El cielo me llama XXVIII #2
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XXVIII #2

La capital inglesa estaba fuertemente armada con baterías antiaéreas y la piloto desconocía sus ubicaciones, como también desconocía el sector de la ciudad que estaba sobrevolando.

Intentó evaluar sus opciones. Podía seguir de largo y apostar a su suerte para salir de Londres sin que le metieran un tiro antes de buscar alguna carretera de referencia para llegar al aeródromo.

O podía dar un giro de ciento ochenta grados para volver tras sus pasos y aventurarse a encontrar Hatfield hacia el norte.

Eso último le sonó más lógico. Frente a ella comenzaba a abrirse un claro entre el humo por donde la luz del sol, aunque tímida, podía ayudarla a ubicarse.

Mantuvo la mirada hacia el cielo y sintió el frío recorrerle la espalda.

Sobre su cabeza vio decenas de globos cautivos.

Había bajado tanto que estaba volando entre ellos.

Sin carta de navegación no sabría encontrar los circuitos de globos y sin ese dato podría pasar a llevar uno de los cables donde estaban anclados y terminar al fondo del Támesis o dentro de una casa, en el peor de los casos. Se le revolvió el estómago.

Margot agarró la palanca con fuerza y la llevó al límite, para dar un giro de ciento ochenta grados lo más cerrado posible.

Al completarlo, ante sus ojos se abrieron más globos.

Eran un caos. No parecían seguir un circuito.

Al otro lado, estaba el final de los caseríos, donde grandes campos blancos la esperaban.

Sintió los nervios. Sus pensamientos revoloteando en su cabeza como palomas escapando de una plaza.

Miró hacia abajo y se llevó las manos al paracaídas.

La punta de sus dedos palpó el seguro que daba hacia la puerta de la cabina.

¿Y si saltaba? Se terminaría el suplicio.

Vio pasar los techos de las casas a unos veinte metros debajo.

Un avión sin piloto terminaría dentro de alguna.

Arrasaría el living, los dormitorios o cualquier otro lugar donde la gente pudiese estar disfrutando su tarde.

Volvió a evaluar sus alternativas. Ya había hecho lo más difícil.

Miró al cielo y vio un claro entre los globos.

Pensó en elevarse hasta dejarlos atrás, pero la capa de nubes estaba apenas por encima.

Margot todavía no aprendía a volar con instrumentos y sin visibilidad iba a terminar más perdida de lo que estaba.

—Mierda... —dijo entre dientes.

De reojo miró el indicador de gasolina. Apenas le quedaba para mantenerse en el aire, si se iba directo hasta Hatfield.

Apretó los dientes. Voló directo hacia uno de los globos, el que le pareció más cercano.

Maniobró con un ojo puesto en el globo y con el otro en las casas abajo.

Calculó que de esa forma no chocaría con el cable del globo siguiente.

Una vez se sintió más segura, puso atención al entorno, hacia su izquierda divisó un claro entre las casas, un manto blanco entre tanto caos.

Redujo la velocidad del motor, activó los flaps para asegurar la sustentación y voló hacia él.

—¿Qué mierda estás haciendo, Margot? —se preguntó la piloto al ver un conjunto de cables de alta tensión asomarse justo en la entrada del campo que había seleccionado.

El Maggie podía volar a baja velocidad, pero no lo hacía bien a tan poca altura.

Era tarde para echarse atrás, así es que Margot decidió realizar una aproximación baja justo entre el campo nevado y los cables.

Vio pasar las líneas por sobre su cabeza y, cuando iba a respirar aliviada, sintió un impacto que sacudió el avión.

Volteó y notó un muro en el que quedó incrustado el tren de aterrizaje.

No alcanzó a reaccionar cuando, metros más adelante, la punta del avión tocó tierra.

El impacto fue brusco. Nieve y tierra quedaron suspendidas en el aire, mientras que el aeroplano, magullado, pero entero, terminó de arrastrarse sobre su panza.

Cuando el caos pasó, una columna de vapor emanó desde el motor del Maggie.

Margot abrió los ojos un poco aturdida. Veía doble y a su alrededor todo se movía en cámara lenta.

Sentía la mitad de la cara caliente y húmeda.

Se llevó una mano al rostro y al sacarla la vio teñida de un carmesí brillante, el mundo dejó de girar.

Margot volvió a llevarse las manos a la cara y descubrió que la sangre manaba desde su nariz y una ceja.

Entonces, como un eco, sintió el dolor del impacto.

Margot abrió los ojos. Estaba todavía en la cabina del avión.

De un salto se quitó los seguros. No se molestó en abrir la compuerta de la cabina.

Con otro salto pasó directo al ala. Se mareó, cayó por el costado de la raíz alar y terminó embutida en una mezcla de barro y nieve.

El frío del terreno le refrescó la herida en la ceja, pero no detuvo la hemorragia.

Se reincorporó como pudo y se echó a correr.

—¡Mi paracaídas! —gritó a pocos metros del avión.

Reprimió el instinto de supervivencia y se devolvió a la aeronave. Trepó como pudo para sacar de un tirón el paracaídas. Se fue de espaldas. Se levantó y volvió a echar a correr escapando de un incendio que no existía.

—¡Quieta!

Margot no hizo caso, a pesar de que había escuchado la voz. Siguió corriendo un par de metros.

—¡Alto ahí! —la voz sonó como un trueno.

La piloto detuvo la carrera en seco. No estaba segura de si la voz había sido potente o si había escuchado un disparo.

Volteó y a metros de ella vio a un par de soldados con el uniforme de la RAF.

Los dos apuntaban sus armas contra ella y la miraban con recelo.

Se acercaron. El vaho de sus bocas se entrecortaba al ritmo de su respiración. Margot levantó las manos.

Las miradas saltaban de un rostro al otro, se movían con velocidad. De un soldado a Margot, de Margot a un soldado y al otro.

—¿Esto es Londres? —preguntó Margot con un inglés paupérrimo.

Uno de los soldados, el de la advertencia, pasó bala en su rifle y apuntó a Margot directo entre los ojos.

—¿Londres? —insistió con la voz más temblorosa.

El segundo soldado susurró algo a su compañero, que le contestó con los dientes apretados y apuntó con más rabia a la mujer. Margot seguía con las manos en alto.

—¿Cómo llegaste hasta acá? —preguntó el segundo soldado. Margot no entendió la pregunta, todavía tenía la cabeza abombada.

—¿Llegaste en eso? —Apuntó al avión estrellado metros más atrás.

—Yo volé eso, vengo desde Hatfield... —comenzó a decir Margot.

—¡Quieta! —arremetió de nuevo el primer soldado, al ver que la mujer bajaba las manos y daba un paso hacia el avión siniestrado.

Margot se quedó tiesa de nuevo. El segundo soldado volvió a susurrarle algo a su compañero. Sin esperar respuesta se acercaron a la mujer hasta tomarla por los brazos inmovilizándola.

Minutos más tarde, Margot figuraba sentada en un cuartel, con muchos ojos encima, esperando a la comandante de la base.

A la piloto le dolía cada vez más la cabeza.

Si bien ya no tenía frío, el mareo comenzaba a mermar sus fuerzas.

Notó que los soldados se cuadraban al sentir que se abría una puerta desde donde emergió una mujer con el uniforme de la RAF.

Hasta ese día, Margot nunca había visto una mujer de la RAF.

Pensaba que no había mujeres sirviendo. No pudo evitar la sonrisa cuando la vio.

La mujer ostentaba sobre los hombros el grado de coronel.

Se paró frente a ella y escrutó a Margot con cuidado.

La observó de pies a cabeza, en silencio, mientras los soldados se mantenían rígidos en su posición.

—Llévenla a la enfermería, ¿no ven que está herida? —ordenó.

Los soldados obedecieron de inmediato. Volvieron a tomar a Margot por los brazos y la llevaron a un lugar donde pudiesen curarle las heridas.

Ya no tenía sangre en el rostro, pero lucía un vistoso vendaje en la frente y una bola de algodón en la fosa nasal derecha.

Seguía teniendo la ropa empapada y sucia.

Margot estaba sentada en la oficina de la coronel, en silencio, observando las paredes, intentando encontrar una foto, un diploma, un formulario, lo que fuese que le pudiese dar luces de su paradero.