XXXV
Margot terminó de dar las puntadas al brazo de su uniforme.
Usó un hilo celeste, que contrastaba con el azul oscuro del blazer de ATA.
Las letras no eran muy parejas. Tenían una caligrafía un poco tosca, pero eran lo suficientemente legibles.
Se probó la chaqueta y se miró al espejo.
Sonrió cuando leyó «CHILE» en el centro del brazo, bajo el hombro.
Lo había conversado con sus superiores. Algunos instructores dijeron que serviría para reconocerla, cuando estuviese cometiendo alguna equivocación en el aire.
Otros le pidieron que fuese más cauta, porque Chile se había declarado neutral durante la guerra.
Nadie fue concluyente. Como Margot prefería pedir perdón antes que permiso, decidió acudir a su primer día en el 15 Ferry Flight con su CHILE bien puesto.
—¡Chile! Qué gusto tenerla de vuelta —exclamó Maureen Dunlop, que se arrojó a los brazos de la chilena.
Maureen era una muchacha dulce, delgada y de tez muy blanca, algo ojerosa.
Margot la recordaba frágil de salud, pero fuerte en espíritu.
Era una inglesa nacida y criada en Argentina.
Su acento trasandino le resultaba especialmente agradable a la chilena.
La joven no había cruzado el Atlántico junto a ella, se había incorporado poco tiempo después al Ferry en el que Margot había llegado a servir.
Tenía grandes dotes de aviadora. Se habían caído bien al comienzo, pero la amistad no había prosperado mucho.
—¿Usted se acuerda de mí?
—¡Pero claro, Chile! ¡Imposible olvidarme de sus hazañas!
El abrazo había sido sincero. Margot sonrió y luego empezó a saludar a todas sus excompañeras. Con unas cuantas había cruzado pocas palabras, básicamente por la barrera idiomática, pero ahora les sacó unas risas a Honor Salmon, Margot Gore y Grace Stevenson, quienes apenas la habían mirado antes.
—¿Tiene nuevo grado, Chile? —preguntó Jackie Sorour, quien también le dio un abrazo muy apretado.
Margot se miró el hombro y sonrió con orgullo.
—¡Siempre!
—A la comandante no le va a gustar demasiado —comentó Anna Leska.
La chilena notó que la voz de Anna ya no sonaba tan grave como antes, aunque el acento polaco seguía dificultándole comprender de inmediato sus palabras.
—El instructor Rochford dijo que me lo gané.
—Dudo que la comandante Gower lo entienda así.
—¿Está diciendo que Gower es intransigente?
—¡Señoritas! —la voz de Lettice Curtis irrumpió en el lugar y llamó al orden.
La estadounidense pegó en un diario mural el papel con las misiones del día, y cada piloto se acercó a ver su itinerario.
Las del ferry que quedasen disponibles podían matar el tiempo jugando en la mesa de billar.
Las otras irían a los hangares para sacar los aviones que debían llevar a las diferentes bases del país o bien al taxi aéreo que las llevaría a alguna fábrica a buscar algún avión recién estrenado.
Avanzó con una sonrisa en el rostro y buscó su nombre. Muy pronto perdió la alegría.
—¿Sucede algo, Chile?
Lettice Curtis solía hablar con Margot, nunca la había evitado. Pero, de pronto, sintió una escarcha colarse en pleno verano. Miró la hoja con las órdenes y luego a la cadete.
—Eso es porque no está.
Dio media vuelta para salir de la sala.
—Tampoco está entre las pilotos que quedan disponibles al llamado —añadió Curtis.
—Muy perspicaz... —respondió Margot.
Intentó avanzar hacia la salida.
—¿Hice algo mal, miss Curtis?
La primer oficial volteó y caminó hacia Margot. Se detuvo frente a ella, la miró a los ojos y luego le miró el hombro.
—Usted no ha aprobado su examen, Chile. No tendrá órdenes hasta que lo logre.
—Y entonces ¿por qué estoy en el Ferry?
—Porque tampoco es alumna de la escuela. Digamos que está en algo así como un área gris. —Lettice volvió a mirar a Margot por sobre el hombro—. Le recomiendo acercarse al hangar con los instructores. Usted debería estar empezando los country que nunca hizo.
Lettice dio media vuelta, caminó hasta la salida y puso la mano sobre el pomo de la puerta. Antes de girarlo, volteó.
—Bonito el parche en su hombro. No vaya a dejar que algún francés lo vea...
Al salir, dejó a Margot con un sabor amargo en la boca. Maureen se acercó a la chilena y le dio un golpecito en el hombro y se despidió antes de partir a su misión.
Margot vio como la sala se fue vaciando de a poco, hasta que el sonido del golpe de las bolas de billar fue todo lo que pudo escuchar.
✰✰✰
Los Miles Magister estaban alineados junto a la pista.
Eran al menos cinco. Todos tenían los motores encendidos, aunque estaban inmóviles.
Margot revisó el que exhibía la matrícula L 8068 y pasó sus manos por el fuselaje.
Rochford la observaba desde una caseta, con binoculares.
Había dado las instrucciones hacía pocos minutos y los cadetes ya tenían luz verde para despegar.
Luton, Honington, Cambridge, Luton era la ruta del country.
Margot había tenido poco tiempo para estudiarla.
Nunca había volado hacia el este, pero decidió que era muy tarde para preocuparse.
Subió al ala del avión y caminó hasta la cabina, donde de un salto se montó en el asiento.
Rodar y despegar era lo fácil, una rutina.
Mantener altitud y maniobrar la aeronave tampoco era difícil.
Pero mirar hacia abajo y leer el terreno seguía siendo el desafío.
Margot respiraba agitada. Sentía el viento en el rostro y, aunque el sol estaba en medio del cielo, tenía frío.
De vez en cuando, miraba de reojo el compás magnético.
No alcanzaba a leerlo, pero se había acostumbrado a identificar la aguja por las manchas que señalaban la ubicación.
De alguna manera, su problema de vista ya no era una desventaja y menos siguiendo la ruta del crucero, que era casi una línea recta.
Cuando sobrevoló Cambridge, Margot pensó que los cruceros se habían vuelto fáciles.
Miró hacia la ciudad y saludó con una mano, luego sonrió.
Sacó del bolsillo de su traje de vuelo la carta de navegación impresa y la abrió.
La afirmó con ambas manos. El avión se sacudió un momento, debido al viento, pero siguió volando.
La piloto leyó la carta, asintió y la guardó.
Puso las manos en la palanca de dirección y corrigió levemente el rumbo, para seguir dejando atrás los grandes parches de hierba que se iban sucediendo.
Hacía mucho que Margot no tenía un vuelo tan tranquilo.
Honington era otra cosa, un pequeño aeródromo con la pista atravesada de este a oeste.
Apenas lo podía divisar desde la altura.
Margot modificó la dirección y cambió de rumbo, para emprender el vuelo de regreso a Luton.
Habían pasado diez minutos cuando Margot necesitó afinar el ojo.
El terreno a sus pies lucía diferente y no era por la iluminación de la tarde.
Acababa de pasar un bosque que no recordaba y en el horizonte se veía otro más grande, por sobre el que tampoco había volado.
Miró de reojo el compás magnético, pero no logró hacer foco para distinguir la aguja.
Sacó la carta de navegación, pero ni siquiera logró abrirla cuando el viento se la arrancó de las manos y la mandó al piso.
Le sudaron las manos. Los fantasmas de sus countries anteriores se asomaron en su cabeza.
Se le apretó el pecho. Hiperventiló por unos segundos, mientras bajo sus alas pasaban terrenos desconocidos.
Entró en pánico cuando, en el horizonte, asomó algo muy parecido al océano. Margot había equivocado el rumbo.
Respiró profundo una vez, para intentar calmarse.
Lo repitió un par de veces más. Fue suficiente para volver a sentir el corazón a ritmo normal.
Apretó el bastón de mando y comenzó a corregir la dirección.
No fue difícil, puso a su espalda el bosque y espero a que el aeródromo de Honington apareciera.
Cuando lo hizo, lo rodeó dos veces. Miró al sol, miró las carreteras dibujadas en el terreno y enmendó el rumbo.
Avanzó por varios minutos muy atenta al paisaje.
Tenía los hombros apretados y el cuello tenso.
De pronto, Cambridge apareció ante sus ojos y al fin su cuerpo dejó de ser un nudo.
Sonrió, soltó un par de carcajadas y zapateó de alegría.
Se relajó en el asiento del avión, como un chocolate que se derrite al sol.
El Maggie de Margot apareció en el horizonte. Le hicieron espacio en la pista y, segundos después, estaba posando las ruedas sobre el pasto. Cuando terminó de rodar hasta su posición junto a los hangares, Margot salió de la cabina, se echó al hombro su paracaídas y de un salto llegó a tierra.
—Diez minutos tarde, Chile.
—Mejor llegar entera que primera, ¿no? —contestó la piloto mientras se sacaba el gorro de cuero.
El instructor Rochford contuvo la tentación de reírse.
—Buen trabajo, Chile. Treinta más de estos y estará lista.
Caminar de regreso a la sala del Ferry N°15 nunca había sido tan agradable para Margot.