El cielo me llama XXIV
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XXIV

Los ojos de Margot Duhalde Sotomayor estaban clavados en su objetivo.

No parpadeaba, no respiraba. Solo mantenía la vista fija en una esquina.

El sudor comenzaba a correr por su frente.

Primero como pequeñas perlas decorativas, luego como gotas que iban surcando los pliegues de cara hasta la punta de su nariz.

Aun así, se mantenía serena, concentrada, como si la vida se le fuese a ir en eso.

Exhaló largo, pero con calma. Una vez que no tuvo aire en los pulmones, puso el peso de su cuerpo contra su cadera izquierda y, como si percutara un arma, sacó un disparo con su mano derecha que estrelló la punta entizada de su taco contra la baquelita gastada de la bola blanca sobre el paño verde.

El golpe se escuchó seco, como el de la rama de un árbol contra una piedra.

La bola batió a otra de color rosa, que se fue directo contra la esquina derecha de la mesa.

Margot nunca había jugado snooker, pero con el paso anestesiado de los días se había logrado volver buena en eso.

Su rival, Ana Leska, no hablaba una gota de francés y mucho menos español.

Incluso para los ingleses su acento polaco era un desafío.

Pero en el idioma del billar ambas dialogaban perfectamente.

No le quedó más alternativa que llevarse las manos a la cabeza y aceptar que, una vez más, Chile estaba a punto de ganarle la partida.

Ana sonrió. Su mueca escondía la duda de por qué le había enseñado a Chile a jugar.

Margot no celebró, solo se irguió y echó mano a un cuadro de tiza para la punta de su taco.

Caminó hasta el otro lado de la mesa y observó con atención la geometría que debía seguir para meter la bola negra.

Era la cuarta mesa del día. Leska había ganado la primera y Duhalde las dos posteriores.

Una bola más en el buche y la polaca perdería su décima partida de la semana.

Margot amagó con quitarse el pelo de la cara.

No lo necesitaba, en realidad. Desde que había recibido el regalo de Ivonne, su cabello ya no era un problema, pero la costumbre podía más.

Se inclinó sobre la mesa y apuntó el taco haciendo con sus dedos un soporte, echó la otra mano atrás para ganar impulso, respiró profundo, miró la bola blanca con determinación, inspiró.

—¿Qué es eso?

Leska se apartó de la pared con los ojos llenos de alerta. Margot no entendió lo que dijo, pero de igual forma aflojó el brazo. El semblante de su rostro no lucía más relajado.

—No seas tramposa, Leska...

Margot volvió a acomodarse para intentar el golpe. Sus ojos se clavaron en la bola como los de un halcón sobre su presa.

—¿Lettice?

Curtis leía un instructivo en un sillón en la esquina del salón. Levantó la vista al escuchar su nombre de pila. El rostro se le afiló un poco más cuando borró la sonrisa. Cerró el instructivo y de un salto se puso de pie.

—Yo también lo escucho.

Curtis corrió a una ventana y movió las persianas para ver hacia el exterior.

Leska no tardó en unirse y llegaron otras pilotos.

Margot aprovechó el momento para ejecutar su tiro.

La bola blanca dio un salto irregular antes de deslizarse por el paño y golpear la bola negra en un ángulo incorrecto.

Golpeó contra el amortiguador y se alejó de la buchaca.

Con un movimiento felino, la chilena tomó la bola y con la mano la metió en la bolsa.

—¡Gané! —exclamó.

Ninguna de las pilotos respondió al anuncio.

—¿Será de los nuestros?

—No suena familiar.

Recién Margot se dio cuenta. Un zumbido iba creciendo y cada vez crecía más.

—Es alemán. —La voz de Curtis sonó fría y cortante—. ¡Al refugio!

Las cadetes evacuaron el salón. Se toparon en el camino con otros pilotos que, igual de confundidos, corrían hacia la explanada.

Bastó que el grupo pusiera un pie afuera para que Margot se animase a levantar al fin la vista y viese una silueta cortando el horizonte.

Quedó paralizada. Conocía ese ruido. Las formas, también.

—Un Junkers...

Margot los conocía, porque había estado en la Maestranza Central armándolos cuando llegaron a Chile. Los había probado y los había reparado. Estaba muy consciente de la tormenta que podían desencadenar.

—¡Al refugio, señoritas!

La voz de la comandante Pauline Gower sonó como un trueno. El grupo de Lettice Curtis volteó hacia ella y la observó liderando una camada de unas siete cadetes, que iban avanzando a la altura del casino, a medio camino del refugio.

—¡Cuidado! —gritó Margot.

El Junkers Ju-88 alemán hundió la nariz y dejó caer sus ocho toneladas y media en picado.

El sol se reflejó en la burbuja frontal y encandiló por un segundo a la chilena.

Los motores zumbaron más agudo, como si el viento cortado por sus aspas estuviese chillando.

Los veinte metros de alas oscurecieron el terreno, como si un gran dragón estuviese asediando. Segundos después escupió el fuego.

Una ráfaga de balas cortó la carrera del grupo liderado por Lettice Curtis.

Las cadetes se desordenaron como polillas.

Al llegar la segunda ráfaga de metralleta, los trozos de cemento que se desprendieron salpicaron a las mujeres, que debieron refugiarse donde pudieron.

La sombra mortal pasó sobre sus cabezas y las pilotos sintieron el aroma del gas quemado y el viento empujándolas contra el suelo.

El rugido de la bestia alada no paró. Antes de que el grupo intentase ponerse de pie el avión comenzó a dibujar una parábola hasta quedar de frente al aeródromo.

Las cadetes echaron a correr intentando alcanzar el refugio que cada segundo se veía más lejos.

Los gritos acompañaron la carrera, el Junkers se aproximaba casi comiéndoles las piernas.

Las baterías antiaéreas de Hatfield abrieron fuego y escupieron su ira.

El cielo se llenó de destellos y arañas negras que se demoraban en desvanecerse y solo eran rotas por los turbohélices del avión alemán, que se vio obligado a alzar la nariz y remontar altura.

Pauline Gower vio con horror cómo se abría la panza de esa bestia y, desde ella, caían unos bultos que brillaban contra el sol.

La primera bomba golpeó cerca del grupo que lideraba la comandante.

Las cadetes quedaron paralizadas cuando la vieron estrellarse contra el piso, ninguna alcanzó a reaccionar.

Gower apretó los dientes y cerró los ojos esperando el destello, la explosión y el fuego abrasándole las carnes y obliterando sus huesos.

Nada ocurrió. Al abrir los ojos la vio enterrada a unos tres metros de ella.

Solo las aletas sobresalían de la tierra y un cráter de un metro se dibujó alrededor.

El artefacto no explotó. Las mujeres comprendieron que el destino les había regalado una segunda oportunidad.

Echaron a correr entre llantos y descargas de adrenalina, dejando atrás la muerte, a medio camino entre el refugio y el casino.

Con la segunda bomba no hubo tanta suerte.

Siguió la trayectoria de vuelo del bombardero y dio de lleno contra uno de los hangares de la fábrica De Havilland.

Explotó a los pocos segundos después de tocar tierra y envolvió la construcción en una bola de fuego que hizo volar por el aire los escombros de la construcción, restos de los aviones y los cuerpos destrozados de los mecánicos y obreros que trabajaban en la línea de ensamblaje.

Veintiuna personas murieron en el acto y otras sesenta padecieron las mutilaciones de la guerra.

Margot vio todo desde la loza de camino al refugio.

Cada segundo, como si lo estuviese grabando, quedó en su memoria.

Los cuerpos incendiados, las personas mutiladas, los rostros desfigurados.

La onda expansiva derribó como palitroques a las cadetes que intentaban huir.

Al paso del bombardero enemigo siguió el silencio.

Después los quejidos y los gritos de dolor, que desgarraron el aire y el tejido moral en Hatfield.

La chilena estalló en llanto. No sentía pena.

Solo era su cuerpo expulsando una emoción que no entendía; una serie de espasmos se apoderó de sus extremidades.

De pronto, entre los gritos, sintió que un globo se desinflaba dentro de su tórax y le permitía respirar.

Lettice se puso de pie y miró a su alrededor.

Vio a Margot y la revisó entera. Una explosión las sacó de trance.

Vieron al Junkers con uno de sus motores envuelto en llamas.

El avión alemán comenzó a dejar una columna espesa de humo negro atrás y a perder altura hasta que el suelo lo hizo estallar en pedazos.

El llanto de Margot se detuvo y una especie de felicidad le recorrió el cuerpo.

Miró fijo al terreno donde el avión agresor acababa de caer, asintió.

Recordó su primer bombardeo en Londres, cuando vio la batalla desde el restaurante.

A diferencia de ese día, ahora no sentía pena.

Esbozó una sonrisa al entender que la tripulación enemiga ya no volvería a casa.

—¿Leska? —preguntó Curtis.

Margot volteó y vio a su amiga polaca de cabeza adentro de una zanja.

Tenía medio cuerpo lleno de barro. Lettice y otras cadetes ayudaron a Ana a reincorporarse y la revisaron por completo.

Cuando entendieron que estaba entera, echaron a reír.

Primero fue una risa nerviosa, después todas, incluida Margot, estallaron en carcajadas.