El cielo me llama XLII
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XLII

El vaho dibujaba en el aire una nube que se dispersaba al ritmo de sus resoplidos.

Margot sentía el corazón acelerado, lo suficiente como para mantener el calor del cuerpo apenas cubierto por el buzo de vuelo.

Se había puesto una chaqueta de cuero con el interior de lana, que le había regalado un amigo recientemente asignado a una base lejana de la RAF.

Le quedaba un poco grande, pero cumplía con aislarla del gélido clima que había aquel día en Lyneham.

La piloto chilena miraba el avión en respetuoso silencio. El bólido de sus sueños se había materializado. Tenía al Spitfire frente a ella, imponente, con su fuselaje metálico y opaco, con los cañones a la vista en sus alas abiertas como las de un cóndor andino.

Se parecía un poco al Hurricane, al menos si se lo miraba a la ligera, pero era mucho más estilizado, con el perfil de un ave de presa que cae en picada, lista para clavar sus garras.

La cabina también era diferente. El Hawker Hurricane tenía una pequeña jorobita detrás de la carlinga, que ensanchaba las líneas del avión.

El Supermarine Spitfire lucía una cúpula más redondeada y con menos vértices.

La panza también era distinta; la del primero era más corta que la del segundo.

Margot se había aprendido las líneas del caza británico hasta poder dibujarlo en cualquier parte y de memoria. Aun así no podía quitarle la vista de encima. Mientras ella se frotaba las manos, el primer oficial Satyendra Kumar Roy la miraba de reojo.

Era un piloto de origen indio y, a pesar de no pertenecer al mismo Ferry Pool, compartiría con la chilena la ruta para trasladar aviones hasta Lichfield, en el norte.

Margot intentaba calentarse la punta de los dedos y pensaba en silencio en las clases teóricas, cuando estudió los White Covers con los aviones.

«No uses mucho el freno cuando aterrices», se leía.

«Cuida la velocidad o el avión se te irá de nariz», se recomendaba. Lo pensaba una y otra vez.

—La pista de Lichfield es larga, Chile, no tenga miedo de meter la pata —le dijo Satyendra.

Ella le regaló una mirada. Era un hombre con algo de sobrepeso. Tenía la cara redondeada, la piel color aceituna y una cabellera negra, larga y aplastada, que se abría como un libro sobre su mollera.

—Me preocupa capotar —le respondió ella.

—No va a usar tanto el freno.

A Margot le costaba creerlo. El motor que se escondía bajo la nariz alargada era un Rolls-Royce Merlin 61, una bestia de doce cilindros en V, parecido al que estaba bajo el fuselaje del Hurricane, pero tenía un sobrealimentador de dos etapas que entregaba dos velocidades.

Generaba mil quinientos sesenta caballos de fuerza y empujaba el avión hasta alcanzar los seiscientos cincuenta kilómetros por hora.

El vuelo hasta su destino sería de poco más de cincuenta minutos.

Margot se preguntaba si alcanzaría a dominar el avión en ese tiempo.

—Vamos, Chile, tenemos que cumplir el horario. Este avión es fácil de volar. Incluso usted podrá hacerlo. Es fácil hasta para las mujeres.

El indio se subió de un salto al ala del Spitfire y abrió la puerta de babor, para meterse dentro de la cúpula de la cabina.

Margot lo vio cerrar la carlinga y hacerle la seña al mecánico, que le ayudó con el arranque del motor.

Era un procedimiento incómodo, un hombre se debía subir a la cola del avión para evitar que el remezón tumbase de nariz la aeronave.

El motor rugió con fuerza y una nube de polvillo se elevó al cielo.

Margot tragó saliva y se mordió la lengua, se puso el gorro de cuero y abordó su nave.

El Spitfire se estremecía apenas rodaba.

La potencia del motor era tal que hacía vibrar el timón de mando y dificultaba un poco maniobrar el aparato hasta el cabezal.

El piloto indio arrancó y despegó primero.

Margot sintió cómo se aceleraba su corazón cuando el motor revolucionado del avión de su colega alcanzó la velocidad de despegue.

Un rugido quedó suspendido en el aire como un eco en los oídos.

La compañía Supermarine había hecho mejor trabajo en la construcción de la cabina del Spitfire que la North American con el Harvard. A pesar de que el motor del avión británico era más potente, el ruido molestaba menos en los oídos del piloto.

Margot suspiró apenas vio que su escolta movía el avión en el cielo, para alejarse de la ruta que debía seguir ella para el despegue.

Exhaló con fuerzas y sintió el contraste de su aliento caliente con el frío al interior del avión.

Pensó en que el cristal podía empañarse, pero decidió dejar de pensar tonterías.

Metió potencia, soltó los frenos y echó a rodar la aeronave.

El terreno quedó atrás y el césped abajo.

El Spitfire de Margot se elevó dando unos pequeños remezones.

Soltó el bastón un instante para cambiar de mano, mientras intentaba alcanzar la llave de gas para subir el tren de aterrizaje.

Era una maniobra compleja. La había aprendido con el Hurricane, pero el avión británico hizo un pequeño corcoveo, que le recordó las tardes en las que su padre la invitaba a domar caballos en Trafún.

Margot se aferró con fuerzas al timón, corrigió el rumbo, elevó la nariz y recuperó la confianza.

El resto fue pan comido. Todos los defectos que tenía el Spitfire en tierra se olvidaban cuando estaba en el aire. El vuelo fue ágil, fino. En algunos minutos, hasta gracioso. Margot dominó el avión en todo momento, como si hubiese nacido para estar detrás de sus controles.

No pudo evitar recordar las palabras de su colega indio, pero se negó a pensar que era un avión hecho «para damas».

Cargaba ya con una reputación de cazador eximio y eligió creer que el pilotaje no distinguía géneros.

Luego vio aparecer entre las campiñas la pista de aterrizaje de Lichfield, era larga.

Todos los miedos que tuvo antes de despegar se disiparon.

El avión no se inclinó cuando cambió de mano para abrir la llave de gas y bajar el tren de aterrizaje, tampoco perdió potencia.

Alinearse con la pista fue sencillo, descender también y tocar el pasto con las ruedas totalmente delicado, casi como una mariposa posándose sobre una hoja.

El avión corrió lo suficiente como para que el bombeo del freno hiciera su trabajo sin capotar. En cosa de minutos, estaba en la entrada del hangar, con el motor detenido y Margot saltando desde la cabina hasta el ala con la cara llena de risa.

—¡Lo hice! —gritó mientras se quitaba el gorro—. ¡Lo hice! —insistió saltando al pasto, abriéndose la chaqueta y olvidando el frío del invierno.

—¡Se lo dije! —respondió Satyendra, satisfecho.

—¡Ya está! ¡Cumplí! ¡Lo hice!

El indio miró a Margot y le bajó los humos con un gesto. La chilena no podía borrar la sonrisa de su rostro, miraba el avión tras ella y amaba cada vez más sus líneas.

—¿Ya cumplió?

—Sí, vine por esto. —Con los brazos abiertos apuntó hacia el avión que había volado—. ¡Ya está! ¡Lo hice!

—¿Acaba de cumplir con lo fácil y cree que ya lo hizo?

Margot sintió las palabras del indio como un martillazo que le reventaba el vidrio de una ventana. Guardó silencio un segundo.

—¿No se puede poner contento por mí?

—Lo estoy, pero...

—¡Esto es un gran logro! —le dijo la chilena.

El indio sacudió la cabeza y se echó a andar hacia el edificio del aeródromo. Margot lo persiguió.

—¿No va a decir nada?

—Claro, felicitaciones —contestó Satyendra—. Acaba de volar un avión que hasta las mujeres pueden volar, que hasta un niño podría volar.

—Qué feo lo que dice.

—El Spitfire es un avión de clase dos, Margot —argumentó él—.

Sin duda es un gran cazador y va a marcar diferencia en la guerra.

Pero, si realmente queremos una oportunidad, necesitamos llevar la lucha hasta el continente y eso no lo haremos con estos aviones.

Todo bien si quiere conformarse con su velocidad y su pirotecnia, pero no será suficiente para el resto de nosotros que queremos ganar la guerra.

La chilena se quedó atrás, con un sabor amargo en la boca. Las palabras del indio habían dolido como puñaladas. No estaba segura de si era por ego herido o si era por miedo o si era por ambas cosas.