El cielo me llama Regreso a Luton #3
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Regreso a Luton #3

Una explosión sacudió la tierra y casi los tira al suelo. Mirando hacia todas las direcciones y evaluando los caminos posibles, el policía ayudó a Margot a alejarse del alcance de las esquirlas.

—Divin...

—No, señorita, ese no es mi nombre —le dijo el policía.

—Debo llegar a la casa de René Divin. Vive en Londres.

—Va a tener que darme algo más que un apellido, por favor.

Margot mencionó la dirección de su amigo y señaló en otro sentido. El policía evaluó la información por un instante y decidió acompañar a la chiquilla. Margot tenía la cara manchada por el hollín y una herida en la cabeza. No sangraba mucho, pero parecía un golpe fuerte.

Las explosiones no habían parado, pero comenzaban a escucharse más lejos y menos seguidas. Margot miró a su alrededor y reconoció la calle. A los minutos estaba en la puerta del edificio donde vivía René. Cuando apareció en el pórtico, el policía parecía estar revisando a la chiquilla.

—No tiene más heridas que ese golpe en la cabeza. Tuvo suerte —dijo el hombre.

—No fue suerte —respondió Margot—, fue mi ángel guardián.

El policía asintió y entregó el paracaídas que se había echado al hombro y el bolso de vuelo de Margot. Quedaron en manos de René quien, después de agradecer, despidió al oficial que se perdió en la noche. Recién entonces, Margot rompió en llanto y se aferró a su amigo.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó René una vez dentro del departamento.

—Esos malditos trenes son un asco. El Air Transport debería mejorar su protocolo de regreso de viajes largos —respondió Margot.

—Pensé que tenían taxis aéreos. ¿No habías volado tú misma esas cosas?

Margot asintió. Odiaba también los taxis aéreos, pero eran más cómodos que los vagones de soldados.

—Ya no quiero volar más... —dijo la chiquilla.

René la miró en silencio. Acomodó las cosas contra una pared y fue a la cocina para preparar un té con limón.

—Pensé que te apasionaba volar, Margot.

—Sí, me fascina, pero no esos taxis —Margot hizo una pausa larga.

Vio a su amigo poner el agua caliente en la taza y echar la rodaja de limón. Sonrió, se sintió abrigada por primera vez en el día. El aroma de la infusión caliente era el mejor perfume que había sentido en días. Ella misma olía a una combinación de sudor, ropa sucia y alcohol fermentado.

—Por una sola vez quiero ser yo la que lance las bombas.

René la miró en silencio. Se metió las manos en los bolsillos y se apoyó contra el dintel de la puerta de la cocina.

—Eso va a estar un poco difícil, Margot. Y tú lo sabes.

—Sí. Lo sé, lo sé... —Margot suspiró—. Las pilotos de ATA no entramos en combate. Pero, cresta, quiero al menos acercar esas bombas a los alemanes. Quiero saber qué se siente ganar una sola vez en esta guerra de mierda.

—No me refiero a eso —respondió René—. ¿Tienes hambre?

—Mucha —respondió ella—. ¿A qué te refieres entonces?

René dio media vuelta y fue hacia el refrigerador.

—Solo tengo porridge, y está sin azúcar —le dijo a su amiga.

—Dame el plato más grande que tengas, por favor.

René sirvió un plato hondo lleno casi hasta el borde y le puso una cuchara al medio. Apenas lo tuvo entre sus manos, Margot empezó a cucharear como si fuese el mejor manjar del mundo.

—Dime, entonces, a qué te refieres, pues —tragó después de hablar—. Esto está delicioso, quiero más.

René frunció el ceño y no por enojo, sino por sospecha. Ese porridge era lo peor que había preparado alguna vez en la vida. Parecía un engrudo descolorido.

—Los rumores corren rápido, Margot. —Entregó el segundo plato a la muchacha, que empezó a comer con menos prisa, aunque con el mismo entusiasmo—. Si te quieres acercar a los bombarderos, deja de buscar excusas. Mejora en tus clases y obtén la licencia.

—No es tan fácil —contestó Margot.

—Solo es aprobar el examen, hasta donde yo sé.

Margot asintió. Terminó de comer su porridge. Entregó el plato apenas estuvo vacío y se limpió la boca con la manga de su buzo de vuelo.

—Les tengo pánico a esos aviones grandes.

René se quedó en silencio. Margot lo miró esperando un reproche. Nunca llegó.

—Tienen esos puntos ciegos junto al motor y son pesados. Me da miedo jalar un día el timón y que el avión no despegue las ruedas del suelo. Mis brazos flacos no están hechos para maniobrar esos aparatos tan enormes.

—¿Ni siquiera vas a hacer el intento?

Margot le quitó la vista, se cruzó de brazos, olió su traje y arrugó la nariz.

—Soy un asco.

René sonrió. Caminó hacia la ventana y miró por la cortina hacia afuera escudriñando el horizonte.

—El bombardeo terminó.

—Ya era hora.

La muchacha se puso de pie y caminó hasta su equipo de vuelo.

—¿A dónde crees que vas?

—A Luton.

—La ciudad está a oscuras. Es mejor que pases aquí la noche. —René caminó hasta la puerta y puso el pestillo, Margot sonrió—. Anda a darte un baño. Vas a dormir en mi cama hoy y yo me iré al sofá. Mañana a primera hora te llevaré a tu aeródromo.

Volvió a sonreír. Su ángel guardián no solo le había salvado la vida en la calle. También le había asegurado un buen descanso.

—Gracias —dijo Margot, mientras René iba a la pieza a por una almohada y unas colchas—. ¿Puedo comer otro plato de porridge?

—Solo si me prometes, al menos, tomar ese examen.