El cielo me llama XXXII #3
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XXXII #3

Mientras, Fairweather le hablaba. Le gustaba contar anécdotas de sus años como cadete, pero a Margot las que le encantaban eran las historias de su niñez en Glasgow.

Se reía tanto que temía perder la cuenta.

Ciento cuarenta vueltas después terminó de subir el segundo tren de aterrizaje.

Esas sí las contó bien. Regresó al asiento del copiloto y contempló el paisaje.

Inglaterra parecía un gran edredón compuesto por diversos paños de tela.

Era un terreno lleno de cicatrices. El capitán señaló los puntos de referencia.

—¿Se va a animar a hacerlo? —dijo.

Había pasado poco más de una hora de vuelo. Margot se había perdido mirando las campiñas, el horizonte y, sobre todo, las nubes en el cielo. Parecían cambiar de colores a medida que el sol iba cayendo hacia el oeste.

Las lecciones habían terminado, pero por el rabillo del ojo Douglas Fairweather pudo ver cómo, de vez en cuando, los ojos de Margot también se quedaban pegados en los controles. Era como si los relojes en el panel la tuviesen hipnotizada. Margot respondió con una risotada.

—Oiga, capitán, usted está loco.

—Su timón está desconectado. Pero, si pone las manos ahí, yo le desbloqueo el mando.

—Prefiero que no... —dijo la chiquilla.

Fairweather levantó las cejas y dibujó en su rostro una sonrisa. Sus dientes eran amarillentos. A pesar de las ojeras, su rostro se iluminó.

—¿Acaso la gran Chile le tiene miedo a un bimotor? ¡Estas cosas casi se vuelan solas!

—Todavía no tengo la licencia, o el grado —dijo ella.

—Es mecánica, Chile, no tiene ningún grado.

—Con mayor razón, pues. No pienso poner las manos sobre este aparato.

El capitán asintió y se quedó en silencio por algunos minutos.

—Mi esposa me dijo una vez que usted tenía casi todo para convertirse en una gran piloto, pero que primero tenía que perder sus miedos.

—Fairweather miró a Margot, ella no le devolvió la mirada—.

Margaret puede ser muchas cosas, pero no suele equivocarse al leer a las personas. ¿A qué le tiene miedo, Chile?

—¿Esa es la A483?

El capitán miró por su ventanilla y vio la ruta perderse por debajo del avión.

—¿Por qué lo dice?

—Porque, si lo es, estamos cerca. Es la que llega a Chester.

—¿Y cómo voy de ruta, entonces? —preguntó el capitán.

—Deberíamos corregir la altitud. Ahí al fondo se ve Chester.

—Casi. Eso de allá es muy grande, es Liverpool —dijo él.

Margot asintió, el brillo del mar se veía en el horizonte.

—Siga la ruta. Deberíamos ver un poblado menor que ese al fondo. Hay una vía que corta la A483 y pone rumbo hacia Hawarden. Pero sí, tiene razón. Ya deberíamos comenzar a preparar la aproximación.

El capitán mantuvo la mirada sobre Margot, quien continuaba buscando la ruta que cortase la autopista. Cuando la chilena se topó con los ojos del hombre volvió a refunfuñar.

Ciento cuarenta vueltas a la manivela por cada rueda y los trenes de aterrizaje ya estaban abajo.

El avión estaba listo para aterrizar. Una vez en el aeródromo, dejaron el avión a cubierto.

Faltaban algunos minutos para el servicio y el cielo ya estaba tornándose de un color violeta.

Ambos tripulantes comenzaban a sentir hambre.

—No es miedo, mi capitán —afirmó Margot.

—¿Cómo dice?

—Sobre lo que me preguntó allá arriba, capitán. No es miedo —Margot hizo una pausa—. Es solo que no me veo capaz de elevar una de esas bestias de dos motores. No me he matado en los que tienen un motor de pura suerte. No pienso aumentar mis opciones sumando otro par de hélices.

Douglas Fairweather apretó los labios. Hizo una mueca y se metió las manos en el bolsillo de la chaqueta. Luego meneo la cabeza y suspiró.

—Nadie se pone las alas doradas al pecho para no terminar ascendiendo en su carrera, Margot.

La chilena sintió la pronunciación de su nombre como un martillazo en la cabeza. Se había acostumbrado a que todo el mundo la llamase Chile. Creyó que, si el capitán la llamaba Margot, era para marcar una distancia.

—Yo solo quiero volar Spitfires, capitán.

—Siga diciéndose eso, Margot —contestó él—. Es probable que la chiquilla que se bajó del trasatlántico hace más de un año termine encontrándole razón a su versión actual. O bien solo le dé un buen puñetazo en la cara.

Fairweather caminó de regreso a la aeronave y se quitó la chaqueta y el traje de vuelo. Quedó en su uniforme tradicional. Margot pensó en todas las capas de ropa que estaban escondiendo el sudor del verano.

—Deje el overol en el avión, Chile. Aprovecharemos de ir al casino a cenar antes de que se acabe el rancho.

Margot quedó sin colores en el rostro y con la respiración entrecortada.

Él se devolvió a ver qué le pasaba a la muchacha.

Volvió a pedirle que se quitara el overol, al percatarse de que no había nada grave.

Ahora las mejillas de Margot comenzaron a cambiar hasta ponerse de un carmesí intenso.

La muchacha se subió el cierre del traje hasta el cuello.

—No me diga que...

—Ha estado haciendo mucho calor últimamente —dijo la muchacha.

—¿Cómo se le ocurre?

—¡Se me ocurre, pues!

El capitán estalló de risa. Había escuchado que algunas personas en verano solo vestían ropa interior bajo los overoles, pero nunca pensó que podía ser cierto.

El mundo podía estar en guerra, pero los ingleses no dejaban de lado la etiqueta.

Al casino solo se podía entrar en tenida formal o de uniforme.

—Vaya, al menos, a peinarse. Yo me encargo de conseguir el permiso para que pueda comer algo —le dijo.

Caminó rumbo al casino, se detuvo a medio camino y volteó a ver a la chiquilla.

—¿En qué está pensando, Chile?

Retomó su rumbo sin poder dejar de reírse.