XXXIX
El viento frío del otoño se dejaba sentir por las mañanas en el aeródromo.
Los bosques alrededor apenas comenzaban a cambiar de color, pero las hojas ya se apilaban en la pradera.
Hacían contraste con el verde militar de los aviones en la pista.
Las pilotos del Ferry Pool N°15 solían pararse frente a los tableros con las órdenes del día para ver las asignaciones y conocer qué avión les tocaba volar.
Después solían dispersarse para buscar sus hojas de vuelo y su equipo.
Margot venía sorteando días de taxi aéreo y asignaciones menores.
Había logrado cumplir sus tareas cada vez mejor en tiempo y forma.
Por eso, cuando logró abrirse espacio para pararse frente al mural se sorprendió al no ver su nombre en ninguna de las rutas.
Pensó que tendría día franco y no se había acordado, ya le había pasado en otras ocasiones.
Pero antes de llegar a pensar en irse de parranda a Londres, Gabrielle Patterson la detuvo.
—¿Apurada, Chile?
—Sorprendida, más bien —le contestó Margot.
La chilena apuntó al tablero y puso cara de circunstancia. Patterson sonrió y sacó de su chaqueta un sobre. Margot se puso en alerta de inmediato. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había enfrentado antes sobres, cartas, avisos, órdenes, malas noticias.
—¿Qué es esto? —preguntó inquieta.
—Luton es muy pequeño para una personalidad tan grande como la suya, Chile —le dijo Patterson.
—Pero... si apenas llevo unos meses aquí.
—Vaya a empacar tus cosas, Chile. Su taxi sale al mediodía.
—Mi primer oficial, le juro que no he metido tanto la pata... No tanto.
Gabrielle Patterson sonrió apenas Margot puso sus dedos en el sobre.
—Felicidades, Chile. Va a volar cazas.
La chilena apretó el sobre entre sus dedos y dejó que cada poro de su cuerpo disfrutara del momento.
La carta era escueta. En cuatro líneas, se enteró de que había sido reasignada a White-Waltham, para incorporarse a la Escuela Avanzada de Aviones Monomotores, donde aprendería a volar los veloces aviones que peleaban en el frente.
—Reasignada... —Margot se mordió el labio—. Recién estaba empezando a hacer amigos.
Era cierto. Estaba siendo reasignada, después de mucho tiempo, pero por las razones correctas.
—Podrá seguir en eso. Entre los doce asignados a su curso está Maureen Dunlop. Va a poder seguir llevándola por el mal camino —le respondió Gabrielle.
Margot esbozó una sonrisa, que no terminó de cuajar.
—Aviones caza...
—Lo que quería, ¿no? Apruebe y volará Spitfire, Chile.
Patterson le palmeó el hombro con tal fuerza que fue como si intentase desarmarla.
Margot salió del trance y levantó la vista.
Era cierto. Llevaba tanto tiempo soñando con los Spitfire, pero ya había aprendido algunas cosas de volar aviones veloces.
De pronto, las pistas de aterrizaje y despegue que había estado usando ya no le parecían tan largas.
Carretear en un Maggie era una cosa, dominar la velocidad del Spitfire antes de que acabara la pista era otra. ¿Sería capaz de ver las señales pasando a cientos de kilómetros por hora con su astigmatismo? Las palabras del oftalmólogo volvieron a su cabeza después de meses sepultadas en el recuerdo.
✰✰✰
Despedirse de la señora Bush fue lo más difícil que le tocó hacer a Margot cuando dejó Luton.
Se había acostumbrado a las despedidas. Había decenas de amigos dejados atrás, decenas de cartas hacia el frente sin responder, decenas de luces que se apagaron para perderse en la incertidumbre.
Aun así, decirle adiós a esa mujer, que tan bien la había acogido, fue casi tan duro como cuando se despidió de su propia madre en Chile.
Toll-Hall, en los alrededores de White-Waltham, parecía un retroceso después de la agradable experiencia con Mrs. Bush, pero no resultó ser desagradable.
La dinámica se parecía a la que le tocó vivir en los hoteles de Londres.
La residencia tenía muchas piezas, que estaban ocupadas por otros aviadores tanto de ATA como de la RAF.
Pero, para Margot, la compañía de Maureen Dunlop hacía todo más agradable.
Instalarse fue un ritual más. Llegar a la casa, mirar las piezas, pelear con Maureen por la mejor ubicación que, a esas alturas, simplemente, se reducía a una buena vista hacia los campos.
Robarle las colchas para las noches de invierno que se avecinaban.
Todo dentro de lo normal. Pero recorrer el aeródromo fue otra cosa.
Se paseó por entre los hangares con la soltura de un exalumno visitando su colegio.
Estaba lleno de caras nuevas, pero eso no le impedía sacar pecho cada vez que veía una barraca, un pabellón o un aula.
Ya los conocía por su instrucción o su asignación previa.
Se cruzó con McMillard e intercambió saludos con él.
El instructor en jefe sintió alivio de verla viva, pero preocupación al darse cuenta de que tendría que hacerse cargo de sus travesuras otra vez. No fue hasta la llegada al taller de mecánica que la emoción inundó a la aviadora chilena.
Entró al hangar y vio que seguía siendo el mismo lugar precario, con un techo sobre unos pilares y sin paredes. El chiflón de viento seguía. También seguía ahí el suelo picado por la caída de piezas y herramientas, todo manchado de aceite y grasa.
Caminó con cuidado, casi en cuclillas, no por miedo a caer, sino porque había visto una silueta con la cabeza metida en el interior de un Mosquito.
Por el uso, el sol, las manchas y el cebo, el overol verde ya estaba marrón.
Mirar la panza incipiente de alguien que vive de cerveza y pan y oír el silbido en el aparato de radio, que a duras penas lograba captar alguna señal AM, despertaron en Margot un sentimiento nostálgico.
—¡Oficial en cubierta!
Patrick dio un salto y se golpeó la cabeza contra el fuselaje del avión. Dejó caer las herramientas sobre una de sus botas mientras intentaba sobarse la cabeza. Volteó entre insultos y quedó mudo al ver a Margot muerta de la risa.
—¿Chile?
La chilena presumió su uniforme y esperó a que su amigo terminara de salir de la sorpresa.
—Tú no eres ningún oficial, maldita sea. —El mecánico soltó una carcajada y corrió a saludar a su amiga.
—Tercer oficial sigue siendo oficial, Patrick.
✰✰✰
—Y entonces ¿qué? —preguntó Patrick, luego de darle un sorbo a una cerveza.
Estaba sentado en el pasto, al lado de la Oxford Bay y rodeado de los mecánicos con los que Margot había aprendido.
—¿Volviste a ser castigada o ya repetiste el curso? —continuó.
Margot rio con soltura y se arregló el pelo. Estaba sentada en el pasto, igual que sus antiguos colegas, pero con las piernas estiradas. La falda del uniforme no era muy cómoda para esa posición.
—No. Te equivocas, Patrick. Estoy aquí de nuevo para aprender —le dio una probada a la cerveza. Aunque la encontró amarga y un poco tibia, no se quejó—. Vengo a la escuela avanzada.
Patrick levantó las cejas y los demás mecánicos ofrecieron un brindis. Margot sintió algo de pudor, aunque de a poco se había ido acostumbrando a los brindis en su honor. La gente de la embajada chilena no perdía oportunidad en agasajarla.
—Escuela avanzada, ¡vaya! —El mecánico miró al horizonte—. ¿Sabes que esos cazas tienen unos motores monstruosos?
—Sí. —La chilena tragó un poco más de su alcohol—. Me aterra no alcanzar a ver los límites de la pista cuando tenga que hacer la carrera para despegar.
—¿Por tu ceguera?
Abrió los ojos y miró a Patrick con espanto.
—Tranquila, Chile. Todos nos dimos cuenta de que eres más ciega que un topo tuerto.
Pero eso no es lo que te debería preocupar.
Esos aviones son tan rápidos que agarran vuelo apenas aceleras.
No alcanzarás a contar hasta cinco y estarás en el aire.
Es cuando los tengas en tierra que debes preocuparte.
—Se van de hocico, Chile —agregó Stanley, mientras le daba una mordida a una barra de carne seca—.
Los Spitfire tienen la nariz muy larga para poder soportar el enorme motor que los hace cruzar el cielo como una bala.
Pero en tierra se van de hocico apenas pisas el freno. Sus motores son muy pesados.
Margot asintió.
—Esa nariz larga, si no se te va hacia adelante, te va a tapar la vista. En el aire, los Spitfires son un deleite, pero en tierra una pesadilla, Chile. Ten cuidado —concluyó Patrick. Su tono era el de un sacerdote dando un sermón.
—¿Ustedes también piensan que no voy a poder con ellos? —preguntó la muchacha.
—A la mierda con eso, Chile. Los vas a volar como un niño jugando. Te lo estamos advirtiendo porque es seguro que la vas a cagar y tendremos que arreglar todas tus metidas de pata —respondió Patrick entre risas.
—Tenemos el taller lleno de aviones hechos mierda, Chile. No nos des más trabajo —concluyó Stanley.
—Nunca los había escuchado maldecir tanto. ¿Tan mal está la cosa? —preguntó Margot.
—Pues ya no tenemos que fingir que tenemos buenos modales para que aprendas inglés. Tu boca de cloaca ya no es responsabilidad nuestra —le contestó Patrick.
El grupo estalló en risas, Margot incluida.
—Digamos que los de Oxford Bay ya no solo nos preocupamos de los aviones Oxford, Chile. Tenemos una alta demanda de bombarderos.
—¿Bombarderos? —preguntó con sorpresa Margot.
—Digamos que muy pocos cazas vuelven a reparación desde el frente. Llegan los que arruinan ustedes en el Ferry.
Margot guardó silencio.
—¿Están produciendo menos?
—No, Chile. Se están usando más. Y cuando la guerra se traslade al continente, y eso va a pasar, se necesitarán muchos más.
Los mecánicos miraron a la piloto con confianza. Les costó articular palabras, pero a veces las miradas decían más que la boca.
—Esos son los aviones que van a ganar la guerra, Chile.
Margot fijó la vista en el pasto. Sintió entre sus dedos las hojas mojadas, como si el rocío hubiese apenas caído sobre ellas.
Miró al cielo y vio los aviones rodeando la base, los globos cautivos protegiendo el aeródromo, a los soldados ir y venir, y a Maureen acercándose hacia la academia.
Bebió un poco de cerveza y sonrió. No quiso hablar de nuevo.