XXVIII #3
Un soldado la escoltaba, siempre con las manos sobre el rifle, con los ojos clavados en la cautiva. Se abrió la puerta, la coronel caminó hasta su escritorio. Con un gesto de la cabeza, hizo retroceder al soldado, quien se quedó custodiando la puerta. Luego se sentó.
—¿Eres alemana? —preguntó con voz seca.
Margot no contestó. Le costó entender el acento.
—Contesta la pregunta, ¿eres alemana?
—No...
—¿Francesa?
—No...
—¿Belga?
—No, soy chilena...
La coronel inclinó la cabeza y entrecerró los ojos. Esperó unos segundos y luego, con un gesto, le pidió a Margot explayarse.
—Vengo de Chile —dijo la muchacha.
La coronel giró hacia una pared y señaló un mapa.
—Muéstrame.
Margot suspiró. Esperó a que la coronel le repitiera la instrucción para pararse y caminar hasta el mapa. Mostró Chile y vio la cara de sorpresa de la oficial.
—Hablo español —dijo Margot, mientras regresaba a su asiento.
—Muéstrame tus documentos —le dijo la coronel.
Margot volvió a mirarla con dudas. La coronel comenzaba a golpetear la superficie del escritorio con las uñas.
—¿Papeles?
—Papeles.
—No los traigo conmigo... —dijo Margot llevándose las manos a la chaqueta. El soldado detrás de ella se le abalanzó. Con un gesto, la coronel evitó que la agarrasen del cuello.
—No papeles... —complementó la piloto chilena, con la voz alterada.
—No papeles —repitió la coronel mientras se ponía de pie—. No alemana, no francesa, no belga, sin papeles. ¿Debo creerte?
—El avión es inglés.
—¿Puede entender algo? —preguntó la coronel a su soldado, que negó con la cabeza.
—El Miles M.14 Magister es un avión inglés. Si no me cree puede ir a verlo —contestó Margot.
—Deberíamos reconsiderar la cordialidad e invitar a nuestra huésped a conocer el calabozo. A ver si así se le quita ese acento de mierda —dijo la coronel.
—Puede llamar a mi base en Hatfield —respondió la chilena.
—¿Se corregirá con un poco de agua fría? —siguió la mujer.
—Tal vez necesite corriente —abrió la boca el soldado.
Ambos rieron.
—Ahí tiene un teléfono. Dígale al matón este que lo levante y llame a Hatfield —ninguno de los dos estaba prestando atención al mal inglés de Margot—, dígale que pida hablar con mi comandante Gower.
La coronel dejó de reír, volteó a mirar a Margot y regresó a su escritorio.
—¿Qué dijiste?
—Estoy segura de que la comandante Gower podrá explicar qué mierda hago acá —siguió Margot.
—¿Gower?
—¡Sí! —El rostro de Margot se iluminó.
—¿Pauline Gower?
Margot asintió con una sonrisa tallada en el rostro.
La coronel alcanzó un trozo de papel y un lápiz.
Le pidió a Margot apuntar el número telefónico de la base.
La chilena no entendió a la primera, pero luego de explicaciones burdas captó el mensaje.
Anotó el número y la coronel llamó desde su oficina.
Bastaron un par de palabras para validar la historia de Margot.
Luego de muchas risas, la coronel entregó el auricular a Margot y despachó al soldado.
—¿Dónde estás, Chile?
La piloto chilena nunca había sentido tanto alivio al escuchar la voz de la capitana Ebbage.
—En Enfield —respondió Margot, casi riendo.
—¿En un campo? —la mala pronunciación le jugaba otra mala pasada a Margot.
—¡En Enfield!
—¿Dónde en un campo?
—¡No! Estoy en Enfield —gritó la joven chilena.
—¡Ah! ¡En Enfield! —afirmó la instructora con la pronunciación correcta.
Margot se encogió de hombros. Ya no le importaba nada más que volver segura a casa.
La conversación se alargó un rato más, con Margot haciendo malabares para explicar cómo había llegado hasta allá.
El rostro se le estaba poniendo colorado cuando la mano salvadora de la coronel le pidió el auricular.
Ella terminó de contar la historia. Margot solo podía escuchar las carcajadas desde el otro lado.
Después de una conversación que la chilena no fue capaz de seguir, la coronel cortó la llamada. Todavía se reía cuando se puso de pie.
—Ven, vamos al casino a beber una taza de té —le dijo a Margot.
Cuando la oficial llegó a la puerta se percató de que su exprisionera no la seguía. Volteó a verla y la encontró todavía sentada y con el rostro lleno de dudas.
—Un té —insistió, haciendo el ademán con la mano. Solo entonces Margot se puso de pie y le siguió los pasos.
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—¿Cómo hiciste para no estrellarte? —preguntó la capitana Ebbage, mientras pilotaba el avión taxi en el que viajó a buscar a Margot.
—Pues, me estrellé, en medio del campo —respondió Margot.
Ebbage se rio de nuevo. Lo había estado haciendo desde que recogió a Margot en Enfield.
—Pero llegaste a tierra en una pieza —le dijo.
—Dejé el tren de aterrizajes en una pared... —contestó la chilena.
—El campo en el que te estrellaste está plagado de postes para evitar que aviones intenten aterrizar ahí — Ebbage miró a Margot por primera vez con seriedad—. Son más peligrosos que cualquier globo cautivo. Fuiste muy hábil al esquivarlos.
Margot tragó saliva. En realidad, no los había visto.
—No vuelvas a volar cerca de ese lugar. Enfield es un lugar secreto, repleto de artillería antiaérea, Margot. La próxima vez que te pierdas, escoge un sitio donde no te revienten a cañonazos.
El resto del viaje fue silencioso. Margot se dedicó a mirar Inglaterra durante el ocaso. Descubrió que ver las ciudades de noche era mucho más fácil de lo que pudo imaginar.