XLVI
Joan Hughes asomó a mirar al grupo de alumnos que estaba esperando la clase práctica.
Eran cuatro personas, una de ellas, la chilena Margot Duhalde, de quien ya había escuchado.
Sabía de sus particulares métodos para explicar los procedimientos de vuelo.
Le había parecido un dato simpático, pero no disponía de mucho tiempo para reír.
Margot también había oído sobre ella, durante su instrucción para piloto Clase 3.
Su instructor de navegación le contó que Joan lo había formado.
Una vez la propia Margot había estado en su aula, para una clase magistral sobre navegación, en el norte de la isla de Gran Bretaña.
Recordó que la había aplaudido, pero siempre tuvo la duda de que esa misma personita fuese de verdad la instructora.
De vez en cuando, alguien saludaba a Hughes a lo lejos.
Su figura pequeña solía cortar el patio del aeródromo a paso apurado rumbo a los hangares.
Margot no podía convencerse de que la leyenda de la aviación de la que había escuchado tanto fuese realmente ella.
Nunca preguntó más. Prefería quedarse con la duda a hablar y hacer el ridículo.
Por eso se impresionó aquella mañana de otoño.
La mujer bajita y menuda que sus colegas saludaban de vez en cuando sí era tan legendaria personalidad.
Hughes medía un metro y cincuenta centímetros.
Era delgada como el palo de una escoba y tenía el rostro bonachón, con una sonrisa larga y ojos redondos y graciosos.
A paso rápido llegó frente a los alumnos.
Desfiló ante ellos antes de hablar. Tenía el cabello castaño al viento.
Su pelo era delgado, rizado y maltratado.
—Lo que ustedes tienen en frente es un Vickers Wellington MK IA C.
Está al servicio de la Royal Air Force desde 1938.
Hasta hoy se ha mantenido volando, a pesar de todas las misiones desde las que llegó apenas volando en un ala —Joan Hughes hablaba con la voz firme, aunque un poco impostada, en ningún momento dejó de mirar a los ojos de los alumnos frente a ella—.
Este, en particular, participó en los bombardeos de Berlín de agosto de 1940.
Fue de los primeros aviones en hacerle daño al régimen de Hitler.
Los nazis lo saben, los nazis le temen, porque es con bombarderos como estos que ganaremos la guerra.
Margot recordó su sueño. Hacía más de dos años cuando, mientras cruzaba el océano, soñó con la posibilidad de borrar a Hitler de la faz de la tierra. Se estremeció. Sintió el corazón agitado al darse cuenta de que estaba cerca, lo más que podía, de ese objetivo.
—Y a partir de hoy —siguió la instructora—, ustedes podrán volarlos.
Hughes dio media vuelta y caminó hacia el avión ubicado en medio del césped, junto a la pista.
Tenía los motores listos para despegar. La instructora no escuchó los pasos detrás de ella.
Detuvo su andar y volteó para mirar a sus alumnos.
Los vio ahí, uno al lado del otro, cada uno esperando a que el otro diera el primer paso.
—¡Los nazis le temen! A ustedes les basta con mostrarle un poco de respeto. ¡Muévanse! —gritó.
Los alumnos se alinearon junto al avión. Sintieron el viento provocado por las palas, que eran movidas por los motores Pegasus. Emitían un ruido potente, como un ronquido grave y el piso vibraba.
—Mide cinco metros de altura. Sus alas tienen una envergadura de veintiséis metros de largo y así, como lo ven, pesa poco más de ocho toneladas.
—Joan sonrió e hizo una pausa dramática para pasear por las miradas de los alumnos—.
Esta señorita tiene el trasero gordo y pesado. Pero, créanme, no lo arrastra.
La instructora dio un aplauso, que apenas se escuchó con el ruido del motor. Fue suficiente para captar la mirada de los pilotos, luego levantó la mano derecha y apuntó el motor más cercano.
—Esa maravilla del ingenio británico es un motor radial de nueve cilindros modelo Bristol Pegasus, que genera mil setenta caballos de fuerza...
Volvió a pausar para encontrar las caras de impresión. Solía no verlas, porque la mayoría de los pilotos venía de volar cazas veloces. La instructora dibujó una sonrisa pícara en el rostro.
—Hagan las matemáticas, señores.
Con un gesto volvió a hacer que los alumnos la siguiesen, esta vez hasta la puerta de entrada del fuselaje del avión.
—Cuando les echen una mirada a las costillas de esta ballena, recuerden que esos motores van a levantar todo su peso del suelo a un ritmo de cinco metros por minuto y que pueden operar hasta darle cuatro vueltas completas a esta isla a una altura donde las baterías antiaéreas ni siquiera pueden
rozarlos.
Son motores fuertes, es cierto —apuntó a Margot con el índice—, pero ustedes van a volarlo con un solo motor y solos.
Porque estas cosas pueden morder el continente y su trabajo es entregarlos a como dé lugar y lo harán solos.
Tendrán que volarlos, entregarlos y correr a buscar otro para repetir.
Ustedes son el Ferry. De ustedes depende que la RAF tenga aviones para castigar alemanes y hacerles pagar por lo que nos han hecho pasar.
Joan Hughes hizo un silencio, se acomodó el pelo.
—¿Quién va primero?
A Margot se le revolvió el estómago. Una cosa era volar cazas en soledad y otra distinta era operar un avión que necesita cinco tripulantes y con un motor menos. Estaba tan distraída que no notó que sus compañeros dieron un paso atrás y la dejaron sola frente a la instructora.
—Excelente, Chile, a volar —dijo Hughes.
—No puedo...
—Vamos, Chile. Todo lo que dije fue para encender su fuego interior y, de seguro, ya lo leyó en el White Cover.
—No puedo...
—¿Y a usted quién le dijo que no puede?