Regreso a Luton
– 1942 –
XXXVIII
Tomó una taza de té con un toque de leche.
Cuando las otras cadetes no la estaban mirando, a veces ponía unas gotas de limón.
Nadie lograba entender por qué Margot agregaba cítrico al Earl Grey y no al té verde.
Para ella, más que una tradición, se había convertido en un gusto adquirido.
Robó dos tostadas y les puso un poco de carne enlatada.
Las devoró antes de subirse al auto que la llevó hasta el aeródromo de Luton.
Solía irse con Maureen Dunlop, pero el día anterior había tenido un turno agotador.
Al llegar al aeródromo, no miró la hoja de asignaciones.
Llevaba casi cien viajes sobre el Fairchild EV 785, todos como taxi aéreo, y se preparaba mentalmente para otra jornada de rutina.
Para ella, el Fairchild era un avión horrendo, desproporcionado en las formas del fuselaje, con un monomotor frontal que parecía que habían pegado con clavos al resto del avión.
Pero era confiable, a pesar de lo liviano.
Demasiado confiable, tanto que le había empezado a aburrir.
Se había preparado con un juego de cachos, que uno de los chilenos de Londres le regaló en una de sus visitas sociales.
Ordenó los dados para contarlos y los lanzó adentro de uno de los vasos de cuero.
Puso el otro encajado y se sentó en uno de los sillones de la sala de pilotos, para apostar consigo misma mientras los servicios de taxi comenzaban a salir.
—¡Chile!
No escuchó el grito. Batió los vasos de cuero haciendo sonar los dados como un cascabel y los dejó caer sobre la mesa.
Obtuvo un par de dos, un tres, dos cuatros y un seis.
Pensó que, de estar jugando contra otra persona, hubiese sido un mal arranque.
Se encogió de hombros y metió los dados adentro del vaso de cuero.
Miró alrededor para ver si alguien se había motivado a unirse a la partida, pero nadie la estaba observando.
Por la ventana distinguió a Maureen, que caminaba a paso rápido.
—¿Aparte de ciega estás sorda, Chile? Tenés tu nombre en la asignación del día.
Margot entrecerró los ojos, se quedó con los vasos de cacho en la mano y miró a Maureen tomar su paracaídas para salir a volar.
Dunlop no solía hacer bromas. Era demasiado bien portada para eso y además se había convertido en su mejor amiga.
Todo el mundo coincidía en que Maureen era demasiado buena sin Margot, y que Margot era demasiado mala sin Maureen.
—Pero... ¿Y el taxi?
—Me tocó a mí. Buscá tu paracaídas y ponete el buzo.
Miró a Dunlop escéptica. Pero Maureen ya estaba parada junto a la puerta de la sala.
La chilena se paró y fue a mirar la lista de asignaciones.
Efectivamente, se encontró con un Queen Bee asignado.
Pensó en todas las veces en que no había puesto atención a la orden del día y en cuando, resignada, esperó a que la llamaran para un vuelo de taxi.
Hizo una mueca, apeó un paracaídas y siguió a su amiga hasta el Fairchild.
La joven durmió todo el viaje en el último asiento del avión.
El Queen Bee era una versión más arcaica que el Gypsy Moth.
A la chilena le gustaba, porque no tenía ningún instrumento que la distrajese de lo esencial, el viento en el rostro.
No era una aeronave muy rápida, apenas ciento treinta caballos de fuerza, que desarrollaban como máximo unos ciento sesenta y siete kilómetros por hora.
Tenía una autonomía de poco menos de quinientos kilómetros.
Iba a ser un viaje corto hacia Gales, pero era en solario y Margot llevaba tiempo queriendo una cita con las nubes.
Maureen se devolvió en el taxi hasta Luton, más cargada de lo que había ido, y Margot caminó hasta el hangar del aeródromo de Witney.
Era un sitio pequeño, con poco movimiento de aviones.
No se veían globos cautivos alrededor. Sonrió al mirar el cielo abierto, lanzó el paracaídas a la cabina que solía usar su instructor y se metió detrás.
Marcó la sheet con su misión y echó a andar el motor del Queen Bee.
Le resultó sencillo. Cuando un mecánico llegó a ofrecer asistencia, Margot ya lo había resuelto.
El resto fue rodar hasta el potrero que hacía de pista y acelerar.
El avión era tan liviano que el viento lo sacaba sin esfuerzos del suelo. Las manos firmes de Margot lo encaminaron para encontrar su ruta hacia Gales.
✰✰✰
El frío del invierno todavía estaba lejos, pero no lo suficiente como para hacer que la nariz de Margot no se entumeciera en las alturas.
Echó de menos su bufanda, pero no se lamentó.
Se llevó las manos al rostro y se limpió la nariz por decimoquinta vez.
No la tenía sucia. Solía pasarle que, a veces, el frío era tanto que la sentía húmeda, como si goteara.
Habían pasado dos horas desde el despegue de Witney. El suroeste de Gales se presentaba ante ella con unas campiñas extensas, algo amarillentas, y unas colinas que apenas sobresalían del valle. Era un lugar sereno, casi deshabitado, con apenas un par de puñados de casas a la redonda.
Encontrar Manorbier no le iba a resultar tan fácil.
Había volado hasta Gales un par de veces, sobre todo cuando acompañaba al capitán Douglas Fairweather durante las instrucciones informales de navegación.
Pero aquella zona suroeste todavía le resultaba ajena.
Echó mano a la carta de vuelo. Al sacarla dedujo, según sus observaciones del terreno, que la gran X que marcaba el aeródromo ya debía estar debajo de ella o, en su defecto, muy cerca.
Dobló el papel y lo metió en el bolsillo de su traje de vuelo.
De vez en cuando, Margot miraba hacia el piso, buscando por instinto el compás magnético que había acostumbrado a encontrar en el suelo del Maggie.
Pero el Queen Bee no tenía. Pasaron pocos segundos antes de que su respiración comenzara a acelerarse.
Volvió a mirar hacia todas las direcciones e incluso inclinó el avión, por si se estaba perdiendo algo por debajo de la panza.
Pero nada, no había rastros del aeródromo y menos de un poblado.
Se mordió el labio y se le tensó la mandíbula. El panel de instrumentos del Queen Bee estaba vacío, por lo que no solo no sabía con exactitud hacia qué dirección estaba volando. Tampoco sabía cuánto combustible le quedaba. Según sus cálculos, la autonomía del aparato debía estar en el límite.
Oteó el terreno y encontró un campo desolado.
Estaba libre de colinas y quedaba casi en línea recta frente a ella, por lo que decidió llevar el avión hacia allá para aterrizarlo, si era necesario.
Estaba cerca de su destino cuando, de reojo, vio un par de caballos pastando.
Volvió a mirar y descubrió que, aunque parecían hacer su vida en medio de la nada, a pocos metros de ellos, había una estructura escondida por un camuflaje muy bien logrado. Era una mezcla de mallas, hojas y heno.
Dio la vuelta, se alejó lo suficiente y giró para retornar.
Echó otro vistazo y notó que había un hangar de unos diez metros.
Se acordó de la X. Decidió que ese era el aeródromo que buscaba.
Volvió a dar una vuelta sobre él y confirmó sus sospechas.
Desde el interior del hangar asomaba un Queen Bee con los mismos colores que el que estaba volando. Sonrió aliviada.
La chilena siguió dando vueltas en el aire, cada vez más bajo, hasta que logró llamar la atención de un oficial que circulaba en bicicleta cerca del edificio.
La saludó sin detenerse y se bajó para mover los caballos que pastaban en lo que cada vez se parecía más a una pista de aterrizaje.
Otros dos soldados lo asistieron con los animales.
Una vez que la pista estuvo despejada, Margot bajó la nariz del avión y aterrizó en seco, sin siquiera dar un centímetro de bote.
La carrera fue corta. El avión rodó hasta el hangar y Margot apagó el motor.
—Es una mujer. ¡Hey, Rowen, es una mujer! —gritó uno de los soldados apenas vio que Margot se quitaba el gorro de cuero y dejaba al viento su pelo largo. Desde el hangar salieron Rowen y otros diez soldados más.
—¿A quién tengo que entregarle esta chatarra? — preguntó Margot, con el gorro bajo el brazo y señalando al De Havilland Queen Bee.
Los soldados se pegaron codazos y miraron con amplias sonrisas en el rostro. Parecía un curso de adolescentes haciendo bromas entre ellos. Se dijeron chistes, se dieron empujones y codazos, se envalentonaron. Hasta que Rowen llegó al frente.
—A mí, cadete...
—Tercera oficial, ¿señor?
—Rowen, Rowen Stewart, jefe mecánico del hangar. Yo recibiré el avión.
Margot levantó una ceja, mientras le entregaba la hoja de misión que el mecánico debía firmar y devolver.
—Genial, Rowen, jefe de mecánicos. Por favor, hágalo rápido —devolvió Margot.
Dio media vuelta y recién notó el barullo que tenían los demás. También observó alrededor. El terreno lucía desolado, como si hubiese sido arrasado. Estaba segura de que seguía oliendo a tierra quemada.
—¿Sabe dónde puedo tomar un té mientras espero?
—¿Un té? No me va a creer, pero no somos ingleses —contestó el hombre.
La chilena lamentó el comentario. Hasta donde ella sabía, donde había té había panecillos y estaba muerta de hambre. Había salido de Luton sin desayunar.
—Acá en Gales bebemos cerveza.
Una sonrisa amplia se dibujó en el rostro de Margot.
—Venga, la llevo a la oficina del oficial a cargo de este vertedero. Beba algo mientras mis hombres revisan que todo esté en orden con esa abeja.
A Margot le agradó la idea. Una cerveza galesa a esa hora del día podía sonar un poco excesivo, pero ella ya había terminado su trabajo y el regreso a casa iba a ser largo.
—Y bueno, ¿quién vuela estos cacharros?
Margot se animó a romper el hielo, después de un par de minutos en silencio dentro de la oficina del comandante Bevan.
Era un lugar triste, con muebles gastados en las esquinas.
El vidrio en la ventana estaba lejos de ver su mejor momento, lo mismo que la pintura de las paredes.
El hangar completo era lamentable, como si hubiese estado veinte años abandonado antes de que a alguien en el Estado Mayor se le hubiese ocurrido usarlo para unos aviones viejos.
—Yo —respondió el comandante, sin levantar la cabeza de una pila de documentos que estaba firmando. Margot se preguntó qué tantas órdenes podían salir de un sitio como ese.
—¿Solo tiene dos? ¿Los están coleccionando?
—Su trabajo es transportar aviones, no preguntar sobre su uso.