XXXVII
Margot Duhalde Sotomayor se tomó su tiempo frente al espejo.
Sacó pecho y tensó los botones que mantenían el blazer en su lugar.
El azul oscuro lucía impecable. La señora Bush había puesto todo su esmero en lavarlo cada vez que Margot lo dejaba metido al fondo del clóset.
Lo planchaba y le dejaba caer algo de vapor de la Steam-OMatic que su marido le había regalado antes de marcharse al frente.
Las arrugas solían desaparecer a la tercera pasada, pero Margot evitaba usar la moderna plancha, porque ya había quemado un par de veces el uniforme.
El dorado de las alas relucía. La dueña de casa le había dado unos retoques al bordado con un hilo de color amarillo.
Pero a la joven Margot lo que más orgullo le producía era el detalle en los hombros.
La línea amarilla delgada, que hasta ese momento la identificaba como cadete, había sido removida con habilidad y reemplazada por una cinta amarilla de un centímetro de ancho.
Iba desde el pecho hasta la espalda, en una tela de refuerzo sobre la hombrera.
Imitaban las charreteras de la RAF. Margot había sido promovida a tercer oficial.
—Oh, querida, qué lindo le queda ese uniforme —dijo Mrs. Bush, mientras le acomodaba el cuello de la camisa y le quitaba unas motas de polvo de la solapa—. Qué pena no tener la cámara para tomarle una fotografía.
Debido a las restricciones y el racionamiento, a la señora Bush no le había quedado otra que intercambiar algunos aparatos para conseguir carne y víveres.
Margot se sentía un poco culpable, porque casi siempre la comida era en honor a ella.
La dueña de casa solía consentirla casi como si se tratase de alguien de la realeza.
—No es necesario, señora Bush. Con mi reflejo en sus ojos emocionados me doy por pagada —le contestó.
Ella sentía que Mrs. Bush la miraba casi como una hija.
Se le llenaban los ojos de orgullo cada vez que Margot lograba cumplir una etapa en su formación.
La joven chilena se había acostumbrado a esa deferencia.
No recordaba nada similar ni siquiera de la época de colegio.
Sentir ese calor humano la ayudaba a no pensar tanto en su hogar, en su familia, en su padre, en la ruina y en el abandono.
—No le avisé a Walter para que viniera esta noche, Margot. Hubiese sido hermoso que él le interpretara una pieza en el piano. Él ya sabe que a usted le gusta bailar.
—Se lo agradezco tanto, señora Bush, pero tampoco me puedo quedar a cenar. ¿O se le olvidó?
A Margot le gustaban las noches de música.
Walter era un vecino que vivía en la otra esquina.
Era profesor de música y había enviudado durante los primeros bombardeos.
Mrs. Bush lo invitaba a cenar con regularidad.
Menos por lástima y más para evitar que el hombre se emborrachara.
El alcoholismo lo atrapaba cuando las noches se volvían más oscuras.
En compañía, se animaba a recordar tiempos más alegres e interpretar conciertos completos al piano.
Margot solía terminar las jornadas bailando, aunque sus pasos no distinguían entre swing, jazz o boogie-woogie.
—Toda la razón, cariño —replicó la señora, mientras se golpeaba la frente con la palma abierta. El sonido le causó gracia a Margot—. Usted ahora se va con tres días libres.
Había tenido un mes completo de estresantes vuelos por toda la isla.
Estaba a veces hasta cuatro horas volando sin parar, salvo por las pequeñas pausas en los aeródromos donde debían aterrizar para marcar sus hojas de control.
Durante ese mes no importaron el clima que estaba cambiando, el hambre, el dolor de cuerpo, la tristeza ni los nervios.
Solo había que volar. Tres días de feriado parecían poco, pero era lo más parecido a unas vacaciones que Margot pudo alguna vez soñar.
Pierre Orlemont pasó a buscar a Margot en un jeep. Hacía tiempo que no veía a su amiga y el viaje a Londres les pareció apropiado para ponerse al día. Viajaron lento, rieron mucho y repasaron a todos los amigos en común, incluso aquellos que ya no estaban.
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A Margot le llamó la atención que, después de entrar a Londres y ya cerca de Westminster, Orlemont desvió la ruta.
Fueron al otro lado del St. James’s Park.
La chilena había estado ahí en la época en la que debía presentarse a esperar órdenes desde la sede de la Francia Libre, pero nunca había cruzado hacia el otro lado.
El vehículo de Pierre entró por la Old Queen Street y se detuvo a la altura de la numeración 37-41.
A Margot, el lugar le pareció familiar, aunque se dijo que se debía a que los edificios de ladrillo de la zona eran todos parecidos al Morton Hotel.
Bajaron del vehículo y caminaron hasta la entrada del edificio.
No alcanzaron a poner un pie en el primer peldaño de la escalinata del pórtico cuando se abrió la puerta.
Se asomó de brazos abiertos un hombre bonachón, de prominentes cejas negras que sobresalían de una piel rosácea que, a su vez, resaltaba desde un traje gris perla. Llevaba camisa blanca y corbata oscura.
—Bienvenida a casa, Margot —le dijo.
Margot no supo bien cómo reaccionar. Era el embajador Manuel Bianchi. No era un hombre particularmente alto. Tenía una barriga bien disimulada por el corte de la chaqueta. La joven se cuadró, pero el diplomático replicó con una sonrisa y le pidió que descansara.
—Pierre, muchas gracias por traerla —dijo Bianchi.
—Un honor, señor embajador.
De inmediato, apareció la esposa del embajador y, detrás de ellos, el desfile del personal de oficina diplomática.
Al entrar al edificio, Margot logró ver entre la gente a un par de sus amigos, incluido René Divin.
Sintió algunas mariposas en el estómago, sobre todo por la posibilidad de ver a Ivonne Shreiner entre la gente.
Paneó con la mirada, pero no la encontró.
Los llevaron a un salón, donde estaba preparada una mesa enorme, para unos veinte comensales.
Margot pensó en todo el tiempo que había pasado desde la última vez que había comido una empanada de pino.
Se preguntó si habría y se contestó que sí, que era obvio, por qué otro motivo iba a haber tanta botella de vino en la mesa.
Terminó de saludar a los presentes y recibió todo tipo de halagos.
—¿Podemos hacer una foto? Es para la prensa chilena.
Margot iba a posar con una sonrisa enorme, pero el embajador se puso en medio. Se paró a la derecha de Margot y le pidió voltear un poco el cuerpo.
—Intente que se vea su grado, pero no el brazo —le dijo entre dientes.
—¿Hay algún problema, embajador? —inquirió la joven.
—Sí, ese bordado —Bianchi sonrió para la foto y tomó a Margot del brazo, para corregir su pose—. No son fotos oficiales, pero la diplomacia está un poco trastocada desde la conferencia de Río. No queremos que los franceses se espanten.
Margot miró sobre su brazo y vio que el embajador, respetuosamente, tenía cubierto su nombre de guerra con la mano.
—Pero no se preocupe de eso ahora, Margot —añadió el embajador—. Vamos a tener un almuerzo y después de eso podrá hablar con la prensa.
—¿Con la prensa? —Margot puso unos ojos enormes.
—Solo unas pocas palabras alegres, Margot. Estamos pasando por un momento complejo como país y la gente necesita una alegría, algo en qué proyectarse, de qué sentirse orgullosa.
Bianchi no dejó terminar la sesión de fotos. En medio de los flashes, se llevó a Margot hacia la mesa y le señaló su lugar. De inmediato, los demás comensales se acomodaron y empezó a circular el vino por las copas.
Durante el almuerzo, Margot desplegó todos sus encantos.
Se mostró alegre, cercana y preocupada por sus conocidos.
También preguntó por novedades sobre Chile.
Aunque las respuestas no la tranquilizaron demasiado, le permitieron poner en contraste lo que había estado viviendo ella misma en esos últimos dos años.
Guardó silencio por unos minutos cuando se dio cuenta de lo fácil que era asimilar el horror de la guerra si lo cubría la cotidianidad.
Se preguntó si a eso se refería su profesora en el liceo, cuando le decía que los árboles le impedían ver el bosque.
La guerra, con la distancia, podía ser percibida mejor o peor, según los ojos que la mirasen.
—Margot, está lista la sala de prensa para su conferencia.
La voz de Bianchi la sacó del trance. No le agradaba mucho su tono, pero agradecía el acento chileno que, de alguna forma, la hacía sentir en casa. El diplomático repasó su riguroso peinado con un peine de bolsillo y caminó acompañado de su séquito hasta el lugar señalado.
—¿Está lista? —preguntó Orlemont.
—Así como lista, no sé —Margot hizo una pausa para respirar profundo—. Tengo la lengua traposa y no sé mucho qué decir. Debí beber menos vino.
—No están esperando un discurso, Margot. Solo quieren hacerle algunas preguntas.
—Pero yo no sé nada de política ni me interesa —insistió ella.
—No van a preguntarle su opinión sobre el hundimiento del vapor Toltén. Usted solo hable de su pequeño triunfo.
Se sintió incómoda y bajó la vista. Entrelazó las manos sobre el regazo para aferrar los dedos de una mano con los de la otra.
¿Había realmente interés en su logro? ¿Era el suyo un logro?
¿Consideraba Pierre que su triunfo era pequeño?
¿Qué debía hacer para, alguna vez, sentir grandeza? ¿Le importaba, en realidad, la fama?
Acababa de llegar a Inglaterra cuando la prensa había hecho un festín con la jovencita que se unía a las filas de ATA. Bastó que llegara alguien más joven y esa misma prensa se había olvidado de Margot. ¿Significaba su carrera algo para alguien más que ella? ¿Tenía que hablar?
Se sentó a la mesa y enfrentó los micrófonos sin contestar ninguna de las preguntas que rondaban su cabeza. Se relajó apenas vio que los periodistas eran bastante menos sesudos que ella. Al final, todo era espectáculo y a ella le había tocado ser el foco de atención ese día.
—¿Qué sintió al volar el primer avión?
A Margot le resultó fácil contestar a esa pregunta. Incluso lo hizo con gracia.
—¿Qué diferencia tienen los aviones chilenos de los europeos?
Esa pregunta la descolocó un poco. No recordaba que Chile fabricase aviones. En la Maestranza Central de El Bosque se armaban, pero en general todos llegaban de fábricas europeas.
—Así como lo hizo con el éxito, ¿ha encontrado también el amor?
Margot se sonrojó. No por pudor, sino al darse cuenta de que, desde que había vivido en la incertidumbre de la guerra, no había pensado mucho en cosas románticas.
—¿Afecta el maquillaje en la concentración para volar, a diferencia de los hombres?
Más allá de un poco de rubor en las mejillas, Margot no usaba casi maquillaje. Tampoco veía a sus compañeras hacerlo mientras piloteaban. Sintió ganas de dejar de poner atención a tanta pregunta tonta.
—¿Cómo compensa las tareas domésticas con las del cuidado de un avión?
Soltó una carcajada. Las tareas domésticas no le habían quitado el sueño en Chile, menos lo iban a hacer durante un bombardeo en Inglaterra.
—¿Tuvo algún instructor guapo?
No contestó y tampoco sonrió. Miró a un costado, para ver la cara del embajador Bianchi.
—Miss Duhalde, es muy cierto que esto es un pequeño triunfo, sobre todo considerando que viene desde un país tan pequeño y lejano. Pero ¿qué hay después de esto?
La atención de Margot se fue directo al fondo de la sala de prensa. Entre los periodistas que habían acudido vio el sombrero que cubría la cabellera larga y castaña de Lee Miller, una corresponsal de guerra que durante el blitz se había destacado como fotoperiodista para la revista Vogue.
—Creo que no comprendo su pregunta —respondió Margot.
—¿Planea seguir haciendo carrera? ¿Volará más aviones hasta llegar al frente?
—Una pregunta por periodista, por favor... —intentó interrumpir Bianchi, pero Margot con un gesto de la mano pidió el micrófono.
—Sin duda, quiero seguir volando, pero esta carrera no es fácil.
—¿Si fuera fácil lo haría?
—Me refiero a que es un honor volar para la Francia Libre, representando a mi país, Chile. Desde joven que he deseado poner mis manos sobre un Spitfire, así es que creo que al menos intentaré ascender un grado más.
—¿Eso es todo? ¿Por qué no intenta llegar al último grado de su carrera? ¿Es porque la Clase 6 está reservada solo para hombres?
Era cierto, ATA asignaba seis clases de pilotos que debían ir certificándose en orden, según el tipo de avión que se pudiese volar. La Clase 6 daba acceso a volar hidroaviones o botes voladores. Margot nunca se cuestionó esta exclusividad, no miraba más allá del bimotor.
—Hay otras cinco clases a las que acceder, créame, con aviones más interesantes que los de clase seis. Nada que las mujeres de ATA no puedan volar. Es solo que yo...
—¿Está cómoda solo alcanzando la Clase 2?
No contestó de inmediato, se tragó unas palabras.
—Se acabó la ronda de preguntas, señoras y señores. Hagamos unas fotos y luego despedimos la velada con un poco de música.
La mirada de Miller se mantuvo sobre Margot, que sintió como si un foco la delatara.
¿Por qué no seguir ascendiendo? La pregunta rebotaba en su cabeza, aunque lo más persistente eran las imágenes del choque de los Bristol Blenheim, en White-Waltham; de la gente cuestionando sus cualidades y sus capacidades; de volver a fallar; de tener que explicar otro fracaso.
¿Era egoísta abrazar el éxito y aferrarse a él?
La mano de Pierre Orlemont se posó justo frente a la mirada perdida de la aviadora chilena. Margot la reconoció de inmediato. Estaba estirada, con la palma hacia arriba, invitándola.
—¿Ya olvidó cómo mover un poco el cuerpo?
Margot sonrió y se sacudió los pensamientos de la cabeza.
Tomó la mano de su amigo. De un salto, llegó a la pista de baile y se dejó llevar por el swing de la pequeña orquesta que la embajada chilena había contratado. Las miradas habían desaparecido, tal como lo hacían cuando Margot surcaba las nubes.