El cielo me llama XXIII
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XXIII

Margot salió de la casa de Norman James, en Brookmans Park, y se llenó los pulmones de un aire puro que la refrescó.

El lugar era bello, una coqueta country house de dos pisos, con cinco ventanas grandes y cuatro pequeñas que rodeaban armónicamente una puerta central.

Estaba revestida de un ladrillo pardo más parecido al color de las tejas que al colorado que había visto en Londres.

Había dos chimeneas, aunque la chilena no había tenido oportunidad de ver ninguna encendida todavía.

Le gustaba la casa que ATA le había asignado.

A pesar de que la mayoría de las personas que conformaban su pool alojaban alrededor del aeródromo, la joven piloto vio con buenos ojos el tener que salir de la base para dormir.

Norman James era un buen anfitrión. Ingeniero eléctrico, había vivido doce años en Chile, trabajando para la Compañía Chilena de Electricidad.

No dudó en decir que sí cuando la comandancia del aeródromo le pidió alojar a Margot.

James trabajaba en los hangares de Hatfield.

Su casa era grande para él y su esposa y sus tres hijas.

Margot agradecía volver a tener un espacio propio, privacidad, un armario, una cama cómoda y el acceso a un baño que, como la familia hacía su vida en el segundo piso, prácticamente no utilizaba.

Además, aquel rinconcito de ensueño que le habían asignado tenía una hermosa vista al campo de golf del club colindante.

Era un campo amplio, con un manto verde, en el que la chiquilla podía echar a andar sus sueños cada vez que se sentaba a leer junto a la ventana.

Margot se sacudió de la solapa azul de su traje unas migajas de pan y pasó el dedo por sobre el emblema alado de ATA que ahora decoraba su pecho. Sonrió con amplitud.

—¿No se cansa de hacer eso todas las mañanas? —Norman James terminaba de poner a punto su auto.

Margot lo miró con orgullo y meneó la cabeza.

Luego apuró el paso, para subir de un brinco al automóvil de James.

Sin hablar iniciaron el recorrido. Primero por una calle con una hilera de casas iguales hasta un cruce que los llevaría hasta el aeródromo.

Eran veinte minutos de recorrido en auto.

Lo suficiente como para tomar aire, relajarse, pensar o ponerse al día con el conventillo de la base.

—Este uniforme es de lana, ¿sabe? —dijo Margot antes de llegar a la primera curva—. Originalmente, estaba diseñado para la RAF y era de invierno. Hemos tenido que acondicionarlo para poder usarlo en verano.

Norman levantó una ceja y dejó escapar una sonrisita.

—¿Se está quejando, Margot?

—Para nada. Es solo que en mi país el verano suele ser más terrible que acá. Solo pensaba en que usarlo allá sería una pesadilla.

Míster James asintió. Era un hombre de pocas palabras. Con el paso de los días había terminado aceptando que el viaje se le hacía más corto cuando Margot se despertaba parlanchina.

—Tiene sentido que reciclen el material. La guerra ha sido larga y hay telas que ya son escasas.

—Y los colores... —empezó a decir Margot.

—¿Por eso el azul? —Norman sabía que la RAF no usaba ese color en sus pilotos. No había querido corregir a la chiquilla, pero de pronto sintió la urgencia de mencionarlo.

—Pues... —Margot suspiró—. Es cierto, los pilotos no usan el azul oscuro, le doy el punto. En la RAF lo usaba el personal de defensa civil.

—Por eso las faldas.

Margot desaprobó el comentario de míster James con la mirada.

—No hay muchas mujeres volando en la RAF —dijo la joven.

—Ninguna mujer vuela en la RAF, Margot. Estoy bromeando. No olvide que estoy en el Auxiliary desde antes que ustedes tuviesen esos bonitos uniformes. A todo esto, el suyo le queda mucho mejor, ¿lo ajustó usted?

—No, la verdad es que no. Pero miss Curtis me presentó a una cadete que es muy buena modista.

Mister James continuó avivando la conversación con datos que él ya conocía y agregó algunos cuantos que supuso que Margot no. Así se pasaron los minutos hasta llegar a Hatfield. Una vez adentro, se hizo el silencio.

Margot miró el aeródromo y suspiró. A diario se sentía como en el primer día de colegio, solo que ya no tenía su maletín de cuero para sostener contra el pecho, como buscando la fuerza para dar el primer paso hacia el aula.

Ahora estaba más bien expuesta. A su alrededor paseaban mujeres vestidas con el mismo uniforme azul que ella usaba.

Iban en grupos, siempre sonriendo y conversando entre ellas, sobre anécdotas que la chilena solo podía imaginar.

Margot siempre estaba sola. Observaba e intentaba encontrar una conversación a la que sumarse.

Del otro lado de la explanada estaban los hangares.

A Margot le tomó varios días entender quiénes eran los hombres uniformados que ahí operaban.

No tenían traje azul ni tampoco el uniforme pardo y beige que solían usar los aviadores de la RAF, pero sí lucían algunos de sus emblemas en las chaquetas de cuero.

Eran pilotos holandeses entrenando en las instalaciones de la fábrica De Havilland.

Lo supo una tarde en la que se les acercó para pedir un cigarrillo.

No sentía muchas ganas de fumar, pero era una buena excusa para socializar.

Pero los tipos contestaron en un idioma más extraño que el inglés.

No hubo caso, no captó una sola palabra.

Cuando las risas de los sujetos comenzaron a subir de tono, lo hizo también la incomodidad de Margot. No volvió a interactuar con ellos.

Margot suspiró. A esas alturas, había perdido la cuenta de cuántas veces lo había intentado.

Pensó en su viejo Cirrus Moth, en todo lo que aprendió en él, en las veces que tuvo que cambiar la tela de su fuselaje.

Le costaba trabajo creer que ahora estaba en una de las fábricas que lo vio nacer. Meneó la cabeza y dio un paso adelante.

En el aeródromo de Hatfield operaba el N°5 Ferry Pool Pilots.

Lo conformaban unas quince mujeres de diversas partes del mundo, la mayoría europeas.

Ninguna hablaba español y muy pocas algo de francés.

Cuando no estaba estudiando, Margot solía pasar un rato con ellas, jugando una partida de pool, que era el único idioma universal.

Eran momentos en los que se sentía integrada con sus compañeras.

—Otra vez, ¿cuál es su nombre? —miss Patterson rompió el silencio con un tono firme.

Gabrielle Patterson era la instructora de navegación, la primera profesora que Margot conoció en Hatfield.

Aunque era una profesional muy buena en su trabajo, a Margot le costaba demasiado entenderle.

Ya se había acostumbrado al acento inglés, pero el tecnicismo en las clases era otra cosa.

Demasiado más complejo que pedir un plato de comida, saludar o intercambiar algo de información.

A veces, sentía que la oficial se había aburrido de intentarlo con ella.

—Margot, mi primera oficial —la chilena fue enfática en recalcar el rango de su maestra.

La instructora no titubeó. Apenas Margot abrió la boca le señaló el pizarrón y le dio una instrucción que ella se demoró en descifrar. Un gesto la ayudó. Patterson le extendió un trozo de tiza y con la palma de la mano golpeó el pizarrón.

Margot se puso de pie y caminó hasta la pizarra.

En su salón solo había cinco personas más, dos mujeres y tres hombres que no llevaban el uniforme.

El primer día, Margot se sintió afortunada de poder vestir las prendas del ATA, pero con el paso de las jornadas lo sintió casi como una carga sobre sus hombros.

—No es que no se lo haya dicho antes —murmuró Margot.

—¡Nombre! —recalcó Patterson.

«Margot Duhalde» escribió la chiquilla con letras grandes en medio del pizarrón.

Luego dio un paso atrás y estiró la mano para devolver el trozo de tiza.

Patterson se levantó de su silla y caminó hasta estar al lado de Margot.

Nunca dejó de mirar la pizarra. Ignoró la devolución de la tiza y se llevó una mano al mentón mientras cruzaba la otra sobre su pecho. Leyó con calma, varias veces.

—¿Duhalde es su nombre medio?

Los engranajes cerebrales de la chilena se demoraron en traducir la pregunta. Tuvo que cerrar los ojos para poder articular una respuesta.

—Apellido —dijo escuetamente.

Patterson continuó evaluando la situación. Sin duda sabía quién era Margot, la única en la sala con uniforme. Pero necesitaba identificarla de las otras pilotos.

—Ya tenemos a otra Margot en la escuadrilla —replicó miss Patterson con propiedad. Desató sus manos, arrebató la tiza de la mano de su alumna y caminó de regreso a su escritorio—. La llamaremos Chile.

Los demás alumnos en la sala repitieron Chile como si de un coro se tratase.

Así se enteró Margot de que había sido despojada de su nombre.

Pensó que, si debía comenzar de nuevo, el nombre de su país era una buena forma de recordarle de dónde venía.

Patterson la sacó de sus divagaciones al ordenarle regresar a su asiento y comenzó su clase de navegación.

Margot entendió la mitad de lo que dijo en los primeros veinte minutos, dejó de escucharla en los siguientes treinta.

No se dio cuenta de cómo se fue el resto del día. Solo pudo pensar en lo que significaba representar el nombre de su patria en ese lugar. De pronto, dejó de ser la piloto de la Fuerza Aérea de la Francia Libre y comenzó a sentirse el estandarte de un país que no estaba en guerra.

—Se le ha quedado en el salón.

Lettice Curtis alcanzó a Margot que caminaba por la explanada junto al casino.

La venía notando cabizbaja en los últimos días.

A pesar de que Margot no estaba en su rango, miss Curtis dedicaba algo de su tiempo libre a observar a la chilena.

Margot volteó a ver a su superior y notó que sostenía en las manos un White Cover.

Se trataba de un libro de unos quince centímetros de alto por diez de ancho, con una serie de hojas anilladas en su interior.

Se utilizaba para estudiar los aviones que se volaban como Clase 1.

—¿Estuvo en mi salón? —Margot recibió el libro con vergüenza—. No la vi durante las clases.

Lettice Curtis sonrió.

—Digamos que Gabrielle Patterson es una muy buena amiga, Margot. —Miss Curtis se unió a la caminata de Margot—. Es una mujer dura, pero sabia.

Avanzaron a paso lento. Curtis miró a su alrededor y después a Margot, que avanzaba mirando al suelo. Notó su semblante. Estaba lejos de ser la mujer enérgica y entusiasta que había conocido días atrás, cuando Orlemont se la había recomendado.

—¿Ya almorzó?

Margot sintió el crujir de sus tripas apenas Lettice la hizo pensar en comida. Sintió un vacío en el estómago.

—Sí, miss Curtis —Margot tragó saliva mientras contestaba—. Gracias por preguntar.

Lettice la observó por unos segundos y luego se quitó el cabello rubio del rostro. Avanzaron un poco más.

—No vuelva a olvidar el libro, Chile —sentenció Curtis, guiñando un ojo. Margot no supo sonreírle—. Sigue siendo un documento secreto en tiempos de guerra.

La oficial abandonó el camino y se alejó hacia su hangar.

Margot respiró aliviada. No por haber recuperado su libro ni por haber perdido su nombre, sino por mantener la compostura y no demostrar ante la grandiosa Lettice Curtis que su caminata no tenía rumbo.

Se caía de hambre, pero no sabía cómo pedir su almuerzo en el casino.

Apenas entendía las clases de Patterson y, a pesar de conocerlos al dedillo, los Tiger Moth comenzaban a parecerle más complejos de lo que pensaba.

Cuando el auto de Norman James apareció por el camino para recogerla, Margot entendió que, lo que realmente temía, era que ya no miraba al cielo. Todos esos aviones sobrevolando y haciendo maniobras, de pronto, se convirtieron en un panal de avispas rondándola.

—¿Cómo estuvo su día, Margot?

La chilena respiró profundo, sin suspirar esta vez.

—Excelente. Miss Patterson dice que estoy progresando más cada día... —mintió.