El cielo me llama XXXII
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XXXII

Margot subió el cierre de su overol hasta la base del cuello.

No le importó que apretase. Tampoco la sensación de ahogo que la ropa ajustada solía provocarle.

El frío era más fuerte. El momento que más disfrutaba era cuando podía echarse a la espalda el trapo con el que desengrasaba las partes del motor de los aviones que estaba revisando.

De alguna manera, la tela engrasada le funcionaba como capa y a veces hasta como bufanda.

Por segundos sentía que una sensación reconfortante le abrigaba la garganta.

Las manos eran otra cosa. Tener los nudillos rojos y las falanges moradas se había vuelto habitual.

Sus manos, a pesar de la mugre, seguían viéndose algo pálidas.

Echaba de menos los guantes, pero perdía motricidad al usarlos.

En el taller solo había unos de un cuero grueso, de color café.

Con la humedad, se ponían tiesos como madera.

El taller de White-Waltham estaba casi al final del campo.

Del otro lado quedaban los edificios con las oficinas y las aulas de las escuelas de vuelo.

El taller no tenía paredes, solo un techo que protegía de la lluvia.

Era primavera, pero el viento seguía siendo frío y se colaba por todas partes.

Margot no quería pensar en cómo serían las cosas en invierno.

La mecánica era una parte importante del esfuerzo de guerra.

Pero tenía menos recursos que las fábricas que producían aviones y, por supuesto, que las escuelas que formaban a los pilotos.

Cuando las máquinas regresaban del frente, venían tan dañadas que normalmente era más fácil reemplazarlas que arreglarlas.

El taller se terminó convirtiendo en un deshuesadero que proveía repuestos.

—¡Chile! —la voz de un mecánico se alzó por sobre el barullo del ambiente y las risas de las mujeres mecánicas que acudían al galpón—. ¿Puede venir un momento?

Los mecánicos solían hablar más pausado cuando lo hacían con Margot.

Se tomaban el tiempo de modular bien cuando ella estaba alrededor y, cada vez que necesitaban una herramienta, la nombraban mientras señalaban el lugar exacto donde la chilena podía encontrarla.

De a poco, y por asociación, ella comenzó a entender el nombre de las cosas.

Margot abandonó el grupo que la rodeaba y caminó a paso lento hasta el otro extremo del galpón para responder a la llamada de Patrick, un mecánico bajo y regordete que solo tenía manos para las aeronaves.

Era el mejor mecánico que la chilena había conocido.

Podía entender la falla de la nave con solo escuchar el ronroneo del motor.

Cuando la muchacha se acercó, él se limpió las manos con una toalla que puso sobre su hombro.

—¿Qué está haciendo, Chile?

—No mucho, la verdad. Recién terminé de revisar las palas de un Miles Magister que ayer estaban dando problemas.

El mecánico la hizo repetir la pronunciación, mientras le pedía que señalara los lugares donde había trabajado y las herramientas que había usado.

Luego de hacerle algunas pequeñas correcciones, le pidió a Margot que repitiese todo.

Margot solía tener poca paciencia, pero con Patrick le pasaba distinto.

Él se mostraba interesado en su progreso y a ella le agradaba recibir los elogios por eso.

—¿Ya almorzó? —preguntó el mecánico.

—No todavía. Planeaba ir con las chicas después de que nos cambiemos de ropa.

Patrick asintió. Luego estiró la mano, esperando a que Margot le pasara una herramienta.

La chilena no entendió y, por acto reflejo, le tomó la mano al mecánico y se la estrechó, como si lo estuviese saludando.

El hombre sacó la cabeza del habitáculo del motor que estaba revisando y miró a la muchacha tentado de risa, pero se reprimió.

Mostró el área que estaba reparando y Margot entendió que necesitaba una llave de torque de media pulgada.

A la chilena le gustaba usar esa herramienta.

Le hacía sentir que tenía fuerza, pues se necesitaba poco esfuerzo para dejar los pernos bien ajustados.

Miró la caja de herramientas y le pasó una a Patrick.

Él la recibió complacido y continuó con su trabajo.

—No se junte con esas mujeres, Chile —soltó el mecánico y continuó apretando pernos a diestra y siniestra.

—¿Disculpe?

—Esas mujeres, Chile. —Salió del motor, se limpió las manos con grasa y señaló al grupo del que Margot se había desprendido—. Ellas no son sus amigas.

Miró hacia las otras mecánicas al otro lado del galpón.

No se veían muy ocupadas. Estaban conversando entre ellas y, de vez en cuando, se reían.

Algunas se arreglaban las uñas. Margot miró las suyas y las vio llenas de grasa y todas astilladas.

Se preguntó cómo ellas podían mantenerlas tan impolutas.

Luego notó que el grupo también la miraba de vez en cuando.

—No necesito que sean mis amigas, Patrick. Con que me ayuden con el idioma basta.

—Precisamente, las palabras que le enseñan no se ven bien cuando salen de la boca de una señorita, Chile —le contestó el mecánico.

Margot miró hacia el techo del edificio.

Recordó los primeros días, cuando ellas la rodeaban sin dejarla avanzar con sus tareas para que la chilena repitiese palabras.

Cada vez que lo hacía se mataban de risa en su cara.

La muchacha siempre pensó que era por su mala pronunciación.

Nunca le había gustado ser objeto de burlas, pero asumió que si le tocaba aprender de cero iba a tener que tolerarlo.

—Tenga cuidado, Chile —añadió Patrick—. Esa gente no quiere lo mejor para usted.

La recomendación del mecánico le pareció la de un profesor guiando a su alumna. De pronto, se vio de regreso en el internado, con las monjas estrictas pero cariñosas, que daban una cal y una de arena.

Observó a las mujeres y sintió cómo el fuego se tomaba sus entrañas.

Pensó en todas las burlas, en todas las risas, en todas las palabras de las que tan orgullosa se sentía.

Las miró con frialdad. Caminó hasta la salida del galpón y colgó allí su paño sucio, se quitó el overol, lo acomodó a un costado y volteó hacia las otras mecánicas, que apartaron la vista y se dispersaron para ir a sus propias tareas.

Por primera vez desde que estaba en el taller mecánico, Margot decidió almorzar sola y en silencio.

✰✰✰

Margot estaba asesinando con su tenedor el pastel Lord Woolton que miss Ramsey había preparado para la cena.

Aplastaba la corteza dorada de masa y la mezclaba con los nabos, la coliflor y las zanahorias.

La dueña de casa solía cocinarlo una vez a la semana, los lunes, pero esa semana decidió repetirlo el miércoles, para aprovechar las raíces que su marido le había logrado rescatar de lo que quedaba de la huerta en su trabajo.

A Margot no le desagradaba más que el puré con carne enlatada.

Aun así seguía desquitándose con el plato.

—¿Tuvo un día difícil? —preguntó Godwin, desde el otro lado de la mesa.

Un cuarto del trozo de pastel que le había tocado a Margot estaba tan molido que parecía un puré.

—No. Todo bien, todo normal.

No levantó la mirada y siguió en lo suyo, hasta que tomó una porción grande del puré y se la metió en la boca, hasta quedar con las mejillas infladas.

—Espléndido, de hecho —insistió Margot apenas modulando—. ¡Espléndido!

—¿Es porque repetí el pastel esta semana, querida?

Siguió masticando y miró a miss Ramsey. Tragó su comida con brusquedad y se golpeó el pecho para que pasara más rápido.

—No, miss Ramsey. ¿Cómo se le ocurre? —respondió la joven.

—Tengo un poco de avena y salchichas que hice con el pan rallado de esta mañana, querida. Déjeme ir a calentarlas un poco.

—¡No! —Margot se apuró en evitar que la señora se parase. No quería generarle molestias y, además, tampoco le gustaban mucho esas salchichas. No se parecían en nada a los maravillosos embutidos que disfrutaba en Río Bueno—. Su pastel es siempre delicioso.

Miró hacia su plato y lo vio desparramado. Era salsa mezclada en los restos de masa y raíces. Echó una mirada al plato de sus convivientes y vio los trozos perfectos, cortados con delicadeza.

—La verdad es que no tuve un tan buen día —dijo Margot con torpeza, mientras intentaba reunir los restos de su comida y rearmar lo deshecho—, pero es que esas malditas mecánicas...

—¿Mi nuera le ha dicho alguna pesadez?

La nuera de la señora Ramsey también era una mecánica al servicio del Air Transport Auxiliary. Pero, aunque estaba destinada en White-Waltham, se dedicaba a la mantención de los grandes bombarderos, muy lejos del galpón donde Margot estaba aprendiendo las minucias del oficio.

—No, querida señora —respondió Margot—. Ella es un amor. Son las otras víboras las que me arruinan el día...

Se detuvo de golpe apenas las palabras terminaron de salir de su boca. Godwin contuvo la risa y miss Ramsey fingió no haberle entendido. Margot suspiró, puso los servicios contra la mesa, se limpió la boca con la servilleta de tela y tomó aire.

—Hoy me di cuenta de que las mujeres del taller se han estado burlando de mí todo este tiempo —continuó.

—¿Cómo? —preguntaron miss Ramsey y Godwin.

Ambos comensales quedaron perplejos y se miraron entre ellos.

—Es que, en vez de enseñarme buen inglés, han estado enseñándome palabrotas —confesó Margot.

Ya no lograron aguantar más. Dueña de casa y huésped estallaron en carcajadas que se prolongaron por un buen rato. Hicieron una pausa para mirar a Margot y, al verla seria, volvieron a carcajear.

—¿En serio?

—Sí, Little Boy —respondió Margot. Es en serio. Hoy me lo advirtió uno de los...

Godwin volvió a reír. Little Boy era su apodo y él lo sabía, se lo habían dado por su cara de niño joven, lampiño y bonachón. Pero a Margot, aparte de Chile, le solían dar nombres por sus indiscreciones.

—Margot, querida, digamos que usted... —Miss Ramsey se contuvo un segundo y miró a su alrededor, como quien busca pasar desapercibido en un lugar público. A Godwin le hizo gracia el gesto y Margot ya se había acostumbrado a esos detalles—. Bueno, yo pensé que así era como usted siempre hablaba.

Los ojos de la chilena se abrieron como huevos fritos. Solo consiguió que sus mejillas se pusieran más coloradas que de costumbre.

—¿Tan bruta me veo? —preguntó sorprendida.

La risa contagió esta vez a la propia Margot.

Continuaron comiendo mientras ella contaba los detalles de su traspié.

Mientras más avanzaba, más sentía que se empantanaba.