XLV
Margot había despertado tarde aquella mañana, cerca de las nueve.
La casa estaba en silencio y vacía. Maureen no había regresado la noche anterior.
Era probable que se hubiese tenido que alojar afuera de la ciudad.
Desde hacía un tiempo habían tomado como protocolo pernoctar en las bases norteamericanas cuando les tocase llevar aviones hasta esas instalaciones.
Eran mucho más cómodas que las bases británicas y, sin duda, mejor alternativa que los vagones de tren en los que se veían obligadas a regresar.
Pero no había mucho consuelo para la chilena.
No podía sacarse de encima el miedo a la muerte que la había invadido después de enterrar los restos de Honor Salmon.
Contaba en la pizarra la cantidad de órdenes al inicio y al término del día, para asegurarse de que el equipo estuviese completo.
Cuando alguna piloto pasaba la noche afuera, no pegaba pestaña esperando alguna llamada telefónica.
Miró por la ventana hacia el río. Le gustaba el color de la luz con el que se pintaban las riberas por las mañanas.
Todos los días, en la rama del árbol justo afuera de su ventana, se paraba un pechiazul.
Era su despertador y aquel día lo vio llegar e irse, pero no lo oyó cantar.
Margot se puso de pie, se miró al espejo del tocador.
Tenía las ojeras marcadas y el pelo sucio, lacio, grasiento.
Suspiró. Se puso el uniforme, no quiso ducharse. Partió al aeródromo.
—Chile, tienes que presentarte en la oficina de la comandante —Gabrielle Patterson interceptó a Margot apenas la vio bajar del auto.
Asintió con la cabeza y cambió el rumbo.
Había llegado tarde y no era la primera vez que le pasaba en las últimas semanas, pero ya no le importaba el regaño.
Entró al edificio y sintió el frío del pasillo envolverle las piernas.
Repicó mientras avanzaba hasta golpear la puerta de la oficina de la comandante.
Entró y, a petición de la mujer, se sentó.
—¿Qué tal va su experiencia con los Mustang? —Pauline Gower abrió la conversación con cordialidad. Se la veía relajada. Sus brazos acompañaban sus gestos con gracia.
—No me quejo —contestó Margot, tiesa como una tabla.
Estaba mintiendo. Margot se había quejado de los aviones norteamericanos desde el primer día que le tocó volarlos.
Era un caza pesado, con una línea robusta y un motor Rolls-Royce Merlin apenas más potente que el del Spitfire.
Pero su panel estaba lleno de instrumentos, como era costumbre en los aviones estadounidenses, y los frenos en los pedales le resultaban incómodos.
Estaban muy lejos de su posición. Cada vez que debía usarlos, Margot tenía que hundirse en el asiento para alcanzarlos.
—Esperaba que lo hiciera —replicó Gower, con una mueca de decepción en el rostro. La oficial Duhalde guardó silencio—. Dentro de dos meses se abrirán los cupos para el curso de piloto Clase 4 y tengo considerado uno de esos cupos para usted.
La chilena disimuló una mueca. No le agradaba la idea de volver a una sala de clases.
—Mi comandante, ¿eso qué implica?
—Bombarderos, Margot.
La chilena se puso pálida. Ya había volado aviones grandes, un Fairchild, un Hellcat y hasta el Albacore, pero todos eran monomotores y había tenido pésimas experiencias en ellos.
Los bombarderos tenían dos motores a los que prestarles atención y mucho blindaje.
Eso implicaba peso, pistas largas y mucha tripulación para operarlo óptimamente, pero no podía darse el lujo de tener esa tripulación cuando le tocase volarlos para el Ferry.
—Necesito otra primera oficial en el Ferry —dijo Gower.
Margot no contestó. Bajó la vista y jugó con sus dedos. Pauline Gower rompió su relajo y se inclinó sobre el escritorio para cruzar los brazos.
—¿Me está ofreciendo el trabajo? —Margot al fin sacó el habla.
—La estoy poniendo en aviso, Chile. Puedo ordenarle hacer el curso si así lo quiere. Pero a estas alturas de la guerra necesito convicción, no le daré alas a alguien que no la muestre.
—Comprendo, mi comandante —respondió Margot.
Guardaron silencio por algunos minutos, como si estuviesen estudiándose. En todo momento, la piloto chilena esquivó la mirada de la comandante.
—¿Puedo darle mi respuesta en otra ocasión? No quiero que la emocionalidad afecte mi juicio.
—Tiene hasta el final de la semana, Margot.
—Gracias, mi comandante.
La chilena se puso de pie y caminó hasta la puerta. Tenía la cabeza revuelta. En ese momento solo quería ponerse de pie y volar para despejar la mente.
—¡Hasta el viernes, Margot! Chile merece una respuesta.
Cerró los ojos, abrió la puerta y la cruzó con un nudo en la garganta.
✰✰✰
Margot ya se había puesto el buzo de vuelo y echado mano a su paracaídas cuando enfiló su camino hacia el P-51 Mustang que le tocaba entregar en el aeródromo de Aldermaston.
Estaba al tanto de que aquella base era reciente.
Apenas estaba empezando a operar y, a pesar de ser una base de la RAF, se la usaba básicamente para albergar bombarderos.
No se cuestionó mucho la orden. Volar era volar.
Si la RAF necesitaba un Mustang, ella lo llevaría.
Subió al ala por la derecha y sacó el peldaño retráctil del fuselaje.
Ya había tenido problemas para montarse en la cabina antes, quería evitar caerse enredada por las correas de su paracaídas.
Se aprestaba a abrir la carlinga del avión, redonda como una burbuja, cuando escuchó el zumbido similar al de un mosquito aproximarse a su cabeza.
La piloto volteó hacia el este y se le heló la sangre.
La sombra de un terror alado apareció entre las nubes y se fue en picada contra la pista de aterrizaje donde el avión de Margot, entre otros, estaba estacionado.
Las sirenas no alcanzaron a levantar su aullido cuando empezó el fuego, que llegaba desde cuatro cañones bajo los dieciséis metros de alas de un Messerschmitt BF 110.
Margot salió de su estupor apenas las sirenas de la base avisaron del ataque.
Los dos motores del avión alemán ronroneaban como un tigre hambriento.
Le quedó poco tiempo para dar un salto y esconderse debajo del ala de su Mustang.
Las balas del atacante silbaron cerca de la piloto chilena.
Con impotencia, Margot solo podía mirar cómo rebotaban en la loza y la rodeaban.
Rogó para que el pulso del nazi fallase.
Escuchó los motores alejarse hacia el oeste cuando las baterías antiaéreas comenzaron a disparar.
La piloto cayó en cuenta de que si el Mustang que le prestaba cobijo era alcanzado podía incendiarse.
Estaba repleto de combustible, listo para volar, las llamas se la llevarían a ella.
Se sintió estúpida, pero no pudo abandonar su posición, pues el alemán dio la vuelta y ametralló otra vez la loza.
Le atinó a dos aeronaves contiguas, pero falló providencialmente cuando tenía a la chilena a tiro.
Después de eso, abandonó a su presa. A lo lejos, giró rumbo al sur y se comenzó a alejar de la base.
Margot salió de su escondite con el orgullo herido y el pantalón manchado. Tenía barro, restos de concreto y sus propios fluidos.
—¡Cágate, Jerry de mierda! —gritó con el puño en alto—. ¡Ándate a la mierda, nazi hijo de puta, que me vienes a ametrallar!
El resto de los garabatos que salieron de su boca se los llevó el viento.
No iban a derribar al alemán en su regreso a casa, pero liberaron la adrenalina de la piloto chilena.
Margot golpeó el suelo, pateó el aire y le propinó dos puñetazos a la nada antes de soltar un grito que casi le desgarró la garganta.
Sintió cómo hasta la última gota de aire le abandonó los pulmones.
Se tomó un tiempo para inhalar otra vez, escuchó su corazón latiendo, inspiró, espiró y repitió, hasta que recuperó el pulso.
Se reincorporó, se acomodó el pelo y se quitó un rastro de barro del mentón.
Caminó hasta el cuartel, cruzó el pasillo, abrió la puerta sin golpear.
—Inscríbame —dijo Margot—. Quiero hacer el curso para ser Clase 4.
Pauline Gower estaba al teléfono, poniéndose al tanto de las novedades derivadas del reciente ataque. Dejó de prestar atención al auricular. «Te devuelvo la llamada», dijo. Sin esperar respuesta, cortó.