El cielo me llama XXIX
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XXIX

—¿Se encuentra usted bien, señorita Duhalde? —preguntó la señora James, con voz suave.

La dueña de casa estaba en el pasillo. Sostenía una bandeja con un panecillo y una jarra con agua.

Había golpeado la puerta una vez, habló antes de intentarlo una segunda.

Margot no contestaba desde el otro lado de la pieza.

Llevaba un par de días encerrada en la habitación y apenas había salido de casa para ir al aeródromo en Hatfield.

Cuando salía, evitaba compartir el auto con Norman.

Prefería irse caminando, aunque le tomase más de una hora.

—Me preocupa que no se alimente, cariño —insistió la señora, golpeando la puerta un poco más fuerte—. Le traje unos scones.

La restricción de provisiones se había hecho sentir en Brookmans Park.

Los almacenes cercanos al poblado apenas tenían abarrotes y la familia James llevaba algunas semanas sosteniéndose gracias a los sacos de harina, manteca y levadura que Norman lograba rescatar del rancho en el casino.

La señora James había descubierto sus dotes culinarias de casualidad.

La escasez le había activado la imaginación y le permitía mantenerse distraída de los días difíciles por los que atravesaba la isla.

—¿Está despierta?

Margot tampoco contestó, aunque miss James estaba segura de haber escuchado algunos pasos al otro lado de la puerta.

—Bueno, querida —dijo—, dejaré la bandeja en el piso, por si le da apetito durante la noche.

Hizo algo de ruido al depositarla en el suelo y dio dos pasos hacia atrás.

Se mantuvo en silencio. Margot no tardó en caminar hasta la puerta y apoyarse contra ella.

La señora James se quedó inmóvil, casi aguantando la respiración.

La manilla de la puerta giró y vio a Margot en pijama, con el rostro desmaquillado y el cabello desprolijo.

La señora dio un paso adelante y tomó el rostro de Margot, para mirarle las heridas.

Pasó sus dedos por la cicatriz de la ceja que apenas se veía y por el moretón en la nariz.

Margot se había ganado cuatro días de reposo absoluto después de su accidente en Enfield.

Se le hicieron eternos. No por los dolores, sino porque no podía pisar el aeródromo y mucho menos pensar en volar.

El médico recomendó evitar un shock nervioso y miss James se tomó muy en serio su rol de cuidadora.

—No van a quedar marcas —dijo la dueña de casa con una sonrisa—. ¿Hoy tampoco nos acompañará en la cena?

Margot bajó la vista. Le sonaba el estómago por la fatiga.

—No tengo hambre, miss James. Nada personal —contestó la muchacha.

—¿Está todo bien, Margot?

—Solo estoy un poco cansada con tanta instrucción.

La señora James miró a Margot a los ojos, pero ella le esquivó la vista.

Los cuatro días sin volar se habían extendido a quince, y nada tenía que ver con prescripción médica.

La misma Lettice Curtis fue quien se lo comunicó a Margot.

Tenía prohibición absoluta de volar con mal tiempo y aquel febrero el invierno se estaba volviendo cada vez más crudo.

Parecía una recomendación justa y al principio así se lo tomó Margot. Aún le costaba ubicarse en el aire y no había aprendido a volar con instrumentos. Pero ver a sus compañeras cadetes haciendo vuelos incluso en medio de la nieve aumentó su sensación de aislamiento.

—¿Cómo va a estar bien si anda como anda? —respondió miss James.

Margot no cedió. Si algo la cansaba más que el rechazo era la sensación de lástima. Prefirió callar y asentir.

—Puede confiar en nosotros, Margot.

—Solo estoy agotada, miss James.

Se quedaron en silencio en el pasillo, midiéndose con la mirada.

La luz parpadeó tres veces. La señora mantuvo la mirada sobre su huésped.

Margot la desvió hacia la ampolleta del apliqué.

La luz parpadeó dos veces más y luego se apagó, igual que el resto de la casa.

Recién entonces miss James rompió el contacto visual.

Margot caminó hacia la ventana al final del pasillo, que daba hacia el campo de golf. Vio que el apagón era general.

Una sirena solitaria comenzó a ulular a lo lejos y otras se unieron a los pocos segundos. Cundió la señal de alarma.

—¡Al refugio! —oyó Margot.

La voz de Norman James apenas sobresalió.

Una explosión hizo temblar el suelo. Margot y miss James corrieron escalera abajo.

Al asomarse por la puerta miraron por sobre el horizonte, con dirección a Londres.

El canto agudo de las sirenas reverberaba en el aire.

Una columna de luces entrecortadas se vio en el cielo y una segunda se repitió desde muy cerca.

Con la tercera hilera de luces un destello anaranjado iluminó el cielo; el tronido tardó pocos segundos en perforar los oídos de Margot.

Cuando el pitido cesó, la joven levantó la vista y vio las sombras de los bombarderos de la Luftwaffe.

Llenaban el cielo como un enjambre de avispas hambrientas.

Se dejaban caer hacia Londres con furia.

Las bombas impactaron sobre la capital inglesa como un camino explosivo que arrasaba todo a su paso.

El horizonte se llenó de destellos y la artillería antiaérea inglesa martillaba contra los invasores.

De vez en cuando, los rastros de las balas trazadoras pintaban un camino que terminaba con una burbuja de fuego que luego se envolvía en humo negro.

Margot acompañó a miss James al refugio, que era un sótano pegado a la casa.

Más parecía una mazmorra, pero era un lugar más seguro que la calle junto al campo de golf.

La gente del poblado corría sin rumbo, envuelta en angustia.

La chilena echó mano a un casco que estaba sobre una repisa, lo calzó sobre su cabeza y corrió a la calle dispuesta a encontrar a Norman, que se había quedado atrás.

Cuando lo encontró, las explosiones de las baterías antiaéreas estaban justo sobre sus cabezas, Hatfield había entrado en combate.

El rugido irregular de los cazas y los bombarderos de la Luftwaffe iba y venía, como si de pronto alguien hubiese pateado un panal y las naves hubiesen salido a picar lo que se cruzara en sus caminos.

El ronroneo de más motores se sumó al caos.

Margot lo reconoció, eran los Spitfire y los Hurricane, que volaban entre explosiones, aviones enemigos y fuego aliado, en un intento por retrasar el avance alemán.

—¡Míster James! —gritó Margot. El dueño de casa no la escuchó. La voz de la piloto chilena quedó ahogada entre tanta explosión, ráfaga de disparo y motor rasante—. ¡Norman!

Margot se afirmó el casco y echó a correr hasta donde estaba Norman, que trataba de abrir su automóvil. Una gran explosión en las afueras de Londres la hizo tambalear, pero siguió en carrera, mientras las esquirlas de concreto llovían sobre ella.

—¡Margot! ¡Vuelva al refugio! —le gritó el hombre.

—¿A dónde va, oiga? —le contestó ella.

—¡Hatfield! —gritó James—. La RAF va a necesitar a todo su personal operativo para responder a este bombardeo.

—¡Voy con usted! —se apuró en contestar Margot. También intentó redoblar el paso a pesar de que los escombros la hicieron tropezar varias veces.

—¡No!

La negativa sonó seca, peor que un trueno. Acalló el infierno a su alrededor y, para Margot, oscureció los destellos del fuego en el horizonte, en el cielo y en el corazón. La mano estirada de Norman, como una barrera, frenó su carrera.

—Quédese a cuidar a mi mujer, Margot. —Los ojos de Norman parecían sinceros en la petición—. Por favor...

—Yo también puedo ayudar —dijo ella.

El rugido de los motores estaba encima de ellos. Las metralletas de los cazas ingleses que intentaban derribar a los alemanes se confundían.

—No, Margot. —Míster James hizo una mueca con sus labios, se le tensó el rostro—. Sé que quiere, pero esta vez no.

Hatfield abrió fuego. El martilleo de las baterías antiaéreas les perforó los oídos a ambos. Las bombas comenzaron a caer cerca. Explotaban, lanzaban esquirlas y metralla, dejaban escombros a su alrededor. Los gritos ya eran audibles, más que las mismas sirenas y los bramidos de las bombas.

—Señor James...

—Sé que quiere, pero no puede... —El semblante de Norman se endureció. Bajó la vista e hizo el amague de entrar en su auto—. Lo tiene prohibido, Margot. Usted no puede volar.

Margot vio el auto de Norman James alejarse entre el caos. Mientras a él lo devoraba la noche, ella comenzaba a ser bañada por las cenizas del infierno a su alrededor.