El cielo me llama XXXIV #2
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XXXIV #2

—Hoy está más callado que de costumbre —señaló la piloto, antes de que el edificio de la escuela se les viniera encima.

—No tengo nada que decirle —respondió seco el instructor.

—¿Nada?

Paddington meneó la cabeza.

—¿Ni una corrección? ¿Algún consejo? ¿Recomendación?

—Nada.

Ella se enfrió. Sintió que una nube había desatado una tormenta sobre su cabeza. Sintió hielo escurriendo por sus brazos y la espalda.

—¿Tan mal lo he estado haciendo?

No hubo respuesta, ni siquiera una mueca. Ni una mirada, nada en absoluto.

La joven se quedó unos pasos atrás. Después aceleró para cortarle la caminata a su instructor, quien la miró por primera vez con severidad.

—¿Se volvió loca? —espetó Paddington-Leigh.

—No más que la última vez, instructor. Necesito que me diga algo.

—¿Tanto duda usted de sus capacidades, Chile?

—De mis capacidades no dudo... —respondió ella.

—Entonces duda de las mías.

—No dije eso...

—¿Y qué es lo que dijo?

—Que no puedo fallar. No otra vez, señor. Espero que me entienda.

Paddington-Leigh intentó avanzar al ver el rostro descompuesto de la cadete, pero Margot le cerró de nuevo el paso. Parecían dos bailarines en una pista de baile.

—No tengo nada más que enseñarle, Chile. Usted ya domina ese avión. Nada más, salvo una cosa. Elimine de una vez sus inseguridades, si quiere ponerse atrás del timón de una máquina como las que tendrá que volar en ATA. El Maggie es juego de niños comparado con esos aviones.

—El Maggie es suficiente para volar cazas, señor —porfió Margot.

—Siga diciéndose eso, Chile, y se va a quedar con los pies en la tierra para siempre. Ahora déjeme ir a mi oficina a redactar el informe. Si logro entregarlo antes de la hora del té, usted estará pasando a un curso más avanzado mañana mismo.

El rostro de la chilena se iluminó y se quitó de inmediato del camino del instructor, quien se alejó rumbo al edificio del EFTS a paso largo. Pero apenas lo vio perderse tras la mampara principal, los demonios volvieron a tomarse su cabeza.

✰✰✰

Llegar a casa con el cuerpo molido. Sentir el hambre apretándole el estómago.

Caminar hacia la casa casi por inercia, como flotando, sostenida por el aroma del estofado que la señora Bush había vuelto a preparar con ingredientes frescos.

Abrazar a la dueña de casa y a sus dos hijos.

Jugar con ellos. Tomar el baño. Enterarse de que por otro día no había carta del esposo en la guerra.

Estómago apretado, angustia. La rutina que se repetía y, aun así, sentirse como en casa.

✰✰✰

—¡Desista, Duhalde! ¡Usted no puede!

Margot tenía la mandíbula apretada, las manos bien puestas en la palanca de potencia de la cabina del Hawker Hart.

Se trataba de un biplano espléndido, con un motor que parecía un dardo en la punta de una nariz aguda.

Había sido diseñado por la Hawker Aircraft a finales de 1920, como un bombardero ligero, pero su estética y su aerodinámica poco tenían que envidiarles a la de los grandes cazas que estaban sacando adelante la batalla de Inglaterra.

El problema lo tenía dentro del fuselaje.

Su motor V12, desarrollado por la Rolls-Royce, era capaz de generar unos increíbles seiscientos dieciséis caballos de fuerza.

Era, sin duda, el avión más potente que había pasado por las manos de Margot, pero estaba lejos de los más de mil caballos de fuerza del Spitfire.

El Hart estaba obsoleto, y aun así era una bestia.

—¡Usted no puede, Duhalde! ¿Para qué molestarse?

La voz del primer oficial Rochford se proyectaba a través de un megáfono de latón, que alguna vez había estado pintado de color rojo.

El hombre dirigía las evaluaciones desde un costado de la pista en el aeródromo de Luton y se lanzaba a la yugular de los pilotos incapaces de maniobrar el Hart en tierra.

Era el tercer intento de rodado de Margot y la tercera vez que el viento cruzado le impedía mantener firme el rumbo para acercarse a la velocidad de despegue.

Voltear y devolverse al inicio de la pista tampoco era una tarea fácil.

El patín de cola no se anclaba en la pista y los trenes de aterrizaje delgados bailaban demasiado en las imperfecciones del terreno.

Era una pesadilla cuando el avión agarraba velocidad, porque parecía que se iba a desarmar y salir disparado hacia cualquier parte.

La joven dejó la cabina mordiendo la rabia. Rochford seguía gritando, entusiasmado por su fracaso.

—¿Quién carajos es Duhalde? —preguntó una cadete que esperaba su turno.

—Yo soy Margot Duhalde.

La cadete que había preguntado y todas las demás quedaron impactadas.

—¿Pero no te llamas Chile?

—Chile es el lugar desde donde vengo —respondió Margot.

Los murmullos se convirtieron en barullo. El tumulto exasperó a Rochford, que abandonó su posición de observador y se acercó al lote.

—¿Qué alboroto está causando, Duhalde?

—Puede llamarme Chile, primer oficial Rochford —dijo Margot.

—¿Chile? El nombre de ese lindo país le queda grande a gente como usted, cadete.

—Es el nombre que llevo con orgullo, instructor.

—¿Orgullo? Dudo que a la gente de su tierra le enorgullezca verla fracasar y fracasar.

—Estoy intentando...

—Volar un Hart es requisito mínimo para esta escuela de entrenamiento. Esto va para usted, Duhalde, y para todas las que pretenden ser pilotos de guerra algún día. Ninguna tiene derecho a llevar esas alas en el pecho, si no logra despegar esa belleza de la tierra.

Margot y las otras cadetes masticaron su frustración apenas el instructor hizo un poco de silencio. En la pista, otra cadete fracasaba en su intento de mover el avión.

—Llevamos cuatro horas intentando dominar un avión y no veo avances —gritó Rochford—. ¡Ustedes me hacen perder el tiempo, señoritas!

—Es un avión obsoleto, instructor —contestó una cadete, al borde de la furia.

—¡Y aun así no son capaces de volarlo! ¿Cómo van a mover, entonces, un avión recién salido de fábrica?

Silencio. Algunas mandíbulas aflojaron. Las cadetes buscaron consuelo mirando el suelo disparejo bajo sus pies. Margot no soltó su rabia.

—Duhalde, ¿lo va a intentar de nuevo o va a desistir?

Margot tragó saliva. Le temblaban las manos, le dolía el cuerpo y una jaqueca empezaba a molestar entre medio de sus ojos.

—¡¿Duhalde?!

—¡Mi nombre es Chile, instructor!

—¡Suba el trasero a ese avión y gánese su nombre, maldita sea! ¡Haga sentir orgullosos a sus compatriotas al otro lado del mundo! —respondió el instructor con acritud.

Margot apretó los puños y se puso el gorro de cuero. Caminó decidida hacia el Hart, sin dejarse intimidar por su aspecto de dardo. Se montó en la cabina y alistó los instrumentos. Metió potencia y sintió cómo el avión bailaba bajo ella, soltó el freno para comenzar a rodar rumbo a la pista.

Una ráfaga de viento la desvió de curso, pero se aferró al timón con todas sus fuerzas para mantenerlo estable.

La cola del avión bailaba como una veleta, pero siguió avanzando, arrastrando el patín.

Margot pensó en los bigotes de su antiguo instructor, sintió el viento, escuchó un susurro y aceleró al máximo.

Al comienzo, el avión patinó, pero al pasar cierta velocidad dejó de hacerlo.

El viento obligó a Margot a ponerse los anteojos, pero la mano firme que quedó en la palanca del avión no cedió ni un milímetro.

Sin más, jaló hacia atrás y levantó la nariz de la aeronave, que rugió como dragón herido y se encumbró hasta más allá de las nubes.

—¡Me llamo Chile, maldito imbécil!

El viento, las nubes y el avión fueron testigos de su arrebato.

Se perdió la algarabía en tierra, pero desde el aire, al hacer un vuelo bajo, pudo ver los brazos alzados de sus compañeras de clase.

Estaban celebrando a la primera que dominaba al Hart.

Tampoco pudo ver la sonrisa en el rostro de Rochford, ni cómo asintió al ver las agallas de Chile.