White-Waltham
– 1942 –
XXX
Hatfield sobrevivió al bombardeo. El aroma a pólvora se sostuvo en el aire por un par de días y luego se mezcló con el del esmog de la gran ciudad, los londinenses dieron vuelta la página.
Las operaciones en el aeródromo también continuaron, aunque el ataque de la fuerza aérea nazi había golpeado con inusitada fuerza.
Los siguientes fueron días fríos y con mal tiempo, hubo precipitaciones y poco vuelo.
Al menos para los cadetes que se estaban formando, incluida Margot.
—¿Me mandó a llamar, primera oficial?
Margot entró a la oficina de la capitana Ebbage, quien estaba fuera de la ciudad. Lettice Curtis no solía tomar los reemplazos de sus superiores, pero había quedado encargada de la clase a la que la chilena asistía. Antes de que Margot se sentara, le extendió la mano con un papel.
—¿Qué es esto? —Margot recibió la hoja con las manos temblorosas.
—¿Tampoco puedes leer inglés, Chile? —replicó Curtis, con una sonrisa picarona—. ¿Cómo lo haces con el White Cover?
La chilena bajó la vista y tomó la hoja con ambas manos. Le echó una mirada. Estaba escrita a máquina y firmaba la comandante Gower. La dactilografía era desprolija, pero no lo suficiente como para que Margot no pudiese entender su contenido. Estaba siendo trasladada a White-Waltham.
—¿Reasignada? —preguntó, intentando disimular su sorpresa.
—Es temporal, Chile, pero necesario —dijo Curtis.
—¿Se están deshaciendo de mí?
—¡Cómo se te ocurre! —Curtis soltó una carcajada. Era una mujer de maneras toscas, pero Margot la sintió dulce—. Todas estamos muy contentas contigo, Chile. Eres tenaz, pero te falta mejorar cosas básicas. Nada personal. Todas alguna vez tenemos que pasar por la Base del N°1 Ferry Pilots Pool.
Curtis bajó la vista apenas terminó de hablar y comenzó a leer los documentos contenidos en una carpeta de cartón. Había repasado tres hojas cuando notó que Margot seguía ahí sentada, con la carta entre las manos.
—Puedes retirarte, Chile —le dijo—. La orden tiene efecto inmediato.
Le hizo un gesto con las manos, como si estuviese barriendo el polvo.
—¿Cómo llego hasta allá? —preguntó la cadete con pudor.
—Cielos, si tan solo hubiese un aeródromo donde opere un pool de taxis aéreos —contestó Curtis, sonriendo y guiñándole un ojo.
Margot se puso de pie con el rostro colorado. Dejó la oficina de Lettice Curtis y salió con una sensación de vértigo en el cuerpo. Agrupó sus cosas en el casillero y las metió en un bolso de vuelo, para salir a buscar al primer piloto de taxi aéreo que encontrara.
White-Waltham era una base en toda regla, a diferencia de Hatfield, que era el resultado de la reconversión de los talleres de la fábrica De Havilland en aeródromo.
El nuevo centro de operaciones de Margot era al menos tres veces más grande que el anterior, y seguía creciendo según las necesidades de la guerra.
Además de la Base del N° 1 Ferry Pilots Pool, albergaba también la Elementary Flying Training School.
La piloto chilena se sintió incómoda cuando entendió que debía volver a tomar clases básicas de vuelo, como si todo lo aprendido en Chile no sirviese de nada.
Decidió tragarse el orgullo y pensó que era mejor someterse y repasar lo básico para entender los instrumentos de navegación modernos.
Eso mejor que levantar la mano y reconocer que debía usar lentes para poder mirar bien el terreno.
Tuvo pánico de no ser apta, de ser descubierta, de ser expulsada por mentirosa o, peor aún, por inútil.
—Cresta, que este frío de mierda no se pasa —suspiró Margot.
Se frotaba los brazos con las manos. Vestía una chaqueta gruesa de cuero con interior de lana. Llevaba un gorro con orejeras que le cubría la cabeza casi por completo. Usaba unos mitones de lana que ya no recordaba de dónde habían salido.
—Frótate el pecho, Chile —indicó un cadete que iba tan abrigado como la chilena—. Los brazos se te van a calentar solos.
Margot se sintió un poco tonta. No era la primera vez que pasaba frío a la intemperie.
Desde que había llegado a la Elementary Flying Training School no le habían tocado vuelos.
El invierno en la primera quincena de febrero había estado particularmente crudo, mucho más que el anterior.
Según había escuchado hablar a algunos oficiales de la RAF, aquel era un severo candidato a ser el más frío del siglo.
—¿Seguro que no tienen a nadie más para hacer esto? —se preguntó Margot.
Las señales de la aviación habían sido lo primero que se les había enseñado a los cadetes al entrar a la EFTS, tanto las que se hacían con banderines como las que se hacían con linternas.
Una vez que las aprendieron, fueron obligados a tomar el servicio de control de pistas.
Durante las jornadas más crudas, cuando había bloqueos atmosféricos o cuando la visibilidad era nula, los aviones que se aproximaban a la base debían ser guiados para facilitar su aterrizaje, pues para esconder la ubicación de los bombardeos no se habían construido lozas ni pistas de aterrizajes.
Se ocupaban los extensos campos de césped junto a los edificios militares.
—Y aunque lo tuvieran. Igual terminarían mandando a los cadetes a hacerlo.
¿Quién quiere congelarse toda la noche? —El cadete dio la última bocanada a un cigarrillo que sostenía apenas entre los dedos.
Lo apagó contra la suela de su zapato y lanzó el resto hacia el pasto escarchado—. Bueno, Chile, te quedas a cargo.
El joven se despidió para perderse entre la niebla que comenzaba a cubrir la campiña.
Las condiciones de la guardia eran precarias.
No existía el relevo a través de un vehículo, con traspaso de mando o alguna formalidad.
Los cadetes debían llegar a cierta hora a un punto alejado del campo y quedarse ahí, a la espera de algún avión que se aproximara a la base.
Margot suspiró y vio el vaho dispersarse en el aire.
Miró al cielo y lo vio oscuro, como si un manto de tupidas ramas lo estuviese envolviendo como a un bosque.
La niebla había avanzado y la chilena estaba justo en medio del banco, sin ver a su alrededor más allá de cinco metros.
Los árboles a su izquierda se veían borrosos, difuminados por la humedad blanca que engullía y empapaba el ambiente.
Se sentó un rato en el pasto y sintió la escarcha traspasando la tela de su pantalón.
Se puso de pie antes de que se le dibujara una marca.
Ya le había pasado una vez y tomó más de una semana para que sus compañeros dejasen de molestarla con que se había orinado en los pantalones.
A Margot le encantaban las bromas, pero no cuando ella era la víctima.
Encendió y apagó la linterna varias veces.
Notó que el haz de luz se dibujaba nítido en la capa nubosa.
Sonrió y comenzó a dibujar formas. Primero un corazón y después intentó escribir su nombre.
Al final, encontró la valentía para dibujar un falo.
Se rio, primero tímida y después a carcajadas.
Se preguntó si al otro lado de la niebla habría alguien mirándola.
Apagó la linterna y volvió a echar la vista al cielo.
—No pasa nada —se dijo en voz alta—. ¡Con este clima no vuelan ni los pájaros! —gritó después.
Margot continuó vociferando un rato más.
Imaginó a alguno de sus compañeros paseando en su tiempo libre por el terreno, sintiendo la humedad y el frío en la piel primero y después escuchando a lo lejos su voz.
Primero probó con monosílabos. Luego siguió con frases más coherentes.
Terminó gritando los mismos garabatos en castellano que les había enseñado a sus amigos.
Se rio de nuevo, al imaginar la cara de extrañeza de cualquiera que escuchara semejante escándalo sin poder ver su origen.
Después de un largo rato en silencio comenzó a silbar.
Quiso recordar alguna melodía, pero no dio con ninguna.
Se repitió que el frío le congelaba las neuronas.
Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta, los guantes de lana estaban empapados.
Luego imitó el canto de los pájaros. Esperaba que alguno quisiera socializar y le devolviese la gentileza, pero el silencio fue completo.
Pensó que tal vez tenía razón y que hasta los pájaros habían ido a buscar refugio mientras ella estaba ahí, en medio de la niebla, en un campo, esperando a que algún avión quisiera aterrizar.
Pasados los minutos volvió a mirar hacia el bosque, pero ya no estaba ahí.
Los árboles se habían esfumado. A su alrededor todo era blanco.
Al estirar sus manos notó que incluso las puntas de sus dedos comenzaban a verse borrosas.
Se preguntó si ella también estaba desapareciendo.
Luego pensó en la base y miró por instinto hacia su derecha.
No se había movido de su posición, la base tenía que seguir ahí.
—En fin —dijo—, acá no vuela nadie.
Margot se metió en el bolsillo la linterna para las señales y comenzó a caminar.
Se dijo que estaba bien, que encontrar el casino con esa visibilidad nula servía como práctica de navegación, que era un entrenamiento para su sentido de la ubicuidad, que era como volar sin instrumentos y que sus instructoras estarían orgullosas si no terminaba al fondo de una zanja.
Recorrió los metros, miró el terreno, evaluó las marcas en el césped.
Agudizó su oído y empezó a seguir las voces que se distinguían apenas a lo lejos.
Acostumbró sus ojos a la penumbra hasta que vio el edificio dibujarse en la neblina.
Entró.
Apenas tuvo un techo sobre la cabeza, Margot se quitó el gorro.
Tenía las orejas calientes y prefirió quedar despeinada a seguir padeciendo esa sensación de calor húmedo que le hacía picar el cuero cabelludo.
Luego se quitó los guantes y se abrió un poco el cuello de la chaqueta.
Al fin sonrió. Dentro del casino había poca gente, unos cuantos soldados desperdigados entre las mesas y las personas que atendían el rancho.
Caminó hacia la línea y, apenas alguien le saludó, pidió una taza de té. Al recibirla sintió que le daban un regalo. Buscó una silla cerca de una ventana para poder otear el campo.
El zumbido apareció en su cabeza casi en segundo plano.
Poco a poco fue ganando espacio hasta que le llenó ambos oídos.
Margot todavía no terminaba su taza de té cuando recordó que estaba de servicio en el control de pista.
Se levantó de la mesa y mandó a volar la taza, que se hizo añicos contra el piso.