El cielo me llama XXXIII
73%

XXXIII

Margot llevaba horas al interior de la cabina del Oxford AS 10.

Estaba recostada en el asiento, con los pies sobre el panel de mando y la mirada perdida en las nubes que cruzaban el cielo, al otro lado del cristal de la cabina.

En sus manos descansaba una pila de cartas amarillentas.

Una lágrima rodó por su mejilla. En su vida, Margot había leído muchas cartas y de toda índole, tema o asunto.

Desde las que solían mandar las monjas de su colegio para quejarse con sus padres hasta las que intercambiaba con Odette Magnet, cuando tuvo que partir desde Río Bueno a Santiago.

Esas eran las más parecidas a la que acababa de leer.

Llenas de nostalgia, un poco de pena, dolor adolescente, lleno de ímpetu y atrevimiento, pero sinceras.

La había recibido hacía cinco días, pero solo la leyó dos días después. No había parado de llorar cada vez que recordaba su contenido. En su pecho se cavó un agujero. No era capaz de comer ni beber. Ni siquiera volando con sus instructores improvisados podía consolarse.

—Tenía que llegar ahora... —pensó.

Echó una nueva mirada al cielo. Afuera, los aviones realizaban sus circuitos de entrenamiento y los bombarderos Mosquito volaban para unirse a los escuadrones operativos en el frente.

Margot los había visto entrar en servicio.

Primero en el escuadrón de reconocimiento fotográfico y hacía pocos meses habían comenzado a destacar en los de bombardeo.

Le palpitaba el corazón cada vez que oía su zumbido agudo.

Se intentaba imaginar instalada en la cabina, pero no lograba concretarlo.

Reculaba, le temblaban las manos, se le llenaba el estómago de nervios.

Miró a un costado y vio el libro de cubierta blanca que había estado estudiando la última semana.

Intentaba aprender a qué correspondía cada interruptor en el panel del Miles Magister, qué indicaba cada aguja que se movía dentro del vidrio y cada switch que, decía el manual, había que activar.

Pero no había caso. Los memorizaba al principio del día y para la hora de almuerzo ya se habían ido junto con las lágrimas.

Volvió a pensar en la carta, en el trazado tembloroso de su madre, en las pequeñas manchas redondas cerca de la esquina. Parecían rastros de llanto más que gotas del perfume que ella solía usar para el papel.

—¿Tenías que hacerlo justo ahora, papá?

Se limpió una lágrima con la mano derecha, mientras apretaba la carta contra su pecho con la izquierda. Después se hizo pequeña en el asiento y se hundió en él.

—¡Hey, Chile! ¿Está por ahí?

La voz de uno de sus compañeros mecánicos la hizo saltar del asiento. Se acomodó como pudo y metió la carta arrugada dentro del overol. Se arregló el pelo, respiró profundo y se limpió las lágrimas.

—¿Chile?

—Acá estoy... —respondió la chilena.

Miró por el cristal para ver quién la buscaba e intentó sonreírle. El mecánico apretó los labios y se metió al avión taxi.

—¿Le gusta el Airspeed? Lo ha estado frecuentando mucho en el último tiempo.

—Me da tranquilidad —dijo ella.

—¿Quiere ser piloto de avión taxi? —el mecánico hizo una mueca—. Pensé que lo suyo eran más los aviones de guerra.

—Estos aviones también están sirviendo para la guerra. —Margot evitó mirar de frente al mecánico, que se acercaba—. Pero, claro, yo no aspiro a un bimotor.

—Tiene los ojos rojos, Chile —señaló el mecánico, después de dejar pasar un momento en silencio.

—Estaba durmiendo la siesta.

—¿Y las lágrimas cómo las disimula?

Margot hizo un puchero. Se había cansado de esconder la pena.

—Es solo una carta que he recibido —le respondió.

—¿Algún amigo piloto?

—No. Viene de muy lejos.

—¿Del frente africano? Supe que los franceses siguen peleando por allá.

—Más lejos todavía. —Margot bajó la vista y sacó la carta de entre sus ropas. La extendió al mecánico que leyó la dirección de remitente.

—No entiendo su idioma, pero pienso que una noticia tan lejana no debería tener el poder de arruinarle una semana tan importante, Chile. La he visto escondida llorando en la cabina de este avión más que en el taller mecánico.

La chilena no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte a través de la ventanilla. Ya no lloraba, pero le quedaba uno que otro sollozo en el pecho.

—Vamos, Chile. Los muchachos del taller trajeron comida para hacer un pícnic en el campo. Únase.

Por fin una sonrisa apareció en el rostro de la chilena. No tardaron en dejar atrás el Airspeed y caminar hacia una zona de césped unos doscientos metros cuadrados, donde unas cuantas personas descansaban disfrutando del sol. El edificio de la Advanced Flying Training School les hacía de fondo.

—¿Entonces solo era una carta, Chile? —se animó a preguntar Stanley, el segundo a bordo de la Oxford Bay, mientras engullía un sándwich de huevo.

—Sí, una de mi madre —dijo Margot.

—Pensamos que había perdido a alguien en batalla —agregó Patrick, otro mecánico.

—No, ¿cómo se le ocurre? Ni Dios lo quiera —Margot se persignó. Lo hizo más por reflejo que por verdadera creencia. Algo de la culpa cristiana todavía quedaba en su interior—. Mi padre abandonó a mi madre.

Hubo silencio entre los cinco amigos que compartían el almuerzo. Uno de ellos se aclaró la garganta. Margot no alcanzó a notar quién lo hizo, porque todos estaban mirando hacia diferentes horizontes.

—Eso es muy triste, Chile.

—Lo es. Para ella y sus once hijos.

—Creo que tiene derecho a llorar. Si no es de pena, al menos de impotencia.

—¿Usted cree? —respondió la muchacha. Digo, no es que haya caído en el frente o que no vaya a regresar nunca a casa, ni que tengan que enterrar un cajón vacío porque su cuerpo no pudo ser recuperado desde el frente. Siento que no tengo derecho a estar triste por menos que eso.

—Todas las tristezas son válidas, Chile. No es necesario ponerlas a competir entre sí —intentó concluir John, mientras encendía una pipa—. Un padre que abandona lo hace por elección, no así un soldado caído.

Los demás mecánicos asintieron. De alguna manera, sintieron que todos en Inglaterra conocían el dolor del que se hablaba, pues quienes no habían perdido a alguien en el frente, conocían a alguien que sí. La muerte estaba a un paso de distancia de ellos.

—Supongo que no le quedó otra. Mi padre es una buena persona.

—¿Fue el que la inscribió en la escuela de vuelo?

—Y también el que me acompañó al tren para venir a Europa.

—Un hombre noble —comentó alguien.

—Más bien lo hizo por la ruina. No me lo dijo entonces, pero mi familia perdió su fortuna por una estafa. Eso, en parte, es también el motivo por el que abandonó a la familia.

—¿Arruinados y abandonados? Su historia no está mejorando, Chile.

John dio una bocanada a la pipa y la pasó a Stanley, quien bebió un sorbo de agua antes de darle una probada al tabaco. Margot sonrió, pero le duró poco. El silencio se alargó por varios minutos, interrumpido de forma intermitente por los motores de los aviones surcando el cielo.

—Land of soup and water, Hitler’s having a bath —comenzó a cantar Patrick, con un tono grave—. Churhill’s looking through the keyhole...

—Hitler has only got one ball! —le siguió Stanley, al reconocer la canción. John comenzó a tararear sin sacarse la pipa de la boca.

Al rato todos, salvo Margot, cantaban la canción. Ella acompañaba con una sonrisa en la cara y sus mejillas coloradas.

—Vamos, Chile, únase —dijo Patrick, con entusiasmo. Margot se negó entre risas, pero la insistencia fue férrea.

—¿Es una canción picaresca? ¡Reconozco esas palabras! —Margot intentó defenderse entre carcajadas, pero las risas de sus amigos fueron más fuertes—. ¡Estas me las enseñaban las mujeres allá en el otro taller! ¡Esas brujas!

—¡Acá está entre amigos, Chile!

No pasó mucho rato para que el entusiasmo terminara de contagiarse, con la canción Hitler’s has only got one ball. El campo entero la cantaba, incluyendo la chilena que hasta la bailaba.

—Göring has only got one ball, Hitler’s are so very small, Himmler’s so very similar, and Goebbels has no balls at all...

La voz de Margot sobresalía entre los pocos que quedaban cantando. Del grupo original, los mecánicos que comenzaron el alboroto, ninguno seguía. Stanley intentaba hacerle algunas señas a Margot.

—Hitler’s has only got one ball, the other is in the Albert Hall. His mother, the dirty bugger, cut off the other, when he was only small...

Margot abrió los ojos cuando escuchó su voz en solitario.

Vio a Stanley señalando hacia su espalda, con una sonrisa incómoda en el rostro.

Cuando Margot volteó, se topó con el comandante McMillard y sus instructores.

Hubo silencio, algunos murmullos y luego una carcajada, que reanudó toda la actividad a las afueras de la escuela de vuelo.

—Veo que ya aprendió inglés, Margot —dijo entre risas el comandante, mientras agitaba la mano señalando a la chilena sin quitarle la vista de encima—. Ya me muero de ganas de verla en los exámenes, sin duda que sí.

Se alejó riendo, rumbo al casino. Margot no lograba entender si lo que había pasado había sido algo malo o algo bueno.

Luton – 1942 –