XXVIII
Margot preparaba su paracaídas cuando desde su estante cayó una pequeña caja con algunas cartas.
Se detuvo a mirarlas por unos segundos mientras pensaba que no le gustaban los días en que las cosas se le caían de las manos.
Sonrió cuando cayó en la cuenta de que no había tocado el casillero.
Amplió la sonrisa cuando recordó lo mucho que le gustaba escribir cartas.
Pensó que hacía mucho que no escribía una.
Hizo a un lado el paracaídas y tomó las misivas para mirarlas una a una.
—La capitán Moore te está esperando en el hangar, Chile. —Bridge Hills se asomó en el camarín y salió. Se devolvió para observar a su amiga mirando las cartas—. ¿Alguna mala noticia?
Margot no contestó de inmediato. Se tomó el tiempo para terminar de leer la última que quedaba.
—Esta no la recordaba —dijo.
Era una carta de su padre, la última antes del viaje rumbo a Europa.
Margot había tenido que mentirle a su madre para poder conseguir la autorización de enrolarse en la Fuerza Aérea de la Francia Libre.
La señora Rosa se había quedado tranquila, pensando que su hija se iba rumbo a Canadá, a prestar servicios de apoyo, muy lejos del conflicto. Pero a su padre no le pudo mentir.
Maximiliano Duhalde se negó de modo tajante en un principio, pero pronto reconsideró su posición y le entregó su apoyo a la niña de sus ojos.
Margot fue con él al cantón de reclutamiento y a comprar algo de ropa para hacer más cómoda su estadía en Europa.
También la llevó a la estación donde la muchacha se embarcó rumbo a Buenos Aires para tomar el crucero.
Ella nunca preguntó el porqué del cambio de parecer de su padre.
Solo recibió la carta que él le entregó para el camino y un beso de despedida en la frente.
—¿Y entonces? —Hills se había acercado a su amiga.
—Fue la última carta que mi padre me pasó antes de zarpar...
Margot estaba segura de que la había leído en el trasatlántico. Buscó entre sus recuerdos, pero solo pudo verse tomando el papel, echándole un ojo y doblándolo para guardarlo en la caja que, aquella mañana, se había caído al suelo.
—No es nada, realmente —Margot dobló la carta, la metió dentro del sobre y la guardó en su chaqueta. Luego suspiró—. Solo una aburrida carta de despedida.
Se apuró en salir del camarín para ir hacia los hangares.
En su mente quedaron resonando sus propias palabras.
«No es nada», se dijo; «no es nada», se repitió buscando encontrar algo de paz.
Pero sabía que la carta decía que el motivo por el que su padre facilitó su enrolamiento y su viaje era la ruina familiar.
Un socio de negocios había estafado a Maximiliano Duhalde con unas operaciones en el norte de Chile y eso había comprometido su patrimonio.
El padre prefirió alejar a su hija antes que exponerla a la bancarrota.
El gesto no la consolaba. Pensó que él actuó buscando su beneficio, pero eso no evitaba sentir un ruido de fondo.
Al final, ni su padre estaba muy convencido de su talento para lograr las cosas al otro lado del Atlántico.
Margot llegó al hangar sobrepensando su situación.
Ahí la esperaba su instructora, una nueva de la que Margot ni siquiera sabía el nombre.
Había hecho ya tres vuelos country y todas sus instructoras decidían hacerla a un lado.
Es demasiado rebelde, decían todas. Es desorientada, agregaba una.
La oficial tampoco se molestó en hablarle.
Los problemas de la piloto chilena con el idioma ya eran famosos.
Se limitó a pasarle un itinerario firmado, que Margot leyó en voz baja: «Miles M 3868», decía en el casillero de asignación de máquina.
La piloto sonrió, le había agarrado cariño al Maggie, incluso con su intrincado panel de instrumentos.
Con esa misma expresión apuntó a la instructora.
Con señas preguntó si supervisaría su vuelo.
Le temblaron las piernas cuando la oficial meneó la cabeza.
—Volarás sola, Chile.
No necesitó traducción para entender, aunque si deseó tener un intérprete para transmitir sus descargos. No hubo caso. La instructora no estaba para escuchar razones. Margot había volado tres countries supervisada. Ya debía conocer la ruta y le tocaba hacerlo sola.
—Pero es un avión abierto —porfió Margot.
—El avión ya está asignado, Chile. Anda a la pista.
La chilena estaba abrigada, pero ganar altitud bajo el cielo recién abierto era temerario. Había nevado hacía poco. El aire aún se sentía como si saliera de una congeladora. Se mordió la lengua y apretó los labios. Asintió, echó mano al bolso con instrumentos y caminó hacia su nave.
Margot no vio a su instructora circunstancial meneando la cabeza.
Con las rodillas temblorosas observó la pista.
El Miles Magister que la acompañaría en la aventura ya estaba listo.
Una vez arriba del avión, Margot echó una mirada a la ruta trazada en su carta de navegación, nada distinto a los otros vuelos country que había hecho acompañada.
Despegar desde Hatfield, volar rumbo al aeródromo de Luton, desviarse hacia Debden y retornar a Hatfield.
Pura rutina. Se maldijo, entonces, por no haber transmitido sus inseguridades a la instructora.
Era cierto que había hecho la ruta varias veces, pero el terreno nevado era otra cosa.
Para ella, si la isla parecía un laberinto cuando estaba despejada, cubierta le resultaba un imposible.
Elevó el avión y lo encaminó por la ruta trazada por los globos cautivos.
Alcanzó la altitud necesaria y mantuvo la dirección.
Pocos minutos pasaron antes de que sus nudillos se comenzaran a poner morados.
Esas manos frías le iban a responder poco ante una emergencia, por lo que comenzó a alternar para sostener la palanca con una, mientras ponía la otra bajo sus piernas.
La estrategia fue efectiva hasta que el frío empezó a colarse por la chaqueta.
Margot sentía que no tenía nariz. Mientras más se alejaba de Hatfield, más se acercaba a unos estratos nubosos que prometían reducir la visibilidad aún más de lo que su astigmatismo hacía.
Respiró profundo y sintió que, bajo su avión, el paisaje cambiaba poco.
Se veía un amplio manto blanco apenas surcado por una que otra línea gris.
Estaba segura de que no había alterado la ruta, si en algo había destacado en los catastróficos viajes anteriores era en su capacidad para mantener la recta y, a pesar del frío, no había fallado.
Se preguntó si ya era hora de cambiar de rumbo, pero no logró divisar el aeropuerto de Luton.
Echó mano a otra de sus grandes herramientas, su memoria temporal.
Pensó que ya había pasado suficiente tiempo volando hacia el norte, volvió a mirar hacia abajo y nada, el manto blanco impoluto seguía ahí sin mostrar señas de vida, solo entonces decidió echar una mano a su bolso y tomar la carta de navegación.
No pudo abrirla, el viento era demasiado fuerte.
Sus dedos torpes, adormecidos por el frío, la hicieron desistir.
Antes de seguir volando a ciegas, Margot se convenció de virar hacia el este.
Cambió de rumbo y se adentró en una blancura diferente.
Los minutos murieron, quedaron atrás bajo las alas del Maggie.
El frío seguía congelando y las nubes habían cambiado de posición y forma.
Margot pensó que ya debería estar volando sobre Debden.
O al menos estaba cerca. Se asomó por un costado de la cabina, pero no distinguió un blanco de otro.
Creyó ver unos caserones apiñados a lo lejos.
Pensó que también podrían ser bosques. Echó algunos garabatos al viento y sacó de nuevo la carta de navegación.
Esta vez se le voló de las manos. Los dedos apenas le respondían y comenzaban a verse rojos del frío, como si el roce del viento los estuviese quemando.
No alcanzó a recriminarse a sí misma cuando el avión se sacudió por las turbulencias.
Cambió la dirección al sur y confió en que ya había volado lo suficiente y que aquel manchón desprolijo que, de a poco, iba quedando atrás era Debden. Después de eso, comenzó a ingeniárselas por recuperar la circulación en sus manos adormecidas.
Una fogata con leña seca que prendía casi de inmediato y luego echaba una brasa colorada que, aparte de abrigar, permitía cocinar.
Un mate caliente, hervido con agua sacada directo de la tetera de fierro puesta sobre las brasas.
Margot imaginaba escenas, mientras continuaba su vuelo.
El avión se movía como si los vientos cruzados le estuviesen sacudiendo la cola, solo que no había viento.
Lo que temblaba era el cuerpo de la piloto.
La chaqueta gruesa y el paracaídas estaban mojados por el frío.
—A la mierda con esto —se dijo Margot, mientras intentaba empuñar una mano para golpearse el pecho en un intento de despertar.
Echó una mirada hacia abajo y en el horizonte vio lo que parecía ser una ciudad entre la nieve.
No había encontrado el aeródromo de Hatfield, pero por las construcciones supuso que era aquello que se abría ante sus ojos.
El cielo ya no estaba tan despejado. El hielo se podía respirar y el terreno se veía más blanco que nunca. Comenzó el descenso.
El horizonte oscureció de golpe. Lo que parecía ser una pared de nubes grises era en realidad una gruesa capa de humo.
Margot se vio obligada a descender más rápido para tener mejor visibilidad.
Los techos de unos caseríos se comenzaban a multiplicar como manchas de moho en la pared.
Echó de menos su carta de navegación. Recordaba que, entre Debden y Hatfield, había una ciudad relativamente grande.
Cruzó los dedos y apostó a que era esa. Volvió a descender para obtener mejor visibilidad, pero la oscuridad era tanta que apenas alcanzaba a ver hacia el horizonte.
Pasaron unos minutos cuando se le dispararon las alarmas.
El cielo seguía cubierto por la capa de humo.
Llevaba varios minutos volando recto y la ciudad no solo seguía ahí, sino que sus construcciones iban ganando altura.
Hacía mucho frío, pero las manos de la piloto comenzaron a sudar.
Una pesadez en el estómago confirmó sus sospechas: nunca estuvo cerca de Hatfield.
El conjunto de casas y edificios a su alrededor se extendía hacia todas partes como una enredadera en el horizonte.
Margot comprendió que estaba en problemas.
—¿Cómo mierda llegué hasta Londres?
Margot verbalizó su pensamiento. En parte porque necesitaba escucharlo. En parte porque pensó que así ayudaría a su cuerpo a sacudirse el frío.