El cielo me llama Regreso a Hamble
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Regreso a Hamble

– 1943 –

XLIII

Un zumbido acalló los cantos de las aves.

Parecía lejano, pero su volumen comenzó a elevarse y hacerse agudo.

La tranquilidad del alba se rompió con voces y pasos apresurados por el pasillo.

El martilleo de las baterías antiaéreas de Hamble creció en cantidad y volumen.

Heló la sangre de los pilotos alojados en la River-House.

Primero fueron dos cañones, pero muy pronto fueron diez.

—¡Maureen!

Margot apenas había abierto los ojos. Sintió los resabios de la cerveza de la noche anterior. El nombre de su amiga sonó fuerte desde sus labios, pero no tan claro.

—¡Oye, Maureen!

Desde el otro lado del muro, escuchó el balbuceo de su amiga.

Dunlop no solía beber mucho, pero de vez en cuando se dejaba llevar por los juegos de cartas con los que se animaban las noches en la hermosa casa junto al río.

Maureen apenas había bajado una pinta de cerveza, pero era suficiente para embriagarla.

—¡Ese cañón escupe muy seguido! —continuó Margot.

Tenía razón. Los cañones llevaban disparando muchos minutos y el zumbido de un avión seguía rondando por sobre sus cabezas.

—Un poco... —respondió Maureen, desde el cuarto continuo.

Las detonaciones de las baterías antiaéreas alternaban con las ráfagas de una metralleta que parecía ir y venir en el intercambio de plomo.

—Tal vez sean los Jerries...

Los británicos usaban la abreviatura Jerry para hablar de modo despectivo de los alemanes. La chilena y la argentina la habían adoptado. De pronto, una explosión provocó el silencio por unos segundos. Después, las ráfagas se reiniciaron con más vehemencia.

—No creo, tal vez ese cañón se tragó una mosca...

Una nueva explosión reventó los cristales de la ventana en la habitación de Margot.

Ella estaba boca abajo. Había tomado la costumbre de dormir así.

Lo complementaba con la almohada sobre la cabeza.

Era incómodo y le provocaba ronquidos, pero era la única forma en la que podía descansar durante los bombardeos.

Los alemanes habían reanudado los ataques. Incluso los estaban haciendo de día y el aeródromo donde el Ferry de la chilena prestaba servicio se había convertido en el blanco favorito de los pilotos de cazabombarderos nazis.

La puerta se abrió de golpe. Era un piloto norteamericano que venía a sacar de sus camas a la chilena y a la argentina. Tenían que correr hasta el aeródromo, mientras la metralla caía. No se alcanzaron a duchar. Ahí las estaba esperando Gabrielle Patterson.

—Señoritas, estamos bajo ataque. Todas al refugio —ordenó la instructora de navegación.

Maureen se quejó profundo. Venía corriendo desde el auto y traía una punzada en el costado derecho, apenas tenía aire y a manotazos le hizo saber a la instructora que no pensaba seguir corriendo.

—No pienso... no pienso. Yo me quedo acá.

—No es una sugerencia, Dunlop. Es una orden — chilló Patterson.

Maureen se dejó caer sobre un sofá y se aflojó el botón del cuello del uniforme. Los demás miembros del Ferry tampoco hicieron mucho por acatar. Ni siquiera cuando las explosiones comenzaron a escucharse a lo lejos. El bombardeo había comenzado.

—¡Al refugio, ahora!

Patterson alcanzó a llegar hasta la puerta del cuartel cuando las baterías antiaéreas recuperaron el ritmo de sus disparos.

—Chile anoche comió frijoles. No me pienso encerrar con ella a olerle las flatulencias.

La joven sonrió y su sonrisa contagió a sus compañeras. Como un gas el humor se dispersó dentro del cuarto. Patterson tampoco pudo evitarlo. Mientras las bombas afuera estallaban, adentro las pilotos se partían de la risa.

El bombardeo terminó sin mayores daños en el aeródromo. Pronto las pilotos del Ferry estuvieron en condiciones de ir a buscar las hojas con sus asignaciones.

—A veces pienso que estos Jerries solo buscan hacernos perder el tiempo —dijo Margot.

—¿Vos creés? —respondió Maureen, quien ya se había arreglado el peinado y refrescado la cara.

—Tres veces al día nos atacan, pero casi no nos hacen daño. Es como si vinieran a evitar que nos subamos a nuestros aviones.

—Y sí... Tenés razón —reflexionó Dunlop.

La argentina recibió su hoja de vuelo y movió la cabeza apenas la terminó de leer. Margot seguía en la fila, esperando su asignación. Gabrielle Patterson la vigilaba de cerca.

—Un Walrus... —dijo.

Esos aviones de la marina habían aparecido en sus vidas hacía poco. En un principio, no estaban asignados al Ferry de Margot y, a pesar de ser monomotores, eran enormes. Más parecían barcos que aeroplanos. Ambas amigas coincidían en que eran horrendos.

—Primera vez que me asignan un Walrus —siguió Maureen.

—Alguien te odia.

Margot recibió su orden y su mirada perdió brillo. Sintió una bola pesada bajándole por el estómago. Quiso sentarse, pero no tenía una silla a mano. Se esforzó por mantenerse de pie.

—Un Albacore... Esa cosa es una casa —le dijo a Patterson.

—Pero tiene alas, Margot. Puede volarlo.

—Pero no tengo experiencia en eso, oficial. ¿Nadie va a acompañarme?

—Es un monomotor biplano, que genera hasta mil sesenta y cinco caballos de fuerza, y la Royal Navy lo necesita. ¿Qué más tienes que saber?

Maureen abrió los ojos enormes al escuchar el tono de la respuesta de Gabrielle. Empezó a doblar en silencio la hoja de vuelo para guardarla dentro de su uniforme.

—Pero oficial... —Maureen le dio un tirón tan enorme a Margot que casi la desarma.

—Remítase al libro y deje de cuestionar las órdenes, Chile. Usted es piloto de Clase 3 y va a volar lo que ATA le exija volar. No veo la hora de que le empiecen a asignar bimotores livianos. Ahí veremos si sigue encontrando grande el Albacore —remató la oficial.

Era cierto. La había ascendido de rango hacía poco.

Ella y Maureen eran de las últimas pilotos que habían alcanzado ese nivel, pero estaban tan empecinadas en hacer carrera en aviones caza que casi no se habían ejercitado en aeronaves más grandes.

Los esfuerzos de guerra empezaban a demandar más bombarderos en el frente.

—Solo procura no operarlo entre las dos mil quinientas cincuenta y dos mil setecientas cincuenta revoluciones por minuto —agregó Dunlop, empujando a Margot hacia la salida.

—Gracias, miss Dunlop —remató Patterson—. Habla alguien que sí hizo la tarea.

Margot dio media vuelta y se retiró a paso apurado. Maureen la siguió rumbo al hangar. La alcanzó a mitad del trayecto.

—A mí tampoco me gusta el Walrus, Margot. Solo tenemos que pasar esta experiencia y volvemos a lo nuestro —le dijo a su amiga.

—Yo no quiero volar esas aberraciones. ¿Ya viste dónde tiene el motor tu avión? ¡Muy cerca de la cabeza!

—Hemos estado cortas de pilotos en el Ferry, así es la guerra y...

—Y más cortas nos vamos a quedar si nos siguen obligando a volar esas porquerías —la interrumpió Margot.

Cuando ya estuvo a bordo del Albacore sintió un poco de vértigo.

Era un monomotor, claro. Pero se trataba de un avión enorme y tosco.

Su cabina parecía estar en el balcón de un segundo piso.

A Margot se le vinieron mil cosas a la cabeza.

Esos bombarderos enormes, esos aviones pesados.

Parecían no avanzar en el aire y a duras penas podían levantar el culo desde el piso.

No quiso esperar a estar tranquila. Se dijo que nunca iba a estar lista para volar esas porquerías y que prefería llegar a Hawarden antes de que el clima cambiase o de que oscureciera.

El motor Taurus XII del avión hizo un sonido ahogado antes de empezar a humear.

El residuo gaseoso pasó por todos los colores antes de que sus pistones lograran un ritmo parejo.

Era como si hubiese tenido que toser antes de andar.

Cuando el avión comenzó a rodar, Margot recordó la restricción de revoluciones que le recomendó Maureen.

Sacó desde debajo del asiento el libro para repasarlo rápido.

Odió que la velocidad estuviese marcada en nudos y no en millas.

Ya le costaba trabajo hacer las conversiones de millas a kilómetros, los nudos le parecían estúpidos.

Gruñó con fuerzas y lanzó el libro hacia atrás. Se arrepintió de inmediato. El cuadernillo fue a dar al piso, a un metro lejos de ella, donde viajaba la tripulación. Odió tener que volar sola un avión que estaba hecho para más tripulantes.

Aceleró cuidando las revoluciones del avión.

Apenas respiraba, le sudaban las sienes y empezó a sentir una constelación de perlas húmedas en la cara.

Inhaló entrecortado cuando se aproximaba a la velocidad adecuada y escuchó un estallido.

El timón vibró y sintió como el avión comenzaba a bailar de un lado a otro.

Por instinto echó el bastón hacia su cuerpo y la nariz del monstruo se elevó.

Tranquilidad. La cabina al fin dejó de temblar, el avión se mantuvo en línea recta y comenzó a remontar hasta atravesar la capa de nubes.

Igual sintió angustia. Margot estaba segura de que había reventado uno de los neumáticos del tren de aterrizaje, pero sin tripulación no tendría cómo confirmarlo...

No hasta que le tocase aterrizar otra vez.

Cuando la pista de aterrizajes de Hawarden apareció ante sus ojos, Margot quiso pasar de largo.

Incluso pensó en llegar hasta el final de la isla.

Había tenido un viaje tranquilo, con viento favorable y buen clima.

Aparte de algún que otro crujido del fuselaje debido a los cambios de temperatura, había resultado menos aterrador de lo que imaginó.

No había en el panel ningún instrumento que le indicase si un neumático del tren de aterrizajes había explotado.

La pista del aeródromo frente a ella era de las pocas que estaba pavimentada.

Era cómoda, pero con un tren averiado, el riesgo de enterrarse en el cemento y capotar o de provocar un incendio por las chispas del metal contra el suelo era alto.

Nada de eso estaba en los libros, pero Margot había escuchado suficientes anécdotas como para visualizar lo peor.

Por intuición, la piloto decidió que, dado el movimiento del avión al sentir la explosión, la afectada era la rueda derecha.

Sin dar muchas más vueltas, se aprestó a aterrizar el Albacore con la rueda izquierda sobre el pavimento y la derecha apenas tocando el pasto.

Había escuchado a Betty Keith-Jopp. Tenía a su haber más de una decena de incidentes increíbles con aviones y decía que ese método le había servido con un Barracuda. Margot encontró lógico que también funcionaría para ella.

El Barracuda era otro avión naval. Parecía pato en la tierra.

Había que equilibrarlo cuando el despegue o el aterrizaje eran con viento de cola, para evitar que los flotadores en las alas tocasen el piso.

Dio resultados. El Albacore se deslizó por el pasto subiendo y bajando con un rengueo largo y quejumbroso, mientras la otra rueda hacía toda la tracción para ir frenando.

Margot llegó al final de la pista con el avión a salvo.

Llegaron equipos de emergencia y rescate, porque algunas chispas y humo saltaron al momento del contacto con tierra.

Pero tanto ella como el aeroplano estaban a salvo.

Detuvo el motor y bajó desde la cabina. Al poner sus pies sobre la loza, se arrodilló y besó el pavimento.

Su ángel de la guarda la había ayudado de nuevo.

—No pienso volver a volar estas mierdas gigantes —prometió.

Entregó su hoja de misión al oficial a cargo y se desentendió del avión.

Mientras esperaba su traslado a la estación de trenes cercana para regresar a su base, se enteró de que los equipos de emergencia al intentar mover el aeroplano terminaron destruyéndole parte del fuselaje.

Estalló en risas. Tomó palco para ver cómo terminaban de romper el avión.

Su primer vuelo en un Albacore había terminado de la peor forma, pero nadie podría culparla a ella.