XXV
—¿Todavía nerviosa, Chile?
—Para nada...
Margot caminaba por la explanada de Hatfield con una tranquilidad que solo rivalizaba con su persistencia.
Llevaba así toda la mañana. Se interrumpía solo por unos segundos en los que amarraba las manos a su espalda y escudriñaba el cielo.
Las tardes de calor iban quedando atrás y el otoño se dejaba caer.
El viento fresco de las mañanas rivalizaba con el de la tarde, los cielos encapotados teñían de gris la campiña.
Había pasado más de un mes desde la última vez en que Margot había visto el sol. La piloto chilena hacía muecas cada vez que notaba las nubes más densas, más oscuras. Luego bajaba la vista y seguía caminando.
—Me cuesta creerte...
Bridge Hills era una cadete muy observadora.
Resultó ser de las pocas personas que, en esa etapa inicial de formación, había prestado atención a la dificultad que tenía Margot para comunicarse con el grupo.
Apenas se conocieron, Hills habló con la primera oficial Sorour, quien venía desde Sudáfrica, y la convenció de que la cara seria de Duhalde en las clases teóricas de vuelo se debía a que era una cadete venida de Irlanda.
Jackie Sorour era una excelente piloto y mejor instructora pero, sobre todo, una persona noble. Creyó el cuento por completo.
Tiempo después, cadete e instructora coincidieron en la piscina del Club de Golf.
Margot parecía muda. Jackie no tardó en sospechar y poner a prueba a la falsa irlandesa.
No pasó mucho antes de darse cuenta de que la chilena no hablaba una gota de inglés decente.
La broma había funcionado. De ahí en más, Sorour se dedicó a enseñar el idioma a la cadete chilena.
Después de conocer la historia, la amistad entre Hills y Duhalde fue inevitable.
—Te la has pasado mirando al cielo. —Ambas aviadoras alzaron la vista. Un manto gris las arrullaba.
—Es que ya no quiero postergarlo más.
El primer country de vuelo de Margot debió haber sido hacía una semana.
Pero el clima no abrió y la comandancia de la Air Transport Auxiliary prohibió a los cadetes novatos volar con mal tiempo.
Para Margot, la ansiedad se convirtió en frustración, luego en rabia y de nuevo en ansiedad.
Los nervios y la incertidumbre de saber si el country te sorprendería con buena salud, con foco y con los instintos despiertos aumentaban.
Margot sabía que dependía de sus instintos, porque no había logrado descifrar el White Cover.
—Lo harás bien, Chile —soltó Hills antes de reanudar su caminata—. El Miles Magister es un avión muy sencillo de volar.
—Eso lo dices porque ya hiciste tu country —le contestó Margot.
—Y lo aniquilé con mi talento.
Ambas rieron. Margot miraba a su alrededor.
Apenas podía distinguir lo que asomaba detrás de la cortina de niebla a cuatro metros de ella.
Sentía la humedad en la nariz. Le gustaba el invierno, porque le recordaba Río Bueno, pero seguía preguntándose cómo lo haría en el aire para ubicarse en un sitio devorado por la niebla.
Los restos del hangar bombardeado dibujaron sus bordes entre la bruma.
Mientras más se acercaban, el horror se volvía más nítido.
La cuadrilla de pilotos holandeses que estaba siendo entrenada en las instalaciones de Hatfield se había encargado de retirar los escombros.
Fue una faena larga, desagradable y dolorosa.
Por más rápidos que fueran, los holandeses no habían podido evitar que el aire se impregnase del amargo aroma de la carne humana quemada y en descomposición.
Margot vio pasar los restos chamuscados y pasó varias noches pensando en si la deformación de la piel, la grasa derretida y los huesos carbonizados habían ocurrido antes o después de que los obreros muriesen.
Cada vez que veía pasar una camilla con restos miraba las carnes volviéndose más grises.
El sonido de un motor en el aire hizo mirar a Margot hacia el cielo, solo vio el techo nuboso.
—Quizá este clima no es tan malo...
Bridge Hills se unió a ella para sondear el firmamento. Tampoco pudo ver más allá de la primera capa de nubes, aunque siguió la ruta de la aeronave por el sonido.
—Así los alemanes no nos pueden encontrar.
—El Miles tiene un compás magnético en el piso —dijo Hills. Margot volteó a mirarla con una mezcla de envidia y susto—. Los alemanes también puedan encontrarnos sin vernos.
Margot sabía muy bien la existencia de ese instrumento.
Lo había estudiado. En teoría, entendía cómo funcionaba y podía interpretar uno, pero le resultaba imposible verlo cuando se sentaba en la cabina del avión.
A la distancia de su pie, solo era un reloj lleno de rayas que no distinguía.
La piloto chilena volvió a sentir que se le revolvía el estómago, mientras el ruido del motor del avión se desvanecía en el aire.
—¿Vinieron a deprimirse? —la voz de Rosemary Fuller-Hall, una cadete inglesa que había forjado amistad con Margot, las interrumpió.
Mary, como era conocida entre sus amigas, era una excelente piloto, avezada como pocas, pero con cierta tendencia a la anarquía. Compartía con Margot el gusto por los juegos de cartas, lo que resultaba óptimo para los días en los que no se podía volar.
—Es importante mantener este sentimiento —respondió Hills, sin dejar de mirar las ruinas del hangar aún en pie—, para que no olvidemos por qué estamos peleando.
—No necesito ver los restos humeantes de mi país para saber por qué estoy peleando... —le respondió Fuller-Hall.
Las tres mujeres guardaron silencio y continuaron contemplando el panorama.
Una cuadrilla de obreros llegó al lugar y comenzó a remover lo poco que todavía quedaba. Al cabo de unos minutos, limpiaron el sitio. Se fueron tan rápido como llegaron, después de dejarlo ordenado, pulcro y perdido en la bruma.
—Para no acostumbrarnos a la muerte —Margot rompió el silencio—. Me aterra que aprendamos a convivir con la muerte...
Las amigas se mantuvieron en silencio. Lo alargaron por minutos, los suficientes para que el frío comenzara a calarle los huesos y la neblina, a humedecerles hasta los calcetines.
Se alejaron de las ruinas para regresar al aula. Miraban el piso. Se preguntaban si el hecho de no ver la actividad influía en lo silencioso que se veía el aeródromo.
—Hoy no volaremos —dijo Margot.
—Otra vez —agregó Hills.
—¿Jugamos una partida de bridge? —preguntó Rosemary.
✰✰✰
Apenas se asomó por la ventana, Margot vio el pasto verde del club de golf que contrastaba con las hojas marrones de los árboles.
El otoño estaba teñido en tonos diversos, claros, oscuros e incluso rojizos.
Pero lo que saltó a la vista de Margot, al nivel de iluminarle por completo el rostro, fue el cielo despejado y celeste.
El sol encandilaba unas cuartas más arriba que la línea del horizonte.
Sonrió, saltó de la cama y agitó los brazos en alto, como si hubiese ganado un campeonato.
Partió corriendo al baño para asearse y, sin desayunar, estuvo montada en el auto de James para irse al aeródromo.
Le tocó esperar, pero su anfitrión se esmeró en hacerle la espera corta.
Llegar al aeródromo y vestirse para volar era lo más importante.
Margot se calzó el buzo de vuelo. No le gustaba el color, pero eso ahora era un detalle irrelevante.
Sobre la espalda se cruzó el paracaídas y lo aseguró con todas sus correas.
Escondió su cabello bajo la gorra de cuero, que le cubría también las orejas, y acomodó sobre su frente los lentes.
Permaneció quieta, intentando encontrar su reflejo en los vidrios de la ventana.
Deseó, como nunca, tener a mano un espejo de cuerpo entero para admirar cada detalle de su indumentaria.
Durante la semana anterior, había venido mucha gente de la prensa local, buscando material para la propaganda de guerra.
Encontraron en Margot una buena historia para hablar sobre la importancia de enrolarse.
De pronto, las páginas de los periódicos se inundaron de notas y entrevistas acerca de las mujeres de la guerra.
En ninguna de esas fotos Margot había podido posar vestida de piloto.
La obligaban a usar el uniforme azul, que era más de gala, más elegante.
Margot hizo una mueca, pero la borró de inmediato cuando tuvo que caminar hacia el hangar. Sus dedos se deslizaron por el contrachapado de color marrón que revestía la madera de abeto de la que estaba fabricado el fuselaje del avión.
Era una superficie suave, pintada en un patrón mimetizado, que alternaba los colores marrón y verde.
La pintura no brillaba, era más bien opaca.
La piloto no sabía si eso era por falta de pulido o si tenía algo que ver con evitar el reflejo de la luz del sol mientras se estaba en el aire.
Nada de eso le importaba ahora. Ya se había subido a aviones antes, pero era la primera vez que le tocaría remontar al cielo en un Miles Magister.
Se trataba de un biplaza, como todos los que le habían tocado durante la instrucción como piloto Clase 1 del Air Transport Auxiliary.
Pero era el primero que le tocaría maniobrar.
Era también la primera máquina con sistema de flaps que caía en sus manos.
Estaban en las alas del avión y servían para incrementar la sustentación.
Eso facilitaba el vuelo seguro de la aeronave a velocidades más lentas.
La característica que más fascinó a Margot era, sin duda, que ese avión era un monoplano.
Volar siempre le resultaba entretenido, pero el segundo juego de alas sobre su cabeza le cortaba la vista hacia la inmensidad del cielo. El Miles Magister se parecía más a los aviones caza que soñaba con maniobrar. Nada se interpondría entre ella y el sol.
—¿Es lista, Chile?
La voz ronca de la instructora Moore interrumpió el momento religioso que Margot estaba experimentando.
Ella la había instruido en la lectura de las cartas de navegación y, al igual que las demás instructoras de ATA, era una piloto con mucha experiencia en vuelos de largo alcance.
Margot no estaba muy contenta con su asignación.
Moore intentaba comunicarse con ella en un castellano precario muy mal pronunciado.
Su esfuerzo era valorable, pero las clases resultaban confusas.
—Afirmativo, mi segunda oficial. —Margot contuvo la tentación de reír—. Chile es lista.
—Bonito —le devolvió Moore.