XXXI
—¿Me mandó a llamar, míster Wood? —Margot entró a la oficina de su nuevo comandante y fue directo a sentarse frente al escritorio.
El invierno había quedado atrás. Los primeros días de abril llegaron con una primavera de días soleados y viento fresco en la tarde.
El entorno se tiñó de un verde intenso salpicado de algunas flores, que desde el aire lucían como una paleta de acuarelas.
La nieve había quedado atrás y con ella el sufrimiento de los nudillos congelados y el rostro escarchado al volar.
Margot al fin estaba volando para sus instrucciones básicas.
Lo otro que trajo abril fue el traslado de la Elementary Flying Training School hacia el aeródromo de Luton, el mismo que en sus cuatro vuelos country Margot nunca supo encontrar y le costó su retroceso a la escuela elemental.
El día en que se anunció el traslado, Margot sonrió por la ironía.
Le dio vueltas al tema durante todas las semanas que tomó concretar el traslado.
Ahora, con cinco días de estadía en el lugar, se dio cuenta de que lo había visto varias veces desde el aire.
«Normal», se dijo. «Con lo cabeza de pollo que soy», se repitió hasta que dejó de sentirse como una boba.
Le consoló saber que, para un nuevo country, Luton sería una preocupación menos que atender.
—No te sientes, Chile. Solo te llamé para informarte que te vas de regreso a White-Waltham.
El comandante Wood ni siquiera despegó la vista del montón de papeles que estaba revisando.
Era un hombre alto y delgado, que se mantenía con la espalda recta en la silla, a pesar de que estaba concentrado en la superficie de su escritorio.
Era un sujeto amable, aunque no sonreía.
Sus rasgos eran angulosos, afilados, le sumaban severidad a cualquiera de sus gestos.
—¿Disculpe?
Margot estaba lívida. Casi no le salió la voz y su estómago se revolvió.
Su corazón, en vez de acelerarse, se le detuvo por unos microsegundos.
El comandante Wood levantó la vista y refunfuñó.
Estiró la mano hasta una bandeja en la esquina de su escritorio, donde hurgó hasta que encontró un papel amarillento.
Lo leyó brevemente antes de entregárselo a la aviadora.
—Ya no puedes seguir tu entrenamiento acá, Chile. Ya firmé tu traslado.
—¿Lo solicitó la instructora?
—Eso es todo, Chile.
Wood volvió la vista a sus carpetas y con el lápiz comenzó a tachar algunas cosas en un escrito.
—Ayer volé bien, ella me lo dijo. Estoy progresando.
Wood dejó el lápiz sobre el escritorio, que sonó fuerte contra la mesa.
Como quien azota la baqueta de una batería contra la caja, cerró la carpeta con los documentos y la lanzó a la bandeja desde donde sacó la orden de traslado de Margot.
Se inclinó hacia adelante y entrelazó sus dedos frente al rostro hasta apoyar contra ellas el mentón
—No sirves para volar, Margot. Esa es la verdad.
La chilena recibió las palabras como un garrote en la nuca. Quedó mareada, con las palabras atoradas en la boca.
—Pero, mi comandante...
—Buena suerte, Chile. —Rompió el lazo de sus dedos y volvió a echar mano a otro lote de carpetas para quitarle atención a la piloto—. En Waltham, te va a estar esperando la comandante Gower.
Margot no se movió de su silla y sintió que su comandante había tomado distancia.
No logró más contacto con él. Sacudió la cabeza para hacer circular la sangre por sus venas.
Se puso de pie. Como una muerta en vida salió de la oficina.
No recordaba que el pasillo fuera tan largo, tan oscuro, con tantas puertas cerradas.
Lo recorrió y a ratos sintió que no podía avanzar, como si el piso se hubiese vuelto de arenas movedizas.
Fue directo a su barraca. No habló con nadie, no saludó a nadie, no miró a nadie, nadie le habló tampoco.
Al llegar a su cuarto, desarmó su casillero y metió las cosas en un bolso.
Recién se hizo consciente de todas las veces que había empacado en tan poco tiempo.
Se subió al taxi aéreo y desde el aire observó la campiña, los árboles, las flores.
La primavera nunca le había parecido tan mustia.
✰✰✰
Margot aterrizó en White-Waltham y no tuvo tiempo de instalarse.
Fue llevada de inmediato a la oficina de la comandante Gower.
La oficial estaba ocupada. Tenía la puerta cerrada y apenas se escuchaba desde el pasillo la conversación que adentro estaba sucediendo.
La piloto chilena dedujo que era telefónica, porque la voz de la comandante era interrumpida por largos silencios.
Intentó seguir la conversación, pero estaba tan distraída por su propia preocupación que apenas podía concentrarse.
La espera le pareció más larga que el viaje en el trasatlántico, que su cautiverio en Liverpool y que la guerra misma.
Pasaban los minutos y la actividad del aeródromo más grande de la zona parecía haberse confabulado en su contra.
De pronto se vio sola, en un pasillo mal iluminado y húmedo.
Esas paredes deprimentes solo sabían llamar al frío de la soledad.
Cerró los ojos con la intención de dejar de contar los segundos. Apenas lo logró se sumergió en una nube blanca que envolvió su mente. Margot sintió algo de paz, pero duró poco.
—Ya puedes pasar, Chile.
Pauline Gower estaba de pie junto a la puerta.
Su cuerpo menudo apenas proyectaba sombra, pero su uniforme seguía imponiendo autoridad.
Le dio la espalda a la chilena y regresó a su escritorio.
Margot se puso de pie y se sacudió el uniforme.
Esperando no salir de esa oficina sin las alas doradas de ATA que lucía en el pecho, se acomodó el pelo, respiró profundo.
Solo después de eso se atrevió a entrar.
—Buenos días, comandante Gower, ¿cómo está? —Margot impostó su mejor tono de conciliación.
—Toma asiento, Chile.
Gower se mantuvo inexpresiva, con la mirada como un témpano.
—¿Todo bien, mi comandante? ¿Pasó algo?
—Siéntate.
Hubo silencio. Margot sintió un estremecimiento. Volteó para ver si había alguna ventana abierta, pero no la encontró, el cuarto estaba cerrado. Se afirmó de la silla con la esperanza de secar el sudor de las manos.
—Firmé tu carta de baja hoy en la mañana, Margot.
No hubo respuesta por parte de Margot, ni siquiera un suspiro. Gower temió que su corazón se hubiese detenido.
—Ya puedes regresar a casa. Muchas gracias por tu servicio.
—¿A qué se refiere con baja? —preguntó Margot.
—Ya no perteneces a ATA. —Pauline sintió que se le secaba la boca, pero no titubeó—.
Puedes conservar las alas doradas, Chile, como recuerdo.
Pero debes entregar el uniforme, los manuales y todo el material que se te entregó para la instrucción.
Margot hizo un puchero que no pudo reprimir, pero tuvo éxito para evitar las lágrimas.
—Espero que tus cosas queden en el pañol durante la tarde.
—¿Así sin más?
—Así sin más, puedes retirarte.
—¿Y luego qué? ¿Duermo bajo un puente? —dijo Margot.
—Firmé tu carta esta mañana, Chile. No va a llegar al alto mando hasta el lunes en la tarde. Puedes pasar el fin de semana en la barraca, pero no te acerques a los aviones.
—¿No puede darme otra oportunidad?
—Ya firmé, Chile.
—He estado volando bien. Puede que si me asignan algunas horas más logre mejorar mi nivel y...
—¡Te expulsaron de la EFTS, Chile! Fracasaste...
Se hizo un silencio denso, parecido a la nieve, que llenó la oficina. Margot se aferró a la silla pensando que se iba a caer. Sintió la cabeza abombada y un poco de mareo.
—Llevo volando cuatro años...
—No en Inglaterra, Chile. No nuestros aviones, no con nuestros manuales. Nunca los entendiste.
—Pero mi comandante...
—¡Abandone la oficina en este momento, excadete! —Gower dio un golpe de puño contra la superficie del escritorio. Fue un golpe secó, no tuvo eco, pero sí obligó a Margot a devolver los pies a la tierra—. Entregue sus pertenencias y regrese a casa con la dignidad que le corresponde, aviadora.
No hubo más palabras. Margot tampoco quiso decirlas, aunque sí le hubiese encantado escucharlas. Se puso de pie, se cuadró por última vez ante su comandante y dio media vuelta para perderse tras la puerta.
✰✰✰
Las nubes en el cielo ya no escondían formas.
Solo pasaban, arrastradas por el viento de febrero.
Quedaban atrás, como un recuerdo que no alcanzó a existir.
Margot Duhalde las observaba flotar. Hasta ellas navegaban los cielos con seguridad.
Ya había armado su bolso y entregado su uniforme, aunque tenía las alas doradas dentro de su puño.
Se preguntaba sobre su destino. Ser dada de baja del Air Transport Auxiliary no significaba regresar obligada a Chile.
Seguía enrolada en la Fuerza Aérea de la Francia Libre. ¿Qué iba a pensar Dupont?
Lo había desafiado. Le había asegurado que tendría éxito entre los ingleses.
Ahora debía volver a él con la cola entre las piernas.
Margot se dio cuenta de que no era eso lo que más ruido le hacía.
«¿Qué van a pensar en Chile de mí?», pensó.
Pero pasó poco tiempo antes de aceptar que le importaba poco lo que se pensara de ella en Chile.
Aunque algunas revistas y diarios le habían dedicado notas y columnas por la valentía, sus compatriotas pilotos iban a estar felices con su fracaso.
Nunca la sintieron como uno de ellos. Pero su familia, su madre que se quedó convencida de que estaba prestando servicio en la Fuerza Aérea de Canadá y no en Europa.
Su padre, quien después de tantas dudas la había apoyado y empujado hasta lograr remontar el vuelo. La bancarrota familiar.
Margot apretó las alas doradas en su puño y se puso de pie.
Se sacudió de la ropa el césped recién cortado y avanzó a tranco firme hacia el edificio de la escuela de vuelo.
La EFTS se había mudado a Luton, pero el instructor en jefe seguía prestando servicios en la AFTS, que continuaba con sus operaciones en White-Waltham.
No le costó encontrar la oficina que buscaba.
Ubicar al sujeto era más complejo. Nunca lo había visto, solo había escuchado su apellido durante las instrucciones.
—Necesito ver al instructor McMillard —dijo Margot con tono apresurado.
Se presentó ante la secretaria del instructor en jefe desconociendo protocolos. Pensó que, si ya no era parte de ATA, quizá las formalidades no serían necesarias.
—¿Tiene cita? —le respondió la mujer.
—Estoy aquí, ¿no?
—Eso no contesta mi pregunta.
Miró la recepción antes de intentar continuar.