El cielo me llama XXV #2
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XXV #2

La instructora caminó hasta el Maggie, que era el apodo cariñoso que solían darle las cadetes al Miles Magister, y abrió un compartimento ubicado tras de la cabina trasera. Ahí guardó un bolso repleto de instrumentos y manuales.

Margot se sorprendió por el tamaño del habitáculo.

Juró que podía caber cómoda ahí, incluso para dormir una siesta.

La instructora se montó en el ala y, por la raíz alar de estribor, caminó por un pasillo seguro, abrió una pequeña puerta y se metió dentro de la cabina, donde se instaló a esperar a su alumna.

La chilena se sorprendió de la agilidad con la que se movía Moore dentro de la cabina, a pesar de tener el paracaídas a la espalda.

Sintió mariposas en su estómago al enfrentar las alas bajas del Maggie. Trepó hasta la raíz alar.

—Paso ahí —Moore apuntó al vértice en el que el ala de la aeronave se unía al fuselaje—. No paso ahí —dirigió el dedo hasta señalar el extremo externo del ala.

Margot asintió, otra vez comiéndose la carcajada.

Avanzó exagerando los pasos y se dejó caer dentro de la cabina, dejando a Moore a sus espaldas.

Tampoco se quitó el paracaídas y se acomodó sin problemas dentro del compartimento.

Notó que tenía espacio suficiente para estirar los pies hasta alcanzar los pedales del timón y dejar en el piso cualquiera de los instrumentos que la instructora había arrojado atrás.

Miró el compás magnético en el suelo y confirmó sus temores: no lo veía bien. Se le revolvió el estómago.

Pasaron los segundos y la cadete seguía estática, con las manos en la palanca de mando. Tragó saliva.

—¿Bueno?

Margot volteó y vio la mirada de reprobación de Moore, que agitaba los brazos como si quisiera apurarla en algo.

No se entendieron. De un silbido, la instructora llamó a los mecánicos, quienes iniciaron la rotación de la hélice y el encendido del motor.

De pronto, las dos aspas en la punta del avión se convirtieron en un círculo difuso, que rugía con los ciento treinta caballos de fuerza que sacudían el fuselaje.

La cadete no vio a la instructora tomar nota.

—Llevar a volar.

Rodar el avión no fue problema. Recorrer los ciento noventa metros de pista necesarios para despegar, tampoco.

Ni alcanzar la altitud necesaria a paso de cuatro metros de elevación por segundo.

El conflicto surgió cuando Margot se vio en el aire.

Había ejecutado las maniobras de instrucción muchas veces, casi de forma mecánica, siempre volando un Tiger Moth o un Cirrus Moth, pero siempre dentro de los límites del aeródromo, con tránsito aéreo controlado.

Ahora le tocaba alejarse, meterse entre los globos cautivos que rodeaban Hatfield, colarse entre la docena de aviones que recorrían Inglaterra y hacerles el quite a los Mosquito, que hacían sus vuelos experimentales con pasadas bajas.

Eran unas aeronaves enormes, excepcionales, que parecían engullir cualquier avión pequeño con el que se cruzasen.

Después de todo eso, había que enfrentarse a la cartografía de la isla, llena de campos, de parches verdes en el piso, de líneas de trenes, de caminos.

Era una maraña, que desde el cielo lucía más parecida a un rompecabezas que a un mapa.

—Acá... —la voz de Moore apenas se escuchó por sobre el ronroneo del motor del Maggie—. ¡Acá, acá!

Margot siguió volando, leyó los instrumentos y vio que casi alcanzaba la altura necesaria para evitar los globos cautivos y empezar su country. Sentía el viento frío en el rostro. Le tomaba la nariz y le abofeteaba las mejillas. Niveló el avión.

—¡Acá, Chile! ¡Acá! —La segunda oficial acompañó cada palabra con un golpe en el hombro de la piloto—. ¡Acá!

La piloto volteó a mirar a su instructora y solo pudo ver sus gesticulaciones, como si estuviese atrapando moscas.

Recordó entonces que debía chequear la ruta y virar en los puntos de control.

Identificarlos iba a ser difícil, ahí se evaluaría su navegación.

Moore meneó la cabeza y anotó algo en su tablilla de evaluación.

Margot tragó saliva. Intentó abrir el compás magnético de la cabina del Miles, estaba ubicado en el suelo y por más que estiraba las manos no lo alcanzaba.

Hizo un nuevo esfuerzo y logró tocarlo con la punta de los dedos, pero no hubo caso, lo tanteó un buen rato mientras de reojo observaba la ruta de vuelo.

El avión perdió altitud un par de veces, nada preocupante, pero eso no impidió que la instructora se pusiese nerviosa y siguiera tomando notas entre gritos.

—¡Allá, era por allá, no por allá! —volvió a gritar la instructora.

Margot insistía en mirarla, pero no lograba entenderla.

Se acordó de que en uno de los bolsillos del buzo de vuelo traía la carta de navegación, echó mano a ella y comenzó a desdoblarla.

El Miles Magister estaba equipado con un parabrisas de Perspex, un termoplástico transparente, en cada cabina.

No servía para contener las ráfagas de viento.

Cada vez que la piloto intentaba desplegar la carta, se le arrugaba en las manos.

Tres veces falló al abrirla. Finalmente, se rindió y tiró el pliego de hojas al piso de la cabina.

De una patada logró abrir el compás, pero nada cambió porque no lograba leerlo.

El resto del country fue una pesadilla para Margot.

Pasó de largo en todos los puntos de control.

A pesar de que mantenía el avión en el aire y realizaba las maniobras, la paciencia de Moore se agotó rápido.

A los gritos o golpeando el hombro de su alumna, la instructora dio la orden de realizar un giro para corregir la dirección.

Aproximarse a Hatfield fue terrible. La cantidad de pueblos alrededor desconcertaba a Margot.

Se veían todos iguales y las líneas de tren, usadas como referencia durante las clases teóricas, le eran indistinguibles, apenas un montón de cicatrices en la tierra que para ella no tenían orden ni sentido.

La segunda oficial anotó todo. Negó con la cabeza frente a cada decisión de la chilena y, a los gritos, la forzó a enrielar el camino hasta el aeródromo.

Aterrizar fue lo más fácil, pero no era lo que se estaba evaluando.

—Todo feo, Chile —concluyó la segunda oficial apenas puso los pies en la tierra.

—¡No es mi culpa que el viento se desquitase con esa hoja del demonio! —respondió Margot.

—No hoja, mira paisaje. Mira compás magnético, encuentra ruta. No compás magnético. Mira paisaje, mira hoja, encuentra ruta. ¡Chile no mira!

Moore se apresuró a caminar desde el hangar hacia las aulas para terminar sus evaluaciones, Margot se quedó atrás mascando la rabia.

—¡Chile no mira nada! —insistió la instructora, volteando hacia Margot y señalándose los ojos. Luego abrió los brazos y continuó su camino.

La chilena sentía rabia y frustración. También desconsuelo, una sensación metálica en la boca.

Era áspera, le raspaba la garganta y la hizo llorar.

Margot le echó la culpa a miss Moore. Por sus gritos, por su español mal pronunciado, por su nula paciencia.

Después le echó la culpa al avión, por no mostrarle el compás, por no tener un parabrisas suficiente, por tener un timón demasiado sensible.

Finalmente, pensó en su propia terquedad, en su incapacidad de pedir ayuda, su poca disposición para aprender a hablar inglés y la vanidad, que le impedía aceptar los anteojos.

Margot recordó al oftalmólogo inglés. Su voz seca rebotaba ahora en su cabeza. Quizá el hombre tenía razón y no servía para volar e iba a terminar estrellada en medio de una campiña.