El cielo me llama XXXIV
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XXXIV

La moto del soldado a cargo de la entrega de las órdenes por correo recorrió el pastizal y atravesó la zona que los aviones usaban para despegar y aterrizar.

Había pocos vuelos, a pesar de que el día estaba despejado.

Margot lo vio llegar, bajarse de la moto y echar mano a un bolso de cuero desde donde extrajo cuatro sobres.

Los revisó uno por uno y miró hacia todos lados, hasta que divisó a Stanley, a quien le entregó en la mano las órdenes del día.

No intercambió palabras, ni siquiera una sonrisa.

Volvió a su moto y emprendió el camino hacia los hangares más lejanos.

Stanley volvió a leer los nombres y guardó uno en su bolsillo. Entregó dos a Patrick y luego levantó la vista para mirar hacia todas partes. Se rascó la sien.

—¿Quién es Margot Duhalde? —preguntó voz al cuello.

—¡Chile! —contestaron a coro algunas voces indeterminadas.

Stanley echó una carcajada. Acababa de caer en cuenta de que había trabajado supervisando a la muchacha por tres meses y nunca le había preguntado el nombre.

Sintió un dejo de tristeza. Así venían siendo las cosas desde que estalló la guerra.

Muchos de los mecánicos, él incluido, habían aprendido a llevar relaciones superficiales, pues se habían cansado de enterrar amigos o, simplemente, dejar de verlos regresar desde el frente.

Cuando tuvo la orden en sus manos la miró por un rato largo. Estaba inmóvil. La sostenía algo temblorosa, no se atrevía a abrirla.

—No es una carta de casa, Chile.

Las palabras de Stanley no la tranquilizaron. Era verdad, había tenido mala suerte con las cartas familiares. Pero con las órdenes tampoco le había ido mucho mejor. La última anunciaba su baja.

—Ya fue... —se dijo, suspirando. Acto seguido rompió el sello y leyó.

Había sido aceptada de regreso en la escuela de vuelo elemental.

—¿Buenas noticias? —preguntó el supervisor, con una sonrisa en el rostro.

—Me voy de regreso a Luton, jefe.

—Supongo que tengo los detalles en esta carta que acabo de guardar.

Margot asintió más por instinto que por certeza. Llenó de aire sus pulmones, como si los estuviera limpiando. Se mantuvo frente a su supervisor con ganas de cuadrarse, pero los mecánicos eran menos formales que los demás trabajadores del aeródromo.

—Ha sido un honor ser uno de sus mecánicos, señor —dijo Margot.

—Ha sido un honor instruirla, cadete.

Era cierto. Con su reincorporación a las filas del Air Transport Auxiliary, se había ganado el derecho a volver a vestir el uniforme azul que tanto amaba.

Ya podía coserle en el pecho las alas doradas y lucir en los hombros la delgada línea amarilla, que la enaltecía como piloto en instrucción.

El corazón le palpitó a mil, incluso cuando se quitó el overol y lo dejó colgado en su casillero, y cuando vació sus cosas del estante y las puso en una caja.

También cuando caminó hacia el capitán Douglas Fairweather, que la esperaba en su avión taxi, con una sonrisa ancha en el rostro, listo para entregarla en el aeródromo donde por fin se podría convertir en una piloto de guerra.

✰✰✰

Margot volaba en su Miles Magister rumbo al aeródromo de Barton, donde varias veces le había tocado pasar la noche.

Miraba constantemente el terreno. Leía los caminos y las vías férreas.

Ese aeródromo estaba cerca de Liverpool.

De alguna manera, sus viajes acompañando al capitán Fairweather le habían servido para familiarizarse con el terreno.

Aunque Chester quedaba mucho más cerca, se había acostumbrado a reconocer en el horizonte el triángulo que formaban los manchones de Chester, Manchester y Liverpool.

Barton quedaba justo entre las dos ciudades más grandes.

Tenía una pista que parecía un manchón de hierba que se derramaba horizontalmente hacia Gales, como si de un río lodoso se tratase.

La chilena solía divisarlo varios minutos antes de hacer su aproximación y se le llenaba el pecho de orgullo.

Los retos de Fairweather habían valido la pena.

Lo mismo que las clases de navegación, que había tenido de forma clandestina con el First Officer Corrie, a quien le faltaba un brazo.

A Margot le provocaba nerviosismo verlo volar, aunque el piloto siempre se las arreglaba para hacer maniobras que hasta a ella le costaban tanto.

—Prepare el aterrizaje —dijo el instructor Paddington-Leigh sin voltear.

Ella iba hipnotizada por el bigote del primer oficial.

Lo usaba tan largo que, con el viento, asomaba por cada lado de su cabeza y se mecía como una bandera fina.

La chilena se decía que podía adivinar la dirección y velocidad del viento solo con mirarle los bigotes al instructor Paddington-Leigh.

En cierta forma, le facilitaba el vuelo, aunque ella estaba segura de que esa no era la intención del aviador.

El instructor insistió en la orden, señalando con sus manos.

Margot no respondió, había entendido a la primera.

Habían volado ya varias veces desde que ella se reincorporó a la escuela de vuelo.

Era un hombre espigado, de contextura delgada.

Parecía vestir el uniforme como si fuese una segunda piel.

Sus maneras eran torpes, pero gentiles en las palabras.

Sus bigotes enormes ocultaban casi por completo su boca, por lo que costaba notar cuando sonreía.

Margot sabía que había que mirar sus ojos para leer su humor.

Margot corrigió su rumbo y chequeó la altitud.

Apenas estuvo en dirección a la pista activó los flaps y comenzó a reducir la potencia para preparar el aterrizaje.

Descendió con el timón firme entre las manos para asegurar la estabilidad del avión.

Miraba seguido sobre sus alas y la nariz de la aeronave.

Pronunció el descenso y comenzó a ver pasar por el rabillo del ojo los pastos de la campiña, difusos por la velocidad, hasta que hizo contacto en tres puntos con las ruedas principales.

Luego rodó lo suficiente como para bajar la velocidad y dejar el avión a un costado de la pista.

—Revise combustible.

Miró el indicador y notó que tenía poco más de medio estanque.

—Despegue, vamos otra vez.

La joven no titubeó. Se había acostumbrado a las instrucciones secas de Paddington-Leigh. Aceleró el motor y comenzó a rodar a la posición de despegue.

Era el cuarto vuelo del día.

✰✰✰

Margot llegaba a casa con el cuerpo molido.

Cuando el auto se detenía en el camino que la llevaba a la residencia de la señora Bush, se le activaba el hambre y comenzaban un concierto en su estómago.

Caminaba hacia la casa casi por inercia, como si flotase.

El aroma del estofado en la nariz la arrastraba hacia el interior, donde la esperaban sagradamente la dueña de casa y sus dos hijos.

Todos vestían de punta en blanco y le regalaban la mejor sonrisa que tenían.

Margot les devolvía el gesto con la energía que le quedaba.

—¿Va a bañarse antes de sentarse a cenar, querida? —preguntó la joven señora Bush, con una voz dulce, como de madre experimentada.

Los hijos pequeños de la dueña de casa estiraron sus bracitos, pidiéndole algo de cariño a Margot.

Ella no dudó un segundo en dárselos, esas sonrisas infantiles le recordaban demasiado a las de sus hermanos.

Veía a esos niños sin padre y se le apretaba el corazón.

Sabía que, al otro lado del océano, los pequeños Duhalde también sentían la ausencia del propio.

—Siempre es un agrado.

Apenas había terminado de jugar con los pequeños cuando la señora le avisó a Margot que la bañera estaba lista. Margot sintió felicidad y también algo de culpa. Ella ahí, mientras la guerra estaba recrudeciendo. Dejó la culpa de lado apenas metió el primer pie en el agua tibia.

Mrs. Bush era una mujer joven, casi de la edad de Ivonne Shreiner, de quien la chilena ya casi no tenía noticias.

Se había casado a la edad en que Margot había empezado a servir en la Francia Libre.

Tenía dos hijos hermosos, de seis y cuatro años.

El menor ni siquiera recordaba a su padre, más allá de alguna fotografía.

El señor Bush, como Margot le decía, porque no podía pronunciar bien su nombre, era un soldado oficial del Ejército Real, que estaba apostado en el frente de Medio Oriente.

La señora y él solían escribirse todas las semanas, pero habían pasado ya cuatro desde que no llegaban cartas suyas.

Eso había pasado antes, se consolaba la mujer, quien manejaba la ansiedad preparando comidas al gusto de Margot, preparándole baños y, a veces, hasta conciertos.

Margot solo podía agradecer, comer todo lo que le pudiesen dar y dormir en la habitación matrimonial, pues la dueña de casa, una excelente anfitriona, se la había cedido. En su vida Margot había dormido sobre sábanas más suaves que esas.

✰✰✰

Despegar de nuevo en el Maggie. Recorrer la pista acelerando al máximo, levantar la nariz con el timón, desactivar los flaps, sonreírle al viento.

La rutina se repetía decenas de veces. Era un movimiento mecánico, que se grababa en los músculos de Margot.

Procedimientos ya bien aprendidos y un instructor con los bigotes al viento que cada vez tenía menos que hacer en el aire, salvo señalar, cuando su experiencia así lo indicaba, que la cadete Duhalde, alias Chile, se había pasado de algún punto de control.

En el horizonte, Manchester, Liverpool y Chester, la pista de aterrizaje de Barton al medio, la nube de esmog en las ciudades industriales.

Sobre la cara, el viento frío y húmedo, a pesar del verano.

Esta vez, no hubo señal del instructor, solo una corrección de dirección de la piloto, un mirar de reojo hacia la tierra y ver la carretera, alinear el avión para quedar frente a la pista.

Luego, descender, poner flaps, asegurar el timón para mantener la estabilidad, bajar la potencia, tocar tierra con los trenes principales, hacer contacto de tres puntos, carretear hasta bajar la velocidad, detenerse.

Recibir una aprobación con la cabeza solo para volver a despegar, hasta que se acabase el combustible en Luton.

Margot y Paddington-Leigh caminaban por el aeródromo.

Ambos vestían sus trajes de vuelo. Él llevaba las manos atadas a la espalda y mantenía el paso largo.

Ella quería meterse las manos en el bolsillo de la chaqueta; su zancada era más corta, pero más apresurada.

Ninguno había abierto la boca desde que habían bajado del avión. Margot intentaba hacer contacto visual.