó a su cuartel. Margot pensó que iba a colapsar. De pronto sintió el sol del otoño, la falta de aire, el sudor frío. La instructora regresó con cinco cojines en las manos y caminó directo hasta ella.
—¿No puede? ¿No le da vergüenza? ¿Una mujer grande como usted diciendo que no se puede este avión? —Joan tiró los cojines al interior del Wellington y de un salto subió—. Venga, Chile. Yo le voy a mostrar cómo se vuela.
No tuvo tiempo de procesarlo. De un grito, Joan volvió a llamarla y a Margot no le quedó otra que subir detrás de ella.
Cerró la puerta y caminó hasta la cabina.
Un panel repleto de instrumentos la recibió.
Había dos asientos y dos timones de mando.
Le recordaron sus viajes con el capitán Douglas Fairwaether.
Joan había ocupado el asiento del piloto.
Para alcanzar los instrumentos había puesto dos cojines bajo su trasero y tres detrás de su espalda.
Apenas llegaba a los pedales. Sus ojos estaban casi al nivel de la base del parabrisas delantero.
Aun así, en dos tiempos, puso la máxima potencia y despegó el avión.
Margot sintió cómo la gravedad le peleó a los motores la posibilidad de subir.
Parecía que el avión se iba a desarmar por el esfuerzo.
Pero el rostro de Joan no mostraba nervio alguno.
Sus ojos pasaban de un instrumento a otro, sus pies jugaban con los pedales y sus manos pequeñas tenían dominado el timón.
Entró al circuito imponiendo el tamaño de su aeronave.
Hizo dos pasadas por sobre el campo donde los otros pilotos estaban mirando incrédulos la agilidad del Vickers Wellington.
Sin avisar, la instructora puso el motor derecho en bandera.
Lo maniobró como quien pasea a un perro.
Encendió el motor y puso en bandera el otro.
Repitió el circuito por sobre los pilotos y luego se preparó para aterrizar.
—El tamaño no tiene nada que ver, Chile. Todo es cuestión de dominar los estabilizadores.
Margot asintió para luego aterrarse al ver que la instructora apagaba el velocímetro y se aprestaba a aterrizar.
—Esta es una emergencia bastante común en estos aviones.
Puso la aeronave en tierra como quien deposita una pluma sobre el agua. Carreteó hasta el lugar de instrucción y ambas aviadoras se miraron.
—¿Todavía no puede, Chile?
Margot miró a su instructora por algunos segundos. La imagen de esa mujer sobre los cojines le parecía irreal. Se miró las manos grandes y fuertes, las piernas largas, no lo suficiente como para tocar con comodidad los pedales, pero mucho más cerca que los pies colgando de Joan.
La piloto chilena puso una mano sobre la palanca de potencia y la otra en el timón. Llevó el aparato hasta el cabezal de la pista de aterrizaje. El destino le hizo un guiño, ningún avión en circuito le interrumpía la maniobra.
Miró al frente, recordó sus días en el aeródromo de Los Cerrillos y respiró profundo, tal como hacía cada vez que sus instructores le dieron un correctivo.
Miró los instrumentos para asegurarse de que los motores estaba funcionando, recordó a su madre en Temuco llorando emocionada cuando la despidió en la estación de trenes.
Aceleró y comenzó a rodar la mole. Paseó por el Atlántico, por la prisión en Liverpool, por las habitaciones de hotel, por la casa de Wellingborough, por la sonrisa de Ivonne Schreiner, por los hermanos Divin, por sus instructoras, por Maureen Dunlop, por la enorme Joan Hughes.
Jaló el timón hacia ella y el Vickers Wellington de ocho toneladas se despegó del piso.
Margot se sintió liviana, cinco metros por segundo más liviana. Sonrió y le dijo a su niña interna: «Lo logramos». Miró hacia el cielo. «Per aspera ad Astra».