El cielo me llama White-Waltham #2
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White-Waltham #2

Corrió para encontrar el cabezal donde debía señalizar el aterrizaje del avión que se aproximaba.

—¡Pero quién cresta sale a volar con este clima! —exclamó.

El ruido del motor ya estaba encima del campo de aterrizaje cuando Margot estuvo a punto de lanzarse al piso a hacer berrinche.

Recordó la linterna y se le ocurrió encenderla para ver el camino, pero no lo hizo por temor a dar las señales equívocas.

¿Y si el piloto venía desorientado? ¿Si confiaba en el trabajo que los cadetes hacían en tierra y terminaba contra los árboles?

¿Y si era un avión alemán y terminaba revelando la ubicación de la base?

Se contuvo y respiró profundo, intentó ubicarse.

La visibilidad había mejorado un poco, al menos veía a unos cuantos metros de distancia.

Echó mano a su instinto de navegación y caminó con calma.

Desde el otro lado de la nebulosa, Margot vio balizas rojas tiñendo la bruma y quedó petrificada.

Por su mente se paseó la idea del avión destruido, de la bola de fuego, de la muerte de la tripulación, de un juicio en su contra, de su cuerpo en la horca o ante el paredón.

Volvió a respirar cuando notó a un oficial sosteniendo las linternas y haciendo las señales para orientar al avión que aún venía en vuelo.

Llegó hasta el cabezal, donde intentó retomar sus funciones, pero el oficial no la dejó.

De pronto, apareció entre la bruma un bombardero Bristol Blenheim, con sus diecisiete metros de envergadura de ala cubriendo el espacio de aterrizaje de lado a lado.

Los turbomotores de la aeronave eran los más grandes que Margot había visto hasta ese momento.

Cortaban el viento con las revoluciones suficientes para generar los novecientos veinte caballos de fuerza que movían el fuselaje.

La chilena sintió la vibración en el piso.

Cuando la maniobra de aterrizaje terminó, Margot se acercó.

—Muchas gracias, le juro que solo me moví por un minuto para no congelarme.

El oficial levantó una ceja y miró a Margot de pies a cabeza. Le hizo un gesto con el mentón, luego guardó las linternas en un compartimento del vehículo de emergencia.

—¿En qué carajos estabas pensando? —la interrumpió el soldado que manejaba el vehículo, que todavía tenía las balizas encendidas.

Margot permaneció estática, en silencio, mirando a ambos miembros de la RAF. Jugó con sus manos, como si estuviese contándose los dedos, se mordió el labio, esperó el reto. Volvió a pensar en el castigo, en más días con prohibición de volar.

—¡Te estoy hablando, cadete!

Casi se abalanza encima de Margot, que continuaba impávida. El oficial lo detuvo, meneando la cabeza.

—No vale la pena...

—¿De qué habla, mi teniente? ¡Pudo provocar un accidente! —dijo el hombre.

El oficial asintió, luego miró a Margot, volvió a mirar a su subalterno.

—No vale la pena, es Chile. —El oficial volvió a mirar a Margot para luego hacerle un desprecio—. Ni siquiera va a entenderte.

Los aviadores se retiraron del lugar, llevándose la luz.

Margot sintió que también se habían llevado la cordura.

En su cabeza quedó la duda por haberse librado sin sanción.

¿Tan insignificante era la tarea que le asignaban los instructores a los cadetes?

¿Podían los Blenheim volar solo con instrumentos?

¿Había equipos de respaldo esperando a que fallen?

La guerra los necesitaba a todos, duplicar funciones no sonaba racional.

Margot terminó su turno sin volver a moverse de su sitio. No volvió a aparecer un avión aquella noche.

✰✰✰

Las clases habían terminado temprano y Margot decidió aprovechar el tiempo para pasear por el aeródromo e ir a mirar los aviones estacionados en el campo.

Tenía ganas de volarlos, aunque la mayoría era más imponente que cualquiera de los que ella conocía.

Su incidente había quedado atrás. Ni siquiera para una anécdota había servido, ya que nunca recibió un comentario al respecto, ni de sus instructores ni de sus compañeros cadetes ni de los oficiales superiores.

Hasta le molestaba que todo hubiera pasado tan desapercibido.

Pronto abandonó el sentimiento de culpa por autocomplacencia.

Margot dejó atrás los edificios y se adentró en el campo.

Hacía frío, aunque no tanto como otras veces.

Todavía no caía la noche y había poca visibilidad, aunque la capa nubosa estaba algunos metros por encima y cubría las copas de los árboles.

Margot había aprendido a amar el entorno de la base.

Motores sonaban al viento; entrecortadas por la bruma, se veían las siluetas de los aviones, que hacían maniobras e instrucción.

Un Bristol Blenheim con los turbomotores a máxima potencia estaba en el cabezal, listo para emprender carrera.

Margot se detuvo a mirarlo. Le recordaba el incidente.

También le hacía pensar que había que tener fuerza para sostener el timón de ese animal.

Quizá para alguien como ella era difícil de maniobrar.

El bombardero inició su marcha. Primero lento, como un toro que empieza a dar tranco.

Después se perdió en la bruma a toda velocidad.

Supuso que el avión había levantado la panza, que se empinaba por sobre los árboles, que los ruidos de sus motores exigidos solo estaban empujando el viento tras de sí.

La bola de fuego iluminó la tarde, el destello tiñó de rojo el horizonte y el calor de su impacto vaporizó la humedad a su alrededor.

La explosión fue tal, que desde los edificios cercanos, salieron decenas de pilotos, soldados, instructores y cadetes a ver el desastre.

Los restos de dos bombarderos iguales quedaron desperdigados por el campo en una lluvia de meteoritos.

Margot quedó paralizada. Mientras, los protocolos de emergencia salían a contener la catástrofe.

Dos Bristol Blenheim chocaron en el aire ese día, ambos pertenecían a la clase de Advanced Flying School.

Solo el instructor de uno salvó con vida al impacto.

Los demás tripulantes no fueron recuperados de entre los fierros fundidos.

Margot no tuvo turno ese día, pero le fue imposible dejar de pensar en noches atrás, cuando uno de esos mismos aviones había logrado aterrizar a salvo, a pesar de ella.