El cielo me llama XLI
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XLI

Margot miró a través de la cúpula de cristal del Hawker Hurricane que le había tocado transportar desde Kirkbride hasta Langley.

Nunca pudo entender por qué las instalaciones de mantenimiento estaban en el límite de Inglaterra con Escocia y no junto a la fábrica Hawker, apenas al oeste de Londres, pero nunca se quejó.

Significaba que podía volar los aviones muchas más veces.

Cada vez que había que despejar la fábrica o cada vez que había que llevar desde los talleres los aviones hasta las bases.

El Hurricane era el paso previo al avión soñado de Margot, una bestia robusta, de nariz larga y pesada, con un motor Rolls-Royce Merlin de doce cilindros en V, que producían sin mucho esfuerzo hasta mil doscientos cincuenta caballos de fuerza.

La tierra a sus pies, a quinientos kilómetros por hora, y el techo de treinta y seis mil pies proponían un terreno mucho más difícil de navegar para alguien con la vista tan maltratada como la suya.

Pero el vértigo de la velocidad respondía y daba una buena dosis de adrenalina.

El viaje duraba un par de horas, aunque a veces resultaba necesario tomarse más tiempo.

Era diciembre y el invierno con sus fenómenos atmosféricos solía ser enemigo mortal de los Hurricane en el cielo.

Margot, convertida en Second Officer, lucía ya una segunda línea más delgada sobre la charretera de sus hombros.

Debía bordear la costa oeste para encontrar mejores condiciones meteorológicas y volar por un pasillo de globos cautivos, que obligaba a pasar por sobre Liverpool, Widnes y Warrington para hacer el quite a las zonas prohibidas, que estaban celosamente custodiadas.

La artillería antiaérea no distinguía aviones enemigos de amigos.

A ella no le gustaba ese vuelo. Las ciudades del oeste estaban muy industrializadas y sus chimeneas pintaban de negro el cielo encapotado.

Reducían casi a cero la visión, pero era la mejor ruta para regresar a casa.

A bordo de un Hurricane, el recorrido tomaba poco más de cinco minutos, pero seguía siendo peligroso.

La chilena había escuchado ya suficientes historias de pilotos que se habían estrellado contra los globos cautivos.

En el mejor de los casos habían perdido las alas de sus aviones; en otros, menos alegres, habían tocado tierra envueltos en llamas.

Volvió a mirar a través de su cabina. Abajo alcanzó a distinguir la torre del casino de Blackpool, que quedó atrás.

Al frente se dibujaba la bahía de Morecambe, el último escollo antes de enfrentar el laberinto de globos y adentrarse en la geografía industrial de la isla.

Rodear la bahía era contraintuitivo, porque implicaba desviar la ruta hacia el este, para seguir la línea de la playa.

Sumaba algunos minutos extra y fuertes vientos a la ruta.

Pero sobrevolar las aguas de la bahía estaba prohibido, pues los buques de guerra que cuidaban los puertos de la zona abrían fuego de inmediato al divisar aviones en el cielo.

La joven traía un concierto en las tripas.

Después del desayuno no había probado bocado y el cielo estaba lo suficientemente oscuro como para recordarle que la hora de la merienda se estaba yendo.

Se mordió los labios y con una mano bajó la altura de su asiento.

Después acomodó los instrumentos, para dejar a la vista el altímetro y el horizonte artificial, y se acomodó contra el asiento.

Entonces, con su mano libre, aceleró el avión.

No veía las arañas de humo de los proyectiles antiaéreos explotando a su alrededor, pero escuchaba los tronidos y sentía los sacudones de su avión cada vez que estaban cerca de pegarle.

Evitó mirar hacia afuera. Había destellos, metralla y esquirlas, pero mantuvo la línea recta y atravesó la bahía con el apuro de un estómago hambriento.

—Marineros hijos de puta. Me cago en todos los muertos de la marina real...

Margot repitió aquella frase como un mantra.

Subió el tono de voz cuando las explosiones sonaron más fuerte.

Lo bajó al momento en que los estallidos comenzaron a quedar atrás.

Reguló la respiración, calmó la taquicardia y recuperó la movilidad de los dedos que sostenían el bastón de mando del avión. Bajó la velocidad y ajustó su asiento.

El fuego de los buques de guerra quedó tan atrás como la línea de costa de la bahía.

La oscuridad de las ciudades industriales se abría camino frente a ella.

En esa boca de lobo siguió volando con la urgencia de aterrizar pronto en casa.

La piloto chilena había evitado el rodeo una vez más y su ángel de la guarda le había vuelto a cumplir.

✰✰✰

La piloto Duhalde se bajó del avión, se echó al hombro el paracaídas y caminó por el hangar, para alejarse del Hurricane.

Estaba oscuro. Apenas se veían luces en los edificios de la academia y un auto con los faroles encendidos la esperaba al final del camino.

Se subió sin decir palabra y se mantuvo así hasta que el vehículo llegó hasta la Toll-Hall.

Los pilotos del Ferry Pool Pilot en el que servía Margot compartían la residencia en el Ratcliffe Hall con los tripulantes de la escuadrilla de pilotos 605 Country of Warwick.

Aquel era el aeródromo personal de Sir Lindsay Everard, político y miembro del Parlamento Británico que ponía sus terrenos y propiedades a disposición de las fuerzas aliadas, para contribuir en los esfuerzos de guerra.

Durante generaciones esas tierras habían albergado una casona familiar, hectáreas de árboles frutales y un pabellón de caballerizas, que el corpulento y bonachón hombre había transformado en habitaciones para los pilotos.

La residencia estaba en silencio. En el comedor quedaban vestigios de un banquete.

Margot les hincó el diente a algunos pastelillos.

También había vasos con restos de vino y prendas de ropa abrigada dispersadas por las sillas y percheros del primer piso.

Margot hizo una mueca lamentando haberse perdido la fiesta.

Se soltó el pelo antes de ir hacia la puerta trasera.

Olía a humedad y a sudor. Hizo una mueca de asco, pero ya era muy tarde para tomar un baño.

Afirmó su paracaídas al hombro y salió rumbo a las habitaciones sin levantar la vista.

Para llegar hasta su pieza, la piloto debía atravesar un campo al aire libre con un sendero demarcado por árboles frutales.

De día le parecía un lugar agradable, pero de noche no le producía más que terror.

No quiso mirar al cielo. Las nubes tapaban cualquier posibilidad de luz que la luna pudiese reflejar.

Pensó que no ver las sombras moviéndose entre las ramas de los árboles sería agradable.

Entró a las caballerizas y, aprovechando la penumbra de la luz del pasillo, metió los pies en la alfombra y limpió los vestigios de barro. Cabizbaja, avanzó hasta su puerta.

La mayoría de los pilotos dormía en las habitaciones de la entrada.

Al cerrar la puerta de su cuarto dejó caer el paracaídas que hizo retumbar el piso.

Se quedó quieta, como si esperara que la onda expansiva del golpe se disipara antes de caminar hasta su cama.

Se mantuvo alerta hasta estar segura de que Smart no se hubiese despertado.

Era el mayordomo de la casa, un hombre delgado y calvo, con un bigote debajo de la nariz aguileña.

Llevaba décadas al servicio de los Everard y descendía de una familia de mayordomos que habían cultivado el oficio por generaciones.

Era un tipo que hablaba poco, pero trabajaba con dedicación.

Se notaba que estaba algo cabreado con Margot y sus amigos, porque solían desordenar demasiado la casa principal.

Hacía unas semanas, Margot y el Dr. Evans, otro residente, se disfrazaron de fantasmas.

Ataviados con sábanas, salieron a deambular por el terreno con el fin de robar algunas manzanas.

Cumplieron su cometido, pero no se percataron de que habían sido descubiertos por el mayordomo.

No los delató, pero estaba claro que ese día les perdió el respeto.

La chilena suspiró aliviada y caminó hasta su cama, aunque notó algo raro.

Bajo las mantas de lana vio un bulto. Era lo suficientemente grande como para tratarse de una persona.

No se movía ni emitía ruidos, pero ahí estaba.

Margot caminó sosteniendo la respiración y tratando de que las tablas bajo sus pies dejasen de crujir.

Estiró la mano para levantar las mantas, pero la sacó asustada antes de siquiera tocar la tela.

Miró sobre el tocador junto a la cama y recordó que había dejado la lámpara encendida.

Solía dejarla así cuando intuía que llegaría de noche, porque le ayudaba a espantar los fantasmas que acechaban su imaginación. Sudó frío. Las rodillas le temblaron.

Encendió la luz y comprobó sus temores. La cama estaba ocupada y el intruso no se movía.

Se acercó en puntillas. Estaba aterrada, pálida.

Respiró agitada y contuvo las ganas de estallar en gritos.

Intentó respirar, le temblaron las manos.

Hizo un esfuerzo por mantener los ojos abiertos, juntó coraje, aguantó el aliento y de un golpe tiró las colchas hacia atrás.

Ahí estaba el cuerpo tieso sobre su cama, era un maniquí vestido con uno de sus pijamas.

Margot quiso reír, pero también llorar. Después, empezó a sentir un fuego quemándole las entrañas y rabia. Solo pudo pensar en venganza.

Tomó el maniquí, se lo echó al hombro, salió al pasillo y miró en todas direcciones.

Tras verificar que todas las puertas estuviesen cerradas y esperar a que hubiera silencio total en la casa, caminó rumbo a la habitación de Maureen.

Giró la perilla de la puerta y, con total sigilo, entró a la habitación.

Paró al maniquí a los pies de la cama de su amiga, le buscó una postura natural y dedicó unos cuantos minutos hasta lograr que el muñeco se mantuviese en pie.

Miró a su amiga durmiendo y sonrió. Con su piel pálida, su cabello oscuro bien peinado y su postura en la cama, más parecía estar dentro de un sarcófago.

Contuvo la carcajada y salió rumbo a su cuarto.

Solo entonces se quitó el buzo de vuelo, se puso el pijama que escondía bajo la cama y se metió bajo las colchas frías para conciliar el sueño.

El grito que rompió la mañana era más grave de lo que Margot pudo haber calculado.

Abrió los ojos y de un salto se sentó en la cama.

Cuando llegó al pasillo, vio que unos cuantos pilotos habían llegado a la habitación de Maureen para prestar ayuda.