El cielo me llama XXXII #2
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XXXII #2

Al final dejó ir el reclamo. Por alguna razón, la comida empezó a parecerle muy buena, caliente y reconfortante, de esas que no solo llenan la barriga, sino también el alma.

—Margot, ¿conoce usted la Oxford Bay? —preguntó Godwin, mientras recibía una taza de té de parte de miss Ramsey.

La chilena asintió. Había estado mirando esa zona durante los descansos.

Vio techos altos, espacios abiertos pero resguardados, y una línea de aviones más grandes que cualquier autobús, los De Havilland DH.

98 Mosquito—. Hable con el jefe del taller.

Es un buen hombre, seguro que acepta trasladarla hacia allá.

A Margot se le escapó un bufido. Lo disimuló soplando el té.

—Ahí no hay mujeres, Godwin —respondió.

—Precisamente por eso. Si su problema son las mecánicas, en la Oxford Bay, donde no las hay, se solucionaría —le dijo él.

—¿No ha pensado, Godwin, que hay un motivo por el cual no hay mujeres ahí?

—¿Superstición? ¿Insinúa que los mecánicos de la RAF son como los piratas, que no dejan a las mujeres abordar sus barcos?

—En realidad, pensaba en que esos aviones son unas moles intimidantes —reflexionó la chilena. Los Mossie, como se los conocía, estaban en ese momento entre los más rápidos del mundo.

—¡Tanto mejor! Usted va a ser la primera...

Margot sonrió ante la posibilidad que sugería Godwin.

—En el mejor de los casos, hasta podría volar esas máquinas —remató él.

El bufido de la chilena ahora era de incredulidad, más largo que el anterior y también más fuerte. Miss Ramsey se unió a la mesa con su propia taza de té y un panecillo.

—¿No ha pensado en volar esos? —preguntó la mujer.

—No, miss Ramsey. Esas cosas enormes me aterran —se sinceró Margot.

—No son tan complejos, Margot —dijo Godwin.

—Lo dice porque usted vuela aviones taxi todo el tiempo.

—¡Qué va, Margot! Lo digo porque los he volado para conseguir mi grado. Usted los dominaría en minutos.

Margot intentó verse en la cabina de un Mosquito. Hacía meses había soñado con uno. Cada vez que los veía surcar el aeródromo sentía cosquilleos. Pero estar cerca de ellos era otra cosa. Los veía toscos, grandes, pesados, con motores capaces de arrancar un árbol con su fuerza.

—A mí en verdad me interesan los Spitfire —continuó Margot.

—Eso es fácil, está a un paso.

Godwin expuso largo y tendido sus argumentos para explicar lo sencillo que le resultaría a Margot volar un DH.98 Mosquito. Siguieron contando anécdotas e incluso miss Ramsey relató algunas que había oído en boca de su marido y de su nuera.

Más tarde, Margot detuvo a Little Boy a los pies de la escalera que conducía a las habitaciones del segundo piso.

—¿En verdad piensa que me pueden recibir en Oxford Bay? —le preguntó.

—Solo pídalo, Margot. No lo piense tanto.

✰✰✰

Margot puso sobre su hombro la llave inglesa y dio dos pasos hacia atrás, para levantar la vista.

Contempló el motor radial que la Armstron Siddeley Cheetah había desarrollado para que los Airspeed Oxford AS 10 pudieran desarrollar sus impresionantes trescientos cuarenta caballos de fuerza.

Eran dos, uno montado sobre cada ala. Cuando los mirabas de frente, sus cilindros irradiando hacia afuera lucían como una estrella de siete puntas.

A Margot le fascinaba mirarlos. Las palas del motor habían sido fabricadas en De Havilland.

Las conocía bien y confiaba en sus dos metros cuarenta de diámetro.

A menudo, Margot se paraba al lado de un Airspeed, solo para darse cuenta de lo enormes que eran y así no perderles el respeto. Sonrió, dio otro paso atrás y asintió. Era un rito que hacía muy seguido en la Oxford Bay.

—¿Revisando el motor, Chile?

El capitán Douglas Fairweather había entrado a paso lento. Traía las manos en los bolsillos, su postura era relajada. Cuando Margot volteó a verlo se encontró con su enorme sonrisa entre las dos mejillas de una cara redonda. Sus profundas ojeras iban a tono con el cabello oscuro y corto.

—Sí, mi capitán —le contestó Margot—, estaba reconociendo algunas piezas.

Fairweather caminó hasta pararse al lado de la mujer. Como ella, levantó la vista para mirar el motor de estribor, frente al que estaba Margot de pie. No cruzaron las miradas, sino que compartieron la inspección visual por unos segundos.

—¿Chequeó el generador eléctrico, Chile?

Margot sonrió. Dejó la llave inglesa junto a la caja de herramientas que había arrastrado hasta su ubicación.

—Claro...

Fairweather levantó una ceja.

—Lo hubiese hecho si estuviésemos mirando el otro motor, capitán —respondió Margot.

El capitán sonrió y caminó hasta el ala de la aeronave. Era un hombre grande, en todos los sentidos. Le encantaba apoyarse en el ala y levantar los pies, para dejar caer todo su peso en ella y tratar de oír algún tipo de sonido. Cuando lo hacía, solía mover el fuselaje casi por completo.

—Me aseguré de revisar la bomba hidráulica. Parece estar funcionando sin problemas —añadió la muchacha.

—¿Por eso las manchas en su overol?

Margot se miró la ropa y vio las marcas de grasa. Hizo una mueca. Según ella, su ropa estaba bastante limpia, al menos mucho más que en jornadas anteriores.

—El compresor también está funcionando, capitán. Su avión está listo para volar.

Cuando Margot se acercó a conversar con el jefe de mecánica estaba nerviosa.

Sabía que no perdía nada en solicitar su traslado hacia la Oxford Bay, pero no estaba segura de encontrarse en posición de hacerlo.

Le había costado adaptarse a la gente, a los estudios, al idioma, a las nuevas palabras y, sobre todo, a las risas que su estilo provocaba.

Su sorpresa fue enorme cuando el mecánico aceptó su traslado de inmediato.

Al llegar al hangar Margot se sintió al fin como en casa.

No había mujeres, tal como lo había conversado con Godwin.

A cambio, apenas ella apareció, los mecánicos del lugar comenzaron a cuidar sus modales.

Lo que pudo haber provocado una incomodidad, terminó siendo casi una adopción.

Esos sujetos que parecían rudos e incómodos terminaron siendo los mejores maestros de la chiquilla.

—Veo que su inglés ha mejorado, Chile.

—Los meses no pasan en vano —contestó Margot sonriendo.

Era cierto. Su inglés había mejorado mucho.

No todavía en lo que respectaba a la pronunciación, pero estaba más rápida para entender lo que le decían y se las arreglaba para darse a entender, incluso cuando le tocaba hablar de temas técnicos con sus pares o con los aviadores.

Además, Margot ya sentía que podía desarmar un motor y nombrar cada una de sus piezas, hasta el último perno.

—Ya es tarde, Chile. ¿Irá al cine con sus amigos?

Margot meneó la cabeza. Luego guardó las herramientas y despejó el área para el avión.

—¿Por qué no? Aún tiene tiempo. Hoy no tiene turno.

La chilena se encogió de hombros y pensó bien sus palabras.

Caminó hacia afuera del hangar y oteó el cielo.

El verano había alargado la luz del día, estaba oscureciendo cerca de las once de la noche.

Irse a casa a descansar no era una opción para ella.

A pesar del cansancio, nunca se le había dado bien dormir de día.

—Estaba pensando en alargar mi turno acá en el taller —respondió.

—Tanto mejor, venga conmigo —le dijo Fairweather.

El capitán caminó hacia un extremo del galpón, donde agarró un par de paracaídas y luego se devolvió hasta la aeronave que Margot acababa de revisar. Se dio cuenta de que ella no lo había seguido.

—Tengo que volar hasta Hawarden —le dijo.

—Es un vuelo largo, mi capitán —respondió la chilena.

—Y, como ya se dio cuenta, tenemos todavía algunas horas de luz para hacerlo.

Douglas Fairweather dejó el paracaídas a los pies de Margot, fue hacia el avión, abrió la puertecita sobre la base trasera del ala izquierda y se montó. Unos minutos después, Margot lo vio asomarse en la cabina, desde donde el piloto volvió a hacerle una seña.

No era primera vez que Margot volaba en un bimotor.

Ya era una costumbre intercambiar sus descansos para acompañar a otros pilotos en sus viajes.

Con el mismo capitán Fairweather había realizado varios vuelos.

Era un gran navegante y Margot solía llenar su libreta con notas y recomendaciones cada vez que compartían cabina.

Fue ella quien se encargó de buscar un equipo para energizar el avión y preparar el despegue.

Luego saltó dentro de la aeronave y dejó su paracaídas junto a la puerta después de cerrarla.

—¿Está cómoda?

El capitán Fairweather tenía ambas manos sobre el timón.

De vez en cuando, soltaba alguna para poder alcanzar algún switch.

El despegue había sido normal y la elevación, también.

En invierno, el Airspeed solía sacudirse un poco cuando ganaba altura, pero en verano se deslizaba por el aire como si fuese patinando sobre mantequilla.

Mientras más subían, el sol parecía brillar más en el horizonte. Por momentos, parecía que el día no se iba a acabar. El sonido de los motores se había vuelto poco más que un ruido de fondo, cuando a Margot se le ocurrió chequear el altímetro y el horizonte falso en el panel. Después asintió.

—No es un vuelo de placer, ¿sabe? —dijo el capitán.

Margot lo miró sorprendida. Luego se acordó del acuerdo. Solía volar con él, al menos desde que se había integrado a la Oxford Bay, y no solo con él, sino con cualquier piloto que necesitase apoyo.

La chilena estaba segura de que la bomba hidráulica estaba funcionando correctamente cuando revisó el avión en tierra.

Pero también sabía que uno de los grandes problemas de los motores era el estrés del vuelo, que hacía fallar el sistema.

Para evitar exponerse de manera innecesaria, muchos pilotos decidían hacer el esfuerzo y subir los trenes de forma manual.

Era una brutalidad cuando se viajaba a solas, pues implicaba trabar los controles a gran altitud y correr para poder volver el timón.

—No juegue, capitán, son más de cien vueltas —dijo Margot.

—Ciento cuarenta, Chile. Que no se le olvide el número. Además, usted y yo tenemos un acuerdo. Y, si decide dejar de cumplirlo, no le va a quedar otra que agarrar ese paracaídas y saltar.

Margot se quitó el cinturón y salió de la cabina para ir hacia el medio del fuselaje, donde echó mano a una manivela y comenzó a contar.