El cielo me llama XLI #2
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XLI #2

La chilena había olvidado que Smart solía pasar cuarto por cuarto despertando a los residentes para que fuesen a tomar desayuno.

Al entrar al de Maureen se encontró con el maniquí acechándola desde los pies de la cama.

Ahí figuraba el pobre hombre en el suelo, con la mano en el pecho y el corazón casi en la garganta.

De una patada habían derribado al maniquí.

A pesar de que algunos pilotos se partían de la risa, Smart se retiró con los ojos vidriosos.

Maureen Dunlop no le habló a Margot Duhalde durante toda la mañana.

Ella era una chiquilla buena y disciplinada.

Que se esparcieran los rumores de que el mayordomo había encontrado un hombre en su habitación no le había parecido una broma tan sana como sí le parecía a la chilena, que cada tanto se acordaba y se partía de risa.

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Maureen Dunlop tenía el rostro serio. Las ojeras que le envolvían la vista no le ayudaban a lucir menos severa.

El pelo liso y oscuro agudizaba todavía más sus facciones.

Era una chiquilla enfermiza, pero tenaz.

Margot se ponía contenta cada vez que la misión las ponía a volar juntas, incluso en los días en que la argentina estaba demasiado enfadada como para hablarle.

—¿Vas a culparme de esto también?

Maureen miró de reojo a Margot y siguió caminando hasta los aviones que las esperaban en el cabezal de la pista. No contestó. Tampoco prestó atención a la hoja de vuelo que la chilena agitaba en el aire.

No solían tomar juntas las rutas. Eran buenas amigas, pero a Maureen la estresaba volar junto a Margot.

Lo habían hecho varias veces y siempre habían terminado en alguna situación tensa, con un llamado de atención o alguna chambonada.

Como la última vez, cuando sus aviones asignados quedaron guardados dentro de un hangar porque los mecánicos se negaron a prepararlos después de que perdieran la noche anterior un campeonato de naipes en el que Margot había hecho trampas.

La misión se atrasó dos horas aquel día y tuvieron que pasar la noche viajando en tren de regreso a Londres.

Habían dormido en el pasillo, apenas apoyadas en los paracaídas.

—A nadie le gusta volar a Barrow in Furness, Chile. ¿Por qué crees que nos dieron esa misión a nosotras?

—Porque somos las mejores pilotos de Hurricane que hay en el Ferry.

Margot contestó con optimismo. Era verdad que ambas habían dominado el avión con maestría y ya se rumoreaba por todo el aeródromo que las dos iban a volar pronto Spitfires.

Pero también era verdad que volar a Barrow era un dolor de cabeza.

Además de sobrevolar las ciudades industriales con sus nubes de humo cegador, debían rodear la bahía y alargar la ruta.

Las obligaba constantemente a tener que dormir fuera de la base.

—Odio esa ruta —dijo Dunlop.

—Yo la conozco como la palma de mi mano. Ponte a mi cola y verás lo rápido que llegamos.

Maureen levantó una ceja, pero no se atrevió a preguntar.

Pasaron pocos minutos y los aviones ya estaban en el aire.

Se sentía la paz del viento de cola. Quedaron atrás campiñas y líneas de tren.

El sol estaba poniéndose sobre el oeste, los destellos anaranjados pintaban las nubes.

Dunlop volaba detrás de Duhalde, que se movía con la seguridad de una líder.

El sol apenas asomaba una cuarta por sobre el horizonte.

Las aviadoras habían aterrizado dos veces en aeródromos de la ruta, para esperar que el clima cambiase.

Era una rutina de los Ferry de invierno que quitaba tiempo, pero aseguraba la entrega del avión en condiciones de ser usado para misiones de la RAF.

No estaba entre las posibilidades de las pilotos cuestionar sus asignaciones, pero sí debían asegurar la integridad del avión que tuviesen que transportar.

Cubrían el último tramo de la ruta, con la bahía a la vista, cuando Maureen comenzó a inquietarse.

Margot debía cambiar la trayectoria, para seguir la línea de la playa y rodear la zona prohibida, pero el terreno bajo ellas comenzaba a terminarse y el avión de la chilena no daba señales de girar.

La argentina echó de menos la bocina del auto de su padre o la cabina descubierta que, aunque en vano, al menos le hubiese servido para darle algunos gritos a su colega, que se comenzaba a adentrar en el mar.

Maureen meneó con la cabeza y gritó una sarta de palabras que nadie le había escuchado pronunciar antes.

Puso ambas manos sobre el bastón de mando de su avión y lo inclinó hacia la derecha, cambiando el rumbo hacia la ruta segura.

El avión de Margot siguió de largo y comenzó a hacerse chiquito en el horizonte.

Pasaron pocos segundos hasta que Margot vio el reflejo de un rayo de sol que delataba al Hurricane de Maureen alejándose por sobre la playa.

Vista al frente, Margot vio en el mar los buques de guerra cerrando el paso y las primeras explosiones de las baterías antiaéreas que dibujaban arañas de humo en el cielo.

La chilena resopló y cambió de rumbo para meterse a la cola de Maureen, que ya le había sacado ventaja rodeando la bahía.

Media hora después ambos aviones aterrizaron en el aeródromo de Barrow in Furness.

Detuvieron los motores justo cuando el sol terminaba de esconderse.

Margot acababa de poner un pie en el césped cuando vio a Maureen caminar directo hacia ella.

Medio encogida esperó el sermón, pero solo recibió risas destempladas de Dunlop.

—¿Ahora sí te asustaste con los antiaéreos?

Margot sacudió la cabeza. Quiso responder algo, pero de su boca no salió palabra. Maureen seguía riendo, pero ya no parecía tan divertida.

—¿Qué antiaéreos?

El semblante de la argentina cambió por completo. La risa se borró de su rostro. Su mirada ojerosa se clavó directo en los ojos de Duhalde.

—Sos un animal. Los instructores tienen razón cuando dicen que sos tu peor enemiga —escupió Maureen.

No hubo más palabras. Dunlop dio media vuelta y se fue a buscar al oficial a cargo de recibir los aviones.

Margot la siguió de cerca, midiendo el ánimo de su amiga, sintiendo mucho frío en la mirada.

No cruzaron palabras el resto de la noche.

Los aviones fueron entregados a salvo. Pero Margot no pudo evitar sentir que se había dibujado una grieta entre ambas y que comenzaba a agrandarse.