El cielo me llama XXXI #2
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XXXI #2

Buscaba encontrar alguna cara conocida que le facilitara las cosas.

También ganar tiempo y armar en su cabeza una frase coherente en inglés.

La secretaria no alcanzó a perder la paciencia, porque desde el fondo del pasillo apareció McMillard, un hombre alto y delgado, pero con una barriga prominente.

Tenía un corte de pelo riguroso, pero no anticuado.

No sonreía, como casi todos los ingleses, pero la expresión de su rostro no era severa.

El instructor en jefe la saludó a ella y a la secretaria antes de entrar en su oficina. La piloto aprovechó un descuido y se coló detrás de él antes de que cerrara la puerta. Puso seguro por dentro y caminó hasta McMillard, quien la miraba sin entender mucho lo que estaba ocurriendo.

—Mi nombre es Margot Duhalde, y usted ha cometido un terrible error conmigo —le dijo.

El instructor entrecerró los ojos y se quedó helado junto a su escritorio. La luz entraba apenas por la ventana, estaba cubierta por unas persianas de lata mal cerradas.

—¿Quién?

—Soy la piloto chilena que acaba de expulsar de su escuela... —dijo Margot con la voz algo gastada, pero firme, mientras enseñaba las alas doradas que apretaba en la mano.

—¡Chile! —exclamó McMillard sonriendo. Luego se quitó la chaqueta y la colgó en un perchero junto a su escritorio—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Los franceses me van a mandar a cuidar enfermos otra vez, instructor. O, en el peor de los casos, a lavar platos porque nunca aprendí a cocinar...

McMillard se sentó tras su escritorio y se quedó mirando a Margot con la ceja levantada.

—¿Sabe qué es lo que sí sé hacer? ¡Volar!, y usted me lo está impidiendo ...

—No entiendo una palabra de lo que me dice.

—¡Usted me expulsó de la Elementary Flying Training School!

No tuvo tiempo para más. Había titubeado demasiado intentando encontrar las palabras para traducir lo que deseaba expresar y sus sentimientos se desbordaron.

De pronto, una represa se rompió. Margot se largó a llorar como no lo hacía desde niña, con lágrimas a caudales, con mocos, con sollozos, con una sensación de ahogo y vacío de sentido.

McMillard no la contuvo. Se mantuvo sereno, observando el desborde emocional de la muchacha.

Esperó hasta que la chilena pudiese volver a respirar para ponerse de pie y perderse tras la puerta de su oficina.

Se llevó las manos a la cara, tembló de dolor.

No era físico, sino del alma. Sentía el cuerpo congelado, calambres en el estómago, tanta debilidad.

Se golpeó la cabeza un par de veces y se reprochó el llanto, la emocionalidad.

No quería mostrarse vulnerable y odió su incapacidad de armar una mísera frase en inglés.

Estaba por irse de la oficina, resignada, cuando la puerta se abrió de vuelta.

Era el instructor, que volvía con una carpeta en una mano y un vaso de agua en la otra.

Puso ambas cosas sobre el escritorio antes de sentarse y luego acercó el vaso a la excadete.

Margot lo tomó con las manos temblorosas y dio un sorbo.

Notó que estaba dulce y vio aposados restos de azúcar. Sonrió, recordó a su madre.

—Ahora sí —le dijo McMillard—. Cuéntame qué esperas que haga por ti.

Margot comenzó a hablar, con pausa, buscando palabras que sus amigas cadetes le habían enseñado. Pero la agitación le volvió al pecho y la angustia le nubló la mente. La respiración, la voz, las palabras y las ideas volvieron a atropellársele. Rompió otra vez en llanto.

—Cálmate —dijo McMillard, como si esa palabra hubiese alguna vez calmado a alguien—. Respira profundo y empieza de nuevo.

Respiró profundo, exhaló largo, bebió un poco más de agua. Cerró los ojos, volvió a respirar y exhalar. Puso las manos sobre sus piernas, dejó de temblar.

Dos palabras alcanzó a decir antes de atropellarse de nuevo y empezar a sollozar. Interrumpió su discurso y se dijo un par de insultos. De inmediato, se puso colorada. Primero de vergüenza, después de rabia. McMillard volvió a detenerla, esta vez con un gesto. Adelantó la carpeta y la abrió.

—Sé perfectamente quién eres, Chile. Y sé también que reprobaste tus clases básicas. —El instructor en jefe mostró una serie de notas escritas a mano por los instructores de la EFTS—. Veo que tuviste muchas oportunidades.

—Yo sé volar. Sé que ahí también dice que puedo volar —volvió a sollozar.

—¡Cálmate! —Margot apretó los puños—. Estamos en guerra, Chile. No podemos desperdiciar recursos en gente que no muestre resultados.

—¡Yo sé volar! —McMillard escuchó y levantó otra vez una ceja—.

Estoy cansada de que menosprecien mi capacidad de volar sus malditos aviones.

Estoy intentando hacer mi parte en esta maldita guerra y ustedes lo único que me ponen a hacer es a dar vueltecitas por sobre sus mugrosos campos. ¡Yo sé volar!

—¿Puedes hablar este maldito idioma?

—Ustedes están obsesionados con este maldito idioma y la pronunciación. Hablan como si tuviesen una papa quemándoles la boca y otra metida en el culo. —Margot se paró y se inclinó hacia McMillard—. ¡Yo no hablo inglés! ¡Yo sé volar! —dijo en un perfecto inglés.

El instructor se echó hacia atrás en la silla y evaluó a Margot con la mirada.

—¿Me dices que no hablas mi idioma?

Ella asintió. McMillard hizo una mueca de sorpresa.

—¿Volaste todos estos aviones sin haber entendido una palabra en tus clases ni haber leído el White Cover?

La chilena volvió a asentir. No era preciso, pero tampoco tenía las palabras para explicarse.

El instructor mantuvo la seriedad, jugó con sus dedos por unos minutos.

Balbuceó algunas palabras que Margot no alcanzó a oír.

Luego se puso de pie y caminó hasta la ventana, donde se detuvo a escrutar el panorama.

Desde ahí pudo ver el edificio en el que se impartía la instrucción, a un costado la explanada donde los aviones estaban posados a la espera de la orden de despegue.

Más allá estaba el campo que se usaba como pista y al otro extremo, los galpones donde se ubicaban los talleres mecánicos.

También divisó a los pilotos y soldados de la RAF y de ATA que cumplían sus rutinas.

—Es cierto que estamos en guerra y que tenemos pocos recursos, Chile.

—Margot lo siguió con la mirada, intentando descifrar lo que él quería decir—.

Pero no es menos cierto que el escenario de guerra está cambiando.

Por primera vez aparece una ventana algo más favorable.

—McMillard volvió la vista hacia Margot—.

Vamos a necesitar todas las manos que sepan levantar en vuelo nuestras aeronaves.

El instructor tomó la carpeta y le agregó una hoja, anotó de puño y letra una instrucción que luego le mostró a Margot.

—Todo contigo me parece indicar que me voy a arrepentir de lo que estoy haciendo, Chile.

—¿Voy a volar de nuevo? —preguntó la muchacha.

—¡No! —El instructor se echó a reír—. Pero tienes tres meses para aprender el idioma, mientras trabajas en el taller mecánico. Ahí hay gente que te entiende y que pueden explicarte lo que no has leído en los manuales. Margot sintió un leve abrigo en su corazón.

—Bienvenida de vuelta a White-Waltham.