El cielo me llama XLIV
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XLIV

Los pies le pesaban. El camino hasta el cuartel nunca le había parecido tan largo.

La noche en el tren fue aterradora, como tantas otras.

Margot durmió en el pasillo o, al menos, lo intentó.

Cada vez que lograba acomodarse sobre su paracaídas debía ponerse de pie, para dejar pasar a algún soldado rumbo al baño.

No pegó pestaña en toda la noche. Sentía la cabeza abombada, los ojos calientes y el cuerpo cortado, peor que con cualquiera de las resacas que hubiese tenido durante la guerra, y tubo muchas.

El peso del paracaídas la mantenía inclinada hacia la derecha. El resto del cuerpo se movía solo. Había tropezado dos veces con las irregularidades del pasto, había chocado con algunos pilotos que deambulaban por el lugar, pero solo quería llegar de regreso al cuartel.

—¿Qué mierda pasó ahora?

Margot murmuró entre dientes. Abrió los ojos como despertando, agarró firme el paracaídas que colgaba a su espalda y aceleró el paso. A la entrada del cuartel estaban sus colegas reunidas. A la distancia, la piloto chilena escuchaba lo que parecían ser sollozos.

—¿Quién fue?

La piloto chilena dejó caer el paracaídas a metros de la entrada del cuartel.

Anna Leska intentaba consolar a Jackie Sorour, que tenía los ojos reventados en lágrimas.

Dora Lang estaba sentada sobre el pasto unos metros más allá.

Lettice Curtis intentaba levantar a dos pilotos más que habían entrado en un ataque de nervios.

Maureen se acercó a Margot y le dio un abrazo.

—¿Quién...?

Nunca le había tocado tan de cerca, pero sí lo había visto en otros pools.

A Margot le solían llegar cartas de todas partes de Inglaterra, incluso de Europa.

Eran de los amigos y amigas que hacía en cada uno de sus vuelos.

Hubo ocasiones en que sencillamente esas cartas dejaron de llegar, a menudo sin una despedida.

Sabía que la guerra era así, pero esta vez el golpe parecía venir de mucho más cerca.

—Honor... —la voz de Maureen se quebró al mencionar el nombre de su compañera—. Ha sido Honor.

Margot sintió náuseas, le temblaron las rodillas. Quedó sostenida por los brazos de su amiga. Honor Salmon era una First Officer británica, que había compartido con Margot la pasión por volar Spitfires.

—¿Ella volaba un...?

—No... —se apresuró Maureen.

Honor y Margot amaban el Spitfire. Cuando eran cadetes habían hecho el compromiso de volar al menos uno.

Pero Honor venía saliendo de un par de incidentes, primero con un Spitfire y luego con un Hurricane.

Ya no formaba parte del Ferry Pool. Había sido reasignada a la escuela de entrenamiento, porque ambos incidentes habían sido responsabilidad suya.

Tuvo un tercer accidente, esta vez con un Spitfire, que se fue de nariz por el uso excesivo de frenos.

—Un Oxford —dijo Curtis—. Se estrelló en un Airspeed ayer en la tarde. Hoy encontraron sus restos en Roundway Hill...

Ambas amigas estallaron en llanto. Maureen había tenido problemas con los aviones, pero nunca se había sentido cerca de la muerte.

Margot se tragó la rabia. Ya había volado el Airspeed y sabía que era un avión fácil.

Pero su gran tamaño era difícil de asimilar una vez que te acostumbrabas a los cazas.

—Esos putos aviones enormes —farfulló.

Pauline Gower apareció desde el norte, venía escoltada por Gabrielle Patterson.

Ambas estaban muy serias, sin emoción alguna en sus rostros.

Llegaron hasta el grupo. A golpe de gritos se recompuso la fila de mujeres deshechas en la pena.

Lettice Curtis se alineó con ella y la comandante, que observó con frialdad a las pilotos.

—Oficial, ¿por qué llora? —Gower detuvo su paseo frente a la oficial Sorour.

El mentón de la sudafricana se arrugó antes de temblar, los ojos se le recogieron y se le llenaron de lágrimas. Intentó mantenerse erguida, con el pecho afuera, honrando su uniforme. Pero no pudo más, sus hombros cayeron y se entregó al llanto.

—¿Por qué llora? —Gower insistió en la pregunta. Se le subieron los colores al rostro cuando Sorour cayó sobre sus rodillas y las pilotos a sus costados rompieron la formación para asistirla.

—¡Curtis, llévesela de acá! —gritó.

—Ha perdido a su amiga, mi comandante. Un poco de consideración...

Gower dio dos pasos al frente hasta quedar casi en las narices de Anna Leska. La polaca le sacaba al menos una cabeza de altura, pero la energía de la comandante la obligó a dar un par de pasos atrás.

—Bien, perdió a su amiga —contestó la comandante—, todos acá hemos pasado por eso en esta guerra.

—Comandante... —intentó complementar Rosemary Banister. La mirada penetrante de Gower fue suficiente para mandarla a callar.

—¿Les irá a decir usted a los alemanes que dejen de bombardear nuestro país? —respondió con sequedad la comandante.

No recibió respuesta alguna. Anna Leska era una mujer orgullosa, pero se tragó el pundonor y apartó la mirada.

Pauline Gower también bajó un cambio. Retrocedió un par de pasos y miró a Jackie para ofrecerle un pañuelo.

Lettice Curtis y Gabrielle Patterson la ayudaron a ponerse de pie.

Gower siguió su inspección, mirando a las mujeres destruidas

—¿Por qué llora?

La pregunta era para Margot. Tenía los ojos inyectados en sangre e hinchados, pero las lágrimas que habían caído por sus mejillas ya estaban secas.

—Yo... —aguantó el nudo que se le hizo en la garganta y que le cortó la voz, tragó saliva y exhaló casi temblando, volvió a respirar con calma—. Yo solo quiero volar, mi comandante.

Pauline Gower asintió en silencio. Abrió la chaqueta de su uniforme y sacó un montón de hojas. Buscó con paciencia y separó una que puso en frente de Margot Duhalde.

—Vuele.

Margot la recibió entre sus dedos. Gower volteó para continuar su inspección.

—Vuelen, señoritas. Es el mejor homenaje que le podemos hacer a nuestra compañera caída. Vuelen alto y ganemos la guerra.

—¿Y hacemos como que Honor sigue aquí y nada pasó? —preguntó Maureen con un tono de voz firme, muy raro en ella.

—No, miss Dunlop —contestó Gower, deteniéndose frente a ella—.

Ha ocurrido, eso es evidente, pero tenemos que estar a la altura de su memoria.

Todas... —casi se le rompe la voz. Se acomodó la chaqueta y dio un paso atrás para poder mirar a toda la escuadrilla—.

Cada una de nosotras algún día enfrentará la muerte.

Puede ser hoy, o mañana, o tal vez en veinte años más, pero lo haremos, eso es seguro.

Pocas son las personas que pueden escoger cómo lo harán, señoritas, y nosotras tenemos la oportunidad de hacerlo en el cielo, volando por esta causa, por la libertad del mundo.

Si dejamos de volar, la muerte de la primer oficial Honor Salmon habrá sido en vano.

Vayan a volar y ganemos esta guerra. Cuando los restos de nuestra camarada estén en la base les prestaremos los honores correspondientes.

Pauline Gower miró a los ojos una a una a las veintidós pilotos del Ferry. Sacó pecho al verlas a todas conmovidas, pero con la fuerza necesaria para seguir. Saludó formalmente, dio media vuelta y se retiró dejándole a Gabrielle Patterson las demás hojas de misiones.

—¡Ya oyeron a la comandante, señoritas, a volar!

Margot volvió a mirar su hoja de misión. Su dolor seguía ahí adentro, tendría que buscar consuelo en el cielo.