Regreso a Luton #2
Margot se mordió la lengua y se guardó un par de garabatos. También se preguntó a qué hora le iban a pedir el taxi aéreo para irse de ese lugar.
—Puede que allá en el sur ya no los estén usando demasiado. Pero aquí en Gales todavía tenemos un servicio postal que sostener.
—¿Usted va a volar todos los aviones?
—Tengo un viejo Tiger Moth que uso de vez en cuando y espero a otros dos pilotos para llenar la silla de esos Queen Bee.
Margot siguió en silencio una vez que el comandante retomó su labor administrativa. El oficial, de vez en cuando, levantaba la mirada y seguía a la chiquilla en sus devaneos. Meneaba la cabeza de vez en cuando.
—Relájese, oficial —le dijo finalmente—. Le queda una larga noche en este lugar antes de poder regresar a su base.
—¿Noche?
A Margot le empezó un tiritón de manos y picazón de piernas. Era como si un ejército de chinches se le hubiese subido encima.
—Comandante, le ruego que pida mi taxi —solicitó Margot—. Debo regresar a mi base ahora. Estoy segura de que encontrarán en Luton a alguna piloto dispuesta a venir por mí.
—Negativo —respondió el hombre—. Mire la hora que es, oficial. Nadie va a volar para recogerla.
—Por favor, se lo ruego...
—Además, si se va se perderá la fiesta.
—¿Fiesta?
De pronto, a Margot se le acabaron las chinches. El calor de su rabia se convirtió en una refrescante nota sobre la espalda.
En efecto, el hangar estaba de fiesta. Esa noche se descorcharon vinos y se abrieron cervezas para celebrar un día más, o menos, de guerra, como les gustaba decir a los oficiales de la RAF.
Estaban seguros de que habían comenzado algunos avances o, al menos, tenían un cierto viento favorable en el frente de combate.
Resultó ser que el viejo hangar había sido un sitio de pruebas de artillería antiaérea, de ahí lo desolado.
Pero, con la reactivación de los servicios postales, iba a cobrar vida otra vez.
Había diez soldados, entre oficiales y subalternos, todos hombres.
También había una mujer, que representaba a la Women Auxiliary Air Force.
Fue la única que no recibió a Margot con una sonrisa.
Sus días como reina del hangar peligraban con otra mujer allí.
En especial porque Margot era más joven que ella.
Esa noche, los hombres hacían fila para pedir una pieza de baile con la piloto chilena y mantener su copa llena.
La música duró hasta la madrugada, pero el alcohol se acabó antes.
Las barracas, destartaladas como estaban, bien pronto dejaron de lucir incómodas, incluso para Margot, que estaba acostumbrada al alto estándar de la casa en Luton.
Las primeras horas del día llegaron junto con el canto de los gallos. Ahí estaba el comandante Bevan, con una sonrisa amplia para sacar a Margot de su litera y arrastrarla al Tiger Moth, que los esperaba en el pastizal.
—¿Y esto? —preguntó la chilena.
—Nos vamos a Cardiff, oficial. Desde ahí podrá tomar el tren para regresar a Londres.
Margot trató de entender las palabras del comandante. En su cabeza sonaban casi con eco. Sentía un hacha en la cabeza.
—Preferiría un taxi aéreo, comandante...
—Es esto o nada, piloto. Usted decide.
A Margot no le quedó más remedio que sacudir la cabeza, meterla en un cubo de agua helada y agarrar su paracaídas para montarse en el avión con rumbo a la ciudad galesa.
✰✰✰
Viajar en tren por Inglaterra en tiempos de la guerra era una de las experiencias que Margot más odiaba.
Los vagones eran incómodos. Muchos de los trenes estaban faltos de mantención, debido a lo exigente que se había vuelto transportar tropas y pertrechos.
Además, como había aparecido una pequeña luz para los aliados, las oficinas de reclutamientos estaban echando mano a los jóvenes para engrosar las filas en el frente.
El tren iba repleto, con gente durmiendo en los pasillos, apenas apoyada en su propio equipaje.
Margot había pasado horas sobre su paracaídas.
Tenía un dolor punzante en la espalda y una nalga dormida.
Le dolía la cabeza y le rugían las tripas.
El aroma a gente apretada en el tren tampoco ayudaba mucho.
El sueño se le quitó apenas llegaron a los alrededores de Londres.
Estaba oscuro. Había anochecido hacía poco, pero sobre la ciudad tenía un fulgor anaranjado.
Los soldados, amontonados contra la ventana del vagón, no la dejaban ver.
Pero el zumbido de los aviones era suficiente para saber que los alemanes bombardeaban de nuevo.
El tren avanzó y llegó hasta la estación de London Paddington, justo en medio de las bombas.
Sin aviso alguno se abrieron sus puertas para que los pasajeros fueran a buscar refugio.
Margot había planeado abrirse paso a codazos de ser necesario, pero no alcanzó a reaccionar antes de ser arrastrada por una masa de gente.
Sus gritos se ahogaron entre otros gritos, que se avivaban con cada explosión.
De pronto, la piloto se encontró expuesta al cielo anaranjado, con su equipo de viaje y el estómago vacío.
La gente que la había acarreado se había dispersado por las calles y ella intuyó que debía hacer lo mismo.
Intentó recordar los refugios, las entradas al subterráneo, cualquier cosa que la ayudase.
Una gran explosión la devolvió a la realidad.
Era pasada la medianoche y los refugios habían cerrado hacía horas.
Las estaciones de metro debían estar atestadas.
Alguna vez vio por la ventana a gente a oscuras para acampar en las escaleras.
En esta ocasión, los aviones no paraban de llegar.
Las bombas caían y las esquirlas saltaban cada vez más cerca.
Margot corrió por la calle intentando encontrar un taxi que la sacase de Londres.
Luton estaba cerca, pero no tanto como para ir caminando.
No logró ver ninguno. Al fin decidió echarse el equipo de vuelo al hombro y caminar.
Cada tanto tuvo que buscar refugio entre paredes, soleras o junto a los escombros.
Los aviones seguían llegando en oleadas.
El sonido agudo que hacían al dejarse en picada hacía que la chilena cerrase los ojos, apretase los dientes y rezara para que la explosión fuera en otra parte.
«No voy a morir aquí, no voy a morir aquí», se decía.
Apenas el bramido de las bombas paraba, se reincorporaba para recorrer un par de cuadras más.
La artillería antiaérea de Londres comenzó a martillar hacia el cielo.
El brutal sonido de la metralla retumbaba justo en medio de la frente de la chilena.
Recorría el suelo y subía por sus piernas hasta la cabeza.
Las bombas seguían explotando sobre la ciudad.
Los edificios apenas se sostenían en pie y los gritos londinenses comenzaban a apagarse, pero las esquirlas y escombros seguían cayendo.
Margot buscó refugio contra una pared, se persignó, escuchó una explosión muy cerca.
El resplandor la encandiló por unos segundos.
Levantó la vista y vio una lluvia de escombros sobre ella.
Se resignó a morir en medio del bombardeo.
Todo fue oscuridad.
✰✰✰
—Señorita, ¿está usted bien?
Margot abrió los ojos y vio la silueta de un hombre envuelta en un halo celestial. Sonrió y se aferró a la imagen divina.
—¡Divin, René Divin!
—Señorita, debemos salir de acá.
Los rasgos borrosos se aclararon. Era un hombre maduro, envuelto en un uniforme de policía. Ayudó a Margot a ponerse de pie y la revisó de pies a cabeza.
—Divin...
—Parece que no tiene heridas.