XXXVI
Saltó hacia el ala de su avión y corrió hasta poner los pies sobre el pasto.
Dejó el motor encendido y emprendió carrera hacia la caseta junto al hangar de los mecánicos.
Apenas llegó, hurgó en el tarjetero de la pared.
Al encontrar el documento con su nombre, se apresuró a tomar un lápiz amarrado en el poste para estampar su firma.
Devolvió el trozo de cartón a su ubicación y antes de irse echó una mirada hasta detenerse en el de Peggy Lennox.
—Mierda... —Margot volteó hasta encontrar la mirada de un mecánico—. ¿A qué hora pasó ella por acá?
—Cinco minutos, Chile. Ya te ha sacado cinco minutos.
Margot bufó antes de devolver la tarjeta de su amiga a su sitio y se encaminó a su avión. A lo lejos, en el aire, se dibujó la silueta del Maggie de Stephen, el tercer piloto que había despegado de Luton aquel día.
—No me va a ganar...
Echó a correr. Vio pasar a Stephen por sobre su cabeza, mientras iba llegando a su avión.
Se montó en él y comenzó a rodar hacia la pista.
El estadounidense no había terminado de llegar a una zona segura cuando Margot aumentó la potencia y aceleró la máquina, que se fue directo hacia el avión de su colega.
Stephen vio pasar a Margot a toda velocidad antes de levantar la nariz.
Sonrió y sacudió la cabeza. Juró que Chile era una loca.
Tras firmar su tarjeta, retomó el vuelo y se unió en la caravana de a tres con rumbo a Hawarden.
—El cielo está oscureciendo —dijo Peggy Lenox, mientras intentaba disolver el terrón de azúcar en su taza de té.
Margot levantó la vista y miró a través de la ventana. El cielo estaba encapotado. Las nubes habían pasado de un tono grisáceo a uno negro que se parecía al esmog de las ciudades industriales. Dio un sorbo a su té amargo.
—Deberíamos regresar —señaló Stephen.
—¿Te asusta el mal tiempo? —preguntó Margot, dándole otro sorbo a su taza.
—Para nada, pero es un viaje largo el de vuelta.
—Solo son ciento cuarenta y una millas. ¿Te pone ansioso? —le preguntó Peggy.
Los tres cadetes rieron. Las mejillas de Stephen se encendieron como dos ampolletas.
—Kilómetros, Peggy —respondió Margot—, en este país usan el sistema métrico.
—¿Y cuánto es eso?
—Unos doscientos veintisiete kilómetros.
—Eso es aún más lejos —reflexionó la joven.
Volvieron a reír, pero ya sin sonrojarse.
—Tampoco estás en lo correcto, Chile. En Reino Unido se usa el sistema imperial para medir distancias —afirmó Peggy.
—¡Con razón este lugar es una locura!
—¡Un caos total!
—Sí, la guerra no tiene nada que ver...
Los estadounidenses se rieron con más ganas.
Margot apretó los dientes. Peggy Lennox había llegado a Inglaterra hacía poco.
Venía a formar parte del grupo de mujeres piloto que la pionera de la aviación norteamericana Jacqueline Cochrane había formado para ser parte del Air Transport Auxiliary.
Era difícil decirle que no a Jacqueline, ya era una de las aviadoras más famosas de su país, pero el hambre de Peggy era grande.
No le bastaban los pocos meses que solían pasar en servicio las aviadoras estadounidenses.
Stephen llevaba un poco más en Europa. Había intentado formar parte de las fuerzas norteamericanas, pero no había conseguido pilotear en el frente, por lo que ATA le pareció una idea atractiva. Ambos, como Margot, querían hacer su aporte.
—Igual pienso que deberíamos hacer caso a la recomendación de Stephen, Peggy —comentó Margot.
—¿Una nota de prudencia? ¿De usted, Chile?
—Somos pilotos maduros. Ya llevamos veintisiete cruceros al hombro.
En parte tenía razón, faltaban solo tres vuelos country para concluir la EFTS.
Pero también existía cierto nivel de inseguridad en pretender volar con mal tiempo.
El clima estaba cambiando. El viento se volvía más frío en la altura y los días se acortaban.
A ninguno le gustaba la idea de dormir en un aeródromo ajeno al de su destinación.
Ni por las justificaciones que debían dar, ni por la pérdida de las comodidades.
—Vamos antes de que anochezca...
Caminaron hacia sus aviones. Al grupo de mecánicos en Hawarden les impactó un poco la orden de poner a punto los aviones. Se estaban preparando para ponerlos bajo resguardo en el hangar, pero los pilotos insistieron. Apenas estuvieron listos en la pista, los pilotos incrementaron la potencia.
—¡El último que llegue paga la primera ronda! —dijo Lenox antes de despegar. Era la que llevaba ventaja en el circuito.
✰✰✰
Peggy Lennox lideraba la caravana. Iba varios cientos de metros más adelante que el Maggie de Margot.
Un poco más atrás le seguía Stephen, que solía volar más tirado hacia la derecha.
La chilena nunca entendió bien por qué. El avión de la estadounidense apenas se veía.
Margot tenía que vigilar cada tanto su altímetro, pues las nubes se le estaban viniendo encima.
Había viento cruzado. Los aviones se sacudían y hacía rato que el sol no estaba ahí para mostrarles el terreno.
A la chilena solía gustarle la lluvia, disfrutaba ser tocada por las gotas, incluso cuando venían acompañadas de frío.
Pero nunca había visto las nubes precipitarse, disolverse en bruma y comenzar a mojar.
Los aviones comenzaron a ser empujados hacia el terreno, y la campiña no parecía terminarse para abrirle paso al aeródromo de Luton.
Peggy alzó la mano e hizo un gesto. De inmediato, la formación de tres aviones se cerró y la dejó como líder.
Los separaban menos de diez metros en fila y desde el lugar de Margot apenas podía distinguirse su avión.
El techo nuboso siguió empujándolos hacia el terreno.
La lluvia se había desatado hacía unos minutos y el viento comenzaba a golpear en ráfagas, que llegaban igual que las olas en la costa.
Los aviones bajaron hasta quedar al ras de los árboles.
Las ruedas de los Miles Magister no se retraían y parecían rodar por sobre las copas, sacudían el follaje.
Una vez que sortearon el bosque, la campiña se abrió.
Resultaba difícil verla, porque la lluvia caía casi horizontal.
Era tan tupida que el gris era el único color distinguible.
La mano de Peggy anunció el uso de los flaps; Stephen y Margot respondieron activando los suyos.
Solo quedaba confiar en que la líder pudiese ver la pista de aterrizaje o, al menos, alguno de los potreros que la rodeaban.
Peggy bajó primero. Con esfuerzo logró posar las ruedas en el pasto húmedo y el avión patinó hasta perder la velocidad.
Lennox se encontró en medio de la pista, detenida, bañada en una lluvia torrencial y rodeada por neblina.
El manto nuboso se abrió al rato y el avión de Stephen entró en su línea visual.
Iba directo hacia ella y por escasos metros le pasó volando por la cabeza hasta tocar el suelo un poco más allá.
También patinó, pero logró detener la carrera a tiempo.
Margot no veía el pasto, la campiña ni los aviones.
Pero tampoco había escuchado ningún impacto, por lo que respiró aliviada.
Disminuyó la potencia y comenzó a perder altura.
De pronto, la niebla escupió un potrero demarcado por un cerco.
Metió motor al máximo y la nariz del Maggie se levantó lo suficiente como para pasar por encima de la barrera.
Luego la pista de aterrizaje apareció bajo sus ruedas.
Fue la única que la tocó de lleno. Rebotó un par de veces antes de aferrarse al terreno y frenar el avión sin daños. Tenía el corazón en la garganta y los pulmones vacíos. Suspiró como pudo y recuperó los colores del rostro. Se quitó la gorra y sintió la lluvia mojándole el cabello.
—¡Mala chica! ¡Mala chica, Chile!
Stanley y Patrick corrieron desde el taller mecánico apenas lograron divisar los tres aviones detenidos. Detrás de ellos venía un grupo de cadetes y otros mecánicos, que asistieron a los pilotos para detener los motores y ayudarles a bajar del avión.
—¡Estoy bien! ¡Estoy bien! —respondió Margot, levantando las manos como si sus amigos la estuviesen tomando detenida.
—¡Usted es una mala chica, Chile! ¡Mire que casi me desbarata el avión!
Luego de asegurarse de que los tres pilotos estaban enteros, el instructor Rochford se acercó a Margot. Sin mediar palabras, la escoltó hasta la oficina del comandante McMillard.
—No me vayan a dejar sola en esto —dijo la chilena.
—Imposible, volamos juntos, aterrizamos juntos — contestó Peggy.
—Usted entra primero, Chile.
La voz de Rochford sonó seca. El tono no admitió réplicas.
Los tres cadetes se miraron buscando auxilio, pero no les quedó más que encogerse de hombros.
Rochford obligó a Peggy y a Stephen a sentarse en el pasillo, mientras Margot se acomodaba el traje de vuelo.
Golpeó la puerta de la oficina del comandante, quien de un grito la invitó a entrar.
—¿Deseaba verme, señor? —preguntó Margot, intentando ocultar el temblor en su voz.
McMillard la miró de pies a cabeza. Se llevó las manos a la cara y respiró tranquilo. Antes de hablar, se puso de pie y amarró las manos en su espalda. Mantuvo la mirada en Margot y luego volteó para acercarse a una ventana, que estaba casi escondida por un estante repleto de carpetas.
—Sí —sonó seco. Husmeó por la ventana unos segundos, para ver cómo el cielo se caía y apenas se podía ver hasta el otro lado del camino—. ¿Podría hacer el favor de decirme, miss Duhalde, qué visibilidad de techo hay?
—Dos mil yardas y mil pies, señor.
Margot sonó muy segura. Era el techo mínimo permitido y eso lo sabía de sobra. McMillard continuó mirando por la ventana. Era como si esperara a que el cielo se abriera para iluminar a la chilena.
—Es usted muy mala observadora —continuó McMillard.
El comandante regresó a su escritorio y se sentó.
Sacó del cajón un libro y lo lanzó sobre la mesa.
Comenzó un sermón que tenía que ver con las reglas del lugar e hizo que Margot recitara de memoria cada límite establecido para cada condición de vuelo.
Estuvo interrogando a la muchacha por unos diez minutos y Margot logró contestar todas las preguntas. Luego se hizo un silencio.
—Estoy decepcionado, francamente, miss Duhalde.
Margot intentó defenderse, pero no alcanzó a abrir la boca.
—No sé qué me enoja más. Si el hecho de que conoce bien cada una de las reglas o que haya decidido desobedecerlas y poner en riesgo mis aviones.
—Señor, yo...
—¡Mis aviones, Duhalde! —gritó el comandante—.
Los pilotos siguen llegando a este lugar con ganas de aprender.
Levanto una piedra y aparecen como las callampas en el bosque, pero mis aviones, Chile, son limitados.
Voy a disculpar esta indisciplina por última vez, porque la próxima estoy seguro de que ni siquiera tendré que hacerlo.
Apenas me molestaré en mandar un telegrama a sus padres diciendo que murió por burra.
McMillard se puso de pie de golpe y volvió a caminar hacia la ventana, donde dejó de mirar a la piloto.
—Tres cruceros más, Chile, y por fin usted será problema de otro. Tres vuelos. Pero, de continuar así, ni siquiera creo que vaya a lograr completarlos.
Sintió el golpe y decidió tragarse la rabia. Era cierto. Faltaban solo tres cruceros para graduarse al fin de la escuela de vuelo. Tres vuelos y llegaría a su meta.
—Retírese, miss Duhalde. Siempre supe que me iba a arrepentir de mi decisión.
En Margot, la frase de McMillard resonó más que cualquier insulto que sus instructores le hubiesen dicho alguna vez.