El cielo me llama Regreso a White-Waltham
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Regreso a White-Waltham

– 1942 –

XL

Estudio teórico con libros de tapas blancas marcados como supersecretos.

Diagramas explicativos de cómo funciona un motor Rolls-Royce Merlin de doce cilindros en V, refrigerado por litro y con un peso superior a cualquier otro que Margot hubiera volado.

Términos técnicos que no había escuchado en su vida.

Una cantidad de instrumentos que equivalía a los relojes de toda su familia en la historia de Río Bueno.

Clases de Morse, complejidad de sonido y un ritmo específico que demandaba la atención completa.

Horas de discusiones, de interpretaciones, de mensajes mal descifrados, mal corregidos, nunca entregados.

Horas en el aula, aburrido silencio. Horas de mirar un manual, intentar entender la nomenclatura.

Hasta que un instructor se rindió y permitió que Margot se pusiera de pie para consultar a sus compañeros todas las dudas que tenía respecto a palabras que nunca había visto. La chilena respiró aliviada.

—No, Chile. El freno está en el bastón, no en los pedales —señaló uno de los cadetes mostrando un diagrama.

—¿A quién mierda se le ocurre diseñar un cacharro así? —respondió Margot frustrada.

—¡Chile, vocabulario! —intervino Maureen.

—Pues, a nosotros. El Master es un avión británico. No como esos cacharros con alas que trajeron los norteamericanos, llenos de cachivaches, agujas y botones.

El instructor cortó el minuto de confianza para intentar ordenar el aula. Margot se sentó en su pupitre con el rostro acongojado. Maureen se giró para verla a la cara.

—No perdás el tiempo estudiando el Master, Margot. Antes tenemos las clases prácticas en el Harvard. Concentrate en el Harvard. —Dunlop le guiñó un ojo y recuperó su posición para mirar una pizarra vieja, mal borrada y con los restos de una clase anterior todavía a la vista.

El instructor se puso de pie y caminó junto a ambas Third Officers. Hablaban en inglés, pero con un acento que el británico no podía captar. En parte era porque combinaba palabras en el idioma con términos inventados que solo las dos mujeres conocían y palabras en español con un acento particular.

Maureen Dunlop había nacido en una estancia de Río Negro, Argentina, pero sus padres, ambos ingleses, la habían educado en casa.

Nunca logró dominar por completo el real acento británico.

Margot había mejorado mucho en entender el idioma, pero todavía había palabras que pronunciaba mal o, de lleno, tal como se escribían.

—¿Estuve estudiando por tres semanas el avión equivocado? ¡Con un demonio!

—Margot, ¡lenguaje! —replicó Maureen.

El resto de la instrucción teórica no varió demasiado. Al finalizar la jornada, el instructor anunció que habría un examen al día siguiente.

Decidió mandar todo al diablo y, en la mañana, se presentó a primera hora, lista para reprobar. Primero se sorprendió, al ver que era un test oral, y después sucedió que pudo sortear todas las preguntas dibujando las respuestas cuando no le resultaba explicarlas con palabras.

Se demoró el doble que sus compañeros de instrucción, pero logró sacar adelante el examen.

Contestó las ciento cincuenta preguntas que le permitían el paso a la instrucción práctica.

Sonrió satisfecha, aunque llegó a tener la duda de si los instructores habían tenido compasión de ella o si en realidad era que no querían verla más pululando entre las aulas y sacando de quicio a otros alumnos.

✰✰✰

Margot y Maureen entraron al hangar de instrucción avanzada, donde había cinco aviones Harvard.

Se trataba de un avión de ala baja. Tenía una cabina cubierta por una carlinga que cubría por completo las dos sillas de pilotaje.

Permitía instrucción dual y era fabricado en Canadá con un motor Wasp de seiscientos caballos de fuerza.

La chilena sonrió al pensar en que, por primera vez, le iba a tocar pilotar un avión que no la despeinara, pero después frunció el labio, porque iba a extrañar la sensación del viento en el rostro.

Hacía frío. El invierno estaba cerca otra vez y el clima londinense regalaba neblinas que congelaban la punta de la nariz.

De pronto, la carlinga ya no le parecía algo tan decepcionante.

La instrucción era sencilla, una serie de maniobras que incluían despegue, vuelo en circuito, vuelo bajo, vuelo lento, aterrizajes y aterrizajes forzados.

Todo dentro de los caminos aéreos demarcados por los globos cautivos, que apenas se mecían al viento gélido.

Iban a ser cinco horas de vuelo. «Apenas una tarde», pensó en un principio Margot.

Pronto comprendió que los circuitos eran tan cortos que completar una sola hora iba a ser una tarea tediosa.

—¿Qué se supone que tengo que hacer con todos estos chiches?

Margot se había detenido sobre el ala y miraba hacia el interior de la cabina.

No le había dirigido la mirada a Maureen, pero había hablado lo suficientemente alto como para asegurarse de que ella la escuchara.

No falló. Su amiga volteó, mientras se calzaba la gorra de cuero, y clavó sus grandes y profundos ojos en la cara desconcertada de la piloto chilena

—¿A qué te refieres? —le dijo Maureen.

—¿Ya viste todas las cosas que tiene pegadas en el panel?

Como la mayoría de los aviones fabricados en Estados Unidos o Canadá, el Harvard tenía el panel de vuelo lleno de instrumentos, perillas, interruptores y luces.

Margot estaba segura de que cada uno de esos detalles cumplía una función, pero también sospechaba que en realidad era más pirotecnia que otra cosa.

La chilena echó de menos el Queen Bee, que tantas veces había tenido que volar hacia Gales.

Apenas tenía cosas a la vista y a ella le bastaban el bastón de mando y un interruptor para el contacto del motor.

—Tú solo pensá en que tenés más cosas para ignorar. —Maureen le regaló una amplia sonrisa a su amiga.

A Margot no la tranquilizó la broma.

—A veces pienso en que me aprobaron el examen teórico para deshacerse pronto de mí —reflexionó.

—¿Se va a subir?

Un oficial con marcado acento estadounidense acababa de entrar al hangar.

Habló desde lejos, pero avanzó a paso firme directo hacia el avión donde Margot estaba parada.

Apenas le vio el grado en el hombro, la chilena se cuadró.

Era un Flight Captain de apellido Warne.

Nunca lo había divisado en el aeródromo, pero sintió de inmediato que se trataba de un hombre amable.

—Sí, mi capitán.

—¡Bien! Ahora entre. Le voy a enseñar a volar esta porquería.

✰✰✰

La primera vez que echó a correr el Harvard, la pista se le quedó corta y tuvo que abortar el despegue.

«Nada de qué preocuparse», le dijo el instructor.

Les solía pasar a todos los que saltan de aviones europeos a norteamericanos.

Palmazo en el hombro y vamos a buscar el cabezal de la pista otra vez.

La segunda vez que echó a correr el avión, tampoco pudo despegar.

El tránsito en White-Waltham era demasiado.

No solo albergaba la academia de vuelo avanzado de monomotores.

También volaban ahí los bimotores, mucho más grandes e intimidantes.

Margot se echó para atrás cuando quedó a la cola de un Oxford y decidió volver a buscar el cabezal.

«No pasa nada», le dijo el instructor, pero le dio un palmazo en el hombro un poco más fuerte.

La tercera vez que Margot falló el despegue no hubo excusa, no hubo palabras, aunque sí hubo un manotazo aún más pesado. La quinta vez fue suficiente.

—¿Va a volar esta maldita cosa?

Warne ya no sonaba tan amable. Se acercaba la hora del rancho y todavía había una fila de cadetes esperando su turno para poner las manos en el timón del Harvard.

Margot sudó frío. Quería elevar la nariz del avión y dirigirla al centro del sol, que asomaba apenas tras el manto nuboso.

Pero el panel de control tenía tantos indicadores que apenas distinguía cuál le mostraba la potencia y la velocidad.

Y que, además, todo viniese en formato de millas hacía que su cabeza se enredara.

—Una última vez o se baja de mi avión —advirtió el instructor.

La piloto subió la potencia de la aeronave.

El ruido del motor Wasp era infernal. Margot entendió por qué la carlinga era tan hermética.

No tenía que ver con el viento, con el frío o con el techo de altura, sino con el rugido ensordecedor.

Máxima potencia, soltó el freno y el avión rodó.

Los globos cautivos aparecían cortando el horizonte, los bombarderos cruzaban el cielo y otros aviones esperaban su turno al final de la pista.

Margot dejó de mirar los instrumentos. Las agujas saltaban y Margot no estaba segura de si era porque indicaban algo en realidad o por el desprolijo nivel de la pista.

De pronto, el suelo dejó de temblar y el avión se volvió liviano.

El Harvard estaba en el aire, Warne asentía con euforia y las manos de Margot comenzaban a relajarse.

Media hora de instrucción le bastó a la piloto chilena para entender los instrumentos, medir el stall del avión y encontrar la ruta de instrucción en el laberinto englobado.*

Se le revolvió el estómago cuando llegó el momento de aterrizar. Era la primera vez que volaba un avión con tren de aterrizaje retráctil y, de no ser por los gritos de su instructor, hubiese aterrizado de panza en el pasto.

Jaló una palanca, sintió el ruido de los trenes topando en su posición final y se aprestó a cerrar el circuito de aterrizaje.

Margot había logrado su primera ronda de vuelos.

Ahora le tocaría seguir por otras tres horas, esta vez sin la ayuda del instructor.

Debía incorporar el paso para bajar el tren de aterrizaje. Era eso o estrellarse.

Maureen fue la primera piloto en dominar el despegue, Warne la felicitó en público y, uno a uno, los demás alumnos comenzaron a mostrar sus credenciales detrás de los controles del avión.

Margot los observó a todos. La confianza que le había dado haber sido la primera en despegar, de pronto, se convirtió en una presión sobre los hombros.

Pasaron los días y comenzaron los vuelos en solitario.

La rutina había cambiado. Margot ya no llegaba directo al aula a meter la cabeza en un libro o a hacer dibujos para explicar sus entendimientos de la aviónica.

Todo había evolucionado a llegar al hangar, buscar un mecánico, echar a andar el avión y salir a carretear para buscar pista.

Warne se dedicaba a observar a los pilotos y llenar unas hojas con calificaciones en silencio.

De vez en cuando, el capitán se permitía hacer algún comentario jocoso cuando alguno de los oficiales en formación cometía un error tonto, algo que pasaba seguido.

Había alguna chambonada con los instrumentos, con los circuitos, con ganar un lugar en el cielo en medio del incesante tráfico aéreo.

Margot observaba en silencio, tomaba notas mentales.

Su discreción hizo que Maureen empezara a creer que su amiga estaba enferma o, a lo mejor, en medio de un trance.

No la había visto reír ni hacer bromas. La chilena estaba tan seria que ella misma comenzaba a sentirse como la gemela malvada de la relación.

Cada vez que le tocaba subir al avión dedicaba unos minutos para anotar en un cuaderno pequeño algunas observaciones: dirección del viento, cantidad de aviones en el aire, ruta de vuelo.

Luego corría a la cabina y salía a volar.

El Harvard, que en un principio le había parecido engorroso y tosco, empezó a parecerle un traje a la medida.

Podía ponerse el avión y ocuparlo como una extensión de su cuerpo.

Ya en el aire, Margot comenzó a hacer las rutas más rápido que sus compañeros.

Podía girar más cerrado cerca de los globos, meterse entre los grandes bombarderos que desfilaban por el cielo, aproximarse mejor al aeródromo y aterrizar siempre a la primera.

Cada vez que la chilena abría la carlinga y se quitaba el gorro de cuero, Warne asentía con más confianza.

—¡Chile! —El capitán caminó hacia la piloto que venía bajando desde el ala del avión—. ¿Cuál es tu secreto?

Ella miró desconcertada, se encogió de hombros.

—No te hagas, Chile. Los demás alumnos apenas pueden completar la mitad de sus aterrizajes sin rehusar la maniobra y algunos sin siquiera poner una rueda sobre el césped.

—El capitán señaló a los otros pilotos que formaban una hilera observando la maniobra reciente de la chilena—. ¿Qué haces diferente?

Margot evitó sonreír. Estaba acostumbrada a ser el centro de atención durante la fiesta y el jolgorio, pero no le gustaba acaparar las miradas en la pista de aterrizaje. Lo había pasado demasiado mal durante la época en que se la enjuiciaba.

—Observo —contestó la chilena, sacando la libretita que mantenía en el bolsillo de su chaqueta de vuelo—. Si busco el viento largo, puedo ajustar mi ruta entre los globos. Y si me meto entre los aviones grandes, puedo aterrizar cada vez que lo intento, porque ellos toman distancia.

El capitán le echó una mirada al cuadernillo. Lo revisó en detalle, hizo algunos cálculos con sus dedos, miró hacia la manga de viento y recalculó. Levantó la ceja.

—Inteligente. —Warne se metió el cuadernillo en un bolsillo de la camisa—. Esa es toda la instrucción por hoy.

Los alumnos se miraron extrañados. Varios no habían alcanzado a subir al avión y Margot se quedó con la mano estirada esperando su libreta.

—Hay cervezas en el casino esta tarde, pilotos. Vayan a brindar por el término de su instrucción en los aviones Harvard.

La suspicacia se convirtió en felicidad. El lote de pilotos se apuró rumbo al casino. Maureen se quedó atrás para esperar a su amiga, que no se terminaba de relajar.

—Estará en buenas manos, Chile —dijo sonriendo el capitán—. Ahora vaya a tomar una pinta a mi nombre.

A Margot no le quedó otra que unirse a su grupo. Maureen le revolvió el cabello apenas la vio y luego ambas corrieron para alcanzar a los demás.

El capitán Warne se acercó a McMillard, quien observaba las maniobras desde el interior del hangar de los aviones norteamericanos.

—¿Qué opina, capitán?

—Que está lista —respondió Warne.

El capitán le entregó el cuaderno de Margot a McMillard, quien le echó una mirada rápida.

Encontró ahí los dibujos de los procedimientos de vuelo, las notas en español, un diagrama del panel de instrumentos con los que eran vitales para el vuelo destacados y los cálculos que había hecho para la aproximación en su último vuelo.

El instructor en jefe de la escuela asintió.

—Impresionante.